La guerra es la continuación de la farándula por otros medios y las razones de nuestro silencio

Diciembre 2009-enero 2010.

En el lenguaje de las ciencias sociales resulta largamente transitada la frase de Karl Von Clausewitcz que define a la guerra como continuación de la política por otros medios. La afirmación- debatida y retorcida durante casi dos siglos- ostenta claros visos de adecuación a la realidad (y a la verdad); pero merece una mínima modificación a estas alturas del siglo XXI latinoamericano.
No es un secreto para nadie medianamente avezado que vivimos una guerra (de baja intensidad) impulsada por el imperio del norte. El objetivo es abortar las tendencias autonómicas en nuestras patrias, desmantelar el creciente bienestar de algunos pueblos, abortar los anhelos de justicia social y rapiñar los recursos naturales. Tales son las líneas directrices que se hallan impulsando la apertura de bases militares en el territorio estadounidense de Colombia, por ejemplo. O de la campaña contra el narcotráfico en Méjico, país que sólo paradójicamente aumenta día a día su influencia en el jugoso mercado mundial de alcaloides.
Pero el mejor modo que cuenta para hacer política la reacción global y local es sin dudas el uso, abuso y manipulación de sus infames medios de (in)comunicación masiva. Desde allí desarrollan sus campañas cuyos objetivos evidentes son farandulizar la vida cotidiana y conquistar las conciencias desprevenidas de los sectores populares mediante un persistente proceso de despolitización. En Venezuela y Bolivia, por ejemplo, la rotunda marcha de los procesos conducidos por Hugo Chávez y Evo Morales ha puesto un claro límite a las pretensiones de la reacción. Por ello, es dable esperar en breve plazo una conflagración armada en la patria de Bolívar. La basura mediática y farandulera no da réditos allí y seguramente- esperemos equivocarnos en la siguiente afirmación- dará paso al rotundo lenguaje de los cañones, los misiles, las cuartas flotas y las tropas invasoras.
Otra es la situación en Argentina y Chile. En la patria de O?Higgins la peor derecha ha conquistado el favor de 44 de cada cien votantes, lo cual excede largamente las fracciones privilegiadas de la pirámide social. En los /’70 debieron dar el genocida golpe pinochetista para gobernar y hoy- principalmente por vía de los armados mediáticos- podría conquistarlo de modo electoral.
En la Argentina, los bombardeos televisivos y del periodismo gráfico han construido un frente del rechazo grotescamente alineado con el poder real, es decir el económico. No poca influencia han ejercido en la citada construcción las prédicas embusteras de añosas “divas” televisivas y el accionar de animadores que han transformado a un empresario saqueador- orgulloso de cesantear empleados y que “celebró” el asesinato de un maestro por la policía- en un “querible” personaje festivo y apolítico.
Despolitizar, banalizar, farandulizar, vender monstruos derechistas como si fueran gente sencilla y afable, más mentir constantemente son las caras visibles de la acción mediática de la reacción globalizada. Toda otra expresión popular es sometida a una indolora censura: la del discurso único. En tal sentido resulta inteligible el ataque que sufrió nuestro sitio; borrando nuestros archivos y que nos sacó del cyberespacio por más de treinta días. Pero que tambíen nos demostró que no estábamos en la senda equivocada.