Primero de mayo: Día Internacional de los trabajadores

OPINIÓN - ARGENTINA
30/04/10
Sobre el 1º de Mayo

"¿Creéis, señores, que cuando nuestros cadáveres hayan sido arrojados a la fosa se habrá acabado todo? ¿Creéis que la guerra social se acabará estrangulándonos bárbaramente? ¡Ah, no! Sobre vuestro veredicto quedará el del pueblo americano y el del mundo entero, para demostraros vuestra injusticia y las injusticias sociales que nos llevan al cadalso..." Alberl Parsons, antes de su ejecución.

Por Dante Oberlin (*)

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Otras informaciones sobre el 1º de Mayo:
2010
2009
Rebanadas de Realidad - Buenos Aires, 30/04/09.- El Día internacional de los trabajadores o Primero de mayo, es una jornada reivindicativa y de homenaje a los Mártires de Chicago (sindicalistas anarquistas), que fueron ejecutados en Estados Unidos por su participación en las jornadas de lucha por la consecución de la jornada laboral de ocho horas.

Los hechos tuvieron su origen en la huelga iniciada el 1 de mayo de 1886 y su punto más álgido fue tres días después, el 4 de mayo, en la Revuelta de Haymarket en Chicago. El 11 de noviembre de 1887, un año y medio después de la gran huelga por las 8 horas, fueron ahorcados en la cárcel de Chicago los dirigentes anarquistas y socialistas August Spies, Albert Parsons, Adolf Fischer y George Engel. Otro de ellos, Louis Lingg, se había suicidado el día anterior. La pena de Samuel Fielden y Michael Schwab fue conmutada por la de cadena perpetua, es decir, debían morir en la cárcel, y Oscar W. Neebe estaba condenado a quince años de trabajos forzados. Todos ellos habían sido detenidos El proceso había estremecido a Norteamérica y la injusta condena (sin probárseles ningún cargo) conmovió al mundo. Cuando Spies, Parsons, Fischer y Engel fueron colgados, la indignación no pudo contenerse, y hubo manifestaciones en contra del capitalismo y de sus jueces en las principales ciudades del mundo. De allí empezó a celebrarse cada 1° de mayo el "Día Internacional de los Trabajadores", conmemorando exactamente el inicio de la huelga por las 8 horas y no su aberrante epílogo. Pero fue el sacrificio de los héroes de Chicago el que grabó a fuego en la conciencia obrera

Los hechos que dieron lugar esta celebración están enmarcados en los albores de la revolución industrial en los Estados Unidos. A fines del siglo XIX Chicago era la segunda ciudad de EE.UU. Del oeste y del sudeste llegaban cada año por ferrocarril miles de ganaderos desocupados, creando las primeras villas humildes que albergarían a cientos de miles de trabajadores. Además, estos centros urbanos acogieron a emigrantes venidos de todo el mundo a lo largo del siglo XIX.

La reivindicación de la jornada laboral de 8 horas

Una de las reivindicaciones básicas de los trabajadores era la jornada de 8 horas. El hacer valer la máxima: "ocho horas para el trabajo, ocho horas para el sueño y ocho horas para la casa". En este contexto se produjeron varios movimientos, en 1829 se formó un movimiento para solicitar a la legislatura de Nueva York la jornada de ocho horas. Anteriormente existía una ley que prohibía trabajar más de 18 horas, salvo caso de necesidad. La mayoría de los obreros estaban afiliados a la Noble Orden de los Caballeros del Trabajo, aunque tenía más preponderancia la American Federation of Labor, Federación Estadounidense del Trabajo (actualmente fusionada con la CIO bajo el nombre de AFL-CIO). En su cuarto congreso, realizado el 17 de octubre de 1884, había resuelto que desde el 1 de mayo de 1886 la duración legal de la jornada de trabajo debería ser de ocho horas. En caso de no obtener respuesta a este reclamo, se iría a una huelga. Recomendaba a todas las uniones sindicales a tratar de hacer promulgar leyes con ese contenido en todas sus jurisdicciones. Esta resolución despertó el interés de todas las organizaciones, que veían que la jornada de ocho horas posibilitaría obtener mayor cantidad de puestos de trabajo (menos desocupación). Esos dos años se acentuaron el sentimiento de solidaridad y se acrecentó la combatividad de los trabajadores en general.

En 1886, el presidente de Estados Unidos Andrew Johnson promulgó la llamada Ley Ingersoll, estableciendo las 8 horas de trabajo diarias. Al poco tiempo, 19 estados sancionaron leyes que permitían trabajar jornadas máximas de 8 y 10 horas (aunque siempre con cláusulas que permitían hacer trabajar a los obreros entre 14 y 18 horas). Las condiciones de trabajo y de vida eran insoportables.

Como la Ley Ingersoll no se cumplió, las organizaciones laborales y sindicales de EE.UU. se movilizaron. La prensa calificaba el movimiento en demanda de las ocho horas de trabajo como "indignante e irrespetuoso", "delirio de lunáticos poco patriotas", y manifestando que era "lo mismo que pedir que se pague un salario sin cumplir ninguna hora de trabajo".

A partir de ese momento la mayoría de las organizaciones sindicales de todos países asumieron esa fecha como un estandarte de lucha que hoy se conmemora en todo el mundo.

¿Qué pasaba en la Argentina?

En la misma época, Argentina atravesaba un proceso de gran transformación. La economía nacional se estaba construyendo en estrecha vinculación con el mercado internacional, dedicándose fundamentalmente a la producción de materias primas (ganaderas y agrícolas) para la exportación a los grandes centros industriales europeos. Esto hizo necesario fomentar la inmigración para cubrir la escasez de mano de obra local. Así, entre 1860 y 1914 llegaron al país casi seis millones de personas, de las cuales más de tres millones se establecieron definitivamente. Si tenemos en cuenta que para 1860 sólo había un millón y medio de argentinos nativos, podremos apreciar la verdadera magnitud de esta migración

Los trabajadores -que venían fundamentalmente de Europa- traían sus propios bagajes ideológicos (anarquistas, socialistas y comunistas) y comenzaron a organizarse en gremios y sindicatos. En 1901 se formó la Federación Obrera Regional Argentina (FORA), de tendencia anarquista, y al año siguiente la Unión General de Trabajadores (UGT), de tendencia socialista. Ambas ideologías obreras reivindicaron el 1° de Mayo como una fecha que expresaba la lucha de la clase obrera contra el sistema económico. Cada año, los obreros organizados realizaban manifestaciones y actos denunciando la pésima situación en la que vivían y exigiendo tanto al gobierno como a los empleadores mejoras en sus condiciones de trabajo.

El trabajo en la Argentina: del siglo XX a la actualidad

La lucha de la clase obrera se extendió durante las primeras décadas del siglo XX, consiguiendo algunas mejoras parciales. Sin embargo, hacia la década del cuarenta la situación era gravísima para los trabajadores. La crisis mundial de 1929-1933 había golpeado drásticamente la economía latinoamericana.

En el caso argentino, la solidez de su estructura económica le permitió resistir mejor los efectos de la crisis. Sin embargo, los obreros seguían siendo el sector social más perjudicado y relegado en el reparto de la riqueza.

La política laboral llevada a cabo por Juan Domingo Perón entre 1943 y 1955 significó un cambio revolucionario en la situación de la clase obrera. Por primera vez, un gobierno atendía sus reclamos y mejoraba en los hechos la condición de vida de los trabajadores. Entre las principales medidas sociales del peronismo encontramos las vacaciones pagas, políticas de vivienda, salud y educación, mediación estatal en los conflictos obrero-patronales, pago del aguinaldo, reconocimiento legal de los sindicatos, voto femenino, etc. Cuando en el año 45, el entonces el Coronel Perón se hizo cargo de la Secretaría de Trabajo, existían tres centrales sindicales y estaban afiliados en total cuatrocientos mil trabajadores. Cuando fue derrocado en el año 1955 existía la Confederación General de Trabajo, con una estructura de representación moderna y poderosa y el manejo de obras sociales que es una experiencia mundial única. En ese momento la CGT tenía seis millones de afiliados.

Más allá de las convicciones y el testimonios de los anarquistas, socialistas , comunistas y algunos grupos cristianos, fue durante la presencia de Perón en el poder lo que verdaderamente transformó a una masa en Pueblo al permitir a los trabajadores acceso a la cultura, a la riqueza, al poder y a la organización social.

En este contexto, el significado del 1° de Mayo en nuestro país El carácter combativo de esta jornada obrera, por el anarquismo y el socialismo a principios de siglo, se convertía con el peronismo en una fiesta de los trabajadores, en la que los obreros se reunían con sus familias a comer grandes asados en los clubes sindicales, agradeciendo la "dignidad" dada por Perón a través del trabajo.

(*) Fue dirigente de los trabajadores gráficos en Argentina, Secretario Nacional de Acción Sindical Argentina (hoy CCAS) y Secretario Ejecutivo de la CLAT para el Cono Sur y para Centroamérica. En la actualidad es Presidente de la Asociación Civil PENSAR- Pensamiento Argentino.

Derecho laboral

Avanzando en las conquistas sociales

Antonio Peredo Leigue
Abril 29, 2010

Este sábado recordamos el Día del Trabajador. Es un día celebrado en todo el mundo excepto en Estados Unidos de Norteamérica. Es que, precisamente allí, en Chicago, el 1 de mayo de 1886 se proclamó la movilización por una jornada laboral de 8 horas. Esa demanda, que cada día fue convocando más gente, fue atacada por la policía que disparó sobre la multitud de trabajadores y apresó a varios cientos. Ocho de ellos fueron juzgados y condenados a la pena de muerte. Recordar a los mártires de Chicago ha sido, desde entonces, una acción combativa de los trabajadores en todo el mundo. Intentar convertir esa recordación en un día festivo, por contraparte, ha sido siempre la intención de los empresarios y los gobiernos de derecha.

En Bolivia, desde 2006, el 1 de mayo, además de ser el día de una marcha masiva que proclama las reivindicaciones sociales, el gobierno ha dictado, todos los años, una medida de gran importancia. La primera fue la nacionalización de los hidrocarburos. Hoy se espera que haga un anuncio similar; de hecho, se habla de dos decretos que revertirán algunos bienes más al país o, quizás, definirán una política económica que abra perspectivas promisorias para los trabajadores del campo y de la ciudad.

Pero hay un proyecto de ley en que estamos tropezando. En realidad, son dos los proyectos: uno que sustituirá a la Ley General del Trabajo y otro relativo a una nueva estructura de pensiones.

La ley del trabajo está en plena vigencia, pero no se cumple. Desde 1964, cuando René Barrientos dio la última palada para enterrar a la Revolución Nacional, esa ley se mantiene en los términos en que, durante la colonia, se recibían las disposiciones del Rey de España: se acata pero no se cumple. Evidentemente, salvo el breve período del presidente Hernán Siles Zuazo (octubre de 1982 a agosto de 1985), la Ley General del Trabajo está ahí, presente y vigente, pero transparente, tan transparente, que es invisible para propios y extraños.

Para lograr que se cumplan los derechos de las y los trabajadores, el gobierno trabaja en un proyecto de ley que, sustituyendo a la Ley General del Trabajo de 1939, obligue a las empresas y al mismo Estado a mantener esos derechos. La única forma de hacerlo, es perfeccionando la situación actual. Las grandes empresas de la industria, el comercio y la banca, impiden la sindicalización de sus trabajadores. El mismo Ministerio del Trabajo, distorsionado durante los regímenes dictatoriales y los gobiernos neoliberales, ayuda a ese incumplimiento de la Constitución Política del Estado.

Específicamente, ese ministerio se arroga la atribución de otorgar personalidad jurídica a los sindicatos. Pero la CPE, en el artículo 51, parágrafo IV dice: “El Estado respetará la independencia ideológica y organizativa de los sindicatos. Los sindicatos gozarán de personalidad jurídica por el solo hecho de organizarse y ser reconocidos por sus entidades matrices”. Los funcionarios ministeriales y los propios dirigentes sindicales, deben acabar con esa práctica ilegal de tramitar, en el Ministerio del Trabajo, la personalidad jurídica de los sindicatos.

La nueva ley debe puntualizar este hecho. Pero, sobre todo, debe obligar a los empleadores, a garantizar la formación de sindicatos. Por supuesto, tal garantía supone el privilegio, de los trabajadores, de organizarse con independencia ideológica y organizativa; así lo dice la Constitución. Poner en práctica ese principio es lo que debe reafirmarse. La ley podría establecer, por ejemplo, un plazo de 60 o 90 días para que, en todas las empresas con un número determinado de trabajadores, se organice el sindicato correspondiente. La entidad laboral matriz debe hacer posible que se proceda libremente. Si hubiese resistencia empresarial, ahí es donde entra la labor del Ministerio del Trabajo. Como representante del gobierno, en realidad del Estado, debe obligar a que, en las instalaciones de la misma empresa o de la entidad matriz, se realice la asamblea que constituya el sindicato. Por supuesto, si los funcionarios no actúan, estarían cometiendo un acto de corrupción a favor de la empresa.

Pero no queda ahí este tema. Es un hecho que hay un grave debilitamiento del sindicalismo. Los trabajadores no tienen otra forma de representación. Pero, por temor al despido, quienes tienen trabajo hoy en día, rechazan formar sindicato porque pesa sobre ellos la advertencia patronal de despido. Pero, según nuestra Constitución, el Estado protegerá el ejercicio del trabajo en todas sus formas. Esto quiere decir que, pasa a ser una obligación del Estado impedir que los empresarios despidan a los trabajadores por ejercer sus derechos, lo cual debe estar definido claramente en la ley.

Aún más. Un decreto reglamentario debe establecer medidas que contribuyan a la conformación de los sindicatos. Habrá que lograr que, las y los trabajadores, sientan la necesidad de formar su sindicato.

El otro gran tema es el derecho a la huelga. La Constitución dice: “se garantiza el derecho a la huelga como el ejercicio de la facultad legal de las trabajadoras y los trabajadores de suspender labores en defensa de sus derechos, de acuerdo a ley”. Esto en primer lugar: se trata de un derecho constitucional, que tiene los dos aspectos: la garantía de ejercer el derecho y la responsabilidad con que se lo hace. La sañuda persecución de las dictaduras y los gobiernos neoliberales contra los trabajadores, ha influido malamente en este derecho. Salir a las calles a protestar por un motivo, por más justo que sea, antes de conversar o, por el otro lado, hacer caso omiso de las demandas de los trabajadores obligándolos a salir a la calle o a la carretera para cortar el tránsito es la forma actual de lucha sindical. Esa práctica debe terminar y, por supuesto, debe legislarse con el ejemplo atendiendo los reclamos.

La ley, por supuesto, no entrará en esos detalles, pero debe establecer mecanismos claros de garantía de este derecho. La mala costumbre impuesta desde hace más de 40 años, hace que una huelga se declare ilegal cuando así lo considera oportuno la autoridad. Y es así porque las disposiciones vigentes hacen tan complicado el procedimiento que no forma de iniciar legalmente una huelga. En otros términos: el derecho de huelga, establecido en la Constitución, es negado de hecho por la reglamentación.

Tres o cuatro pasos deben ser suficientes: el diálogo, la falta de acuerdo, la asamblea laboral y el anuncio de huelga mediante la difusión del acta de la asamblea, debiera ser el camino legal para iniciar el paro. Nadie puede arrogarse la atribución de autorizar una huelga; aparte de ser un contrasentido, virtualmente contradice el derecho reconocido por la Constitución.

Son muchos los puntos que deben abordarse con amplia visión y nobleza. Apenas hemos tocado dos y faltan muchos más, tan importantes como la estabilidad laboral. Los trabajadores son el sustento del proceso de cambio. Deben ejercer sus derechos y cumplir sus deberes. Eso es lo que ley debe posibilitar.

OPINIÓN - ARGENTINA
01/05/10
Primero de Mayo - vuelta ideológica: de jornada de protesta al festejo del trabajo
Por Fernando Del Corro (*)

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Rebanadas de Realidad - Portal Mercosurnoticias, Buenos Aires, 30/04/10.- Hacia fines del Siglo XIX los asalariados trabajaban entre 12 y 18 horas diarias y las luchas por la limitación de la jornada laboral se desarrollaban en todo el mundo, una de las cuales dio lugar a los trágicos hechos del primero de mayo de 1886 en Chicago, Estados Unidos de América; 120 años después bajo el paraguas de la globalización se vuelven atrás todas las conquistas obreras y bajo el paradigma de la “flexibilidad” neomercantilista, del mal llamado “neoliberalismo”, en lugar de conmemorar la protesta se festeja el “Día del Trabajo”,

Más aún, en EUA, donde se dio el origen de la incorporación de esa fecha a los calendarios reivindicativos de casi todo el mundo, se celebra el “Día de la Justicia ”, algo tan patético que hasta levantó un párrafo de condena en uno de los escritos de Roberto Rodríguez de Aragón, un vocero del anticastrismo cubano de Miami, de aquellos a los que en su país de origen califican como “gusanos”.

Sin embargo, en medio de la oleada flexibilizadora Francia, durante la pasada gestión de Lionel Jospin, implementó como alternativa real al crecimiento de la desocupación la semana laboral de 35 horas con muy buenos resultados en materia de incremento de la productividad y un crecimiento de la economía; semana laboral que también fue adoptada por Italia, en tiempos del gobierno de Romano Prodi ante la propuesta presentada por Fausto Bertinotti. Claro que luego llegaron Nicolas Sarkozy y Silvio Berlusconi, respectivamente, para volver a las andadas.

El movimiento mundial por las de ocho horas de laborales diarias adquirió características orgánicas cuando en el congreso de la luego llamada Primera Internacional, por entonces la Internacional Socialista (IS), de 1884, se determinó que “la limitación legal de la jornada de trabajo es una condición preliminar sin la cual han de considerarse fallidos todos los intentos ulteriores por mejoras y por la emancipación de la clase obrera”.

Ese criterio caló en el IV Congreso de la “American Federation of Labor” del mismo 1884, la cual, tras los fracasos de más de un año en las negociaciones con gobernantes y representantes patronales, convocó a un paro general de actividades para el primero de mayo de 1886, el que tuvo una notable adhesión con la presencia en la calle de obreros de más de 5.000 fábricas que reclamaban por dicha reivindicación.

“Tentativa de comunistas y vagabundos para violar el orden social”, fue el comentario de algunos exponentes del pensamiento oficial de la época, mientras se desató la represión policial y muchas empresas generaron una ola de despidos aunque algunas optaron por acceder a los reclamos.

Chicago fue el epicentro de las mayores manifestaciones y el de la represión más violenta ya que ante el multitudinario mitin de Haymarket Square la policía cargó contra los asistentes matando a seis, hiriendo a muchos y deteniendo a una cantidad de ellos, mientras que una bomba lanzada contra la policía (al parecer una provocación para inculpar a los obreros, tal vez desde la compañía de seguridad privada Pinkerton) cuando ésta tiroteaba a los trabajadores dio muerte a ocho agentes.

La “justicia” (homenajeada precisamente por esa circunstancia), sin prueba alguna, declaró “culpables” por la muerte de esos policías a ocho dirigentes anarquistas, tres de ellos periodistas: August Spies, alemán, de 31 años; Adolph Fischer, alemán, de 30; y Albert Parsons, estadounidense, de 39; a dos gráficos: Michael Schwab, alemán, de 33; y Georg Engel, alemán, de 50; a un carpintero: Louis Linng, alemán, de 22; a un vendedor de comercio: Oscar Neebe, estadounidense, de 36; y a un obrero textil: Samuel Fielden, británico, de 39, pastor metodista.

El 11 de noviembre de 1887 fueron ejecutados Parsons, Spies, Fischer y Engel; Linng se había suicidado en prisión; a Schwab y Fielden se los condenó a prisión perpetua; y a Neebe a 15 años de trabajos forzados. Son ellos los que la historia conoce como “Mártires de Chicago”, los que habían sido juzgados “como bestias acorraladas” al decir del gran patriota cubano José Martí, por entonces corresponsal en EUA del diario argentino “ La Nación ”.

Este escribió en su crónica sobre las ejecuciones, que pudieron leer los argentinos: “Salen de sus celdas. Se dan la mano, sornen. Les leen las sentencias, les sujetan las manos por la espalda con esposas plateadas, les ciñen los brazos al cuerpo con una faja de cuero y les ponen una mortaja blanca como la túnica de los catecúmenos cristianos” mientras, estaba “abajo la concurrencia sentada en hileras de sillas delante del cadalso como en un teatro”.

Un par de años más tarde, con motivo de cumplirse el centenario de la Revolución Francesa , la misma IS, ya en su segunda versión, resolvió instituir el primero de mayo de 1890 como día de la movilización de los obreros de todos los países del mundo por la reducción de la jornada laboral.

“Se organizará una gran manifestación internacional a fecha fija de manera que, en todos los países y todas las villas a la vez, el mismo día convenido, los trabajadores emplacen a los poderes públicos ante la obligación de reducir legalmente a ocho horas la jornada de trabajo”, reza dicha declaración de la IS , propuesta por la delegación de EUA, por la que pasó a ser, en adelante, el primero de mayo, un día de lucha de los trabajadores en pro de mejoras en sus condiciones de vida.

El 30 de abril de ese 1890, en la víspera de ese primero de mayo, dijo Federico Engels: “el proletariado de Europa y EUA revisa sus fuerzas; se moviliza por primera vez como un ejército, bajo una bandera y lucha por una meta inmediata: la jornada de ocho horas”.

Pero 30 años más tarde los gobiernos de los principales países tomaron cartas en el asunto y el primero de mayo pasó a ser el “Día Internacional del Trabajo”, como consecuencia de los acuerdos colaterales de los acuerdos logrados en Versailles en 1919 como consecuencia de la finalización de lo que hoy se conoce como “Primera Guerra Mundial”.

En dicha “Conferencia de la Paz ” se creó una Comisión de Legislación Internacional del Trabajo, sobre la base de ideas originales de los industriales reformistas Robert Owen (1771-1853), galés, y Daniel Legrand (1783-1859), francés. Algo que tuvo que ver con la aparición en la escena mundial de un gran estado, como Rusia, con un gobierno surgido de una revolución socialista.

Esa comisión de transformó de inmediato en la actual Organización Internacional del Trabajo (OIT), que comenzó a funcionar bajo la presidencia de Samuel Gompers, presidente de la Federación Estadounidense del Trabajo (AFL), y de la que participaron, como miembros fundadores, EUA, Francia, Italia, Japón, Polonia, Checoslovaquia, Reino Unido, Bélgica y Cuba y cuya vigencia quedó establecida en la Parte XIII del mismo Tratado de Versailles.

A partir de entonces, y luego de la primera conferencia anual de la OIT (hoy con sede en Ginebra), celebrada en Washington el 29 de octubre de 1929, las cosas comenzaron a tener un nuevo sesgo y así la connotación del primero de mayo tuvo una conversión ideológica de peso.

La Argentina no fue ajena a esas luchas, y así los reclamos del primero de mayo de 1909 tuvieron connotaciones cuando la policía cargó contra los manifestantes en Plaza Lorea, en la hoy Ciudad Autónoma de Buenos Aires, registrándose tres muertes de trabajadores y unos 40 heridos de gravedad, algunos de los cuales fallecieron posteriormente. A raíz de este hecho, el 17 de noviembre, el anarquista ruso Simón Radowitzky, de sólo 18 años, hizo volar de un bombazo al culpable de aquella represión, Ramón L. Falcón. Operativo en el que tuvo el apoyo logístico del italiano Giovanni Bianchi, abuelo del hoy famoso ex futbolista y técnico Carlos Bianchi.

Radowitzky, que estuvo preso en el penal de Ushuaia y que participó de la Guerra Civil Española (1936-1939), fue uno de los principales asesores de la delegación peronista de la CGT argentina, encabezada por Libertario Ferrari, que intervino en el congreso sindical panamericano realizado en México en 1947.

Las luchas de los trabajadores argentinos por las ocho horas también datan del Siglo XIX y ya en 1890 la Sociedad Vorwarts , integrada por alemanes, organizó la conmemoración inicial del primero de mayo y en 1895 los obreros yeseros fueron los primeros en lograr esa conquista. La obtención, por vía legal, de ese reclamo, se produjo en el último tramo de la primera presidencia de Hipólito Yrigoyen, en medio de un clima de gran agitación popular que el gobierno en un primer momento intentó reprimir con la matanza de los obreros de la fábrica de Vasena, en lo que se conoce como “ La Semana Trágica ”.

Sin embargo el efectivo cumplimiento de la legislación laboral desarrollada en el país desde inicios del Siglo XX con la llegada al parlamento de los diputados socialistas, el primero de ellos Alfredo Lorenzo Palacios, recién tuvo efectivo cumplimiento a partir de octubre de 1943 cuando Juan Domingo Perón se hizo cargo del Departamento del Trabajo, luego Secretaría de Trabajo y Previsión y hoy con rango ministerial.

Pero una última mención para un empresario, tal vez el más notable industrial que haya tenido Argentina: Horacio Anasagasti, el fundador de una increíble fábrica de automóviles creada hacia 1910, productora de vehículos que asombraron Europa y donde se desarrollaron modernísimas tecnologías como la lubricación forzada, entre otros. También fue un pionero de las ocho horas de trabajo, las que se aplicaron desde el primer al último día de la existencia de una fábrica de la que salieron vehículos que compitieron exitosamente en el mundo y donde buena parte de los logros fueron resultado de la adhesión de los trabajadores a sus tareas.

(*) Periodista, historiador graduado en la Facultad de Filosofía y Letras (FyL) de la Universidad de Buenos Aires (UBA), docente en la Facultad de Ciencias Económicas (FCE) de la UBA en "Historia Económica Argentina" y subdirector de la carrera de "Periodismo económico" y colaborador de la cátedra de grado y de la maestría en "Deuda Externa", de la Facultad de Derecho de la UBA. Asesor de la Comisión Bicameral del Congreso Nacional para la Conmemoración del Bicentenario 1810-2010. De la redacción de MERCOSUR Noticias

Discurso íntegro del secretario general de la CTC en la Plaza de la Revolución

Salvador Valdés Mesa, miembro del Buró Político del Comité Central del Partido y secretario general de la Central de Trabajadores de Cuba tuvo a su cargo las palabras de apertura del desfile por el Día Internacional de los trabajadores:

General de Ejército Raúl Castro Ruz, Presidente de los Consejo de Estado y de Ministros.

Compañeros del Buró Político del Comité Central del Partido Comunista de Cuba.

Compañeros Miembros del Consejo de Estado.

Compañeros Invitados.

Compatriotas:

Hace exactamente una década, desde este mismo escenario, Fidel nos convocó a elevar a planos infinitos el concepto de nuestra más hermosa conquista: la Revolución.

Es sentido del momento histórico, dijo entonces, y en unos minutos esta histórica Plaza y todas las plazas de las más importantes ciudades del país vibrarán ante la pujante fuerza de millones de trabajadores y sus familiares que reafirmarán su decisión irrenunciable de defenderla y construir el socialismo, como la más enérgica y firme respuesta a los que desde los centros de poder en los Estados Unidos y la Unión Europea, secundados por grupúsculos mercenarios internos, intentan desacreditarnos con falaces calumnias, fruto de su odio ancestral.

Hace apenas unos días más de 8 millones 200 mil cubanos, con nuestra asistencia masiva a las urnas y el voto consciente elegimos a los delegados del Poder Popular, fuimos protagonistas de una ejemplar lección de genuina democracia participativa y contundente preludio de lo que sería esta multitudinaria celebración y de lo que son capaces los trabajadores y el pueblo unidos como un haz indestructible en torno al Partido, a Fidel y Raúl.

Trabajadoras y trabajadores:

Vivimos una época compleja, de peligros y riesgos que amenazan al planeta y a la humanidad. Calamidades climáticas cada vez más frecuentes y devastadoras, junto a la crisis global e integral del capitalismo, caracterizan el escenario mundial. Son fenómenos de cuyos impactos no estamos exentos, a los que se suman los efectos del bloqueo genocida impuesto por los Estados Unidos, las consecuencias del período especial y nuestras propias insuficiencias.

Tal panorama nos obliga a enfrentar realidades muy complejas, como señalara el compañero Raúl en el Congreso de la UJC. Y si hace diez años el Comandante en Jefe nos alineó en el concepto de que Revolución es cambiar todo lo que debe ser cambiado y emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos, estamos también en el deber de alinearnos en lo expresado por nuestro Presidente, y cito:

“Estamos convencidos de que hay que romper dogmas y asumimos con firmeza y confianza la actualización, ya en marcha, de nuestro modelo económico, con el propósito de sentar las bases de la irreversibilidad y el desarrollo del socialismo cubano, que sabemos constituye la garantía de la independencia y soberanía nacional”. FIN DE LA CITA.

La batalla económica, lo sabemos los trabajadores, es como nunca antes tarea vital para preservar nuestro sistema social, y librarla con éxito implica que cada cual se disponga a cumplir la parte que le corresponde, y esté consciente de que el reordenamiento institucional y laboral ya en marcha nos involucra a todos.

Si queremos avanzar y elevar el nivel de vida de la población y mantener, e incluso, mejorar racionalmente lo alcanzado en terrenos como la salud, la educación, la seguridad y asistencia social, tendremos que compartir carencias y los esfuerzos por vencerlas.

Debemos analizar a fondo el discurso de Raúl en el Congreso de la Juventud, no para insistir en los problemas que tenemos, sino para comprender esas realidades, identificar las que nos atañen y proponer las soluciones en y para cada colectivo laboral.

Desde esta histórica tribuna convocamos a los trabajadores y al pueblo a apoyar la actualización de nuestro modelo económico, que requerirá de extraordinarios esfuerzos y sacrificios, conscientes que solo dignificando el trabajo como fuente creadora de las riquezas materiales y espirituales y formador de conciencia, garantizaremos el crecimiento económico y social del país.

Cubanas y cubanos:

Aprovechamos la ocasión para enviar nuestra felicitación y reconocimiento a todos los compatriotas que en los más disímiles confines del mundo cumplen hermosas misiones internacionalistas que multiplican el prestigio de la Revolución.

Llamamos a las organizaciones sindicales y sociales, y a todos los hombres honestos del mundo a impulsar el movimiento internacional para exigir el fin del injusto e inhumano bloqueo económico, comercial y financiero que por casi 50 años los Estados Unidos le han impuesto al pueblo de Cuba, y al mismo tiempo demandar la libertad de nuestros 5 Héroes presos arbitrariamente en cárceles norteamericanas.

Ratificamos nuestra solidaridad a los trabajadores del mundo y el agradecimiento por las muestras de apoyo de que somos objeto, en particular a los más de mil dirigentes sindicales y sociales que decidieron acompañar a nuestro pueblo en esta fiesta proletaria.

¡VIVA EL 1° DE MAYO!

¡VIVA LA REVOLUCIÓN!

¡VIVAN FIDEL Y RAÚL!

¡VIVA CUBA LIBRE!

El 1º de Mayo, día global de lucha contra el capitalismo

Santi Ramírez

Rebelión

La celebración de esta jornada, como Día internacional de la clase obrera, fue acordada en el Congreso de la Segunda Internacional , que se celebró en París en 1889, como homenaje a los Mártires de Chicago (obreros anarquistas que fueron asesinados en EE.UU. por haber participado en la lucha por la conquista de la jornada laboral de ocho horas, y cuyo origen se remonta a la huelga que iniciaron los trabajadores de aquella ciudad el 1 de mayo de 1886).

Hoy día, después de transcurridos 121 años, continuamos celebrando el 1º de Mayo, aunque su contenido ha sufrido desde entonces bastantes distorsiones. Muchos, lo presentan como un simple día festivo, como hizo el franquismo durante cerca de cuarenta años, que llegó a ponerlo bajo la advocación de San José Obrero. Otros, por su parte, pretenden identificarlo con un día de movilización sindical, en el que se “recuerdan” las reivindicaciones obreras pendientes. Curiosamente, tanto los reaccionarios como los reformistas, tratan de ocultarnos la verdadera naturaleza de la celebración de este día. Unos y otros, pretenden oscurecer y difuminar lo que tiene de verdaderamente revolucionario y de anticapitalista.
Pero me voy a centrar en este último aspecto, en el de la actitud reduccionista que consiste en dar tan sólo una visión parcial y limitada, en presentar únicamente una de las facetas (la económica y reivindicativa) de esta jornada. Se trata de un aspecto que tampoco podemos menospreciar pero que, al ser resaltado unilateralmente, distorsiona la esencia misma de la lucha internacional del proletariado y, por tanto, contribuye a oscurecer la naturaleza de su misión histórica, la de ser el “sepulturero” del capitalismo.

Esta imagen edulcorada del carácter del 1º de Mayo, trata de reforzar, a su vez, una idea limitada y restrictiva de la conciencia de clase, según la cual se confunde ésta con el mero sindicalismo. Con esta actitud se pretende ignorar que, en la práctica social, la lucha económica tan sólo constituye el nivel básico, el más elemental, de la lucha de clases y que, por tanto, el nivel de conciencia que le corresponde es el más primitivo y rudimentario de la conciencia de clase. Es lo que históricamente (aunque de forma un tanto despectiva) se ha venido denominando “obrerismo”. Curiosamente, quienes defienden esta concepción de la lucha de clases y del carácter del 1º de Mayo, contribuyen a reforzar los falsos argumentos de aquellos que niegan que la clase obrera pueda ser el sujeto revolucionario.

Sin embargo, para hacernos una idea más acertada de lo que verdaderamente implica la lucha de clases y lo que representa la celebración del 1º de Mayo, no está de más que hagamos una pequeña reflexión sobre lo que es el capitalismo.

No es necesario hacer un gran esfuerzo intelectual para darse cuenta que, a lo largo de toda su existencia como sistema social y económico, el capitalismo ha mostrado suficientemente su carácter explotador y opresor. Pero ha sido en su fase superior, que se caracteriza por el predominio del capital financiero, y a la que también conocemos con el nombre de imperialismo, cuando esos rasgos se han ido acentuando progresivamente.

Es en la época actual, cuando los sectores más parasitarios y especulativos del capital financiero se han convertido en hegemónicos, y cuando se ha desarrollado considerablemente la internacionalizació n del proceso productivo y la economía de mercado se ha extendido por todo el planeta (globalizació n), cuando la naturaleza del capitalismo se ha hecho aún mucho más reaccionaria y agresiva. Hoy, aún más que ayer, el capitalismo representa:

La explotación asalariada del proletariado por parte de la burguesía, mediante la apropiación, por ésta, de la plusvalía producida por los obreros. Las crisis económicas, la precariedad y el paro para los trabajadores. El desmantelamiento del llamado “Estado del bienestar”. La desregulación laboral y la eliminación de las conquistas sociales de la clase obrera.

La aparición de importantes bolsas de pobreza en los países más desarrollados. La marginación y la exclusión social para sectores cada vez más amplios de la población.

La opresión de los pueblos y naciones del Tercer Mundo, el saqueo y la esquilmación de sus recursos naturales. La eliminación de las agriculturas de subsistencia, para introducir cultivos industriales más rentables para las multinacionales. El hambre, la desnutrición, las enfermedades endémicas, la explotación infantil, la prostitución, la delincuencia, la drogadicción, etc. etc.

La emigración forzada de grandes masas de población, del campo hacia la ciudad o de los países atrasados a los más desarrollados; que conlleva el creciente deterioro de las infraestructuras básicas (sanidad, educación, vivienda, transporte, etc.) en las zonas urbanas y la completa desatención y abandono de las zonas rurales.

La agresión y la guerra, para apoderarse de nuevos mercados, para apropiarse de fuentes de materias primas y recursos energéticos o para ocupar posiciones de alto valor estratégico, ya sea económico o militar. El crecimiento desorbitado de los gastos militares. La permanente amenaza intervencionista y el chantaje nuclear.

La depredación de la Naturaleza y la destrucción de los ecosistemas. La deforestación, el calentamiento global y el cambio climático. La eliminación de la diversidad biológica y lingüística. El etnocidio de los pueblos indígenas.

La pervivencia del sistema patriarcal y de la opresión de la mujer. El fomento del machismo y de la homofobia.

La progresiva restricción de las libertades democráticas y los derechos civiles (expresión, asociación, manifestación, participación política, etc.) allá donde existieran. La implantación de formas cada vez más autoritarias y fascistizantes de gobierno. La potenciación del conservadurismo ideológico, político y social. La reactivación del racismo y de la xenofobia. El apoyo a los regímenes antipopulares, reaccionarios y semifeudales o a las dictaduras militares en todos los continentes.

El afán de lucro, el egoísmo, el individualismo y la insolidaridad, la despreocupació n por los problemas de la mayoría y, como consecuencia de todo ello, la degradación moral, la desestructuració n social y la desaparición de las normas básicas de convivencia.

La creciente uniformizació n cultural, al amparo de la “globalización” , y la pérdida de identidad de los pueblos y naciones sin Estado. La atonía artística, la falta de imaginación, la pérdida de creatividad. El culto por las formas, el mero esteticismo. La superficialidad.

Estas son, tan sólo, algunas de las “cualidades” del sistema capitalista en la época actual. La lista sería muy larga y difícilmente podríamos reflejarlas todas. Este panorama sólo puede llevarnos a la conclusión de que el capitalismo no se puede reformar y que, por tanto, debe ser suprimido.

En muchos de los ámbitos en los que se manifiestan estos efectos destructivos y desestructuradores del capitalismo, han ido surgiendo personas más concienciadas por la situación así creada, y se han desarrollado colectivos, organizaciones y movimientos para luchar contra ellos. Es decir, se han ido constituyendo una serie de vanguardias sectoriales. En muchos casos, la composición social de estos movimientos es mayoritariamente de trabajadores de la ciudad o del campo, de jóvenes y de mujeres, de estudiantes o intelectuales progresistas. Y su lucha, partiendo de las condiciones concretas que les han llevado a tomar conciencia de la situación, es una lucha objetivamente anticapitalista.

La clase obrera, con sus elementos más conscientes, abnegados y combativos a la cabeza, será capaz de dotar a todos esos movimientos de una misma perspectiva revolucionaria; de integrar a los elementos de vanguardia de los distintos ámbitos y de unificar todas las luchas parciales en un mismo frente de lucha por el socialismo. Y lo hará, porque la clase obrera es una clase global.

Por eso, en la época actual, debemos superar la vieja concepción de la lucha de clases y adoptar una visión global de la realidad. Una visión que se corresponda con un nuevo tipo de conciencia de clase, una forma más elevada y compleja, una conciencia omnicomprensiva en la que se subsuman (como componentes en una síntesis más general) todas aquellas formas de conciencia social que corresponden a los distintos aspectos de la vida, y a los distintos ámbitos, en los que se manifiestan la opresión y el dominio de clase del capitalismo, y en los que tienen lugar distintas formas de resistencia y de luchas emancipadoras.

Con esta visión de conjunto, desde esta nueva perspectiva, es como debemos abordar la celebración del 1º de Mayo. Para que en esta fecha, podamos recordar de forma global la lucha de tantos hombres y mujeres, de tantos y tantas mártires, que a lo largo de la historia han dado sus vidas por un mundo mejor, por un mundo sin explotados ni explotadores, del que hayan sido erradicadas por completo todas las formas de opresión y de discriminació n, y en el que podamos vivir en armonía con la naturaleza.

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EL 1° DE MAYO Y EL FRENTE UNICO

Por: José Carlos Mariátegui

El 1° de Mayo es, en todo el mundo, un día de unidad del proletariado revolucionario, una fecha que reúne en un inmenso frente único internacional a todos los trabajadores organizados. En esta fecha resuenan, unánimemente obedecidas y acatadas, las palabras de Carlos Marx: "Proletarios de todos los países, uníos". En esta fecha caen espontáneamente todas las barreras que diferencian y separan en varios grupos y varias escuelas a la vanguardia proletaria.

El 1° de Mayo no pertenece a una Internacional es la fecha de todas las Internacionales. Socialistas, comunistas y libertarios de todos los matices se confunden y se mezclan hoy en un solo ejército que marcha hacia la lucha final.

Esta fecha, en suma, es una afirmación y una constatación de que el frente único proletario es posible y es practicable y de que a su realización no se opone ningún interés, ninguna exigencia del presente.

A muchas meditaciones invita esta fecha internacional. Pero para los trabajadores peruanos la más actual, la más oportuna es la que concierne a la necesidad y a la posibilidad del frente único. Últimamente se han producido algunos intentos seccionistas. Y urge entenderse, urge concretarse para impedir que estos intentos prosperen, evitando que socaven y que minen la naciente vanguardia proletaria del Perú.

Mi actitud, desde mi incorporación en esta vanguardia, ha sido siempre la de un fautor convencido, la de un propagandista fervoroso del frente único. Recuerdo haberlo declarado en una de las conferencias iniciales de mi curso de historia de la crisis mundial. Respondiendo a los primeros gestos de resistencia y de aprensión de algunos antiguos y hieráticos libertarios, más preocupados de la rigidez del dogma que de la eficacia y la fecundidad de la acción, dije entonces desde la tribuna de la Universidad Popular : "Somos todavía pocos para dividirnos. No hagamos cuestión de etiquetas ni de títulos."

Posteriormente he repetido estas o análogas palabras. Y no me cansaré de repetirlas. El movimiento clasista, entre nosotros, es aún muy incipiente, muy limitado, para que pensemos en fraccionarle y escindirle. Antes de que llegue la hora, inevitable acaso, de una división, nos corresponde realizar mucha obra común, mucha labor solidaria. Tenemos que emprender juntos muchas largas jornadas. Nos toca, por ejemplo, suscitar en la mayoría del proletariado peruano, conciencia de clase y sentimiento de clase. Esta faena pertenece por igual a socialistas y sindicalistas, a comunistas y libertarios. Todos tenemos el deber de sembrar gérmenes de renovación y de difundir ideas clasistas. Todos tenemos el deber de alejar al proletariado de las asambleas amarillas y de las falsas "instituciones representativas" . Todos tenemos el deber de luchar contra los ataques y las represiones reaccionarias. Todos tenemos el deber de defender la tribuna, la prensa y la organización proletaria. Todos tenemos el deber de sostener las reivindicaciones de la esclavizada y oprimida raza indígena. En el cumplimiento de estos deberes históricos, de estos deberes elementales, se encontrarán y juntarán nuestros caminos, cualquiera que sea nuestra meta última.

El frente único no anula la personalidad, no anula la filiación de ninguno de los que lo componen. No significa la confusión ni la amalgama de todas las doctrinas en una doctrina única. Es una acción contingente, concreta, práctica. El programa del frente único considera exclusivamente la realidad inmediata, fuera de toda abstracción y de toda utopía. Preconizar el frente único no es, pues, preconizar el confusionismo ideológico. Dentro del frente único cada cual debe conservar su propia filiación y su propio ideario. Cada cual debe trabajar por su propio credo. Pero todos deben sentirse unidos por la solidaridad de clase, vinculados por la lucha contra el adversario común, ligados por la misma voluntad revolucionaria, y la misma pasión renovadora. Formar un frente único es tener una actitud solidaria ante un problema concreto, ante una necesidad urgente. No es renunciar a la doctrina que cada uno sirve ni a la posición que cada uno ocupa en la vanguardia, la variedad de tendencias y la diversidad de matices ideológicos es inevitable en esa inmensa legión humana que se llama el proletariado. La existencia de tendencias y grupos definidos y precisos no es un mal; es por el contrario la señal de un periodo avanzado del proceso revolucionario. Lo que importa es que esos grupos y esas tendencias sepan entenderse ante la realidad concreta del día. Que no se esterilicen bizantinamente en ex confesiones y excomuniones reciprocas. Que no alejen a las masas de la revolución con el espectáculo de las querellas dogmáticas de sus predicadores. Que no empleen sus armas ni dilapiden su tiempo en herirse unos a otros, sino en combatir el orden social sus instituciones, sus injusticias y sus crímenes.

Tratemos de sentir cordialmente el lazo histórico que nos une a todos los hombres de la vanguardia, a todos los fautores de la renovación. Los ejemplos que a diario nos vienen de fuera son innumerables y magníficos. El más reciente y emocionante de estos ejemplos es el de Germaine Berthon. Germaine Berthon, anarquista, disparó certeramente su revólver contra un organizador y conductor del terror blanco por vengar el asesinato del socialista Jean Jaurés. Los espíritus nobles, elevados y sinceros de la revolución, perciben y respetan, así, por encima de toda barrera teórica, la solidaridad histórica de sus esfuerzos y de sus obras. Pertenece a los espíritus mezquinos, sin horizontes y sin alas, a las mentalidades dogmáticas que quieren petrificar e inmovilizar la vida en una fórmula rígida, el privilegio de la incomprensión y del egocentrismo sectario.

El frente único proletario, por fortuna, es entre nosotros una decisión y un anhelo evidente del proletariado. Las masas reclaman la unidad. Las masas quieren fe. Y, por eso, su alma rechaza la voz corrosiva, disolvente y pesimista de los que niegan y de los que dudan, y busca la voz optimista, cordial, juvenil y fecunda de los afirman y de los que creen.

¡Viva el día internacional del proletariado!

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