Terremoto en Chile: Entre el dolor y la ira
(Tito Tricot)
De pronto, sin aviso alguno, rugió la tierra con tal furia que huyeron
despavoridos los pocos ángeles azules que aún merodeaban la noche en busca
de algún amor incauto. Y se nos cayó el cielo a pedazos en una lluvia
interminables de polvo, vidrio y abisal oscuridad. Entonces nos golpeó sin
misericordia la Inconmensurable fragilidad de la vida y se nos alborotó la
garganta de atávico espanto. Nadie puede describir con precisión aquellos
momentos interminables cuando el tiempo se detuvo en medio del ensordecedor
ruido y de nuestra abrumadora angustia. Cada golpe, cada caída, cada
explosión, cada minuto nos apretaba más el corazón mientras sólo
susurrábamos o gritábamos para que se detuviera la tierra, la madre tierra.
Sólo un momento para recuperar el aliento perdido entre las penumbras del
peor terremoto en la historia de Chile.
Y faltaba aún la furia del mar que en pocos minutos arrasó con poblados
enteros sembrando el dolor y el miedo. Pero pronto ese dolor se transformó
en ira, pues la Armada de Chile, arrogante y obtusa, había declarado
categóricamente que no había posibilidad alguna de maremoto en nuestro
país. Y lo mismo señaló el gobierno, entonces mucha gente que había huido
a los cerros, retornó a sus hogares para intentar rescatar algunas
pertenencias, sólo para morir aplastadas por el agua que nunca debió estar
ahí según el gobierno. Que, por lo demás, desde el comienzo trató de
minimizar la tragedia, balbuceando incoherencias, negando urgencias y riesgos
mientras en el sur y en la isla Juan Fernández la gente se moría de
océanos desbordados. El terremoto es causa de la naturaleza, las victimas
del maremoto son responsabilidad de la Armada y del gobierno, porque la
tragedia era evitable.
La guerra contra un pueblo inerme
Y duele hasta el alma constatar la magnitud de la catástrofe, la soledad de
los desaparecidos, el llanto de los niños y la enorme y extensa devastación
cuando algo de ello era evitable. Sin embargo, la soberbia de la elite
dominante que se asume infalible sirvió para – con la ayuda de los medios
de comunicación – cambiar violentamente la realidad y así las victimas
pasaron a ser saqueadores y delincuentes. El discurso se propaló sin piedad
alguna y se le acompañó – ¡cómo no! – con 12 mil militares y toque de
queda. Y volvieron los tanques y las metralletas a mancillar el paisaje
sureño, como en tiempos de dictadura. Y volvieron también las amenazas
cuando lo principal pasó a ser la seguridad y el orden público. Por la
razón o la fuerza se defenderá la propiedad privada, dicen, flanqueados
por los comandantes en jefe de las fuerzas armadas, como si esto fuera
guerra. En el intertanto la gente continúa aislada, sin alimentos, sin luz
o agua, sin abrigo y sumidos en la más completa incertidumbre mientras las
autoridades defienden a los ricos. Parece increíble, pero en lugar de
distribuir alimentos, proporcionar frazadas o habilitar albergues, el
gobierno ha declarado la guerra a un pueblo inerme. Nadie puede condonar o
aceptar el saqueo de electrodomésticos o implementaos suntuarios, pero la
mayoría de la gente sólo necesita comer. Por lo demás, nada de ello
hubiese ocurrido si las autoridades hubiesen reaccionado con celeridad y
eficiencia en lugar de ocultar su estulticia con la violencia del fusil.
Aquí no se necesita represión, sino compasión; no se requieren balas, sino
que comida. Y respuestas, no sólo de las autoridades, sino que también de
los empresarios que se han hecho millonarios en el Chile neoliberal y cuyos
edificios, casas, puentes, carreteras y pasarelas se derrumbaron como
castillos de arena, cercenando vidas y destruyendo sueños de miles de
chilenos. No sólo en el sur, claro, sino que en Valparaíso, Quilpue,
Santiago, y centenares de ciudades y pueblos donde el terremoto golpeó con
inusitada furia, aunque no salga en las noticias, porque la guerra unilateral
del gobierno se está librando en Concepción, Constitución, Chiguayante. El
resto de Chile debe esperar, sin agua o luz, en la calle, en los parques, en
medio del temor de las centenares de replicas que te hacen saltar el corazón
de tanto en tanto.
Nada importa a las autoridades, sólo la defensa incondicional de la
propiedad privada, por eso hoy nos movemos entre el dolor y la ira de un
terremoto que vivirá para siempre en nuestra memoria. No lo olvidaremos
jamás, como tampoco olvidaremos la singular guerra contra un pueblo que
sólo quería comer el día después que la tierra y el mar nos estremecieron
el alma sin aviso previo.
Tito Tricot
Sociólogo
Director
Centro de Estudios de América Latina y el Caribe
CEALC
Chile