Apuntes para debatir acerca de la Vigencia del marxismo

Raúl Isman
Docente. Escritor.
Miembro del Consejo Editorial.
de la Revistas Desafíos.
Director de la revista
Electrónica Redacción popular.
raulisman@yahoo.com.ar Columnista del noticiero del canal Señal oeste
Colaborador del periódico Socialista El Ideal

Todo lo sólido
se desvanece en el aire.
Karl Marx.

Introducción

En el presente trabajo, actualización de otro escrito hace un trienio, reforzaremos el perfil antidogmático del original, habida cuenta del deplorable papel jugado por ciertas izquierdas declamadoras de versículos consagrados; mas que militantes capaces de comprender lo central de la realidad. Hemos propuesto para polemizar algo que tradicionalmente era analizado como rotunda (y dogmática) afirmación por gran parte de las diversas iglesias, capillas y kioskos de la izquierda local y suponemos latinoamericana. Nos referimos a la vigencia de ciertos núcleos centrales del pensamiento de Marx, tomados- por añadidura- como verdad revelada y no sometida a constatación práctica y empírica alguna. A mediados de 2007 mediante ciertas declaraciones, el líder de la revolución venezolana, Hugo Chávez Frías, reposicionó la cuestión que nos ocupa en los medios de prensa y, desde allí, a todos los espacios de debate. Pero en realidad y desde otro punto de vista se trata de una polémica que se ha arrastrado por más de un siglo y medio.
Por cierto que contenidos de apariencia irrefutable hacia 1850, pueden aparecer como desactualizados en la primera década de nuestra centuria; dado que las condiciones materiales, económicas, sociales, culturales y políticas; tanto las mundiales, como las nacionales y aún las territoriales han cambiado enormemente. Digamos en más que apretada síntesis que el siglo XX puede ser presentado en forma sintetica, en términos de comprensión histórica, como la etapa del desafío de la revolución socialista hacia el sistema dominante del capitalismo mundial. Y por desgracia, tal desafío sufrió una rotunda derrota. No se trata de extraer lecciones del desastre del socialismo “real” del tipo de un Vargas Llosa o personajes similares que figuran como alcahuetes del imperio en cuanto programa televisivo especializado en banalidades se pudiere imaginar. Pero si nos parece imprescindible formular un balance de los conceptos teóricos que guiaron las prácticas de un conjunto de organizaciones revolucionarias. Además y por cierto, una exigencia del mismo Marx era someter sus propias ideas al juicio crítico y racional en continuo diálogo con la realidad social. Sin embargo, cierta lectura acrítica de los clásicos del marxismo resultó un pecado original de nuestras izquierdas, del cual nunca realizaron esfuerzo alguno por apartarse; como si hacer la revolución fuere tarea reservada para aplicados recitadores de vúlgatas escritas de una vez y para siempre.
En este artículo serán analizados algunos límites originarios de la literatura marxista clásica para resultar eficaz “guía para la acción” y no tanto a los desvaríos a los que nos tienen acostumbrados las fuerzas de izquierda nacidas de tales padres teóricos. Lo último- ciclópea tarea por cierto- quedará para elaboraciones futuras. Actividad de enormes proporciones y vana además, ya que cuando se logró aprehender la compleja variedad de los kioskitos de nuestra sinistra, nuevas divisiones exigen retomar la elaboración. En definitiva, es absurdo tener temor a ejercer la crítica, ya que la lealtad fundamental de todo intelectual comprometido con causas justas no es con los contenidos ideológicos, sino con la larga marcha de los pueblos por construir sociedades dignas de recibir el nombre de humanistas.

La obra de Marx:
una lúcida mirada crítica

En principio digamos, antes de avanzar, cual es el máximo aporte de la creación de Kart Marx al conjunto de la teoría social. Se trata básicamente del carácter implacable de una mirada crítica fuertemente cuestionadora sobre el conjunto de las bases y de los fenómenos constitutivos de la dominación capitalista. En efecto, el bisturí conceptual del filósofo nacido en Treveris- aunque a él no le gustare contarse como miembro pleno de la tradición del saber originado en las antiguas polis- se hunde tan a fondo viviseccionando en lo profundo de los mecanismos de la economía y la sociedad del siglo XIX que los autores pro-burgueses posteriores serios- como el francés Raymond Arón, uno de los ensayistas conservadores más lúcidos de la pasada centuria, por ejemplo- deben dar un rodeo y no mencionar cuestiones en absoluto irrefutables, como que la plusvalía es una de los pilares decisivos sobre los que se asienta la sociedad burguesa. El autor de Das Capital llamaba plusvalía al trabajo generado por los obreros que no les era retribuido. Podría ironizarse mentándola como la “cara oscura u oculta del salario”, parafraseando la creación de Pink Floyd. Es decir que la plusvalía se define en tres sintéticas palabras: trabajo no pagado. Al criticar al autor del 18 Brumario, Arón escapa con escasa elegancia de realizar una crítica de la teoría de la plusvalía- piedra angular de la teoría Marxista, al decir de Lenin- ya que demostrar su no vigencia o inviablidad, resulta absolutamente imposible o más bien equivale a postular la famosa cuadratura del círculo o la existencia del agua seca. La ganancia capitalista- centrada en la exacción de plusvalía- es una de las bases decisivas de la desigualdad social y de toda sociedad capitalista.
Pero existe una lectura meramente economicista de la obra de Marx. Tal mirada consiste en una interpretación limitada y lineal impulsada por cierto sentido común debido a lecturas derechistas de sus ideas, y, a no pocos izquierdistas aquejados de un profundo y rígido mecanicismo. Dichas miradas han sacralizado una lectura de nuestro autor, en la cual los únicos aspectos de su obra que siguen en pie son los relativos a los factores de producción. Por cierto que no faltan citas clásicas que avalarían tal mirada. Pero a contrapelo de estas corrientes, nuestra interpretación postula que la crítica de Marx se sirve de un profundo conocimiento del mundo económico para demoler conceptualmente todos los andamiajes, mecanismos simbólicos y recursos materiales de la sociedad burguesa. Para decirlo en palabras simples: Marx no sólo condenaba al sistema Capitalista debido a su carácter explotador; si no también (y fundamentalmente) por obturar y anular las posibilidades de una vida medianamente digna para gran parte de la humanidad. Por cierto que para verificar los referidos rasgos del capitalismo sólo hay que leer el diario, aún en diversos medios de la derecha más cerril. Las referencias acerca de las inequidades e inquinidades que desgarran al conjunto del orbe son parte de los paisajes rurales, urbanos y massmediáticos. Con relación a si la crítica del Marx se refiere únicamente a la explotación o avanza en otras direcciones, démosle la voz al susodicho autor en palabras, por añadidura, formuladas en uno de sus textos más clásicamente económicos: “Das Kapital”.
“La burguesía, que al crear para sus hijos las escuelas politécnicas, agronómicas, etc., no hacía más que obedecer a las tendencias íntimas de la producción moderna, sólo dio a los proletarios la sombra de la enseñanza profesional”. (Karl Marx. El Capital. Versión electrónica)
Al argumentar acerca de la segmentación que se verifica en una sociedad capitalista con relación al fenómeno educativo, Marx demuestra que muy lejos se hallaba de criticar sólo el aspecto económico de la suerte de las masas; sino al conjunto de los fenómenos propios y constituyentes de la dominación burguesa. Es decir que la crítica al capitalismo no se limitaba al fenómeno de la explotación, si no que se ampliaba al hecho que el sistema efectivamente lograba (y lo sigue consiguiendo) reducir a gran parte de las personas a la condición de objetos pasivos. De modo que su pensar se orienta a fundamentar de modo concluyente una sólida perspectiva humanista. Parafraseando a Atilio Borón- uno de los interpretes de Marx dotado del conocimiento más profundo de su obra en todo el mundo de habla hispana- era preciso servirse de una profunda formación en economía política, para formular una concepción de carácter filosófica con verdadero alcance social. De modo que podríamos denominar su concepción como humanista, siendo esta última palabra no necesariamente resultado de la interpretación boroniana.

Los ejes fundamentales
del debate

De resultas que el autor de los Manuscritos económico-filosóficos puede ser considerado uno de los más sagaces críticos de la construcción burguesa, sino el más. El problema aparece en el momento de transformar la crítica al sistema en construcciones políticas alternativas anticapitalistas concretas. Es sabido que a lo largo de la vida y la obra de Marx aparecen algunas cuestiones de índole teórica y práctica que trataremos de sintetizar para luego criticar.
1) En primer lugar, que tipo de sociedad reemplazaría al capitalismo. Sistemas socialistas fueron enunciados anteriormente- y también a posteriori- al postulado por Marx y su amigo Federico Engels. Dejando de lado algunas variedades nostálgicas de la edad media o reaccionarias, nuestros autores los agruparon bajo el común denominador de socialismo utópico, para diferenciarlo del sistema soñado por ellos, que (auto) denominaron (socialismo) científico. La razón de tal diferenciación es que los autores de La Ideología Alemana consideraban haber comprendido y formulado en leyes irrefutables la propia marcha de la sociedad y sus contradicciones hacia la revolución. Y además haber definido el sujeto encargado de realizar tal transformación: el proletariado industrial. En el célebre prólogo a La Crítica de la Economía Política se halla una sintética explicación de tales leyes que guían el desarrollo capitalista (hacia su derrumbe). Quien pretendiera hallar un eco del positivismo en esta concepción, puede. De todos modos, en la obra de Marx palpita la tensión constante entre la revolución como fenómeno objetivo, hacia la cual lleva la propia lógica de la crisis capitalista, y la necesidad perentoria que el cambio social se realice por medio de la acción (consciente) por parte de las masas. Veamos las palabras del autor de tantos textos decisivos. “El resultado general al que llegué y que una vez obtenido sirvió de hilo conductor a mis estudios puede resumirse así: en la producción social de su vida los hombres establecen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una fase determinada de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia. Al llegar a una fase determinada de desarrollo las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas, y se abre así una época de revolución social. Al cambiar la base económica se transforma, más o menos rápidamente, toda la inmensa superestructura erigida sobre ella. Cuando se estudian esas transformaciones hay que distinguir siempre entre los cambios materiales ocurridos en las condiciones económicas de producción y que pueden apreciarse con la exactitud propia de las ciencias naturales, y las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas, en un a palabra las formas ideológicas en que los hombres adquieren conciencia de este conflicto y luchan por resolverlo. Y del mismo modo que no podemos juzgar a un individuo por lo que él piensa de sí, no podemos juzgar tampoco a estas épocas de transformación por su conciencia, sino que, por el contrario, hay que explicarse esta conciencia por las contradicciones de la vida material, por el conflicto existente entre las fuerzas productivas sociales y las relaciones de producción. Ninguna formación social desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella, y jamás aparecen nuevas y más elevadas relaciones de producción antes de que las condiciones materiales para su existencia hayan madurado dentro de la propia sociedad antigua. Por eso, la humanidad se propone siempre únicamente los objetivos que puede alcanzar, porque, mirando mejor, se encontrará siempre que estos objetivos sólo surgen cuando ya se dan o, por lo menos, se están gestando, las condiciones materiales para su realización. A grandes rasgos, podemos designar como otras tantas épocas de progreso en la formación económica de la sociedad el modo de producción asiático, el antiguo, el feudal y el moderno burgués. Las relaciones burguesas de producción son la última forma antagónica del proceso social de producción; antagónica, no en el sentido de un antagonismo individual, sino de un antagonismo que proviene de las condiciones sociales de vida de los individuos. Pero las fuerzas productivas que se desarrollan en la sociedad burguesa brindan, al mismo tiempo, las condiciones materiales para la solución de este antagonismo. Con esta formación social se cierra, por lo tanto, la prehistoria de la sociedad humana.
La cita tal vez pudiera ser calificada como excesivamente extensa; pero da cuenta de modo harto elocuente de la visión marxiana de la historia y en particular de su visión de las leyes que guían su desenvolvimiento. Lo menos que puede decirse del párrafo es que “la prehistoria de la sociedad humana” ha durado demasiado.
2) Por otra parte, en la mirada de Marx, la economía mundial es el teatro de una verdadera guerra civil en la que el proletariado internacional libra diversas (aunque constantes) escaramuzas contra la clase capitalista de todo el orbe. Primero, para resistir la expoliación, para alcanzar condiciones de vida más dignas para los trabajadores y por ampliar las condiciones de libertad política (democracia). Avanzando en las luchas, el combate se daría para derrocar a la burguesía y liquidar toda forma de explotación. La visión internacional y de conjunto- para los marxistas- es un imperativo gnoseológico y político, del cual surge la necesidad de organizar las fueras proletarias en el ámbito mundial, producto de la cual es la interesante experiencia de las tres o cuatro- si contamos a la cuarta- internacionales, de la cual hablaremos más adelante. “La revolución es nacional por su forma e internacional por su contenido. Es muy conocido el modo en que diversos autores de la izquierda nacional intentaron moderar el efecto cuasi brutal de las palabras anotadas en Manifiesto Comunista. Pero no logró eliminar la (perdurable) influencia que tuvieron sobre la práctica de muchos partidos de izquierda, que hicieron durante décadas caso omiso a la existencia de las diversas nacionalidades, ni de las peculiaridades de cada formación social y menos diferenciaron estados imperialistas de periféricos.
3) Por causa de mecanismos insuficientemente demostrados en lo teórico y jamás verificados empíricamente, la clase obrera resultó depositaria de un imperativo de condición mesiánica: Marx la convirtió en sujeto único de la revolución, nada menos. Y por cierto que no era cualquier clase obrera, sino más bien la industrial y de los países centrales. Y tampoco era cualquier revolución, si no una transformación tan profunda que redimiese al conjunto de la humanidad. Cierto es que hay en la obra de los teóricos varias veces mencionados diversos aspectos que moderarían la afirmación precedente. Por ejemplo, la cita que sigue a continuación: “si la revolución Rusa da la señal para una revolución proletaria en occidente, de modo que ambas se complementen, la actual propiedad común de la tierra en Rusia podrá servir de punto de partida a una revolución comunista”. (Carta de Marx). Pero nótese que aquí lo que provee visibilidad a la transformación social posible en Rusia es la relación con la revolución social (proletaria) en occidente. Es, ni más ni menos, que la vieja concepción eurocéntrica consistente en afirmar que el mundo periférico es constituido por los países centrales. Si no, la vida social en el mundo periférico carece de visibilidad y aún de existencia.
Una de las ideas centrales en el corpus teórico de Marx es que la revolución proletaria, no sólo viene a solucionar los problemas más urgentes, sino a resolver de modo definitivo los dilemas de fondo y cruces éticos que han atormentado a la humanidad desde tiempos ancestrales. Veamos como lo enuncia en sus propias palabras:
... que ahora esta lucha ha llegado a una fase en que la clase explotada y oprimida (el proletariado) no pueda ya emanciparse de la clase que la explota y la oprime (la burguesía), sin emancipar, al mismo tiempo y para siempre, a la sociedad entera de la explotación, la opresión y la lucha de clases. (Marx y Engels. Manifiesto Comunista. Versión electrónica)
Objetivos loables y plausibles, sin dudas. ¿Pero realizables? Para responder tales interrogantes se hace necesario cotejar los dichos de la teoría con el acontecer histórico recurriendo a la experiencia proporcionada por el archivo formidable de más de dos centurias de movimiento obrero y socialista.

El marxismo que (si)
ha caducado

Alrededor de estas tres temáticas sucintamente planteadas girará nuestra objeción crítica. Con relación al primer item, discutiremos en primer lugar la supuesta dicotomía socialismo utópico-científico. Puede certificarse como científica a una concepción que se adecue plenamente a la realidad y sirve para leerla y/o transformarla. Y la realidad de los siglos XIX, XX y lo que ha corrido del XXI demuestra que existen vacíos conceptuales e hipótesis que no resisten los contrastes empíricos por parte de las teorizaciones marxianas. Es preciso analizarlas mínimamente. El desarrollo de la economía y la sociedad burguesas en la centuria pasada siguió senderos más complejos que los pensados previamente; particularmente en la comprensión de la profundidad de las crisis cíclicas del capitalismo. En palabras de Marx “Al llegar a una fase determinada de desarrollo las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas, y se abre así una época de revolución social”. (Prólogo a la Contribución a la crítica de la Economía Política. Versión electrónica).
Campea en todos ellos un cierto catastrofismo- muy influyente por otra parte en teóricos de comienzos del siglo XX, como Lenín, Rosa Luxemburgo o Trotski- que no puede sostenerse en la actualidad. Algunos de los mecanismos compensatorios ya fueron anticipados por el propio Marx en el prólogo ya citado. La capacidad de readaptación del sistema capitalista a las crisis, más allá de los sufrimientos individuales de algunos burgueses y de la inmensidad de las masas en ellas, resultó muy superior a lo previsto por el pensamiento crítico en general. Dicho sea de paso, aunque no sea el tema de este artículo, el dinamismo y la capacidad transformadora del capitalismo deja reducido a la condición de soñador pre-científico a León Tortski cuando afirmaba que “las fuerzas productivas de la humanidad han cesado de crecer”. (León Trotsky. El programa de transición. Versión electrónica).
Dramáticamente planteadas en el contexto de 1938, en que el mundo se encaminaba a la barbarie de la segunda guerra mundial, estaríamos tentados de afirmar que el propio revolucionario ruso no suscribiría en la actualidad- en los últimos veinte años se han desarrollado más que en toda la historia previa de la humanidad- dichas palabras. Sin embargo, los partidos trotskistas, prosiguen recitando los mismos versículos, a contramano de la realidad social. Como toque exótico puede citarse que frente a cada nueva crisis profetizan el inminente derrumbe del capitalismo. Algunos espectadores ingenuos en actos de dichas fuerzas se colocan a buen resguardo para no quedar aplastados por sonoros derrumbes de escombros. Pero por fortuna para los transeúntes y por desgracia para los profetas de semejantes hecatombes, la caída de guijarros nunca acontece. Por lo tanto, resulta insostenible seguir repitiendo frases como la anterior. Y mucho menos otra como la que sigue: “Las condiciones objetivas de la revolución proletaria no sólo están maduras sino que han comenzado a descomponerse”. (León Trotsky. El programa de transición. Versión electrónica).
A casi setenta años de pronunciadas estas palabras, el hedor a podrido debería haber dado la vuelta al mundo ya. Y estas son las raíces teóricas fundamentales de las posiciones de los partidos trotskistas. Pero, como decíamos, no es este el centro del análisis y la vivisección de tales contradicciones la pasamos hacia un incierto futuro (las calendas griegas o troskas).
A comienzos del siglo XXI nada coloca en un lugar de superioridad teórica al socialismo de raíz marxista, por su condición científica, de otras variantes del socialismo. De hecho, en todo el orbe, existen movimientos que intentan gestar espacios de liberación, aunque más acotados. Inscriptos en el anarquismo, en el socialismo (utópico), o en las actualmente llamadas organizaciones autonomistas, disputan con agrupaciones de tipo marxista la adhesión de las masas populares en el mundo entero. A la vez, intentan poner un límite a la voracidad del gran capital globalizado. Todas deberán revalidar el título de la formación teórica más acertada en el juicio- de todos modos, polémico y apelable- de la lucha histórica concreta. Si algún día logramos comprender que la ciencia útil para transformar la realidad social no es un conjunto bíblico que nos fue dado de una vez y para siempre, la crisis del marxismo no habrá transcurrido en vano.
El segundo plano de análisis- el carácter internacional de las luchas revolucionarias- es tal vez el más controvertido y central para el debate político, en nuestra opinión. Aunque suene antipático y está clarísimo que la economía capitalista es de carácter mundial, las luchas de los pueblos son fundamentalmente nacionales y en el marco del estado nacional. El proceso abierto en nuestra Latinoamérica con la llegada a fines del siglo XX del comandante Hugo Chávez Frías al gobierno en Venezuela (continuado por Rafael Correa, Evo, Lula y los Kirchner) cuenta con un concepto central para ser comprendido: la recuperación de los estados nacionales en países periféricos. El marco de las luchas es nacional y por lo nacional (y popular). Luego, pueden (y deben) intentar captar solidaridades más allá de sus fronteras. El objetivo marxista de unir en una sola fuerza político-organizacional al conjunto del proletariado internacional contra el poder del capital (globalizado, se diría hoy) jamás pasó de ser un enunciado formulado en textos muy plausiblemente intencionados, pero carentes de concreción práctica. Argumentaremos a continuación a favor de nuestras objeciones.

Acerca de la (decisiva) cuestión nacional y
otras objeciones al marxismo

En principio, existe un modo de concebir al mundo (capitalista) moderno como resultado de una lucha de clases mundial que enfrenta a la burguesía con el proletariado, visto este desgarramiento desde el conjunto global; es decir, internacional. Sin negar que existe fundamento empírico y material para tal afirmación; en nuestra opinión no puede soslayarse que la dominación imperialista se superpone con la contradicción recién referida y aparece (sensiblemente) la que enfrenta a los países periféricos con las formaciones nacionales causantes del sometimiento de la mayor parte del orbe: es decir los estados imperialistas. De este modo se crea en las naciones atrasadas las bases materiales para la formación de coaliciones más vastas, a favor del desarrollo nacional; aunque en muchas de ellas participen fuerzas hostiles a una salida socialista. Tal es una síntesis de lo que se denomina cuestión nacional (perdón por la reiteración) que además incluye aristas de carácter cultural (defensa de la propia identidad), político (un estado independiente de los poderes globalizados es una forma sustantiva de democracia), además de las razones económicas mencionadas líneas arriba.
Con relación a la experiencia de las internacionales obreras, digamos que las mencionadas organizaciones fueron los intentos concretos para crear el Partido Internacional de la clase obrera y… no pasaron de resolver sus disputas, conflictos y realizaciones en los marcos y referencialidades (para Marx estrechos) de los estados nacionales. Veamos una breve síntesis que fundamente nuestros dichos. La primera internacional- la única creada en vida de Marx- se destacó porqué lo más importante de su accionar fue su participación en la heroica Comuna de París (1871). La insurrección citada fue una reacción defensiva del proletariado (y el pueblo) de la ciudad luz frente a la defección del ejército (nacional) burgués, frente al recién creado Segundo Reich alemán. Sin negar sus métodos y contenido de clase claramente proletario, los alcances de la revuelta se reducen claramente al marco (nacional) francés; a la defensa del estado nacional amenazado en su existencia por la potencia del nuevo imperio de los Hohenzollern y por la defección burguesa y del emperador Napoleón III. La Comuna fue, en apretada síntesis, el episodio último de la revolución burguesa, ya que luego de ella nunca más hubo ningún intento serio por (re)crear formas monárquicas o imperiales en la nación gala. Y los efectos posteriores de la derrota precipitan la disolución de la internacional, ya que concentra la furia represiva de los poderosos. Jamás paso de ser un destacamento centrado fundamentalmente en el continente europeo. Es más, cuando Marx trasladó su sede a New York fue, en realidad, su partida de defunción. Se debatió mucho sobre problemas teóricos e internacionales. Pero a la hora de la lucha política concreta, la cuestión se resolvió en los marcos del estado nacional.
La segunda internacional es fundada en 1889, ya muerto Marx y poco antes del final de la vida de Engels. Por añadidura, los años de gestación y máximo desarrollo coinciden con el apogeo del imperialismo moderno; años en los cuales se exacerba el carácter decisivo de la cuestión nacional, por cierto. La partición entre socialistas “reformistas” y “revolucionarios” se halla presente casi desde sus orígenes. La distinción entre una y otra fracción lejos esta de ser conceptualizada sólo en términos éticos, es decir en términos de “leales y traidores” para con la revolución social; es preciso conceptualizarla en los siguientes términos. Es que, en realidad, un modo materialista de ver la cuestión reside en analizar las relaciones entre los aparatos partidarios y sindicales; por un lado, y, por el otro, el estado burgués; tomando como variable decisiva la capacidad creciente de este último para regular el flujo de recursos, que merced al desarrollo capitalista, son volcados para moderar el conflicto social. Lo cierto es que en la mayoría de los partidos de la segunda internacional predominan las orientaciones que visualizan cambios paulatinos y no revoluciones radicales. Y pese a las sorpresas que acarreó, la decisión de la mayoría de los partidos y dirigentes de alinearse junto a sus respectivas burguesías en la primera guerra mundial no tendría que haber provocado incredulidad ni asombro. Los intereses propios de cada partido- en el marco de sus respectivos estados nacionales- resultaron un límite más que tangible para la construcción de una organización mundial. Cada destacamento priorizó los vínculos en su propia “patria” antes que la identidad internacional. De hecho, sólo muy pocos cuadros se opusieron a esta orientación mayoritaria, los más conocidos, Lenín y Rosa Luxemburgo. La segunda internacional- en cuanto organismo revolucionario- estaba muerta desde hacia cierto tiempo, pero el revolucionario ruso recién pudo proclamar la necesidad de construir su sucesora luego de la revolución bolchevique (1917).
Así, la tercera internacional nació ligada a un estado nacional y toda su experiencia está íntimamente ligada a la defensa del proceso ruso; es decir del citado estado nacional. Con el requisito de las veintiún condiciones de ingreso en la Internacional- modelo de sectarismo, en la acertada opinión del español Fernando Claudín- se verificaron dos circunstancias igualmente perjudiciales para los movimientos revolucionarios. Ellas son:
a) Existió un “recetario” único y excluyente para realizar transformaciones sociales: elaborado de espaldas a la realidad social y cultural de cada país y motivado únicamente por la necesidad soviética de no quedar aislada a merced del capitalismo dominante en el resto del mundo. Tales son los mecanismos que llevaron a la “teorización” de un engendro que se denominó “socialismo en un solo país” (logomaquía debida a Stalin). Argumentar copiosamente a favor de nuestras afirmaciones excede largamente los objetivos del presente trabajo; por lo cual en futuras elaboraciones realizaremos esta necesaria tarea.
b) La internacional quedó reducida a un conjunto de “elegidos” partidarios del leninismo, sin mayor diálogo con los “réprobos” socialdemócratas, anarquistas u otras fracciones (integrantes por mérito legítimo) del movimiento obrero. El purismo ideológico de la tercera no le impidió caer en oportunismos de todo tipo, cuando no en la defección contra-revolucionaria; de la cual la acción desplegada en la guerra civil española (1936-1939) es el mejor ejemplo.
Hemos demostrado la centralidad del problema nacional. Pero además no puede soslayarse ni desaprovecharse el hecho que la defensa de la identidad cultural propia, de los recursos naturales y estratégicos del país pretendidos por la voracidad imperialista resulte al mismo tiempo fuente de conflictividad y punto de articulación de diversos sujetos que pueden operar cambios en la sociedad. ¿Por qué dejar estas importantes banderas abandonadas para que las retomen ciertos defensores del sistema?
En otro orden de cosas, digamos que la pretensión de aprehender el conjunto de las leyes que rigen la historia, la economía, la cultura y la sociedad en un único sistema desentrañado de una vez y para siempre implica- desde el punto de vista epistemológico- una pretensión que como mínimo puede calificarse como pedantescamente prometeica; y en términos máximos de simplemente absurda y exagerada. Seguramente el anciano sabio de Tréveris sonreiría con sorna si pudiera observar la compleja multidireccionalidad que tomo la realidad social, más aún (tomando distancia) con relación a muchas de sus previsiones. Seguramente no suscribiría el error de las izquierdas contemporáneas; que al ver como las sociedades existentes no se adecuan a sus esquemas acometen contra la realidad pretendiendo asesinarla. Pero lo cierto que en el propio Marx anida y palpita la vieja pretensión positivista de formular leyes ineductables e ineludibles para todo proceso histórico. Hacia el pasado de la sociedad humana, está fuera de discusión los innumerables aciertos de Marx y Engels a la hora de formular teorizaciones. Pero proyectado a futuro, sus pensamientos arrojan límites, errores e inconsistencias que los cambios verificados en el mundo capitalista desde fines del siglo XIX no han hecho más que agrandar.

Conclusiones pesimistas desde la razón aunque
de modo de optimizar la voluntad

Para cerrar estas líneas, formularemos algunas conclusiones del análisis desplegado a modo de balance.
1) Lo más acertado de Marx es su crítica a la dominación capitalista; tanto desde su carácter de sociedad explotadora como en la cerrazón para que las personas accedieran a un modo de vida humanista.
2) La pretensión de Marx de haber desarrollado (y casi agotado) las leyes a futuro de la humanidad resultan de un carácter ingenuamente positivista y además insostenible desde el punto de vista epistemológico.
3) No existen fundamentos serios para calificar al socialismo pensado por Marx como científico, por oposición a otros mentados como utópicos.
4) También resulta objetable la idea que la única clase verdaderamente revolucionaria es el proletariado industrial.
5) Por otra parte, existe en nuestro autor un inocultable matriz de eurocentrismo.
6) No puede dejar de señalarse que el mejor modo de utilizar el corpus marciano es con la subjetividad firmemente anclada en la comprensión de las especificidades de nuestra sociedad y no obligando a la realidad a someterse al tamiz de las ideologías.
Pese a los límites y errores señalados, las teorías de Marx ocupan un merecido sitio entre las concepciones que guían a los pueblos en sus siempre recomenzadas luchas por construir- en un futuro lo más pronto posible- modos de vida dignos de ser llamado humanista,