De los ejes teóricos de la ciencia social a la realidad argentina y latinoamericana

De los ejes teóricos de la ciencia social a la realidad argentina y latinoamericana

(Alberto J. Franzoia)

La ciencia social ha recorrido un camino no tan largo como el de la ciencia natural pero a esta altura muy significativo. Si bien hay diversas interpretaciones con respecto a dónde y con quién o quiénes ubicamos los inicios de esta ciencia (totalizadora en sus abordajes de la realidad social) nos inclinamos por los estudios de intelectuales como Alvin Gouldner, quien en “La crisis de la sociología occidental” (1) señala como punto de partida el pensamiento de Saint Simon entre fines del siglo XVIII y principios del XIX. Este pensador francés, influenciado por dos corrientes filosóficas europeas claramente antitéticas (el iluminismo y la reacción romántico conservadora), dará inicio a una nueva ciencia. Y es la riqueza de su pensamiento, nutrido por esas dos expresiones filosóficas de signo contrario, lo que permitirá explicar la división que se operó desde un comienzo, ya que los discípulos de Saint Simon escogerán caminos alternativos para desarrollar las ideas del maestro. Unos (como Comte y luego Durkheim), haciendo hincapié en sus aspectos más conservadores, provenientes de la reacción conservadora, iniciarán el eje teórico del orden, otros (socialistas utópicos como Fourier y Owen) retomando lo que hay de revolucionario para la época en su planteo, proveniente de las influencias iluministas, darán los primeros pasos hacia una teoría del conflicto desarrollada y profundizada más tarde, durante ese siglo XIX, por Mar y Engels.

Cada eje produjo un abordaje de la realidad social y un vocabulario para describirla y explicarla que resultan incompatibles entre sí, tal como lo refleja un trabajo sociológico muy claro al respecto como el de John Horton (2). Este cientista social afirma: “Las teorías del orden tienen en común una imagen de la sociedad como sistema de acción unificado, en el nivel más general, por un sistema compartido, por consenso de valores (o por lo menos de costumbres), de comunicación y de organización política”. Y agrega: “El concepto de anomia es clave en el análisis de los problemas del sistema (problemas sociales, desviación, conflicto). Los problemas sociales pueden resultar de la anomia o promoverla. La anomia significa desequilibrio del sistema o desorganización social, una carencia o fracaso en la organización que se refleja en el debilitamiento del control social, en la inadecuada institucionalización de objetivos, en los medios inadecuados para alcanzar los objetivos del sistema, en la inadecuada socialización, etc. En el nivel de análisis socio-psicológico, la anomia termina con el fracaso de los individuos para satisfacer las necesidades de conservación del sistema social”.
Dejando a un lado los matices particulares que se manifiestan entre los diversos representantes de este eje teórico, recurriendo a una esquematización como lo hace Horton, podemos señalar que existe un núcleo duro compartido. Los principales componentes del mismo son:
Ø La estabilidad social del sistema es producto del consenso con respecto a un conjunto de valores, normas, ideas y creencias.
Ø A veces se da un desequilibrio por la presencia de situaciones anómicas que pueden ser producto de problemas sociales o generarlos.
Ø Así como la conformidad con los valores del sistema y el adecuado desempeño de los roles representan la salud, la desviación con respecto a ellos de individuos o grupos constituye una patología.
Ø Cuando esto ocurre, las soluciones se gestan en el propio sistema: mejorando los procesos de socialización, favoreciendo medios más adecuados para el logro de objetivos, o fortaleciendo los mecanismos de control social. Todo apunta a evitar la anomia.
La definición de salud de Parsons, citada en el trabajo de Horton es emblemática: “Podemos definir a la salud como el estado de óptima capacidad de un individuo para la efectiva realización de los roles y tareas para las cuales ha sido socializado...”
El enfoque opuesto a éste es presentado por Horton en los siguientes términos: “Los teóricos del conflicto concuerdan en su rechazo del modelo de orden de la sociedad contemporánea. Interpretan el análisis del orden como la estrategia de un grupo dirigente, una reificación de sus valores y motivaciones, una racionalización para lograr un control social más efectivo.” “El análisis del conflicto es sinónimo del análisis histórico: la interpretación de los procesos intersistémicos que producen la transformación de las relaciones sociales. Un concepto clave en el análisis del cambio histórico es el de alienación-separación, no del sistema social tal como lo definen los grupos dominantes sino separación de la naturaleza universal del hombre o de un estado de cosas deseado. El cambio es la respuesta progresiva a la alienación”.
En este eje también podemos identificar, si recurrimos nuevamente a una esquematización, un núcleo teórico (duro) compartido:
Ø Se considera el orden vigente como el producto estratégico de un grupo dirigente, que racionaliza sus valores y motivaciones para controlar al conjunto social, pero sin responder a los verdaderos intereses generales sino a los propios (intereses de la clase dominante).
Ø El concepto de alienación resulta esencial para comprender la justificación del cambio de las relaciones sociales (ya que la alienación implica un proceso de deshumanización generada por el sistema);
Ø Por lo tanto, se incorpora la noción de cambio histórico y social a partir de la práctica colectiva de los hombres como respuesta necesaria al proceso de alineación.
El texto de Horton, si bien peca de un exceso de simplificación, de todas maneras tiene el mérito de presentar sintéticamente y sin ambages la innegable polarización teórica de la ciencia social. Sin embargo, resulta imprescindible proponerle al lector una profundización en estos problemas teóricos (pasar del trazo grueso a otro más fino), ya que algunos exponentes del orden estudian ciertas formas de conflicto y cambio que no se deben descuidar (Robert Merton cuando analiza las disfunciones, o Gino Germani cuando se ocupa de los procesos de modernización); a su vez, representantes del conflicto incursionan en el campo del consenso presentándolo como un componente fundamental del cambio estructural (tal es el caso de Antonio Gramsci con su teoría acerca de los procesos que se perfilan hacia la producción de una nueva hegemonía, entendida como una nueva conducción intelectual a partir del consenso obtenido por la visión de las clases subalternas o dominadas). Es decir, los trazos gruesos que se presentan tienen un fin pedagógico, que consiste en expresar con claridad los rasgos distintivos de cada eje, para que luego el lector profundice en la riqueza de matices que siempre deben ser considerados.
¿Cómo se manifiestan los ejes del orden y del conflicto en política?
Los ejes teóricos de la ciencia social también se manifiestan en un campo tan específico como el de la política. Según John Horton los teóricos del orden se identifican con posturas políticas liberales, mientras los del conflicto están relacionados con las diversas expresiones que adhieren a posturas socialistas y anarquistas. En el lenguaje cotidiano se hace referencia a la derecha y la izquierda, sin embargo, a partir de esta diferencia gruesa es necesario formular algunas precisiones teóricas y prácticas.
La primera precisión que se impone es destacar que no es lo mismo analizar la política en un país dominante y desarrollado que en otro dominado y subdesarrollado. En los países que se han consolidado como naciones con una autonomía reconocible es correcto referirse a un panorama político dividido por posiciones de derecha e izquierda, extremos entre los que se ubica el centro. Para completar esta caracterización con un mayor rigor teórico es necesario recurrir a la visión que cada postura tiene con respecto a la estructura de la sociedad y su posible cambio.
Para los teóricos del orden la estructura social es igual a un conjunto de roles e instituciones interrelacionados. A partir de allí conciben dos tipos fundamentales de cambio. Las expresiones más conservadoras de la derecha sólo contemplan el cambio en la estructura, es decir, los roles e instituciones permanecen inmutables mientras lo que se modifica es el personal que desempeña los roles o que actúa en las instituciones. Los representantes del centro avanzan hacia un cambio más abarcativo al contemplar el cambio de la estructura, es decir, aquel cambio que no es sólo del personal, sino que incluye cambio de roles e instituciones, por ejemplo impulsando el paso de una monarquía constitucional a una república. Por lo tanto, en la derecha de los países desarrollados se alinean sectores políticos conservadores (que pretenden conservar la estructura), mientras que en el centro podemos encontrar a liberales progresistas y socialdemócratas (que admiten y hasta impulsan cambios de roles e instituciones). No hay que descartar de todas maneras algunas posturas hoy minoritarias que proponen un regreso a estructuras ya perimidas, allí se inscriben los sectores políticos definidos como reaccionarios, es decir aquellos que sostienen como propuesta de futuro un regreso al pasado.
La izquierda de una nación independiente está relacionada con una postura mucho más radical que se ubica en el eje del conflicto. Esta postura parte de una definición de la estructura social distinta a la que sostienen los teóricos del orden, ya que para sus exponentes ésta es conceptuada como el conjunto de las relaciones de producción de una sociedad (relaciones entre las principales clases sociales a partir de la propiedad o no propiedad de los medios de producción). Por lo tanto, el cambio de la estructura (cambio revolucionario), que es aquello que los representantes de una política de izquierda proponen, siempre tendrá que ver con construir relaciones de producción alternativas a las vigentes, e interpretan a los cambios propuestos por los representantes de orden (incluyendo a las posturas social demócratas) como expresiones conservadoras o en el mejor de los casos reformistas, ya que nunca cuestionan las relaciones de producción. Sin embargo, en estos países, las condiciones objetivas existentes no han permitido en las últimas décadas (en realidad desde que el imperialismo se instaló beneficiando sus economías) un desarrollo sostenido de esta posición.
El esquemático cuadro político presentado suele ser aplicado por los teóricos del orden, e inclusive por algunos sectores de la izquierda, en forma mecánica a la realidad de los países dependientes y subdesarrollados. Son aquellos que deducen su comportamiento político a partir de lo que ocurre en sociedades muy distintas a las nuestras.
¿Cómo se manifiestan los ejes políticos del orden y conflicto en los países dependientes que luchan por su liberación, como es el caso de Argentina?
Para los países dependientes el eje del orden formula una teoría específica que recibe el nombre de teoría de la modernización (3). Así como los sectores políticamente vinculados a la tradición liberal-conservadora intentan mantener el statu quo valiéndose del estado como garante, los modernizadores asumen una postura de cambio (de roles e instituciones) que favorezca un desarrollo similar al de los países centrales (o primer mundo) siguiendo sus mismas pautas. El objetivo, por lo tanto, es promover con un estado intervensionista la modernización económica y social, para lo cual el propio estado debe modernizarse (modernización política). En las primeras etapas de esta modernización el capital y la tecnología provenientes del primer mundo (a modo de ayuda) juegan un papel fundamental, siempre que el estado nacional los oriente hacia las áreas estratégicas que garanticen el éxito del plan; en otros tiempos la siderurgia, el petróleo; hoy la informática y las comunicaciones. Cuando se ha logrado alcanzar el desarrollo o modernización la necesidad de ayuda proveniente del primer mundo desaparece. Semejante planteo es posible porque esta teoría no identifica al imperialismo como factor asociado al subdesarrollo en la periferia del sistema, de allí sus expectativas desarrollistas.
Desde el eje del conflicto la teoría de la dependencia (4), a la cual las izquierdas nacionales mucho han aportado (5), nos presenta un panorama político bien distinto para aquellos países que aún no son independientes, es decir, que no han logrado constituirse como naciones autónomas. En estos casos, se aportan elementos para un análisis diferenciador. Como el subdesarrollo es explicado por la dependencia que estos países han tenido con respecto a los centrales o dominantes (donde tiene su sede la burguesía imperialista), la única posibilidad de desarrollo pasa por liberarse de la dependencia, por lo que el estado, que también es intervencionista, debe asumir una política de transformaciones revolucionarias. Y eso sólo puede ocurrir si las clases tradicionalmente dominadas acceden a su control.
Se sostiene que existe una contradicción principal expresada por dos grandes bloques. Uno constituido por todas aquellas clases y sectores que por su vinculación con el imperialismo impiden el desarrollo de la nación (oligarquías nativas, burguesías claudicantes, capas medias colonizadas), y otro bloque, nacional, que incluye a todas las clases y sectores que luchan por la liberación nacional y social (obreros, capas medias nacionales, pequeña y mediana burguesía nacional, más recientemente sectores desocupados e informales). Cada uno de estos bloques tiene a su vez, su derecha, centro e izquierda. De esa manera se explica, por ejemplo, por qué cuando surgió el peronismo en Argentina un sector de la izquierda se dedicó a combatirlo (izquierda tradicional, stalinistas, trotskistas no nacionales) y otro sector lo apoyó (la izquierda nacional), panorama que con las variantes lógicas gestadas por el paso del tiempo se reitera en la Argentina de los Kirchner.
Las diferencias entre derecha, centro e izquierda dentro de cada frente (social y político) tienen que ver, por otra parte, con la magnitud y profundidad de los cambios o continuidades propuestos. Dentro de un frente nacional todos luchan por la liberación, pero mientras algunos integrantes consideran que es suficiente con liberarse manteniendo las relaciones de producción dentro del marco del capitalismo (planteo nacional-burgués), otros sectores sostienen que sólo se podrá profundizar y consolidar la liberación si se van socializando progresivamente esas relaciones de producción (planteo socialista), con lo que la liberación social pasa a ser central para profundizar y consolidar la liberación nacional. Es decir, para unos la liberación puede consolidarse dentro de los límites del capitalismo, para otros es necesario trascenderlos hacia el socialismo.

Nuestra visión
Desde nuestra visión teórica, en sintonía con los aportes realizados por la teoría de la dependencia y la izquierda nacional, consideramos que la historia argentina y latinoamericana demuestra objetivamente la existencia de una contradicción principal aún no resuelta en forma definitiva entre el bloque oligárquico-imperialista y el bloque nacional-popular, y que la resolución profunda de la misma será producto de un socialismo con características latinoamericanas. Sin embargo, como lo demuestra la política concreta que actualmente se desenvuelve en Argentina, la simple enunciación de dicha contradicción, si bien representa un avance teórico muy significativo, no resuelve prácticamente el problema. Tanto es así que ante la conformación de un bloque nacional con ciertas debilidades pero no pocos aciertos (sobre todo si lo comparamos con las políticas de estado seguidas en años anteriores por los que hoy constituyen la oposición posible), observamos sectores que se despistan para terminar encolumnados objetivamente con el bloque oligárquico-imperialista.
Ese punto no es una cuestión menor; veamos por qué. En Argentina existen actualmente algunas fuerzas políticas de la genérica centroizquierda, como las que conduce Pino Solanas, que a diferencia de aquella izquierda históricamente alineada en el bloque oligárquico imperialista, enuncian correctamente la contradicción principal para un país que lucha por su liberación nacional y social como es nuestro caso. Sin embargo, sabemos que como bien sentencia la sabiduría popular: del dicho al hecho suele existir un largo trecho. Superar esa contradicción, seguramente para enfrentar otras, pero nuevas, supone descubrir cuál es el proceder político más adecuado para que el problema viejo, ya superado, dé paso a nuevos desafíos, pues en la historia de la humanidad no es posible avanzar de otra manera. Para resolver entonces la actual contradicción principal se impone construir antes que nada una relación de fuerzas favorables al campo popular, no sólo en Argentina sino en el conjunto de la Patria Grande Latinoamericana. Y esa construcción no es igual a soplar y hacer botellas. Así se manifiestan los aventureros y charlatanes, pero eso poco tiene que ver con gestar con responsabilidad las condiciones para un cambio estructural.
Cuando el teórico y político italiano Antonio Gramsci se refirió a las grandes ideas, lo hizo con una claridad de la cual carecen las fuerzas a las que nos referimos (6):
“Las grandes ideas y las fórmulas vagas. Las ideas son grandes en cuanto son realizables, o sea, en cuanto aclaran una relación real inmanente a la situación, y la aclaran en cuanto muestran concretamente el proceso de actos a través de los cuales una voluntad colectiva organizada da a luz esa relación (la crea) o, una vez manifiesta, la destruye y la sustituye. Los grandes proyectistas charlatanes son charlatanes precisamente porque no saben ver los vínculos de la "gran idea" lanzada con la realidad concreta, no saben establecer el proceso real de actuación. El estadista de categoría intuye simultáneamente la idea y el proceso real de actuación: redacta el proyecto junto con el "reglamento" para la ejecución. El proyectista charlatán procede tentando y volviendo a probar: son las "idas y venidas" de la fábula. ¿Qué quiere decir "conceptualmente" que hay que añadir al proyecto un reglamento? Quiere decir que el proyecto tiene que ser comprendido por todo elemento activo, de tal modo que vea cuál tiene que ser su tarea en la realización y actuación: que el proyecto, al sugerir un acto, permita prever sus consecuencias positivas y negativas, de adhesión y de reacción, y contenga en sí mismo las respuestas a esas adhesiones y reacciones, ofreciendo, en suma, un campo de organización. Este es un aspecto de la unidad de la teoría y la práctica.”
A esta altura de nuestra historia resulta irrelevante seguir perdiendo el tiempo con la izquierda tradicional que siempre se convierte, en términos objetivos, en la izquierda del bloque oligárquico-imperialista, porque su aislamiento de las clases y sectores del campo nacional la inhabilita como protagonista para un cambio deseable. De allí su constante raquitismo en materia de representación popular. Distinto es el caso con quienes han sido compañeros de ruta hasta no hace mucho tiempo, algunos pertenecientes a una izquierda del campo nacional (7). Reincorporar a esos compañeros que abandonaron la nave común, supone poner en claro que un proyecto sin reglamento termina siendo un proyecto abortado. En este segundo caso se impone entonces una inversión de tiempo para el trabajo cultural, ya que es una batalla que nunca se debe dar por perdida. No sólo porque hay un abordaje teórico con coincidencias que nos llevan a identificar una misma contradicción principal; también existe una historia de vínculos políticos y sociales concretos que avalan la posibilidad de un reencuentro necesario. Definitivamente necesario porque resultará imposible resolver la contradicción principal si a las fuerzas actualmente operantes en el bloque nacional-popular no se le incorporan otras que se han desperdigado en los últimos tiempos. En estos casos lo cuantitativo tiene una fuerte correlación con el salto cualitativo.
Por otra parte, consideramos que la posibilidad cierta de resolver a favor de los sectores populares la contradicción entre el bloque oligárquico-imperialista y el nacional-popular pasa por cuestiones internas (argentinas) y “externas” (latinoamericanas). En lo estrictamente interno se impone la construcción de una gran alianza entre los trabajadores (ocupados, semiocupados y desocupados) con buena parte de las capas medias (todos los que no se encuentran objetivamente integrados en el frente adversario más allá de algunos desvaríos teóricos). Y en el plano “externo” (que en realidad no debe ser concebido como externo, sí como un segundo anillo interno) favoreciendo una cada vez más importante integración latinoamericana, que debe superar la exclusividad de los contenidos económicos para trascender a la esfera político-social y sobre todo cultural. Dirección a la que apuntan conducciones políticas como la de Hugo Chávez en Venezuela o Evo Morales en Bolivia. En realidad, sólo un trabajo cultural que haga eje en la cuestión irresuelta de una Patria Grande balcanizada por el imperialismo y sus aliados internos (las diversas fracciones de la oligarquía: agraria, comercial, industrial y financiera) nos permitirá visualizar como no externos los procesos vividos en otras regiones de esa Patria y nos posibilitará una construcción de vínculos orgánicos indispensables para transitar el camino de la liberación nacional y social.
Notas
Alberto J. Franzoia, sociólogo, director del Cuaderno de la Izquierda Nacional y Presidente del Centro Cultural América Criolla.
Su mail es: albertofranzoia@yahoo.com.ar
Bibliografía
1. Alvin Gouldner: La crisis de la sociología occidental, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1979
2. John Horton: Las teorías de orden y conflicto de los problemas sociales como dos ideologías contrapuestas, fichas de la cátedra de Sociología de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de La Plata
3. Alberto Franzoia: Las teorías sociales en Latinoamérica durante la segunda mitad del siglo XX, en Política (para la unidad y la independencia de América Latina), Año 1, nº 2, 2006
4. Alberto Franzoia: trabajo ya citado
5. Alberto Franzoia: Spilimbergo y la teoría de la dependencia, Texto presentado en el Congreso del Pensamiento Iberoamericano, Holguín, Cuba, 25, 26 y 27 de octubre 2007.
En Internet: Cuaderno de la Izquierda Nacional, http://www.elortiba.org/in.html
6. Antonio Gramsci: Las grandes ideas, en Cuadernos de la Cárcel, http://www.gramsci.org.ar/
7. Alberto Franzoia: Cuando el voluntarismo político conduce al gorilismo, en Señales Populares, publicación dirigida por Norberto Galasso, junio de 2010.