Rubén Darío y la poesía para niños.

(Víctor Manuel Ramos)

Existe una polémica sobre si se puede o no
hablar, en verdad, de literatura infantil. Lolo Rico, ensayista y narradora española,
sostiene que basta con hablar de literatura a secas pues «los libros infantiles: o son literatura, en cuyo caso sobra lo demás, o
son infantiles, y entonces no hay que
preguntarse si son verdaderamente literatura».[1] Un extenso estudio de Mario Rey, ensayista y compilador mexicano, colocado como
Prólogo de su libro «Historia y muestra de la literatura infantil mexicana» nos
lleva a una discusión sobre la necesidad de cantar, de hacer poesía, de contar
lo sucedido, para conducirnos a una definición de la literatura y para, más
adelante, abordar el asunto de la literatura
infantil. Rey discute acerca de si hay una literatura infantil o una
literatura al alcance de los niños. Y cuando se refiere al término literatura, advierte sobre «el peligro de menospreciar las capacidades
intelectuales y sensibles del niño, destinándole un conjunto de publicaciones
de dudosa calidad literaria o artística, textos ñoños que atentan contra la
inteligencia y la sensibilidad del ser humano, ya sea niño o adulto».[2]
Si resumimos las grandes tendencias en torno a
este asunto, únicamente hay dos posiciones perfectamente establecidas: la
primera acepta un subconjunto al que llama literatura infantil, mientras que la
segunda postura se pronuncia por una sola literatura, simple y llanamente.
Para efectos de este trabajo, yo estoy de
acuerdo con la existencia de una literatura infantil como un género separado de
la literatura general. Pero también comparto el planteamiento de Juan Carlos
Merlo quien sostiene que hay dos tipos de literatura infantil: un primer grupo
lo constituyen los textos que fueron producidos
para los niños y lograron su aceptación; el segundo esta formado por la
literatura que los infantes hicieron
suya, a pesar de dirigirse a adultos.[3]
Pero para ser más precisos, yo coloco las dos
divisiones propuestas por Juan Carlos Merlo en la categoría de literatura para
niños, porque existe, indudablemente, otra, que es la literatura (con todas las
calidades exigidas) producida por los niños mismos y que, a mi entender, es la
auténtica literatura infantil.[4]

Establecidos estos deslindes me referiré a
Rubén Darío y su vinculación con estas dos grandes categorías de la literatura
infantil.
Rubén Darío, nacido en Metapa[5],
el 18 de enero de 1867, se establece en León, a la edad de tres años, bajo el
cuidado de sus tíos Félix Ramírez Madregil, fallecido muy tempranamente, y
Bernarda Sarmiento, quienes lo van a recoger a San Marcos de Colón, un pueblo
fronterizo de Honduras, a donde lo llevó su madre, que había establecido una
relación de pareja con el abogado Juan Benito Soriano.
León era una antigua ciudad colonial, llena de
iglesias y catedrales, con sus calles bien trazadas y empedradas y llena de
tradiciones que llevan, al pequeño Rubén, a creer en seres mágicos, en un
ambiente en donde lo religioso y lo mítico no tenían una línea de demarcación
precisa.
«La casa
era para mi temerosa por las noches. Andaban lechuzas en los aleros. Me
contaban cuentos de ánimas en pena y aparecidos los dos únicos sirvientes: la Serapia y el indio Goyo.
Vivía aun la madre de mi tía abuela, una anciana, toda blanca por los años y
atacada de un temblor continuo. Ella también me infundía miedo: me hablaba de
un fraile si cabeza, de una mano peluda, que perseguía como una araña…»[6]
Es indudable que los cuentos populares y las
leyendas han nutrido las necesidades
literarias del hombre y sobre todo de la literatura escrita para niños. Rubén
hace eco de estos relatos que escuchó amedrentado durante su infancia y en su
poema La cegua, por ejemplo,recoge esta leyenda tradicional de la
mitología nicaragüense, sobre una hembra diabólica que es espanto de los
trasnochadores y parranderos, con terribles carcajadas y gritos.
«Fui algo
niño prodigio. A los tres años sabía leer, según se me ha contado» –nos
relata Rubén-.[7] Rubén no recuerda a qué edad escribió los
primeros versos, pero el mismo nos asegura que fue muy temprano: «Por la puerta de mi casa –en las Cuatro
esquinas- pasaban las procesiones de la Semana Santa, una Semana Santa famosa: «Semana Santa en León y
Hábeas en Guatemala»; y las calles se adornaban con arcos de ramas verdes. Del
centro de uno de los arcos, en la esquina de mi casa, pendía una granada
dorada. Cuando pasaba la procesión del Señor del Triunfo, el Domingo de Ramos,
la granada se abría y caía una lluvia de versos. Yo era el autor de ellos. No
he podido recordar ninguno…; pero sí sé que eran versos, versos brotados instintivamente. Yo nunca aprendí a
hacer versos. Ello fue en mí orgánico, natural, nacido»[8].
En la casa de la tía Bernarda se hacían
tertulias políticas, de las que participaba el niño Rubén, como escucha.
Además, había ahí una pequeña colección de libros que fueron sus primeras
lecturas. Rubén los recuerda: un Quijote,
las obras de Moratín, Las mil y una
noches, laBiblia; los Oficios, de Cicerón; la Corina, de Madame Stael, un tomo de comedias
clásicas españolas, una novela terrorífica, La
caverna de Strozzi.[9]
Pero además, León era un centro de gran bullir
intelectual. Edelberto Torres hace una lista de los más destacados literatos
que establecieron relación con el niño Darío: «Mariano Bareto que ahonda mucho en el sabor idiomático; Ramón y José
María Mayorga Rivas, Cesáreo Salinas, Manuel Cano y Félix Medina son poetas;
Felipe Ibarra, Samuel Meza, Tomás Ayón y su hijo Alfonso, Jesús Hernández
Somoza, , son jurisconsultos y publicistas; Ricardo Contreras, mexicano, ejerce
la docencia y la crítica literaria; Modesto Barrios es periodista y orador.
Todos celebran a Rubén celebrando sus composiciones, solicitando su
colaboración para diversos actos académicos y facilitándole obras literarias
que lee con delectación. Esos escritores profesan el liberalismo ideológico,
son lectores de Juan Jacobo Rousseau y de Montesquieu, de Tácito, de Plutarco,
y en aquel momento tienen como oráculo al ilustra ecuatoriano Juan Montalvo»[10].
Tal era la fama de Rubén, no solo en Nicaragua,
sino en todas las parcelas centroamericanas, que se le llamaba «el poeta niño». En enero de 1879, con
apenas 12 años de edad, escribe «La fe», su primer soneto conocido y
publica, en 1880, los primeros versos en «El
Termómetro», diario editado en la ciudad de Rivas, bajo la dirección de
José Dolores Gómez.
La edición de Aguilar, Poesías Completas de Rubén Darío[11],
dirigida por Alfonso Méndez Plancarte y aumentada por Antonio Oliver Belmas,
recoge toda la poesía escrita por el poeta niño y adolescente no incluida en
libros y que va desde 1880 a 1886, es decir, desde que Rubén contaba con trece años hasta la edad de
diecinueve. Como, por fortuna, gran parte de ellas están fechadas, se puede
establecer con certeza que poemas fueron escritos por Rubén en su infancia.
Méndez Plancarte reúne toda esta producción
dispersa y escrita por Rubén antes del viaje a Chile, el 5 de junio de 1886, en
una sección que titula «La iniciación melódica» y agrupa los poemas en once
secciones temáticas, algunas con el nombre que el mismo Rubén sugirió –Sollozos
del Laúd (balbuceos románticos) y Álbumes y Abanicos (galanterías)- y otras con
el nombre puesto por el mismo Méndez Plancarte –El poeta civil (tribuna
patriótica), L’Enfant Terrible (un breve sarampión jacobino, en suave expresión
francesa), Las Campanas de León (notas religiosas), Vaso de Miel y Mirra (o sea
el amor en fase del «Coloquio de los centauros»), Abélulas y Avispas
(epigramas, apólogos, coplas improvisadas), Crónicas y Leyendas (narraciones o
fantasías), Arte y Naturaleza (las letras, el paisaje, la inspiración) y Del
Cercado Ajeno (versiones o paráfrasis de otras lenguas, con la palabra de
Gracilazo).[12] Esta
compilación esta contenida en 319 páginas de las 1146 dedicadas en el libro a
la reproducción de la obra poética de Rubén. Como puede observarse, Rubén
escribe, en sus años mozos, casi una tercera parte de su obra poética, lo que
nos habla de la prolijidad con que asume, desde su infancia, el oficio de
poeta.
Una lectura de estos poemas, sobre todos los
escritos ente los 13 y los 15 años de edad (pudiera ser que algunos son de antes
de los 13 y que la fecha de pie corresponda a la de su publicación en
periódicos o panfletos conmemorativos) y que serán los poemas que, para nuestro
trabajo, cabrían en la categoría de literatura infantil, lleva al lector a
enterarse, de inmediato, de que el poeta niño ha adquirido, a una velocidad
asombrosa, una extraordinaria madurez, de tal manera que, aunque se trata de
escritos hechos por un muchacho, traducen las influencias de sus lecturas
tempranas –Extraña y ardua mezcla de
cosas para la cabeza de un niño[13], como el mismo Rubén nos dice- y las enseñanzas de la pléyade intelectual de León.
Gran parte de esta producción es de contenido
amoroso. El niño, desde muy temprana edad comienza a tener escarceos y
desencantos amorosos a tal grado que, sin haber alcanzado la mayoría de edad, a
los catorce años, hace el primer intento de matrimonio, tentativa que se ve
frustrada porque sus amigos le juntan unos pesos y lo embarcan, contra su
voluntad, hacia San Salvador. El primer poema, incluido en las Poesías
Completas, fechado en León, el 10 de julio de 1881, nos muestra su alma
atormentada pero, al mismo tiempo, llena de plenitud y alegría:

Lector: si oyes los rumores
de la ignorada arpa mía,
oirás ecos de dolores;
más sabe que tengo flores
también de dulce alegría.[14]

Otro poema titulado «A ti», fechado
en 1880, escrito en forma de una silva, nos muestra un lenguaje con algunos vocablos de poco uso que ya nos dan
el rumbo preciosista que más tarde perfeccionará el poeta con su revolución
introducida en la lírica en español y que se denominó modernismo pero con
predominancia de palabras cotidianas que nos muestran una sencillez admirable
para su edad:

Yo ví un ave
que suave
sus
cantares
a
la orilla de los mares
entonó,
y
voló…
Y
a lo lejos
los
reflejos
de
la luna en alta cumbre,
que argentando las espumas,
bañaba de luz sus plumas
de tisú…
¡Y eras… tú![15]

Hay en esta primera sección,
Sollozos del Laúd, un poema que Darío subtitula «Imitación de Palma», y que
indudablemente nos informa de sus lecturas del poeta y patriota cubano José
Joaquín Palma, quien vivirá y publicará un libro de poemas en Tegucigalpa y
posteriormente se trasladará a Guatemala, en donde escribe la bella letra del
Himno Nacional de ese país y en donde entabla relación con Darío. El mismo
efluvio amoroso encontramos en los poemas recogidos en las secciones «Álbumes y
Abanicos» y «Vaso de Miel y Mirra». Llama mucho la atención la estructura
métrica del poema «Tú y Yo»[16],
que se inicia con una estrofa de disílabos y se continúa con otra de
tetrasílabos y así sucesivamente hasta llegar a estrofas de quince sílabas para
seguir en orden decreciente y concluir en una estrofa de disílabos. El poema no
está fechado pero se advierte ya en él la influencia de los poetas franceses
que llega a través del salvadoreño Francisco Gavidia, a quien también dedicara
un poema de esa época juvenil.[17]
Empleado como redactor de un
periódico de oposición, arremete contra el gobierno con un estilo que proviene
de sus lecturas de Montalvo, de algunos libros de francmasonería, de los libros
de los enciclopedistas franceses y de las enseñanzas de sus guías
intelectuales, los escritores leoneses.
Esas ideas dieron lugar a encendidos
poemas contra los jesuitas, a pesar de que fueron ellos quienes le imparten su
primera educación, impregnados, como afirma Méndez Plancarte, de un afiebrado
jacobinismo y anticlericalismo que le valen la cancelación de una ayuda para su
educación prometida por el gobierno. Destaca su acendrado y temprano
patriotismo y su fervorosa devoción por la unidad centroamericana, alabando al
héroe nicaragüense Máximo Jerez, seguidor del héroe unionista centroamericano, Francisco Morazán.
En el poema «Al Ateneo de León»,[18] leído con motivo de la inauguración de ese centro cultural leonés, el 15 de
agosto de 1881, Rubén nos muestra una extraordinaria erudición, un completo
conocimiento de la historia de la cultura que se traduce en sus referencias a
Cervantes, Guttemberg, Virgilio, Milton, Mirabeau, Sucre, Ricaurte, Colón,
Voltaire, Juvenal y Galileo. Está, además, como lector de los periódicos,
enterado de los más importantes acontecimientos del mundo, como la guerra de
independencia de Cuba y las luchas libertarias emprendidas por José Martí:

Es que Cuba lleva espinas
en
la sien que le maltratan,
que
sus libertades matan,
sus
libertades divinas;
es
que las ondas marinas,
al
consolar sus dolores,
le
murmuran entre amores,
con
su callada armonía,
que
habrá de llegar un día
en
que caerán sus señores…

De
este tono son los poemas «Máximo Jerez» (13 de noviembre de 1881), «A los
liberales», «El libro» (con aproximadamente 1000 versos y fechado el 1º de
enero de 1882), «El Apocalipsis de Jerez» (leído el 15 de setiembre de 1881),
«Ante la estatua de Morazán» (1883), «Al Libertador Bolívar» (leído en el
Centenario bolivariano, en San Salvador, el 24 de julio de 1883) y «Unión
centroamericana»:

Morazán, el guerrero
de
brazo formidable
blandió
su limpio acero
por
ella; aquel espíritu admirable
que
de fuego forjara el Gran Obrero,
halló en vez de su ideal un ideal falso,
y
tuvo como premio verdadero…
(¡Y
los hombres así son!), tuvo un cadalso.[19]

De todos los poemas de infancia y
juventud incluidos en la «Iniciación Melódica» he catalogado como poemas de la
niñez, por la fecha en que fueron escritos, los siguientes: Ecos del alma, El
poeta, Al Ateneo de León, Máximo Jerez, Los liberales, El libro, Soneto cívico,
El organillo, Apocalipsis de Jerez, La caridad y La Cegua. Estos poemas son muy
conocidos por los niños centroamericanos porque casi todos ellos aparecen en
los libros de lectura por su alto contendido patriótico, cívico y popular.
El organillo es una parábola en la
que Rubén compara a la rota unión centroamericana con un pobre viejo que toca
un organillo.
En la obra de madurez de Darío hay
muchos poemas que fueron escritos para infantes y otros que, aunque no fueron
destinados a los chicos, su forma y contenido los hace aptos para que los niños
puedan leerlos y disfrutarlos.
Siguiendo el orden en que están
presentados en «Poesías completas», que también obedecen a un orden
cronológico, me referiré someramente a algunos de ellos, que se cuentan,
además, entre los más populares.
Empezaré por «Anagke».[20] Se trata de una parábola presentada en versos de métrica variada y diferentes
tipos de estrofa. Pertenece al libro «Azul» (Valparaíso, 1888 y Guatemala,
1890), obra con la cual Darío inicia propiamente su revolución de la poesía
española. El lenguaje es llano, sencillo y contiene el discurso de una paloma
que habla de las múltiples razones por las que es feliz: su vuelo, su amado
árbol, su ala blanca, el alerce en que formó su nido, su polluelo recién nacido,
su trabajo de mensajera, su inocencia… La parábola termina en tragedia porque
al final un gavilán infame se la traga. Darío remata el poema con una estrofa
que llama a la reflexión:

Entonces el buen Dios, allá en su trono
(mientras Satán,
por distraer su encono,
aplaudía a
aquel pájaro zahareño),
se puso a
meditar.
Arrugó el ceño,
y pensó, al
recordar sus vastos planes
y recorrer
sus puntos y sus comas,
que cuando
crió palomas
no debía
haber criado gavilanes.

El soneto «Caupolicán», de este
mismo libro, aparecía entre los poemas de uno de los libros de lectura de la
escuela primaria en Honduras.

La «Sonatina»[21] (en Prosas profanas, Buenos Aires,
1896 y París, 1901) es un de los poemas mas populares de Darío. Escrita en ocho
sextetos, en novedosos versos de dieciséis sílabas, este poema no es más que un
cuento de hadas que bien pudo ser parte de Las mil y una noches o de las
colecciones de cuentos de Perrault. Hay en él mucha fantasía y también la
pedrería de un lenguaje totalmente nuevo que se identifica con lo que Darío expresa en las palabras
liminares de este libro emblemático del modernismo: «cada palabra tiene un alma, hay en cada verso, además de la armonía
verbal, una melodía ideal».[22] Este poema, además, tiene un desenlace feliz, propio de un buen cuento para
niños:

«Calla, calla, princesa, -dice el hada
madrina-;
en caballo con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con un beso de amor.»

La «Marcha triunfal»[23] (Cantos de vida y esperanza, los cisnes y
otros poemas, Madrid, 1905) «es un “triunfo
de decoración y música», como lo calificó Darío. «Aquí el ritmo, los acordes de una orquesta wagneriana, lo son todo»,
nos dice Valbuena Prat.[24] Es, realmente, este poema, una extraordinaria onomatopeya musical inspirada en
Wagner y muy propia de la marcha triunfal de la ópera Aída de Verdi. Es también
un canto de esperanza polimétrico, con predominancia del hexámetro. Abunda aquí
el ritmo, la sonoridad de los metales y las percusiones, las largas trompetas,
los claros clarines, los timbales, las trompas guerreras; la musicalidad la
logra con múltiples variedades de rima, desde la monorrima, asonancias y
consonancias, esdrújulas y agudas, enumeraciones, reduplicaciones y anáforas… Su
musicalidad, su fanfarria, su vigor, su optimismo, su fuerza descriptiva, su
fortaleza poética, su trepidación triunfal, su fantasía y magia hacen de este
poema uno de los favoritos de los niños.

«¡Ya viene el cortejo!
¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines.
Le espada se anuncia con vivo reflejo;
ya viene, oro y hierro, el cortejo de los
paladines.»

«Tutecotzimi»[25] (El canto errante, Madrid, 1907) es un poema en donde se relata
un episodio de la vida en los reinos del Mazapán (Si hay poesía en nuestra América, ella está en las cosas viejas,
escribió Darío[26]).
El relato de la cacería encabezada por el cacique, seguido de sus ágiles
flecheros; la florida descripción del bosque tropical con sus altos aguacates y
sus ágiles ardillas, conducen al lector infantil a ser espectador asombrado de
la vida en los antiguos reinos mayas y aztecas. Luego se relata la rebelión
popular, encabezada por el sacerdote Tjik, contra el tirano que ha ofendido al
pueblo pipil al hacer ofrenda a los dioses con sangre indígena, rebelión que
llama al pueblo a vengar la sangre derramada atravesando al tirano con sus
flechas, pero como el pueblo lo considera indigno de las flechas y las lanzas y
le matan a pedradas.
«A
Margarita Debayle»[27] (Poemas del otoño. Madrid, 1910) es
otro de los poemas popularísimos de Rubén. Se trata de un cuento de princesas y
reyes dedicado a una niña, a Margarita cuando tenía ocho años y que más tarde
sería la esposa del escritor nicaragüense Noel Ernesto Pallais. Es otro cuento
propio de «Las mil y una noches» y que bien pudo aparecer, igualmente, en los
libros de Perrault o Andersen. Hay un lenguaje rico en vocablos sonoros y
rítmicos y una historia enternecedora ambientada en un escenario de fantasía y
magia, capaces de encender, en el corazón y el espíritu de los niños, las más
extraordinarias aventuras de la imaginación creadora infantil.
«Los
motivos del lobo»[28] (Canto a La Argentina y otros poemas,
Madrid, 1914)
es, igualmente, un poema muy popular. Apareció
en el Magazine Mundial (XII-913), ilustrado por Basté. Consiste en una
paráfrasis del Capítulo XX de las Florecillas
de San Francisco en donde se narra como San Francisco liberó de un lobo a
la ciudad de Gubio. Eduardo Zepeda Henríquez establece la precisa relación
entre el poema de Darío y La florecilla. La diferencia está en que el lobo del texto medieval muere de viejo, mientras
que en el relato de Rubén la bestia, desengañada por la maldad de los hombres,
regresa al bosque a continuar sus andanzas.
Por
último quiero referirme al «Pequeño poema infantil»[29] (Obra dispersa, escrito en Nueva York, en 1914) es una tierna canción de cuna y
una dulce oración mariana dedicada a Carmencita Calderón Gomar y a todos los
niños del mundo.
Por
supuesto, casi toda la obra poética de Rubén es apta para que sea leía por los
niños. Encontrarán en ella la maravilla de la magia, del encanto y de los más
nobles sentimientos, desde el amoroso hasta el místico. Encontrarán en ella el
camino sin recodos hacia la degustación de la belleza.
Y
nada mejor para terminar esta breve intervención que el cuento A Margarita
Debayle:

«Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar;
yo siento
en el alma una alondra cantar:
tu acento.
Margarita, te voy a contar
un cuento.

*

Este era un rey que tenía
un palacio de diamantes,
una tienda hecha del día
y un rebaño de elefantes.

Un kiosco de malaquita,
un gran manto de tisú,
y una gentil princesita,
tan bonita,
Margarita,
tan bonita como tú.

Una tarde la princesa
vio una estrella aparecer;
la princesa era traviesa
y la quiso ir a coger.

La quería para hacerla
decorar un prendedor,
con un verso y una perla,
una pluma y una flor.

Las princesas primorosas
se parecen mucho a ti.
Cortan lirios, cortan rosas,
cortan astros. Son así.

Pues se fue la niña bella,
bajo el cielo y sobre el mar,
a cortar la blanca estrella
que la hacia suspirar.

Y siguió camino arriba,
por la luna y más allá;
mas lo malo es que ella iba
sin permiso del papá.

Cuando estuvo ya de vuelta
De los parques del Señor,
Se miraba toda envuelta
En un dulce resplandor.

Y el rey le dijo: «¿Qué te has hecho?
Te he buscado y no te hallé;
¿y qué tienes en el pecho
Que encendido se te ve?»

La princesa no mentía,
Y así, dijo la verdad:
«Fui a cortar la estrella mía
a la azul inmensidad.»

Y el rey clama: «¿No te he dicho
que el azul no hay que tocar?
¡Qué locura! ¡Qué capricho!
El Señor se va a enojar.»

Y dice ella: «No hubo intento:
yo me fui no se por qué;
por las olas y en el viento
fui a la estrella y la corté.»

Y el papá dice enojado:
«Un castigo has de tener:
vuelve al cielo y lo robado
vas ahora a devolver.»

La princesa se entristece
por su dulce flor de luz,
cuando entonces aparece
sonriendo el Buen Jesús.

Y así
dice: «En mis campiñas
esa rosa le ofrecí:
son mi flores de las niñas
que al soñar piensan en mí.»

Viste el rey ropas brillantes,
y luego hace desfilar
cuatrocientos elefantes
a la orilla de la mar.

La princesa está bella,
pues ya tiene el prendedor
en que lucen, con la estrella,
verso, perla, pluma y flor.

*

Margarita está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar:
tu aliento.

Ya que lejos de mi vas a estar,
guarda, niña, un gentil pensamiento,
al que un día te quiso contar
un cuento.[30]

Tegucigalpa. 15 de enero de 2008

________________________________

[1]Lolo Rico: ¿Literatura?
¿Infantil? Revista de la Universidad. Universidad Pedagógica Nacional Francisco Morazán. Literatura infantil. No. 4, julio, agosto y setiembre de 2004.
Tegucigalpa. Págs. 21-28.
[2]Mario Rey: Reflexiones acerca de la literatura y la literatura infantil. Revista de la Universidad. Universidad Pedagógica Nacional Francisco Morazán. Literatura
infantil. No. 4, julio, agosto y setiembre de 2004, Tegucigalpa. Págs. 3-20.
[3]Mario Rey, Id.
[4]El mismo Mario
Rey establece la relatividad de los términos infantil y niño si los
relacionamos con el tiempo y las culturas. Antes, a los quince años las niñas
eran madres. Eso es inconcebible en nuestros tiempos, sin embargo sigue
ocurriendo, sobre todo en el campo y en los barrios marginales de las grandes
ciudades. Ver Mario Rey, Id.
[5]Municipio de
Matagalpa, Nicaragua, hoy Ciudad Darío.
[6]Rubén Darío: Autobiografía. Citado por Antonio
Piedra, compilador, en: La vida y obra de
Rubén Darío contada por él mismo. En: Revista de la Universidad. Universidad Pedagógica Nacional Francisco Morazán. Año 4, No
12, julio, agosto y setiembre de 2003; citado también por Julio Valle Castillo
en: Cronología, en Rubén Darío: Poesía. Editorial Nueva Nicaragua, Managua, 1994.
[7]Rubén Darío: Autobiografía. Id.
[8]Id.
[9]Id.
[10]Edelberto
Torres: La dramática vida de Rubén Darío.
[11]Rubén Darío: Poesías completas. Edición crítica de
Alfonso Méndez Plancarte, Aguilar, S.A. Madrid. Undécima edición. 1968. Todas
las referencias a las obras y poemas citados aquí corresponden a esta edición
de las Poesías completas de Rubén Darío.
[12]Alfonso Méndez
Plancarte: Nota de introducción. En
Rubén Darío: Poesías completas. Id.
[13]Rubén Darío: Autobiografía. Id.
[14]Pag. 3
[15]Pag. 3-4.
[16]Pag. 128-133.
[17]Pag. 176-180.
[18]Pag. 16-21.
[19]Págs. 75-82.
[20]Pág. 530-532.
[21]Pag. 556-557.
[22]Rubén Darío: Palabras liminares, en Prosas Profanas.
Poesías completas, id. Pág. 547.
[23]Id, Págs. 646-647.
[24]Valbuena Prat: Historia de la literatura española. T. III, Editorial Gustavo Gill, S. A., Barcelona, 1960. Págs. 381-382.
[25]Págs. 713-718.
[26]Rubén Darío: Palabras liminares. Id.
[27]Págs. 784-787.
[28]Págs. 833-837.
[29]Págs. 114-115.
[30]Pág. 783-787.