La matriz del trotskismo

(Mario Toer)

En mi ya larga trayectoria por la vida política y académica, tanto en la Argentina como en Chile, así como en otros ámbitos en los que he residido o me ha tocado frecuentar (Gran Bretaña, Brasil, Uruguay), he debido coexistir en diferentes espacios con variadas expresiones de raíz trotskista. Mi conclusión, mal que le pese a la perseverancia, consecuencia y entrega de sus militantes, es que invariablemente han sido fuente de errores evidentes que no sólo han supuesto el reiterado fracaso de los proyectos que sustentaban, sino que en ocasiones, incluso, han hecho singulares aportes a derrotas duraderas del campo popular.

Pero, de todas formas, debo decir que, pocas veces se ha encarado con seriedad el debate con estas variantes, adentrándose en los fundamentos de sus posiciones. Las más de las veces han sido criticadas por su “sectarismo”, su “izquierdismo”, pero vale la pena remarcar que no es necesario ser trotskista para incurrir en estas performances, aunque resulte evidente que las que éstos promueven tiene un abigarrado sustento teórico.

De allí que haya querido hacer esta reflexión, que gira en torno de algunos de los elementos que nutren a esta matriz conceptual, para contribuir a un debate y un posible mayor esclarecimiento del tema.

En una reunión informal, recuerdo una afirmación de un destacado intelectual formado en esta matriz, que me parece paradigmática de este modo de pensar. Fue algo así como: “si no tenemos fuerza suficiente para imponer nuestro propio criterio, debemos intentar impedir que se imponga el criterio de los otros…”. No recuerdo exactamente el contexto, pero “los otros” no eran el enemigo indiscutible de los pueblos, sino alguna variante “inconsecuente” de las que hay tantas por allí…; así se resumía esta concepción, claramente opuesta a la que busca aislar al enemigo principal, aglutinando a cuantos sea posible, para tornar factible enfrentarlo con posibilidades de hacerle mella.

La visión estrecha a la que aludimos se sustenta en un análisis dicotómico de la realidad, que se nutre en una lectura en extremo simplista de los textos de Carlos Marx, bastante frecuente al interior de la Segunda Internacional, y de la que León Trotsky fue un singular exponente. Se asentaba en la expectativa de que el mundo marchaba vertiginosamente a constituirse en una sociedad donde los intereses sociales quedaban definitivamente establecidos por la polaridad entre la burguesía y el proletariado. La historia puso de manifiesto que esa polaridad se vio atravesada y contextualizada por realidades más complejas, particularmente en los países periféricos y que, aún en los de mayor desarrollo, la persistencia de sectores intermedios, a los que se había pronosticado su pronta desaparición, o el surgimiento de otros nuevos, continúan introduciendo una diversidad de zonas grises que indudablemente gravitan en los imaginarios políticos de cada lugar.

Resultan más o menos conocidas las razones por las que Trotsky se mantuvo, por momentos, cercano a algunos de los grupos mencheviques y sólo se suma a los bolcheviques cinco meses antes de la revolución de Octubre, después de que éstos últimos adoptaran las “Tesis de Abril”, según la propuesta de V. I. Lenin.

El centro de la disidencia de Trotsky con Lenin tenía que ver con la fórmula que éste había concebido para encarar las tareas de la revolución en Rusia, que suponían una etapa de carácter “democrático”, diferente a la pretendida por la burguesía, que debía sustentarse en la alianza entre obreros y campesinos. Para Trotsky, la fórmula suponía una suma algebraica que diluía la perspectiva obrera al pretender generar una conjunción con el campesinado, al que no consideraba una clase propiamente dicha. Trotsky sostenía:

“… dicen los bolcheviques. Para que nuestra revolución salga victoriosa ha de ser llevada a cabo conjuntamente por el proletariado y los campesinos. Ahora bien, “la coalición del proletariado y de los campesinos, coalición que obtendrá la victoria sobre la revolución burguesa, no es otra cosa que la dictadura revolucionario-democrática del proletariado y los campesinos". Así habla Lenin en el número 2 de Przeglad. La obra de esta dictadura consistirá en democratizar las relaciones económicas y políticas dentro de los límites de la propiedad ejercida por particulares sobre los medios de producción. Lenin establece una distinción de principio entre la dictadura socialista del proletariado y la dictadura democrática (es decir, burguesa-democrática) del proletariado y los campesinos. Esta separación lógica, puramente formal, aparta, en su opinión, las dificultades con que habría tenido que contarse si se hubiese considerado, por una parte, la poca importancia de las fuerzas productivas y, por otra, la dominación de la clase obrera. Si pensáramos, dice, que podríamos llevar a cabo un cambio de régimen en el sentido socialista, iríamos hacia un fracaso político. Pero desde el momento en que el proletariado, al tomar el poder junto con los campesinos, comprende claramente que su dictadura no tiene más que un carácter “democrático”, todo está salvado. Lenin repite infatigablemente esta idea desde 1905. Pero, a pesar de todo, no es acertada. (…) La victoria de la revolución no podrá dar el poder más que al partido que se apoye en el pueblo armado de las ciudades, es decir, en una milicia proletaria. Cuando se encuentre en el poder, la socialdemocracia tendrá que contar con una gran dificultad, que sería imposible superar si sólo se cuenta con esta ingenua fórmula: “Una dictadura exclusivamente democrática.” Una “limitación voluntaria” del gobierno obrero no tendría otro efecto que el de traicionar los intereses de los sin trabajo, los huelguistas y todo el proletariado en general, para realizar la república. (…) La revolución permanente será imprescindible para el proletariado de Rusia, en interés y para la salvaguardia de esta clase. Si al partido obrero le faltase iniciativa para llevar a cabo una ofensiva revolucionaria, si creyese que debía limitarse a una dictadura simplemente nacional y democrática, las fuerzas unidas de la reacción europea no tardarían en hacerle comprender que la clase obrera, si detenta el poder, debe poner todo el peso en la balanza, en el platillo de la revolución socialista.” (Trotsky; 1909)

Esta visión del análisis político suponía una propensión a reducir el encuadre de las caracterizaciones sobre la revolución posible a los componentes que constituyen la base de la sociedad, como si de la inmanencia de las clases en sí brotaran expresiones políticas consistentes con sus fundamentos en la economía de manera automática. Todo el debate de la época estaba en buena medida consustanciado con este reduccionismo, pero Lenin, en todo caso, con su fórmula de dictadura democrática revolucionaria de obreros y campesinos buscaba generar una confluencia que, en política, suponía adoptar el programa que para el campo sostenían los socialistas revolucionarios, ampliamente mayoritarios entre el campesinado ruso. Esta iniciativa suponía reconocer que las alianzas no pueden ser compuestas por las clases en sí, sino que traslucen la presencia de actores históricos concretos, actuantes en la escena política en cuestión, con diferentes ascendientes en ellas. De manera distintiva, la elaboración de Lenin sobre la fase imperialista del capitalismo, contribuyó a tomar distancias con los esquemas dicotómicos en boga. Estos aportes serán decisivos para sustentar más adelante las nociones que elaborará Gramsci sobre la construcción de un bloque histórico y la disputa por la hegemonía, así como los elocuentes análisis de Mao para la política de “frente único” contra el “enemigo principal” en el curso de la Revolución China.

La postura de Trotsky, sobre la necesidad de que el proletariado no haga concesiones y levante de manera permanente su objetivo estratégico de “gobierno obrero”, se sustenta en un equívoco supuestamente inspirado en Carlos Marx y Federico Engels, cuando en la Circular a la liga de los comunistas, en marzo de 1850, aluden a la "revolución permanente", queriendo significar que, una vez iniciado el ciclo revolucionario, éste debía ser llevado hasta su término: de la revolución democrático-burguesa a la revolución socialista. Adolfo Sánchez Vázquez, el lúcido marxista español residente en México, aborda con claridad el tema y muestra cómo las alusiones al concepto "revolución permanente", por parte de Marx, se corresponden con los ciclos de revoluciones abiertas donde, en el enfrentamiento a la aristocracia, el proletariado no debía subordinarse al proyecto de sociedad de la burguesía. Por cierto que esto no significaba no reconocer etapas ni alianzas. Sólo supone que no deben realizarse a costa de renunciar a la identidad y al proyecto propio.

Una de las explicaciones del equívoco trotskista, que tiene que ver con este vínculo con escasas mediaciones entre la “base” y la “superestructura”, se conecta con la visión que supone que, en todos los casos, el rápido pasaje a manos obreras del conjunto de las unidades productivas contribuye a que éstos se alineen en consonancia con sus intereses objetivos. En realidad la historia se encargó de mostrar que cuando no existen condiciones maduras este razonamiento se transforma en un boomerang, en la medida que la situación de extremo desorden que se introduce sirve para que la reacción retome la iniciativa o para que, en el mejor de los casos, medidas autoritarias férreas concebidas para salir del caos componen una burocracia de emergencia que después se transforma en duradera. El involucramiento y el compromiso de grandes masas postergadas requieren tiempos que son diferentes del discurso ideológico de los intelectuales. Aludiendo al apremio trotskista Antonio Gramsci ironizaba diciendo que una cosa es vaticinar que una niña será madre y otra es cometer estupro…

En esos términos lo entendía Lenin que, con su particular sensibilidad para concebir cómo contribuir a gestar y liderar el poder revolucionario posible, parte de la obvia premisa de que, en las condiciones de Rusia, sin campesinado no hay revolución.

En “Dos Tacticas de la socialdemocracia” (recordemos que las diferentes alas eran parte por entonces del Partido Social Demócrata Ruso) escrito en 1905, Lenin sostenía:

“Una de las objeciones contra la consigna de “dictadura democrática-revolucionaria del proletariado y de los campesinos” consiste en que la dictadura presupone la “unidad de voluntad” (Iskra nº 95), y la unidad de voluntad entre el proletariado y la pequeña burguesía es imposible. Esta objeción es inconsistente, porque se halla fundada en la interpretación abstracta, “metafísica” de la noción “unidad de voluntad”. La voluntad puede ser unánime en un sentido y no en otro. La ausencia de unidad en las cuestiones del socialismo y en la lucha por el socialismo no excluye la unidad de voluntad en las cuestiones de la democracia y en la lucha por la república. Olvidar esto significaría olvidar la diferencia lógica e histórica entre la revolución democrática y la socialista. Olvidar esto significaría olvidar el carácter popular de la revolución democrática: si es “popular”, esto significa que hay ”unidad de voluntad” precisamente porque esa revolución satisface las necesidades y exigencias del pueblo en general.” (…) “Sí, de la revolución popular. La socialdemocracia ha luchado y lucha con pleno derecho contra el abuso democrático burgués de la palabra pueblo. Exige que con esta palabra no se encubra la incomprensión de los antagonismos de clase en el seno del pueblo. Insiste incondicionalmente en la necesidad de una completa independencia de clase del proletariado. Pero divide al “pueblo” en “clases”, no para que la clase de vanguardia se encierre en si misma, se limite con una medida mezquina, castre su actividad con consideraciones como la de que no vuelvan los amos de la economía del mundo, sino para que la clase de vanguardia, que no adolece de las vacilaciones, de la inconsistencia, de la indecisión de las clases intermedias, luche con tanta mayor energía, con tanto mayor entusiasmo por la causa de todo el pueblo, al frente de todo el pueblo.

¡He aquí lo que tan a menudo no comprenden en la actualidad los adeptos de la nueva Iskra que sustituyen la presentación de consignas políticas activas en la revolución democrática por la pedante repetición de la expresión “de clase”, usada en todos los géneros y casos!.” (Lenin, 1965; 90-91; 116-117)

Es la misma lógica que desarrolla en las Tesis de Abril: derrotado el Zar, subordinarse al proyecto democrático burgués del gobierno provisorio supone renunciar a las posibilidades revolucionarias con un horizonte socialista, en las condiciones de guerra mundial y cuando las masas han reconstituido los Soviets como instancia de representación mucho más convocante que la del Gobierno Provisional. Tal es así que la consigna bolchevique será “todo el poder a los soviets” de obreros, campesinos y soldados, a pesar de que en ellos prevalece todavía una mayoría que respalda al Gobierno Provisional de una parte, e insistirá en la adopción del programa para el campo de los socialistas revolucionarios, como modo de establecer una alianza duradera con su ala izquierda. Incluso la propia Rosa Luxemburgo no comprende esta concesión a los campesinos de un programa no socialista que, supuestamente, habría de ocasionar futuros conflictos, lo que recibe una elocuente respuesta de parte de Georgy Lukács que argumenta lo evidente: sin ese programa que permite confluir con el campesinado no había revolución posible. Imaginar que los bolcheviques podían constituirse en alternativa de poder en el ámbito rural de otra manera era ilusorio. Aquí Lukács profundiza conceptos muy interesantes, que Gramsci habrá de ahondar, sobre este carácter organicista de la lucha de clases, que se pone de manifiesto aquí en Rosa Luxemburgo, pero que, para otros menesteres, resulta tan evidente en Trotsky (Luxemburgo. 2005).

La postura de Trotsky queda subsumida en la marea revolucionaria bolchevique tras la derrota de la ofensiva contrarrevolucionaria de Kornilov, hasta su culminación en las jornadas de Octubre. El Mariscal Lavr Gueórguievich Kornílov se enfrenta al gobierno de Kerensky, e intenta coaligar a la contrarrevolución en Rusia, en agosto de 1917. La firmeza de los bolcheviques para organizar la derrota de la intentona golpista, coordinando incluso con el propio gobierno provisional, con la consigna Todos contra Kornilov, les permite salir del ostracismo forzado por la persecución a que eran sometidos desde las movilizaciones del mes de Julio, y marca un antes y un después en su acelerada ascendencia entre el pueblo ruso.

Para los trotskistas, claro está, la lógica es otra: el curso virtuoso deviene del hecho que Lenin, supuestamente, adoptó los puntos de vista de Trotsky en las Tesis de Abril. Nada más lejos de la realidad. Lo que pasa es que la apuesta bolchevique de convertir a Rusia en el primer eslabón de la revolución europea, al agotarse la guerra mundial, inunda el ímpetu proletario de esos años. La pasión revolucionaria por gestar una revolución obrera en Europa diluye las diferencias o, en todo caso, facilita la confusión de ideas. El trotskismo siempre va a reivindicar los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista, a pesar de que resulta evidente, desde la perspectiva que otorga el tiempo, que con la derrota de la revolución en Alemania ya no era dable esperar un ciclo de revoluciones socialistas con el cuño de la revolución de octubre de 1917, y que esta misma, en consonancia con las propias elaboraciones de los bolcheviques, debía reconsiderar su carácter. No son pocas las veces que Lenin y otros dirigentes bolcheviques se refieren a que el destino socialista de la revolución Rusa depende del curso de la revolución europea y, en particular, de la alemana.

Lenin, en su artículo “La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo”, de 1920, advierte con elocuencia sobre diferentes variantes de este cuño y resulta particularmente ilustrativa la que se refiere a los grupos comunistas de Inglaterra, a los que convoca a unirse e incluso a apoyar a los candidatos del partido Laborista en todos aquellos distritos donde no existan claras posibilidades de un triunfo propio, como manera de acompañar la experiencia de la mayoría que debe sacar sus propias conclusiones sobre la inconsecuencia de los liderazgos que deben ser dejados atrás.

La no objeción de Trotsky a este texto, además de mostrarnos su evidente estatura, muy considerable en comparación con buena parte de sus seguidores, pretende justificarse, de parte de los trotskistas, por el hecho de que el Labour Party es también un “partido obrero”. Además de la propensión al reduccionismo al que ya aludí, resulta evidente que lo que importa es la ascendencia de un discurso a nivel de masas, más allá de las pretensiones o el origen social de sus voceros. Por otra parte, la recomendación a unirse más allá de las diferencias, sin duda ha sido una de las menos atendidas de parte de las organizaciones que se reclaman trotskistas.

Esta afirmación me recuerda la ironía de un viejo militante del PC polaco, que cuando Lew Walesa, el líder histórico de los trabajadores alzados en los astilleros contra el régimen, alcanza posteriormente el gobierno de Polonia con un programa claramente neoliberal, declaraba: “aquello por lo que tanto luchamos los comunistas polacos se ha cumplido, el proletariado ha alcanzado el poder”.

La visión izquierdista predominante en la Internacional recién será rectificada, con demasiada tardanza, cuando Hitler se ha hecho del poder.

La IIIº Internacional, incluso, había intensificado su radicalismo en el llamado “tercer período”, cuando interpreta la crisis de los años ’29 y ’30 como la antesala de una debacle que la ofensiva revolucionaria podía capitalizar, acentuando su diferenciación con las variantes socialdemócratas. Esta postura incluso merece la crítica del propio Trotsky quien, razonablemente desde su perspectiva, ve en esta táctica un debilitamiento de las posibilidades de un “frente obrero”.

El redescubrimiento de las alianzas políticas con la línea del Frente Popular, a partir de 1935, hará una gran contribución a la derrota del fascismo y abrirá el curso de las revoluciones en Asia.

La óptica de León trotsky para lo que sería la Revolución China muestra sus limitaciones condensadas en su trabajo central: “La Revolución Permanente”, escrito en 1930. Allí dice en el Epílogo:

“Fundándose en la experiencia de las revoluciones rusa y china, en la doctrina de Marx y Lenin, meditada a la luz de estas revoluciones, la oposición afirma:

Que la nueva Revolución china sólo podrá derrocar el régimen existente y entregar el poder a las masas populares bajo la forma de dictadura del proletariado;

Que la dictadura democrática del proletariado y de los campesinos --por oposición a la dictadura del proletariado, que arrastra detrás de sí a los campesinos y realiza el programa de la democracia-- es una ficción, un fraude contra sí misma, O algo peor, una política a lo Kerenski o a lo "Kuomintang";

Que entre el régimen de Kerenski y Chang-Kai-Chek de una parte, y la dictadura del proletariado de otra, no hay ni puede haber ningún régimen revolucionario intermedio, y que el que propugne esta forma de transición engaña ignominiosamente a los obreros de Oriente, preparando nuevas catástrofes.”

La estrategia triunfante de los Comunistas Chinos, guiados por Mao Zedong, sustentada primero en el frente único antijapones, con el propio “Kuomintang” y después en el principio revolucionario de Democracia Popular, habría de poner en evidencia, también aquí, que el camino reclamado por Trotsky no era el que conducía a la victoria.

En las “Tesis fundamentales”, con los que Trotsky cierra el mismo texto, se dice:

“ La tendencia de la Internacional Comunista a imponer actualmente a los pueblos orientales la consigna de la dictadura democrática del proletariado y de los campesinos, superada definitivamente desde hace tiempo por la historia, no puede tener más que un carácter reaccionario. Por cuanto esta consigna se opone a la dictadura del proletariado, políticamente contribuye a la disolución de este último en las masas pequeño burguesas y crea de este modo las condiciones más favorables para la hegemonía de la burguesía nacional, y por consiguiente, para el fracaso de la revolución democrática. La incorporación de esta consigna al Programa de la Internacional Comunista representa ya de suyo una traición directa contra el marxismo y las tradiciones bolcheviques de Octubre.

La dictadura del proletariado, que sube al poder en calidad de caudillo de la revolución democrática, se encuentra inevitable y repentinamente, al triunfar, ante objetivos relacionados con profundas transformaciones del derecho de propiedad burguesa. La revolución democrática se transforma directamente en socialista, convirtiéndose con ello en permanente.” (http://www.marxists.org/espanol/trotsky/revperm/).

Las contribuciones que permiten la derrota del fascismo y el inicio de las revoluciones asiáticas se producen cuando ya, el costo de haber transformado a la URSS en un cuartel será demasiado grande, y una nueva desviación, esta vez de signo contrario, hará naufragar las expectativas de una perspectiva revolucionaria en el curso de la segunda pos guerra. Finalmente, la degeneración soviética se hará irreversible con la consiguiente incidencia en las fuerzas que se habían subordinado a su liderazgo. Pero esto es consecuencia de cómo se salda la correlación de fuerzas a nivel mundial, lo que por cierto abre un muy amplio espectro de temas para el debate. Pero sin duda que, con el recetario trotskista, ni siquiera estos ensayos hubieran podido tener lugar.

En sectores de la intelectualidad tiene atractivo la visión, un tanto ingenua, de que otro hubiera sido el cantar si Stalin no hubiera facilitado o alentado el triunfo de la burocracia y consumado la traición a la revolución Rusa. A mi modo de ver, presumiendo una mayor coherencia desde el pensamiento marxista, hay que pensar que en realidad Stalin representa la emergencia de un proceso de burocratización y acuartelamiento difícil de eludir en las condiciones de cerco en que se encontró la URSS, particularmente ante la perspectiva de la ofensiva fascista que era de prever en la segunda mitad de los años ’30. Para tal cuartel, tal Mariscal, y no a la inversa. Semejante bastión se mostró efectivo para detener la ofensiva del ejército nazi y ponerlo en retirada hasta darle el golpe definitivo en el propio Berlín, lo que no es poco, pero podemos coincidir en que fue a un costo demasiado elevado. La URSS de los años ’50 contaba con pocas características compatibles con aquellas a las que aspiraran los revolucionarios de los años ’10 y ’20. Pero el diagnóstico que concentra la responsabilidad en Stalin resulta notoriamente insuficiente. La percepción de que las desgracias de la humanidad o los límites de la causa socialista se asientan en la responsabilidad de un puñado de traidores resulta extremadamente estrecha y pobre.

Si bien está centrado en este polémico personaje, con los riesgos que hemos advertido, resulta consistente la caracterización de Stalin que realizara el historiador Isaac Deutscher, precisamente uno de los que también fuera un destacado biógrafo de León Trotsky, y que cita Horacio Crespo, en un excelente artículo sobre cómo pensar la historia del comunismo (Crespo, 2006). Señala Deutscher:

Lo que parece definitivamente establecido es que Stalin pertenece a la estirpe de los grandes déspotas revolucionarios, la misma a la que pertenecieron Cromwell, Robespierre y Napoleón. […] Stalin es grande si su estatura se mide por la magnitud de sus empresas, el alcance de sus acciones y la vastedad del escenario que ha dominado. Es revolucionario, no en el sentido de que haya permanecido fiel a todas las ideas originales de la revolución, sino porque ha puesto en práctica un principio fundamentalmente nuevo de organización social […] Finalmente, su inhumano despotismo no sólo ha viciado gran parte de sus logros, sino que aún puede llegar a provocar una reacción violenta contra éstos, en que la gente podría inclinarse a olvidar, durante cierto tiempo, contra qué reacciona, si contra la tiranía del stalinismo o contra su ejecutoria progresista en lo social. (Deutscher, 1965: 511)

La referencia se anticipó a la caída del muro en tres décadas pero resulta lo suficientemente penetrante como para eludir las tentaciones simplistas de la historiografía maniquea de cualquier signo.

En algunos casos, en nuestra región, corrientes del pensamiento trotskista han coexistido al interior de fuerzas políticas de masas y condicionado escenarios políticos, dificultando caracterizaciones correctas y facilitando posteriores derrotas. Uno de los casos más notorios ha sido el del Partido Socialista de Chile. Allí, la corriente que se reconocía como de inspiración trotskista en su seno, influyó en el cuestionamiento insistente a aspectos medulares del programa del gobierno de Salvador Allende, dificultando con ello a que la UP pudiese brindarse una política inclusiva hacia los sectores medios o los sectores progresistas de la democracia cristiana, condición que facilitó que éstos concluyeran polarizándose hacia las posturas más favorables al golpismo.

Variantes con el mismo cuño, que siempre han tenido una incidencia apreciable al interior del PT en Brasil, gravitaron para que este partido no se diese una política más flexible hacia el brizolismo o incluso hacia el PSDB, a comienzo de los años ´90, cuando éstos apoyaron a Lula en la 2º vuelta electoral contra Collor de Melo y aún éste último partido no era una fuerza política funcional al establishment. Tarso Genro, presidente provisorio del PT, después de la crisis que puso en evidencia las “finanzas paralelas”, la llamada Caja 2, hace un elocuente balance autocrítico indicando cómo las rigideces sectarias de ese entonces conducen, como contrapartida, al oportunismo en las alianzas en los tiempos actuales como recurso “pragmático” para alcanzar y mantener posiciones de poder:

“… nuestra incapacidad de comprender la complejidad de la cuestión democrática en Brasil -lo que incidió durante mucho tiempo en nuestra postura sectaria en relación a las alianzas, para que después cayéramos en el aliancismo pragmático-“ (Genro,2005)

De modo alguno pretendo hacer el balance de todos estos años y situaciones en esta ocasión con el mínimo de detenimiento que merecen. Me interesa solamente mostrar aquí cómo la lógica de aceptar alianzas solamente al interior de la clase obrera resulta coherente con un imaginario que nunca tuvo la ocasión, de por sí, de ponerse de cara a un objetivo de poder. En realidad, la incapacidad para protagonizar procesos de acumulación de fuerzas mínimamente significativos debiera considerarse prueba suficiente de las limitaciones de una determinada concepción. Sin embargo, en ciertos círculos del pensamiento de izquierda se mantiene la resistencia a hacer una crítica productiva de las propias limitaciones.

Pero no quiero dejar de reconocer que una mirada creativa, en ocasiones, ha tenido lugar. Uno de los primeros dirigentes trotskistas que intenta revertir, de alguna manera, el discurso disociado de la experiencia en los movimientos de masas fue Michel Pablo e inspiró a corrientes más dispuestas a compartir las prácticas junto a las mayorías. Más adelante, las posturas que fueron siendo asumidas por Ernest Mandel quien, en sus últimos años, orientó su pensamiento en la búsqueda de elementos de confluencia que pudieran aglutinar la resistencia al carácter de la mundialización en curso. Incluso podemos señalar que, en otros contextos, hubo algunos pensadores trotskistas que exploraron algunas vetas del pensamiento de León Trotsky, inspiradas en el ciclo de transformaciones que alentara Lázaro Cárdenas en México, y encontraron manifestaciones que podían estimular expectativas favorables en cierto “bonapartismo” sui géneris en la periferia. Es el caso de Jorge Abelardo Ramos, con su visión del peronismo que lo lleva a constituir la “Izquierda Nacional”. La insistencia de Ramos termina por dar “frutos” fuera de tiempo y lugar, al finalizar sus días como embajador de Carlos Menem en México, de quien puede decirse que era bastante más sui generis que bonapartista… De todas maneras, de la corriente de pensamiento que Ramos había iniciado, surgen pensadores consistentes, como es el caso de Ernesto Laclau, cuyas elaboraciones sobre el populismo son un aporte digno de considerar.

También están las experiencias alentadas, en algún momento, por Nahuel Moreno, a partir de su insistencia en respaldarse en los sindicatos, aceptando las particularidades de la presencia de las dirigencias peronistas, con una disposición más tolerante que lo usualmente esperable. De todas maneras, pareciera ser que las experiencias que alentaron no fueron suficientes para construir organizaciones perdurables y el afán de restaurar o profundizar la ortodoxia llevó a la división permanente. Rasgo este que sí hace honor al permanentismo invocado.

Por cierto, no se me escapa que la persistencia del pensamiento trotskista, a pesar de su escasa gravitación, tiene que ver con las limitaciones, insuficiencias y derrotas de la línea de pensamiento que podemos llamar frentista en sus diversas manifestaciones. Se trata de todo un tema, sobre el que me propongo volver, que tiene que ver con el sustento del pensamiento transformador anticapitalista en nuestro tiempo. Sólo podemos decir que, la búsqueda de atajos y rodeos, como los que protagonizan en la actualidad China y Vietnam, son la resultante de la derrota de la concepción que suponía que el cerco desde la periferia hacia el centro podía culminar exitosamente. De alguna manera estamos como al principio, revalorando la insistencia de Marx sobre la necesidad de que el proceso transformador madure en el capitalismo cuando se evidencia que éste ya ha dado todo de sí y que no vasta la voluntad para que se obtengan frutos pretendiendo saltearse algunas fases del desarrollo social. El pensamiento anticapitalista tiene que sacar conclusiones atendibles del estudio de la realidad contemporánea y de las experiencias revolucionarias que realmente involucraron a amplios movimientos de masas en las décadas pasadas.

En nuestro país, el crecimiento y estallido del MAS en los años ´80 puede ser una experiencia que permita estudiar algunas de las falacias conceptuales a las que estoy aludiendo. Cuando ese crecimiento llegó a permitir el acceso de dos legisladores al parlamento, pareciera que se llega a un nivel de circulación y exposición intolerable con la fantasía insurreccional de algunas alas de este partido. Algo así como una dimensión política de la agarofobia, el miedo a los espacios abiertos. Por cierto, que si nos basamos en un análisis dicotómico, la entrada en un proceso en el que hay que lidiar con una variedad de expresiones intermedias, como las que pueblan el parlamento argentino, tiene que generar una singular impaciencia en aquellas mentes que suponen que todo aquello es mera hojarasca burguesa. De allí a la lucha intestina contra los inconsecuentes hay poco trecho. De últimas, el partido del proletariado tiene que prepararse para la insurrección y no puede entretenerse con el cretinismo parlamentario. Y Estado Mayor de la revolución, por inexorable lógica, sólo puede haber uno solo y la índole de la tarea requiere subordinación. Por lo tanto, la coexistencia con el diferente en un mismo aparato resulta intolerable. Esta es la senda que lleva a que estas organizaciones se dividan sin cesar y devengan necesariamente en sectas, con todos los rituales cuasi religiosos que tan bien ha descrito Horacio Tarcus. Pero lo más gravoso para el movimiento popular se produce cuando esta lógica divisionista se traslada a organizaciones de masas. Sobran las experiencias en sindicatos, federaciones de estudiantes, asambleas populares, donde esto ha sido así, favoreciéndose incluso el agrupamiento y corrimiento hacia la derecha de variantes que temen verse expuestas a conflictos interminables e insolubles.

Lo significativo e importante que supone indagar en “la matriz trotskista” tiene que permitirnos comprender fenómenos como el protagonizado por Luis Zamora, quien parecía estar comprendiendo los vericuetos de su formación, dando testimonios escritos elocuentes en el sentido de las lógicas sectarias y, sin embargo, no consigue superar este estadío al no abrirse a la lógica de la construcción de las alianzas. De esta manera, su convocatoria se transforma en un hervidero de luchas y acusaciones que conducen a la reiteración del gesto soberbio que lo lleva a no votar en el parlamento la derogación de las leyes que otorgaban salvaguardas al terrorismo de estado para no verse “confundido” con los inconsecuentes que las habían propuesto… De nuevo “si no podemos hacer prevalecer lo nuestro, al menos que no prevalezca lo de los demás”. Y si no se es capaz de establecer vínculos duraderos con quienes son distintos, las diferencias también serán motivo de intolerancias intestinas.

Las elecciones para renovar el parlamento en Argentina, en Octubre del 2005, han sido también un ámbito por demás expresivo de las vicisitudes de estas menguadas organizaciones. En los tiempos que las antecedieron, unos y otros desde sus periódicos, desde algunos conflictos que consiguen liderar, desde la Federación Universitaria de Buenos Aires y desde las respectivas organizaciones de piqueteros, insistieron tratando de convencer a los ciudadanos corrientes, que su apelación excluyente se compadece con la dimensión de lo real. La persistente prédica acerca del “doble mensaje” gubernamental y la consiguiente denuncia del kirchnerismo como enemigo principal del pueblo argentino pareciera haber tenido escaso eco. El alerta sobre que “los frentes amplios con la burguesía “progre” y la pequeña burguesía democratizante, son un callejón sin salida para los trabajadores”, no convoca a multitudes y menos de trabajadores, aunque pueda cautivar a jóvenes que quisieran terminar sin más demoras con la opresión capitalista. Sus cosechas electorales fueron incluso más limitadas de lo que personalmente había imaginado. Sólo la versión que pareciera continuar con la prédica morenista, y que hizo algunos esfuerzos por encontrar aliados que no sean 100 % de izquierda, logró rondar el 2% de los votos en la Capital. ¿Será quizá por esa razón que pareciera gestarse en su seno una nueva división? Los más no llegaron al 1%. Esto sin llegar a la maldad de pretender calcular los porcentajes a escala nacional… Sólo en algunas regiones muy puntuales del interior, a partir de rodear a caudillos de masas que encabezaron reclamos sentidos, obtuvieron un caudal más relevante.
Nada más lejos de mis apreciaciones que el querer solazarme de la desgracia ajena y menos cuando esta ajenidad es relativa porque estamos hablando de quienes pretenden terminar con el poder de los capitalistas y con la sociedad injusta en que vivimos. Por cierto que tampoco estoy pronunciándome desde el cobijo de una organización que se fortalece a ojos vistas y tiene claridad en todas sus propuestas. Los trotskistas no tienen el monopolio de los errores posibles. Otros grupos, desde otras tradiciones, pugnan por reiterar el modelo de revoluciones que tuvieron lugar hace tiempo y en condiciones particulares, renunciando a la creatividad imprescindible que requiere comprender en profundidad nuestro tiempo y nuestras circunstancias.

A mi modo de ver, no cabe duda que se ha cerrado el período en que se consideraban factibles y sustentables las revoluciones “socialistas” en la periferia. Hoy difícilmente podemos concebir un cerco hacia el centro ni un deseslabonamiento en esa dirección como imaginaron los bolcheviques. Pero esto no significa que no estén a la orden del día revoluciones democráticas radicales, cuyo perfil habrá que precisar, que pueden en un futuro no muy lejano redefinir el escenario político mundial. Por lo demás, es imposible presuponer que puede bastar el atender a una guía extraída de experiencias exitosas de antaño. La complejidad de los niveles que intervienen en la definición de los sujetos y los diferentes planos en que se aglomeran las identidades, sabemos que es mayor que algunas décadas atrás, para no hablar de las dimensiones de los escenarios y la escala en la que pueden ser sustentables reformas económicas de cierta profundidad.

Quizá, para algunos, estas líneas suponen una pérdida de tiempo dada la escasa gravitación de las organizaciones trotskistas y la poca atención que obtienen de sectores más amplios. Esa es una idea estrecha y equivocada. Independientemente de su cantidad, la calidad de las energías puestas al servicio de estos proyectos es muy respetable y resultarían un aporte valioso si sus portadores se sumaran a una reflexión que permita dirigir estos esfuerzos en un sentido productivo, aunque más no sea para evitar el efecto deletéreo y de confusión que supone el desaliento que ocasionan.

Vayan entonces estas referencias para estimular la búsqueda de formas de concebir la lucha política que sean realmente efectivas, sin simplificaciones economicistas u organicistas, en la perspectiva de posibilitar una acumulación de fuerzas en el campo popular que adquiera consistencia y posibilidades de aislar al verdadero enemigo principal, que conciba alternativas atendiendo a la sensibilidad e historia del sentir y pensar de las mayorías y permita así un aprendizaje de masas para encontrar un rumbo certero.

Referencias Bibliográficas

Trotsky, León (1909). Nuestras diferencias.

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Luxemburgo, Rosa (2005). Crítica de la Revolución Rusa. Estudio preliminar de Georg Lukács, Buenos Aires: Editorial Quadrata, Bs As. 2005.

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