BIOGRAFÍA Y BIOLOGÍA DE JUAN CRONIQUEUR

WINSTON ORRILLO

BIOGRAFÍA Y BIOLOGÍA DE JUAN CRONIQUEUR

2ª Edición

Fondo Editorial de la Universidad Ricardo Palma

SURCO, LIMA, 2009

Comité Editorial

…………………….
……………….
Carátula Dibujo de Bruno Portuguez

Diseño y diagramación………

©
-----------------------------------------------------------------------------------
Dedicatoria (página aparte)

A mi amigo, Javier Mariátegui Chiappe (+),
porque siempre estuvimos, enhiestos, en la
senda universal de su padre, nuestro Amauta

SUMARIO

Prólogo por Juan Gargurevich………………………………………

Introducción……………………………………………………………

I. Nacimiento, periplo “vital” y “obituario” de Juan Croniqueur. Hitos.
Obituario.Génesis del seudónimo.: posiciones y opinión personal…….
II Estación epistolar. Las cartas a “Ruth”: un diario íntimo sui géneris.
Cartas a X. Glosario de las cosas cotidianas…………………………..
III Psicología de Juan Croniqueur………………………………………..
IV El versátil: cronista (galante, policial, costumbrista, taurómaco,
Hípico). El crítico de arte y literatura. El poeta místico y amoroso.
El polemista acerbo e intransigente. El cuentista del postmodernismo.
El dramaturgo de temas vernáculos. El epatante (el escándalo de
Norka Rouskaya). Su participación (¿involuntaria?)en la política……
V Biología de Juan Croniqueur y superacióln de sus límites……..

Conclusiones………………………………………………………………………

Bibliografía……………………………………………………………….

6 Página en blanco

(Ojo: epígrafes: página aparte)

“La agresividad que yo he despertado generalmente me envanece a
ratos (contigo no debo ser falsamente modesto). Ves que si no valiese
algo, si fuera un mediocre como los demás, no sería posible que susci-
tase sordas hostilidades…En el Perú es necesario ser absolutamente
mediocre para no ser detestado. El talento causa miedo y, por ende,
reacción”.
Carta a “Ruth” del 6 de marzo de 1920

“Se me acusa de petulancia, de teatralidad y de ´pose`. Es injusta,
como todas, esta acusación. Hay de cierto solo que no tengo la hipo-
cresía fácil y arribista de proclamarme modesto. No quiero pare-
cerme a los que, mintiendo modestia, alientan en el fondo de su
alma la más exagerada de las vanidades. Y no busco embozos ni
me agradan disfraces. Me descubro como soy, escribo como siento
y nunca haré la profanación de mistificaar mi emoción espiritual
por dar a un artículo, a un cuento o a una poesía, embustero velo
de humildad.”

“Extra epistolario”. Escritos juveniles, t. III. P. 79

“…a una infancia fugaz, siguió una adolescencia prematura, una adolescencia
que a los quince años o antes me puso poe inquietud vehemente de mi espíritu,
dentro de la vida de casi todos los escritores y periodistas de entonces. Desde
entonces hice dentro de este diario [se refiere a La Prensa] incansable labor
labor periodística, esa labor infecunda y anónima que resta energía y que el
pueblo ignora…”
Carta a “Ruth” del 11 de abril de 1916

Nota: Los subrayados son nuestros (W.O.)

________________________________________________________

Prólogo

MARIÁTEGUI REVISITADO POR WINSTON

Por JUAN GARGUREVICH

Todos aquellos que gustan de las descripciones exactas, los adje-tivos precisos, las frases redondas como sentencias, deben leer a José Carlos Mariátegui quien demostró, desde su niñez, un notable sentido del uso del idioma como elemento de expresión fundamental.

Pero no solo se debe apreciar su prosa fina, trabajada con cui-dado para que no sobren ni falten los términos adecuados, pues ese no-table manejo del idioma y las formas, es portador de un pensamiento inteligente y vital, que fue evolucionando hasta convertirse en para-digma de la expresión y la acción.

Por esto es tan importante leer y releer a Mariátegui: porque sus lecciones de expresión y de política son inagotables.

¿Hay dos Mariáteguis distintos? ¿Uno de Antes y otro de... Des-pués? Él mismo se refería con desapego a lo que llamó su “edad de piedra” porque, efectivamente, en su primera etapa de trabajo perio-dístico apostó por temas que, en comparación con su trabajo poste-rior, le parecían en extremo frívolos, poco dignos de recordar.

Sin embargo, trabajos como el de Winston Orrillo -Biografía y Biología de Juan Croniqueur- que ahora comentamos, rescata ambos aspectos, esto es, el redactor de crónicas impecables y las ideas en evo-lución, hasta su conversión en el referente de la izquierda peruana.

Orrillo es asimismo un apasionado de las palabras, que cultiva con fruición y deleite y no necesariamente para el elogio sino también para la denuncia.

Por eso, al encarar su examen del trabajo periodístico del muy joven José Carlos Mariátegui, sopesa, como pocos, el valor del enun-ciado unido a la reflexión y que se expresa en el género de crónica que, andando los años, se ha convertido en el favorito de los periodistas.

Para examinar con academicismo las crónicas y escritos juveniles de nuestro autor –como una suerte de Epistolario con una corresponsal “desconocida”- WO despliega un riguroso marco teórico, mostrando las definiciones, conceptos, que los especialistas en códigos de expresión han rotulado como “crónicas”, un registro que también ha evoluciona-do.

Si esto es así, si las crónicas de antes no son como las que leemos de los jóvenes que cultivan el llamado Nuevo Periodismo ¿cuál sería el valor, aporte de Mariátegui a la vez que la utilidad del trabajo de Winston Orrillo?

La respuesta parece sencilla y reposa en una sola frase que tam-bién se aplica a muchos autores que se deben releer: su vigencia, su modernidad constante. Cualquiera de las crónicas mariateguianas po-dría perfectamente ser colocada al lado de los trabajos de algunos in-modestos cronistas de hoy, y nuestro Amauta saldría ganando.

De la gran cantidad de textos que recogió el gran historiador Al-berto Tauro –y recogidos en los Escritos Juveniles- destacan con niti-dez algunos que Orrillo utiliza para pergeñar una suerte de biografía (y biología en el sentido de hacer invocación de los problemas “físicos” de JCM) del que utilizaba el seudónimo Juan Croniqueur, y que, en esa etapa no era el fúlgido ensayista, sino el siempre pulcro escritor, dueño de un estilo en formación pero no por ello menos ejemplar. Pá-ginas de una relación sentimental sui generis, y textos como, por ejem-plo el famoso. “Cómo mató Willman a Tirifilo”, mezcla de entrevista y relato sobre un caso que provocó enorme atención y sobre el que va-rios escribieron. Pero el casi niño Mariátegui lo hizo mejor que nadie.

Winston Orrillo nos señala que el cronista juvenil solo tuvo poco más de siete años para desplegar su talento puramente periodístico, porque después, ya en Italia y al retorno, sus tareas fueron obsesiva-mente políticas aunque, por supuesto, produjo textos de madurez que no admiten comparación con los escritos juveniles, analizados y pre-sentados en este libro que llega a su segunda edición –en el marco del 40º Aniversario de la Universidad Ricardo Palma, una vez agotada la que, hace casi una década, lanzara la Biblioteca Nacional, y que ahora es francamente inhallable.
.
Este libro tiene además un gran valor pedagógico, pues nos ha enseñado cómo trabajar y exponer una acuciosa investigación. Forma y contenido en combinación armoniosa, como que su autor es no solo escritor sino profesor-investigador de larga data y reconocimiento..

INTRODUCCIÓN

Este trabajo prosigue una vieja preocupación del autor, que se re-monta a una tesis doctoral de hace casi veinte años, plasmada en un volu-men publicado, en 1989, por la Editorial Causachum, bajo el título de Mar-tí, Mariátegui: Literatura, inteligencia y revolución en América Latina. Y recientemente reeditado por EDUCAP, con prólogo de Felipe de Jesús Pé-rez, Presidente de los Historiadores Cubanos, Capítulo de La Habana; y, por si fuera poco, con colofón de la eminente filósofa y maestra cubana, Olivia Miranda (febrero 2009).

Allí estudiábamos la concepción estético-literaria de nuestro Amauta, en paralelo con la de ese hombre solar de nuestra América, el cubano José Martí. Descubrimos asombrosas coincidencias que nos condujeron, medu-larmente, a señalar que ambos, a partir de la literatura, del arte, desbroza-ban el camino para la fundación de una patria común para nuestras balcani-zadas naciones.

Habíamos encontrado un venero. Profundizar en Martí no era con-gruente, pues allí estaban los hermanos cubanos, para quienes, el creador de los Versos sencillos, el maestro de La Edad de Oro, fue el autor intelec-tual del Ataque al Cuartel Moncada, jalón histórico con el que se inicia, bajo la égida de Fidel Castro, su segunda y definitiva independencia.

Teníamos en cambio, inexhaustible, a nuestro Mariátegui.

Mucho se había publicado sobre él; pero bastante de ello era pura hojarasca, volandero papel, prescindible monodia.

Aparte de los inefables esguinces políticos, que resultaban una mo-nótona serie de lugares comunes, se hallaban los que pretendían, en el Amauta, hallar a una especie de taumaturgo perfectamente ubicable en las bibliotecas esotéricas ad usum.

Claro, hubo una época en la que la bibliografía, fue, en realidad, hemerografía, pues había que buscar una parte del ingente material maria-teguista en repositorios de periódicos y revistas, ya que sólo se contaba con los trajinados veinte tomitos de las (incompletas) Obras completas; que sólo empiezan a publicarse a fines de los años cincuenta. Hubo una época –decíamos-en la que los investigadores y el público concerniente tuvieron que conformarse con la repetición, hasta la saciedad, de conceptos como el hoy totalmente obsoleto de la edad de piedra.

La principal causa se hallaba en el hecho de que las precitadas Obras completas abarcaban, aunque con alguna excepción, lo escrito y publicado por José Carlos Mariátegui a su vuelta de Europa, es decir, a partir de 1923.

Se prescindía –strictu sensu no les faltaba razón a los editores, por-que estaba, de por medio, la palabra del propio Mariátegui- de todos los escritos anteriores, que se arrumaban bajo el sambenito de la antes convo-cada edad de piedra. La expresión –no lo olvidemos- fue acuñada por el propio autor, para intentar olvidar sus primeras publicaciones, entre las que, sin embargo, hay preclaras preseas, que se pueden hoy fácilmente leer, pues, a partir de 1987, y bajo la magistral dirección del sabio ensayista sanmarquino Alberto Tauro del Pino, se han completado ocho volúmenes de los Escritos juveniles, verdadero espejo adonde habrá que acudir para desfacer entuertos y desmitificar verdades a medias, especialmente aquella de la falaz dicotomía entre el Mariátegui juvenil –el cronista, el cuentista, el poeta, el autor dramático, vale decir, Juan Croniqueur- y el maduro y perspicuo ensayista, el fundador de la CGTP, del Partido Socialista y de las revistas Amauta y Labor.

Lo que planteamos en este libro –ahora felizmente reeditado gracias al fervor mariateguista de nuestro ex compañero de estudios y hoy Rector Magnífico de la Universidad Ricardo Palma, amén de Presidente de la Asamblea Nacional de Rectores, doctor Iván Rodríguez Chávez- es que Mariátegui es uno e indivisible: desde el auroral muchacho que aprende a escribir redactando y leyendo inagotablemente, hasta el ensayista eximio, el pensador enjundioso, el organizador infatigable ded la clase obrera, el constructor de un Perú Nuevo dentro de un mundo nuevo (son sus propias palabras).

Por lo tanto, el Amauta no puede entenderse sin el Croniqueur que, precisamente por no haberse estudiado exhaustivamente, merece que inten-temos adentrarnos en su vericuetos, en sus contradicciones –fruto de una maduración acelerada y pertinaz- en su polifacética forma de expresarse, en su asumir un seudónimo (mas no, por cierto, el único, aunque los otros fue-ron efímeros) que usa siete años, tres meses y veintiocho días, entre el 24 de febrero de 1911 –nace en el diario La Prensa- y el 22 de junio de 1918, en que lo sepulta (con obituario y todo) en el primer número de su revista Nuestra época.

Anótese que la resurrección de Juan Croniqueur no se debe a que José Carlos vuelva a utilizar el pseudónimo: él respeta a sus difuntos. Se trató, simplemente, de una criollada del gacetillero leguiísta Ruiz Bravo, quien prefirió exhumarlo para encubrir –camuflar, si quieren ustedes- una valiosa colaboración que, desde Europa, le enviara JCM. La actitud pusilá-nime de este turiferario de la dictadura, pretendía hacerla pasar desaperci-bida ante los ojos del sátrapa de turno (precisamente, su amo, don Augusto Bernardino, quien finalmente, y como en casi todos los casos, mal pagara su obsecuencia, pues Ruiz Bravo acabó en el exilio).

Clave, pues, para el desarrollo y la consolidación del Amauta fue el Croniqueur, a cuya “biografía y biología” se destina el presente trabajo.

Y todo esto porque, como lo afirma su propio hijo, Javier, este Cro-niqueur no es otro que una suerte de alter ego del joven Mariátegui en for-mación, en acelerada consolidación de sus principales puntos de vista.

Por consiguiente, todo lo que hace el maduro y perspicuo fundador del pensamiento social peruano, para nosotros, no es sino el desarrollo de lo que, de una manera u otra, ya venía, en agraz, haciendo en su estadio de poeta, cuentista, dramaturgo, cronista (léase, de una vez por todas, croni-queur).

Una anterior investigación de nosotros, versó sobre el joven Mariáte-gui, mas ciñéndonos, entonces, sólo a su faz de periodista (cronista): de atildado y zahorí auscultador del acontecer cotidiano de la República Aris-tocrática.

Demostramos, allí, el papel cardinal que desempeñó su pluma en-hiesta para señalar defectos y denunciar situaciones que hoy tienen perfecta carta de ciudadanía entre nosotros, como la tortura (léanse crónicas como “La historia se repite” o “La Inquisición de Ate”).

Esto consolida una imagen de Mariátegui joven, que es perentorio rescatar: junto con la pluma, leve e inconsútil, él blandía el escalpelo que denunciaba las incongruencias de una sociedad que empezaba a deslizarse por la peligrosa (e irreversible) senda de la violación de los derechos humanos (*).

Aquel trabajo –titulado Mariátegui juvenil: el cronista- es el punto de partida de éste que, más integral por cierto, abarca el espectro totaliza-dor de ese personaje singular que, para las letras, las artes y el pensamiento social en agraz, de comienzos del siglo anterior, fue Juan Croniqueur.

_____________________________________________
(*) En la que han sido expertos y redomados paradigmas los ejemplos de (se siguen sucediendo las revelaciones) los regímenes del propio Belaunde Terry, Alan García y el shogún ya sentenciado, Alberto Fujimori Fujimori.

PRÓLOGO:

MARIÁTEGUI REVISITADO POR WINSTON

Por JUAN GARGUREVICH

Todos aquellos que gustan de las descripciones exactas, los adje-tivos precisos, las frases redondas como sentencias, deben leer a José Carlos Mariátegui quien demostró, desde su niñez, un notable sentido del uso del idioma como elemento de expresión fundamental.

Pero no solo se debe apreciar su prosa fina, trabajada con cui-dado para que no sobren ni falten los términos adecuados, pues ese no-table manejo del idioma y las formas, es portador de un pensamiento inteligente y vital, que fue evolucionando hasta convertirse en para-digma de la expresión y la acción.

Por esto es tan importante leer y releer a Mariátegui: porque sus lecciones de expresión y de política son inagotables.

¿Hay dos Mariáteguis distintos? ¿Uno de Antes y otro de... Des-pués? Él mismo se refería con desapego a lo que llamó su “edad de piedra” porque, efectivamente, en su primera etapa de trabajo perio-dístico apostó por temas que, en comparación con su trabajo poste-rior, le parecían en extremo frívolos, poco dignos de recordar.

Sin embargo, trabajos como el de Winston Orrillo -Biografía y Biología de Juan Croniqueur- que ahora comentamos, rescata ambos aspectos, esto es, el redactor de crónicas impecables y las ideas en evo-lución, hasta su conversión en el referente de la izquierda peruana.

Orrillo es asimismo un apasionado de las palabras, que cultiva con fruición y deleite y no necesariamente para el elogio sino también para la denuncia.

Por eso, al encarar su examen del trabajo periodístico del muy joven José Carlos Mariátegui, sopesa, como pocos, el valor del enun-ciado unido a la reflexión y que se expresa en el género de crónica que, andando los años, se ha convertido en el favorito de los periodistas.

Para examinar con academicismo las crónicas y escritos juveniles de nuestro autor –como una suerte de Epistolario con una corresponsal “desconocida”- WO despliega un riguroso marco teórico, mostrando las definiciones, conceptos, que los especialistas en códigos de expresión han rotulado como “crónicas”, un registro que también ha evoluciona-do.

Si esto es así, si las crónicas de antes no son como las que leemos de los jóvenes que cultivan el llamado Nuevo Periodismo ¿cuál sería el valor, aporte de Mariátegui a la vez que la utilidad del trabajo de Winston Orrillo?

La respuesta parece sencilla y reposa en una sola frase que tam-bién se aplica a muchos autores que se deben releer: su vigencia, su modernidad constante. Cualquiera de las crónicas mariateguianas po-dría perfectamente ser colocada al lado de los trabajos de algunos in-modestos cronistas de hoy, y nuestro Amauta saldría ganando.

De la gran cantidad de textos que recogió el gran historiador Al-berto Tauro –y recogidos en los Escritos Juveniles- destacan con niti-dez algunos que Orrillo utiliza para pergeñar una suerte de biografía (y biología en el sentido de hacer invocación de los problemas “físicos” de JCM) del que utilizaba el seudónimo Juan Croniqueur, y que, en esa etapa no era el fúlgido ensayista, sino el siempre pulcro escritor, dueño de un estilo en formación pero no por ello menos ejemplar. Pá-ginas de una relación sentimental sui generis, y textos como, por ejem-plo el famoso. “Cómo mató Willman a Tirifilo”, mezcla de entrevista y relato sobre un caso que provocó enorme atención y sobre el que va-rios escribieron. Pero el casi niño Mariátegui lo hizo mejor que nadie.

Winston Orrillo nos señala que el cronista juvenil solo tuvo poco más de siete años para desplegar su talento puramente periodístico, porque después, ya en Italia y al retorno, sus tareas fueron obsesiva-mente políticas aunque, por supuesto, produjo textos de madurez que no admiten comparación con los escritos juveniles, analizados y pre-sentados en este libro que llega a su segunda edición –en el marco del 40º Aniversario de la Universidad Ricardo Palma, una vez agotada la que, hace casi una década, lanzara la Biblioteca Nacional, y que ahora es francamente inhallable.
.
Este libro tiene además un gran valor pedagógico, pues nos ha enseñado cómo trabajar y exponer una acuciosa investigación. Forma y contenido en combinación armoniosa, como que su autor es no solo escritor sino profesor-investigador de larga data y reconocimiento..

I

Nacimiento, periplo “vital” y “obituario” de Juan
Croniqueur

Hitos

En 1911 –el 24 de febrero-, y casi por obra del azar, “nace” Juan Corniqueur, seudónimo con el que viene firmada una crónica supuestamen-te remitida por un extraño –cuanto desconocido- “corresponsal” desde el Viejo Mundo (desde España concretamente) al importante diario limeño La Prensa.

El joven (tenía 15 para 16 años, pues había nacido el 14 de junio de 1894) José Carlos Mariátegui cumplía labores auxiliares precisamente en ese diario, y trabajaba allí desde 1908, primero como alcanza rejones.

Nuestro imberbe Mariátegui sorprende al propio director del matuti-no, el muy distinguido y atildado señor Ulloa, quien manifiesta su compla-cencia por el estilo donoso y ahíto de buena información que presentaba la crónica, la misma que parecía anunciar, pues, una auspiciosa corresponsa-lía (olfato no le faltaba al viejo periodista liberal, ¡qué duda cabe!)

Mas, cuál no sería su sorpresa cuando descubre que esas líneas habí-an sido pergeñadas por el “cojito” Mariátegui (así se le llamaba, cariñosa-mente, por aquel entonces), a quien nadie creía capaz de redactar toda una crónica (y más aun: lo había hecho sin autorización alguna), a pesar de que él ya se iba haciendo conocido por su contracción al estudio, por su cono-cimiento de idiomas (tanto que traducía artículos y revistas que llegaban a la redacción del diario), y por su dominio del castellano, pues, incluso, les corregía el estilo a periodistas de mayor edad que él.

Las circunstancias vitales de Mariátegui no le permitieron una edu-cación formal, y, más bien, la condición de autodidacto le puso su impron-ta. Creemos que es su hijo menor, el notable psiquiatra y miembro de nú-mero de la Academia de la Lengua, Javier Mariátegui Chiappe, quien, en uno de sus zahoríes trabajos, ha elucidado mejor esta situación. Vale por ello la larga cita que consignamos:

“En la dinámica vital del joven Mariátegui no había espacio
para la instrucción formal. La pobreza y la necesidad de
trabajar casi desde niño se dieron la mano para imponerle
la formación del autodidacto, volcado a la curiosidad por
todo, desde los hechos más simples de la vida cotidiana
hasta el conocimiento de los grandes temas de la humani-
dad y de la cultura en sus más amplios alcances.”

[…]

“Sin estudios preparatorios, con apenas los correspondientes a los primeros de primaria, sin estudios secundarios ni universitarios, José Carlos diseñó un modelo personal para el que dispuso del tiempo y de la actitud espiritual favorables a fin de captar las esencias del co-nocimiento humano en sus aspectos fundamentales. Favorecido por la cualidad de asimilar el saber como placer, no hubo faceta del co-nocimiento, por insignificante que fuera, que no le llamara la aten-ción.

“Poco podían aportar los estudios formales en su tiempo, como lo ha señala do Pablo Macera: era escasa, por no decir nula, la calidad de la enseñanza de la universidad de entonces, y Mariátegui habría perdido tiempo que bien empleó en su autoaprendizaje. José Tamayo Herrera ha demostrado la insuficiencia de los estudios universitarios en los tiempos de Mariátegui y cómo una personalidad como la del Amauta tenía que venir de fuera de la instrucción superior”.
(Mariátegui, Javier: 95, 4)

Poco después, José Carlos es disculpado; puede hacer uso del seudó-nimo, y empieza una serie de crónicas (amén de poemas, cuentos cortos, aunque éstos en otro nivel) que, como lo hemos demostrado, (1) figuran entre las más importantes de su tiempo. Colabora en los más heteróclitos medios: Mundo Limeño (1914), El Turf (1915), que llega a dirigir), Lulú (1915 – 1916), Colónida (1916, la revista de Valdelomar, y arquetipo de publicación contestaria), El Tiempo (1916, adonde lleva su importantísima sección diaria “Voces”). En el año 1915, escribe la pieza Las tapadas, con Julio Baudoin; en el 16, con Abraham Valdelomar, el drama en seis actos, La Mariscala, según datos de Genaro Carnero Checa.

Desarrolla una frenética actividad periodístico – literaria que com-prendía, en numerosas ocasiones, hasta tres artículos diarios, amén de poe-mas, cuentos y el pergeñar sus piezas teatrales. Todo esto, con una consti-tución física débil, signada por la enfermedad que lo atacó de niño y de la que nunca, desgraciadamente, se curó.

__________________
(1) ORRILLO: Mariátegui juvenil: el cronista. Editorial San Marcos-Lima, 2004.
La enfermedad es clave en la vida de José Carlos Mariátegui y en la de su alter ego Juan Croniqueur. Es fundamental referirnos a ella, porque
explica muchas de las actitudes “vitales” tanto del escritor, como de su do-ble, objeto de nuestro libro.

Nuevamente acudimos al testimonio, al estudio del hijo, no sólo por ser uno de los que más se ha adentrado en los meandros de la etapa inicial de su padre, sino que, por su condición de médico, y más aun, de connota-do psiquiatra, ha podido develarnos el substratum de esta etapa (la infancia y juventud), antes verdaderamente en sombras, de Juan Croniqueur:

“José Carlos Mariátegui nació y tuvo sus primeros desarrollos en
un hogar modesto con padre ausente, posteriormente fallecido
cuando tenía 11 años. Un accidente banal en la escuela le pro-
dujo un hematoma en la pierna izquierda, por lo que fue traído
a Lima e internado por más de cuatro meses en la Maison de
Santé, y sometido a varias operaciones de la zona afectada. Se-
guiría después el tratamiento de reposo en su casa por cuatro
años, quedando truncados sus estudios primarios. La mascarilla
de anestesia y el olor del cloroformo quedarían asociados desde
entonces a un mal recuerdo de tal magnitud que lo hizo desistir
de atenderse en Italia, donde el clima benigno del sur le hizo
olvidar su fragilidad corporal, evidenciada por una cojera. (Ma-
riátegui, Javier: 95, 5)

¡Imaginemos a ese niño, pobre y enfermo, sin infancia! Podía haber-se vuelto proclive a una depresión endógena. Mas algunos de estos trenos, de este drenar sus heridas, se podrán captar en las cartas a su misteriosa co-rresponsal “Ruth”.

Independientemente de la cierta pose romántica –o epatante-, y de las contradicciones que se perciben entre el Croniqueur que habla de su abulia, de su abandono, de su pereza, mientras escribía frenéticamente artículos y textos literarios, se hallan rasgos de una infancia infeliz que, ¡cómo no!, signan definitivamente.

Sigamos, sin embargo, con la magnífica interpretación de Javier Ma-riátegui sobre esta etapa y las circunstancias de su padre, que nosotros invi-tamos a leer en tanto en cuanto son sine qua non para entender al joven au-tor y a su singular alter ego:

“Durante los años de inmovilidad, José Carlos debió enfrentar
el desafío del aislamiento que podía conducirlo, según un es-
quema psicológico, a alguno de los siguientes rumbos: el so-
bre aislamiento autista, con ruptura con la realidad y debilita-
miento de los vínculos sensitivo – sensoriales; depresión ana-
clítica: o el enfrentamiento de la soledad con un incremento
de la vida cognoscitiva y la ordenación creativa de la percep-
ción y de la fantasía, todo ello con activo ejercicio de la vo-
luntad, con auto vencimiento, intenso cultivo de la inteligen-
cia y de sus funciones agregadas: atención y memoria. Este
es el camino recorrido por el niño José Carlos, quien debió
al mismo tiempo demarcar su propia identidad y crear un sis-
tema de regulación protector del medio ambiente que lo rodea-
ba”. (Mariátegui, Javier: 95, 5)

Apenas salido de la niñez, José Carlos ingresa a la fragua del trabajo. Allí, en esa gran universidad gratuita de la realidad, aprende mucho debido a que había desarrollado las condiciones descritas: esa niñez pobre y dilace-rada por la enfermedad, esa aptitud psicológica para la observación y, so-bre todo, esa inteligencia privilegiada y perspicua. Pero, todo esto, se debe observar a partir del trabajo y, principalmente, de esa labor (en una impren-ta, en un periódico) que le tocara desempeñar, ¡tan temprano!, a nuestro protagonista.

Pero veamos, asimismo, de qué manera, tan impecable, lo anota su zahorí hijo Javier:
“Quien analiza su vida (la de JCM) y cómo ésta se refleja en su
obra, sobre todo en el Mariátegui adolescente, aparece de pron-
to el gran escenario, el amplio espacio que contribuyera a dar-
le identidad personal y a descubrir su vocación esencial.

Mariátegui se forjó y realizó gracias al ejercicio temprano de
las letras –como en los tiempos renacentistas que juntaban a
escritores con impresores-, en los talleres de un gran diario. En
esos talleres, José Carlos fue primero ayudante de taller
(‘alcanza-rejones’), pero pronto accedió a una posición espe-
cial: fue una especie de Bus-boy, encargado de relacionar a
los periodistas con los linotipistas e impresores. De ese modo,
conoció y dominó la dinámica misma de la relación entre la
palabra escrita y su concreción tipográfica. Por eso creemos
que esas condiciones fueron óptimas para un espíritu que todo
lo escrutaba, que todo lo asimilaba con ingenuidad pero también
con crítica. Fue la imprenta primero y después el diario, su
primer y decisivo aprendizaje”.

La imprenta de un diario sería también el espacio de un segun-
do descubrimiento: el mundo de los adultos, ya iniciado en los
meses que permaneció en la sala común para varones de la
Maison de Santé, mientras seguía las indicaciones del cirujano
ortopédico francés, Félix Larré.

Tuvo José Carlos una ‘larga fase expansiva del recibir’, como
se diría en psicología dinámica, una etapa ‘receptivo-retentiva’
larga y provechosa. Creemos decisiva la experiencia de José
Carlos en la imprenta y en el diario, verdadera escuela de un
auténtico saber, vínculo entre la artesanía y el arte, puesto que
haría del trabajo en la imprenta escuela para el periodismo. Y
del periodismo, escuela para la alta política. (Mariátegui, Javier:
95, 5-6)

El diario La Prensa es donde tiene no sólo su aparición, sino el tiem-po de mayor desarrollo de Juan Croniqueur. Por eso, no pueden pasarse por alto las circunstancias por las que se ve obligado a dejarlo: su derechi-zación, al cambiar de dueño.

A los 22 años renuncia a La Prensa y se incorpora a El Tiempo (el 15 de junio de 1916), diario que presentaba una línea liberal, el mejor caldo de cultivo para el desarrollo intelectual de José Carlos. Escribe Tauro del Pi-no:

En La Prensa conquistó nombradía como escritor elegante y
original, con aires displicentes y escépticos fruto de las
tendencias decadentes. Pero en el cual no logró prosperaran
sus empeños para dar cabida a una columna propia. (2)

Sobre esto, precisamente, escribe Juan Croniqueur a su corresponsal “Ruth”:

“He tenido que resolver también en estos días una cuestión impor-
tante. La he resuelto sin pensarlo. Es así. He aceptado la pro-
propuesta de El tiempo… Hoy renuncio a mi puesto de La Pren-
sa. Voy a hacer telegrama al Dr. Durand… Hasta ayer tuve este
problema. ¿La Prensa, El Tiempo o el diario de Cisneros? No sé
si lo he resuelto bien. ¿Cuándo resuelve uno bien las cosas?...
No he tomado consejo a nadie. (Carta a “Ruth” del 15 de junio
de 1916. Anuario mariateguiano. Tomo I, pp. 52 – 53)

Como podemos leer, la decisión no fue fácil. Le dolió. Es que en La Prensa, habían nacido Juan Croniqueur y nuestro propio autor, como cro-nista. Leamos su propio, esclarecedor testimonio sobre el particular:

(2) TAURO DEL PINO: 1989, 48, 52-53.

“En La Prensa me inicié, me formé, publiqué mi primer artículo.
La quiero. La dejo porque desde el cambio de director ha perdi-
do su ambiente, y me siento ahí un poco extraño. Los que asis-
tieron a mi iniciación y la alentaron, los que me engrieron, se fue-
ron ya. Me voy también por ambición. El tiempo surge, es un
gran porvenir para mí. No te escribo más. Estoy nervioso. (3)

Juan Croniqueur se había desarrollado en ese periódico: de allí el cariño que le guarda. Porque él lo había hecho conocido, y le despierta ca-riño y admiraciones, pero también recelo, como es natural, por la envidia del medio; y, asimismo, por el hecho de que nuestro joven creador no se resigna a ser un plumífero, sino que se desenvuelve en el campo del estilo periodístico, así como en el de la creación.

Por otro lado, su buido ojo crítico era implacable: no se casaba con nadie: a pesar de su juventud, pero contando con su inteligencia, le endilga a todo un señorón de las letras, como don José de la Riva Agüero, un artí-culo en el que desmitifica su condición de defensor de lo clásico del estilo, de lo purista y académico del idioma, pues le pescó numerosos solecismos, entre otros muchos errores. Confróntese el artículo “Un discurso: 3 horas, 48 páginas, 51 citas.” (4).

_______________

(3) Anuario mariateguiano: n.º 1, p. 53.
(4) MARIÁTEGUI, José Carlos: Escritos juveniles. Tomo III, p. 269.

Juan Croniqueur tenía, pues, el problema de ser muy joven, y esto no se lo perdonaban, entre otros, el pintor Teófilo Castillo, que se creía el non plus ultra del medio, y que no soportaba que un muchacho, como nues-tro autor, no sólo le enmendara la plana, sino que le desmontara su tingla-do apócrifo de gran señor de la estética . No nos parece, asimismo, que ten-ga poco que ver el origen muy humilde del recién iniciado periodista, y es-to, especialmente, por haberse atrevido a enfilar lanzas contra un conspicuo representante de la oligarquía –social e intelectual- como Riva Agüero (quien, por otra parte, nunca olvidó a su joven detractor y de quien se ven-gara, aviesamente, en uno de sus libros: La Emancipación y la República, en el que calificó, arteramente, a José Carlos Mariátegui con epítetos de baja estofa).

Leamos y asombrémonos. La derecha -¡oh, ingenuos y bien pensa-dos!- nunca perdona. Esto escribió el para algunos seráfico señor De La Riva Agüero, el históricamente simpatizante de Mussolini, aún ofendido por haber sido tocado con el pétalo de un artículo por ese don-nadie del co-tarro literario, que era el tal Juan Croniqueur, de quien JRA sabía perfec-tamente el nombre :

“ Simple vulgarizador alharaquiento de Marx, periodista repor-
teril indocumentado y sectario. (José de la Riva Agüero: La E-
mancipación y la República. Estudios de historia peruana. O-
bras completas de R.A.N. 72. Pontificia Universidad Católica.
Lima, 1971. p. 116). (El subrayado es nuestro).

Pero veamos cómo cuenta, Juan Croniqueur, en carta a su entrañable corresponsal “Ruth”, esta circunstancia:

“La agresividad que yo he despertado generalmente me envanece
a ratos (contigo no debo ser falsamente modesto). Ves que si no
valiese algo, si fuera un mediocre como los demás, no sería posi-
ble que suscitase sordas hostilidades… En el Perú es necesario
ser absolutamente mediocre para no ser detestado. El talento
causa miedo y, por ende, reacción. (Carta a “Ruth” del 6 de mar-
zo de 1920). (El subrayado es nuestro).

“Se me acusa de petulancia, de teatralidad y de ‘pose’. Es injusta,
como todas, esta acusación. Hay de cierto sólo que no tengo la
hipocresía fácil y arribista de proclamarme modesto. No quiero
parecerme a los que mintiendo modestia, alientan en el fondo de
su alma la más exagerada de las vanidades. Y no busco embozos
ni me agradan disfraces. Me descubro como soy, escribo como
siento y nunca haré la profanación de mistificar mi emoción espi-
ritual por dar a un artículo, a un cuento o a una poesía, embus-
tero velo de humildad. (En “Extra epistolario”: Escritos Juveniles
T. III, p.79)

La vida lo hizo madurar a trompicones. Como dice su hijo Javier, los desafíos de la enfermedad y la pobreza, y su vocación por el trabajo, fueron decisivos. Su condición de “lector impenitente (que) procuraba absorber no sólo lo que llamaba la atención, sino lo que significaba algún descubri-miento tanto del mundo exterior cuanto de su propio mundo”, fueron pun-tos cardinales para su desenvolvimiento en un medio hostil. Y que el mis-mo José Carlos pinta, de modo magistral, en carta del 6 de marzo de 1920, fechada en Roma, en cálida reminiscencia de su alter ego ya sepultado: (5)
La adolescente y lírica fe de mis años pasados, de cuando yo era
Juan Croniqueur, de cuando yo era un ‘niño talentoso y malcria-
do’ como más o menos, me dijo Clemente Palma en su “Crónica”
-me ha abandonado.

_______________________
(5) Recuérdese que esto sucede el 22 de junio de 1918, en el primer número de la revista NuestraÉpoca.

“Tú sabes que no todos han sido conmigo igual que tú, generosos
y comprensivos. Me han agredido tanto que he tenido que vivir
siempre en son de combate. Se ha aprovechado los menores pre-
textos para soliviantar contra mí la ciudad. He salido de una ace-
chanza para entrar en otra. Escándalo tras escándalo. Escándalo
de Norka Rouskaya, escándalo de los militares, etc., etc. Cierto
que yo no he sido prudente jamás. Pero es que no he podido, no
puedo ni podré serlo. Un hombre todo sinceridad no puede ser
prudente. No puede ocultar su abominación de la estupidez ni su
pasión por la belleza, la verdad y el talento”.

Precisa, preciosa autocospia de Juan Croniqueur por el propio José Carlos Mariátegui, a muy pocos años del “deceso” de aquél (producido en 1918; la carta es de 1920). Daremos más detalles en el capítulo correspon-diente a su psicología (no se olvide, jamás, de su pseudónimo que, en este caso, ya, va pareciendo un heterónimo, como los del inolvidable poeta por-tugués, Fernando Pessoa).

Tenemos, pues, que nuestro Juan Croniqueur emerge con un deside-rátum: innovar.

Crea, incluso, en un género tan trajinado como el policial. Y lo logra, por ejemplo, en aquella crónica en la que da cuenta del suicidio de un rate-ro en el hipódromo de Santa Beatriz y, a la vez, llama la atención sobre la frialdad del público que le da más importancia a un caballo que se ha roto una pata que a ese ser humano que acaba de quitarse la vida, no importa cualesquiera sean las circunstancias que lo llevaron a ello.

Esto se encuentra en el texto “Cosas vulgares”. (Al margen de la crónica policial). El final de esta suerte de crónica policial es paradigmáti-ca, y ya nos prefigura al Amauta o, mejor dicho, nos demuestra que, en el joven Juan Croniqueur se encuentra, ínsita, la madera del futuro fundador del pensamiento social peruano. Leamos:

“Para el público, cruel, egoísta, salvaje, no vale la vida de un
hombre lo que el remo inútil de un equino… Es la eterna in-
justicia de las cosas humanas”. (Escritos juveniles. Tomo II.
pp. 176-178)

Este texto se publicó en La Prensa, el 13 de octubre de 1914. Nues-tro autor tenía, a la sazón, veinte años. lo firmaba, claro que sí, Juan Croni-queur.

Pero ojo que estamos hablando de un hombre y no de un héroe ni un semidiós. Hay lo que nosotros, parafraseando a Vallejo, llamamos “las caí-das hondas de los Cristos del alma”; es decir, aquellas páginas en las que, en efecto, estaría justificada la violencia autocrítica del Mariátegui medu-lar, el que ordenó a su madre, doña Amalia, vuelto de Europa, destruir las páginas que ésta –como todas las madres de escritores- había religiosamen-te recortado.

Es decir, sin reticencias equívocas, hay artículos –muy pocos, es cierto- donde la juventud del autor (a quien, sin embargo, acabamos de ver maduro, como en la crónica glosada líneas arriba), lo hace desbarrar; y se trata, especialmente, de aquellos titulados Causeries; y de algún otro como el que dedicara a “Las mujeres pacifistas” (Escritos juveniles. Tomo II, pp., 241-242). Su autor tenía 20 años. Se publicó en La Prensa el 2 de mayo de 1915.

No olvidemos, sin embargo, que nuestro Juan Croniqueur era un profesional. Y que todo lo que en el terreno periodístico escribiera lo hizo pane lucrando, para ganarse el diario condumio. Y que, no obstante ello -como veremos más adelante- su estilo resultó ciertamente impoluto y de una perfección difícil de conseguir no obstante redactar no sólo todos los días, sino, en muchas oportunidades, con más de un artículo diario; pues, aparte de La Prensa, como hemos señalado, colaboraba con varias revistas, amén de que no cesaba de trabajar poemas, cuentos y piezas dramáticas.

Como demostráramos en nuestro estudio anterior, (6) la crónica fue, con su encanto popular y su ligereza, el camino, el puente que utilizó el jo-ven periodista para abrirse campo en un terreno tan anfractuoso como el del periodismo limeño de las primeras décadas de este siglo.

La crónica, el más literario de los géneros periodísticos, fue el arma
idónea que esgrimió nuestro autor para lograr su propio estilo, su propia forma expresiva. Además, como lo subrayamos, estaba aquello de la in-coercible vocación literaria de nuestro autor, para lo cual necesitaba un gé-nero ad hoc, algo así como un puente.
Tauro escribe respecto a esta crónica, decisiva para la maduración intelectual de nuestro Croniqueur:
…su propio modelo de la crónica: inspirada siempre en la ac-
tualidad, ajustada al interés y la sensibilidad popular, ágil,
amena y reflexiva; fundamentalmente volcada a la dilucidación
de los problemas humanos o de los conflictos ligados con al-
gún asunto inquietante; y, desde luego, comprometida con el
curso de la vida y su inagotable gama de posibilidades. (Tau-
ro: 91, p. X)
--------------------------------------------------------------------
(6) ORRILLO. Ob. cit. p. 35

El joven cronista tiene, pues, que desenvolverse en varias especiali-dades (toros, hípica, modas, costumbrismo, policial, internacional), y en todo cumple profesionalmente. Hace gala de su métier, como, por ejemplo, en sus muy comentadas “Crónicas del paddock”, que merecen el siguiente comentario, también del maestro Tauro del Pino:

“…lo cierto es que tales [se refiere a las crónicas hípicas] fueron
tareas cumplidas en aras de su acceso a los superiores niveles
profesionales, pero que en ningún momento alteraron su concep-
ción del periodismo como instrumento de orientación social y
cultural. Aquella experiencia había perfilado su agudeza para el
seguimiento y presentación de las noticias, así como los origina-
les relieves que su pluma confería a los asuntos más comunes”. (7)

Además, muchas de estas crónicas eran narraciones en agraz o, ellas
mismas, eran puntos de partida para páginas literarias o devenían, como hemos demostrado en un estudio sobre Vallejo periodista, en verdaderos ejercicios de prosas poéticas, textos independientes del género periodístico, por definición meramente utilitario, destinado a informar puntualmente so-bre un acontecimiento o suceso.

Nuestro Croniqueur, asimismo, se adelanta a un subgénero muy en boga hoy en día, y de urgente actualidad: el periodismo ecológico. Tiene
páginas destinadas a defender a los árboles, que deber ser releídas, como aquellas en las que denuncia un “Atentado arboricida [sic] en el Jardín Bo-tánico” (Escritos juveniles. Tomo II. pp. 30-36).
---------------------------------------------------------------------------
(7) TAURO DEL PINO: 1987, pp. 33-34

Comentario aparte, porque es entrañable, para el desarrollo y la con-solidación de la personalidad de Juan Croniqueur, es el que haremos al ejercicio de una especialidad no precisamente muy desarrollada en las le-tras peruanas. Nos referimos a la epístola, tema precisamente del próximo capítulo.

Simplemente, planteamos –para concluir esta sección- que, en el de-sarrollo de Juan Croniqueur, hay que reparar en su etapa iniciática en La Prensa; en su salto dialéctico a El Tiempo (una vez que dejara aquélla, por la ya enunciada derechización producida por el cambio de propietarios, los que muestran su proclividad con el gobierno de turno); ya en éste, como periodista político, con su importantísima columna “Voces”; pero, antes, en sus intentos –fallidos, pero intentos al fin y al cabo- de espacio, de columna propia, que se trasunta en su “Guignol del día” y en sus “Cartas a X. Glosa-rio de las cosas cotidianas.”

Aparte, figuran sus colaboraciones en Lulú, Mundo limeño, El Turf (que dirigió sin dirigirlo, según le confesó a su corresponsal “Ruth”), y su participación en la aventura de Colónida, gracias a su amistad entrañable con Abraham Valdelomar, con quien compartió la bohemia del Palais Concert, donde tuvo ciertas “veleidades aristocratizantes”, epatantes, pro-pias más bien de la época (un modernismo ya casi en tramonto, un van-guardismo asumido como una mèlange extraña y, especialmente, el futu-rismo), que de la psicología o temperamento mismos del joven autor, quien se hallaba en plena forja de su personalidad.

En la misma época (1915), sin embargo, en la que Juan Croniqueur-José Carlos Mariátegui, organiza el Círculo de Periodistas de La Prensa, tiene lugar la abundante correspondencia con “Ruth” y sigue troquelando su personalidad definitiva: la que cuajará en el posterior Amauta, el que –lo afirmamos- no constituye un divortium acuarum con el joven Croniqueur, sino el resultado de una maduración (hecho, por otra parte, expresado por el propio Mariátegui en una entrevista publicada el 23 de julio de 1926, en Mundial, con la periodista y escritora Ángela Ramos).

Croniqueur ha llegado, pues, al pináculo profesional, a alturas que desearía cualquier periodista.

Leamos lo que escribe González Vigil:
Basta la lectura de este tomo [se refiere al tomo II de los Escritos
juveniles], a los 22 de su precoz redactor, para constatar que Ma-
riátegui es uno de los mejores croniqueurs del Perú (con Ventura
García Calderón, Valdelomar y Enrique Carrillo) y asistir al des-
pliegue de un estilo y de una inteligencia que madurarán en los a-
ños 20 como uno de los mejores ensayistas del idioma. (González
Vigil: 91, 141).

De este modo, se hallaba realizado profesionalmente. Se había pro-ducido el cambio, ya anotado, de La Prensa a El Tiempo, y con eso llegó el acercamiento, más cotidiano, a la realidad monda y lironda, a la política que todo lo emporca, pero sin la cual ningún cambio puede hacerse. Y Juan Croniqueur estaba empezando a periclitar para dar paso al que vendría, al Amauta. Alberto Tauro describe esta etapa definitiva:

De Juan Croniqueur el ‘adolescente soledoso’ que se ve obli-
gado a abandonar ‘su actitud sentimental, displicente e iróni-
ca’; y desciende del mirador sombroso y tibio, que en el hipó-
dromo le permitía apartarse de la concurrencia frívola y bulli-
dora, y se enfrenta a los problemas y contrastes de la realidad:
descorre los velos artificiosos de la tradición a la cual rindió
tributo en la alegre trama de Las tapadas, para sacudir la indo-
lencia de una sociedad inmovilista. Se yergue para desafiar te-
mores y falsos pudores de los pacatos, cuando promueve un
acto de unción estética en el cementerio; cuando habla en voz
alta para opinar sobre la adecuación del ejército a los objetivos
de nuestra época, y aun cuando esboza su deseo de viajar a paí-
ses extranjeros para respirar aires porveniristas y tornar un día
con acervo de ideas nuevas. Altivamente se anuncia en todo e-
llo la lúcida mentalidad de José Carlos Mariátegui. Impulsado
ya por su voluntariosa madurez y desvelado por las agitaciones
de la vida contemporánea, aspira a ejercer desde el periodismo
un fecundo magisterio. (Tauro: Anuario mariateguiano. Tomo
I, p. 49).

He aquí, pues, al joven en trance de madurez. Al joven asediado por una sociedad que no perdona ni el talento ni la precocidad y que, acostum-brada a lo pacato y adocenado, zahiere a nuestro Croniqueur; es decir, a nuestro Mariátegui jovencísimo, porque, como ya lo expresamos, se trata de una misma persona o, mejor dicho, de su alter ego. Como en otras oca-siones, quien mejor lo ha expresado es el hijo psiquiatra:

“[se trata de una] huella autorreferencial, pista autobiográfica
a veces explícita, a veces encubierta pero siempre presente
desde los primeros escritos de José Carlos Mariátegui. Suer-
te de ejercicio especular constante que permita a la persona
el reconocimiento de los cambios que suceden en su ‘psique’
y ‘soma’, para integrarlos a su modo de ser, que se construye
sobre un ‘eje’ que otorga a las funciones del yo la necesaria
‘constancia de presente’. Para esta tarea se puede recurrir a
los copiosos Escritos juveniles, que, aunque incompletos,
nos facilitan en ocho tomos la mayor parte de la ‘edad de
piedra’ de Mariátegui o si se quiere de su alter ego, Juan
Croniqueur”. (Mariátegui, Javier: 94, p. 66). (El subrayado es
nuestro).

Juan Croniqueur acusa los golpes, pero de se defiende magistralmente:

“…han aparecido algunas veces elogios o diatribas sobre mi
persona y literatura. Los primeros no se debieron nunca a
mi súplica ni a mi prosternación. Las segundas no han teni-
do, a pesar de las características de mi juventud inquieta y
ardorosa, la virtud de molestarme o soliviantarme.

¿Por qué se quiere oponer a cada minuto a mis opiniones y
a mis actitudes el atajo de mi poca edad?...

Prefiero no tener esos años, porque teniéndolos tal vez alen-
tarían en mí las mismas tenebrosidades espirituales, las mis-
mas pequeñeces, las mismas amarguras de derrota, las mis-
mas sombras de fracaso que en las almas tortuosas produ-
cirá el conocimiento de que la gloria y la reputación cose-
chadas fueron temporales y deleznables. Prefiero ser joven
si mis pocos años me van a preservar de estas lacerías y de
estas llagas. No importa que mi temperamento, mi tenden-
cia y mi pasión me conduzcan alguna vez al extravío. Me e-
norgullece mi juventud porque es sana y honrada y porque
me conserva esta gran virtud de la sinceridad. (Escritos ju-
veniles. Tomo III. pp. 78-79). (Subrayado nuestro).

Clarísimo, enhiesto, Juan Croniqueur, todo juventud, responde. Sin embargo, se halla pronta a cesar esta etapa de la vida de nuestro autor. Pronto, muy pronto, él mismo le rezará al responso a su alter ego.

Esto sucederá en el número 1 de la revista Nuestra época, corres-pondiente –como ya lo señalamos- al 22 de junio de 1918.

Pero, antes, veamos cómo prosigue su autodefensa, la que nos permi-te conocer otra profundidad del modo de ser de nuestro autor:

“Yo no recurro a los estímulos del éter, la morfina ni del ajeno…
Ninguna influencia me ha malogrado. Mi producción literaria
desde el día en que siendo un niño escribí el primer artículo ha
sido rectilínea y ha vibrado en ella siempre el mismo espíritu.
Fue siempre igual. Mi delito ha estado en que no he tenido la
debilidad y la cobardía de adular a estos pretendidos árbitros
de nuestra literatura, de rendirles pleitesía, de llegarme a e-
llos. Desconozco el espíritu de manada que en ellos es credo,
y ante los más grandes soles de nuestro mundo intelectual no
me aflije la necesidad de sentirme satélite. Soy responsable del
pecado, del desacato de no haberme deslumbrado nunca antes
estas ‘pirámides’. Un ateo de nuestra literatura que hoy recibe
su excomunión y que se enorgullece de ser incluido en un Ín-
dex que es patente de rebeldía, independencia y orgullo”. Escri-
tos Juveniles. Tomo III. p. 79). (Subrayado nuestro).

Pero, poco a poco, se fue dando cuenta que Juan Croniqueur había cumplido su ciclo vital.

Con lo que no estaremos nunca de acuerdo, y volvemos a referirnos a nuestro libro anterior, (8) es con la seudo contradicción entre Juan Croni-queur y el Amauta.

Somos de los que estamos por la unidad fundamental de nuestro au-tor, de su vida y obra (y sus seudónimos). Somos de los que subrayamos la continuidad ininterrumpida entre el Croniqueur y el Amauta, en un todo integral (Javier Mariátegui dixit), que el propio José Carlos, por otra parte, denominó en la “Advertencia” de sus 7 Ensayos “una sola cosa, un único proceso.”

----------------------------------------------

(8) Ob. cit.

Nos alineamos con quienes apuntan hacia la visión integral mariate-guista, sin disyunción alguna; camino por el que discurrieron o discurren Jorge Basadre, Hugo Neira Samanez, Genaro Carnero Checa, Guillermo Rouillon, Diego Messeguer, Edmundo Cornejo Ubillús, Juan Gargurevich, Ricardo Luna Vegas, Alberto Flores Galindo, Javier Mariátegui Chiappe, Gonzalo Portocarrero Maisch, Alberto Tauro del Pino, Eugenio Chang-Rodríguez, Ricardo González Vigil y Manuel Miguel de Priego, entre al-gunos otros.

Juan Croniqueur es un periodista-artista o un creador-periodista. A pesar del obituario de 1918, toda la vida José Carlos Mariátegui lo seguirá siendo (seguirá llevando, en su sancta santorum al Corniqueur).

El hálito de su poiesis nimbará lo mejor de toda su obra de la etapa llamada medular.

Esto lo ha resumido bellamente Gonzalo Portocarrero:

“…su entusiasmo [el de JCM] por cambiar la sociedad –al
que llegó tan rápidamente- no se sustentó en fórmulas sino
en una actitud frente a la vida, definible como pasión por
la aventura y apuesta a la autencidad. Llegaremos a la con-
clusión de que ello obedece a que Mariátegui asumió la é-
tica y la política sin rechazar el llamado del arte y la esté-
tica [es decir la presencia de Juan Croniqueur, añadiría-
mos]. De esta manera la fe y el compromiso no significa-
ron una negociación moralista de sí mismo, sino una radi-
calización de su intento por expandir todas sus capacida-
des. Así, ni el conocimiento de la teoría socialista ahogó
su intuición ni la incursión en la política endureció su sen-
sibilidad. La creación no cedió lugar al dogma y el humor
no fue desplazado por la culpa. En realidad, Mariátegui tra-
tó de relacionar ambas esferas: no abdicó del arte, tampoco
lo separó de la política; más bien, encontró en el arte, en la
energía y el desinterés que despierta lo bello, la clave que
permitiera redefinir la política como creación colectiva de
un mundo donde la intensidad de la vida haga honor a las
posibilidades del ser humano. (Portocarrero Maish: 95, pp.
75-76). (Subrayado nuestro).

Obituario

Un suelto –con negrita- en el número 1 (22 de junio de 1918) de Nuestra época, revista política y literaria (en su página 3, abajo, a la dere-cha. Véase la edición facsimilar de la Empresa Editora Amauta, que figura sin fecha, pero que es, según testimonio de Javier Mariátegui, de 1985). Allí podemos leer lo siguiente:

“Nuestro compañero José Carlos Mariátegui ha renunciado
totalmente a su seudónimo de Juan Croniqueur, bajo el
cual es conocido, y ha resuelto pedir perdón a Dios y al pú-
blico por los muchos pecados que escribiendo con este
seudónimo ha cometido”.

Y nada más. Ninguna otra explicación. Extraña parquedad, por cier-to.
El modo prosopopéyico de la noticia necrológica, no la exime de un cierto humor negro, característica, por otro lado, muy presente en varios de los textos del propio Juan Croniqueur.

Por otro lado, ha habido oportunidades (especialmente en entrevistas y en la comunicación al Congreso de la 3ª Internacional) en las que el pro-pio Mariátegui, maduro ya, defendió su juventud y aseguró que, en aquella época, él ya pensaba, y que su personalidad desarrollada no había, de nin-guna manera, salido sorpresivamente como la deidad mitológica, de la ca-beza de Zeus. Y que en aquel joven (vale decirlo, en Juan Croniqueur) ya se gestaba el Amauta medular.

De igual modo, hubo no pocos, como Óscar Terán, que no creyeron absoluta la muerte del alter ego. Así éste escribe: “Es allí [en Nuestra épo-ca] donde Mariátegui abjura –decisión que no será definitiva- de su seudó-nimo de Juan Croniqueur”. (Terán: 1980, 22).

Este equívoco se da porque el seudónimo reaparece en colaboracio-nes que José Carlos enviara desde Europa. Pero es, como en otras ocasio-nes, el propio Javier Mariátegui quien acude presto para el esclarecimiento.

Fue Pedro Ruiz Bravo –como señaláramos- el versátil director de El Tiempo (ya en ese momento turiferario del leguiísmo), quien exhumara el seudónimo para ponérselo a los artículos que venían firmados por una per-sonalidad reluctante a la satrapía de turno (a la que aquél servía, por cierto).

Además, el mencionado Ruiz Bravo no sólo violentó la voluntad de José Carlos, sino que, además, lo estafó, pues los artículos provenientes de Europa estaban destinados a ser cobrados por doña Amalia –su madre- y ella no pudo hacerlo.

Y para corroborar lo anterior, Javier, siempre solícito, nos condujo a la cita exacta: una carta a “Ruth”, desde Roma, donde José Carlos pone en claro todo, y se reafirma en su voluntad de dejar en su sarcófago, por lo menos simbólicamente, al ya inhumado Juan Croniqueur:

“He visto que han exhumado en El Tiempo, al pie de artículos
que yo enviaba con un seudónimo nuevo, mi infantil y olvida-
do seudónimo de Juan Croniqueur, al cual renuncié formal-
mente en la revista Nuestra época, arrepintiéndome de todos
los pecados que con él había cometido. Quiero dejar constan-
cia ante ti que soy completamente ajeno a la resurrección de
dicho seudónimo y de que lo lamento desde lo más profundo
de mi alma”. (Carta a “Ruth” desde Roma, el 16 de octubre de
1920)

Génesis del seudónimo: posiciones y posición personal

Juan Croniqueur es, pues, el seudónimo que marca los inicios litera-rio-periodísticos de José Carlos Mariátegui, aunque no es el único que uti-lizó a lo largo de la primera etapa de su obra. Posteriormente, cuando al-canza la madurez, ya se presenta sólo -orgullosamente, podríamos acotar- con su nombre real.

No olvidemos, por otra parte, que en aquel tiempo el seudónimo ca-racterizaba a la mayoría de los escritores de su entorno: “Ascanio”, “Gas-tón Roger” y “El Conde de Lemos” son sólo algunos.

Sobre la explicación del seudónimo, hay varias posiciones. Comen-cemos con la del maestro Alberto Tauro del Pino. Él dice que nuestro autor emplea el seudónimo por criterios profesionales, y por ser “discrecional”.

Tauro recuerda que “el seudónimo adoptado en ese momento implicó una definición, signada por el tono y la intención del género.” En similar sentido se pronuncia Javier Mariátegui, quien dice:

“Mariátegui, en la época del diarismo utilizó varios seudónimos,
pero solía firmar principalmente como Juan Croniqueur, para
denotar el género periodístico elegido: la crónica”. (Mariátegui,
Javier 1992, p. 175).

El importante investigador literario, Manuel Miguel de Priego, coin-cide con Tauro en que el seudónimo “dejó asomar así el temprano anuncio de un programa profesional”. (Miguel de Priego: 1991, p. 75)

Algo que nadie puede dudar es la connotación afrancesada del seu-dónimo, hecho, por otro lado, perfectamente congruente con la atmósfera modernista todavía dominante (recuérdese: estamos en 1911, y el gran mo-vimiento, cuyo gonfalón portó el “divino” Rubén, tiene fuerza prevalecien-te hasta 1916, año de su muerte).

Juan Croniqueur, de este modo, nace en plena atmósfera dominada (inficionada querrán decir algunos) por el modernismo, heredero del sim-bolismo y del parnasianismo…franceses. Además, recuérdese la permanen-te lentitud con la que los movimientos y sus influencias se desarrollaban en nuestro medio. Amén de que no está demás memorar que, durante la en-fermedad infantil de nuestro joven autor, el tratamiento se llevó a cabo en la Maison de Santé, clínica francesa donde, por cuatro meses y al cuidado de las religiosas-enfermeras de esa nacionalidad, empezó a aprender la len-gua de Baudelaire, mientras se recuperaba de las intervenciones quirúrgicas que nunca lograron volver a la normalidad su baldada pierna izquierda.

Sobre el tema, el destacado crítico de la Universidad Católica, Ricar-do González Vigil opina:

“Más que afrancesamiento (rasgo acentuado en el joven Mariá-
tegui), a tono con el Modernismo y Postmodernismo de esos
años, que significan el apogeo del croniqueur en las letras his-
panoamericanas (llámense Enrique Gómez Carrillo, Ventura
García Calderón o Abraham Valdelomar), el uso del vocablo
croniqueur quiere evitar la confusión que suscita el término
‘cronista’.

[…]

En todo caso, nada de afrancesado ni sofisticado hay en el
nombre Juan, que precede al oficio de croniqueur, por el con-
trario, es el nombre por antonomasia en español para conno-
tar hombre de pueblo. (González Vigil: 91, 141).

Miguel de Priego tiene un punto de vista sui géneris: este “afrance-samiento” de nuestro autor no sería sino “una forma de rebelión contra el ambiente de hispanofilia conservadora” y “para sacudir el conformismo y burlarse de las polillas sabihondas”.

El ejemplo arquetípico de esto sería el infatuado señor de la Riva Agüero y su ultra casticismo, en conocida simbiosis con su proclamado amor por lo español y lo académico, detrás de lo que se hallaba una tesitura reaccionaria a toda prueba.

Leamos lo que dice Miguel de Priego:

“Como lo evidencia el seudónimo, declara su vocación de afran-
cesamiento, que –con abstracción de lo que conceptuara Mariá-
tegui en ese lapso- implica un cierto tránsito por el cosmópolis-
tismo, buena ventilación y un buen antídoto contra el encopeta-
miento, la pompa y el lenguaje grandilocuente y vacío”. (Miguel
de Priego: 93, 141).

Lo expuesto basta para que saquemos nuestra posición: Croniqueur es, en efecto, el cronista, el escritor elegante y afrancesado, según el gusto modernista ad usum; pero (y este pero es muy importante) unido a Juan, nombre popular por antonomasia que, en su iluminada simbiosis, nos daría la siguiente conclusión: el pueblo (el hombre de pueblo que era José Carlos Mariátegui, por su condición económica –no por su origen paterno-, en-troncado con próceres) puede y debe (¿por qué no?) ser un cronista, su cronista, en la más alta acepción del término, que sería en este caso la del croniqueur. Ergo, el pueblo no tiene por qué no ser elegante y atildado, puesto que, dada su madurez, habría llegado la hora de –sin intermediarios- ser su propio comunicador.

El seudónimo Juan Croniqueur devendría, pues, en una suerte de darle la palabra –hermosa, elegante, estética (o esteticista, qué más da), adamantina en suma- al pueblo, pues ya había llegado la hora de que él mismo produzca, sea protagonista de su historia y no mero testigo o víctima de ella. (Subrayado nuestro).

Y lo anterior lo deducimos porque nuestro personaje –elegante y atildado como correspondía a un cronista de su época y de su nivel- nunca abandonó, sin embargo, su origen popular, y aun en su estación de cronista policial, suerte de horcas caudinas por las que deben atravesar todos los aprendices de periodistas, demostró que era posible dotar a este subgénero (de suyo nauseabundo, excrementicio), de un contenido humano que lo di-ferenciara específicamente del tratamiento ad usum que hasta hoy se em-plea para embotar las páginas del omnipresente y diversionista periodismo amarillo.

II

Estación epistolar: Las cartas a “Ruth”: un diario íntimo sui géneris. Cartas a X. Glosario de las cosas cotidianas

A partir del 28 de febrero de 1916 –hace 93 años-, José Carlos Ma-riátegui, a la sazón con 21 años y con el seudónimo de Juan Croniqueur, empezó a recibir cartas de una misteriosa corresponsal que se escondía bajo el apelativo de “Ruth”.

Leamos cómo da cuenta de esto en su sección “Glosario de las cosas cotidianas”, que publicaba en el diario La Prensa:

“Recibo frecuentemente anónimos. Algunos son interesantes:
los más, intensos y necios. Hoy he recibido dos. Uno de ellos
me ha intrigado. Lo suscribe “Ruth” y en él palpita un ama-
ble y simpático espíritu femenino. La energía de la letra no
atenúa en lo menor la exquisita ingenuidad que tras de cada
frase asoma. Yo he escrito para “Ruth” las siguientes líneas:

A “Ruth”:

He leído con mucho interés su carta. Y la he releído con más
interés acaso. Deseo que tenga usted la gentileza de pedir una
carta mía en el correo. El Conde Lemos, de quien me habla us-
ted también, me ha confiado que le ha escrito al correo, res-
pondiendo otra inquietante carta suya. Soy ya su amigo.

Y he guardado con cariño esta amable carta de mujer, que tan
poco se parece a los muchos anónimos en que gentes ignora-
das me aconsejan, insultan, elogian, zahieren o discuten…”

Así comienza la historia.

“Ruth” era Bertha Molina, hija del escritor Modesto Molina. Ella había nacido en Tacna y era una quinceañera aficionada a las letras y a las artes. Seguramente impresionada por el rutilante estilo de Juan Croniqueur se animó a escribirle y se suscitó una correspondencia que duraría casi todo 1916, año clave para el joven Mariátegui, porque, como escribe su hijo Ja-vier:

“…coincide con la aparición de la revista Colónida (15 de fe-
brero) fundada por Abraham Valdelomar y el grupo de ‘co-
lónidas’ año que fue particularmente significativo para la de-
finición de la vocación literaria de Juan Croniqueur, y no
sólo porque publicó el mayor número de versos. La corres-
pondencia con ‘Ruth’ tras una larga interrupción reaparece
en algunos meses de 1919 y 1920, cuando José Carlos Mariá-
tegui estaba en viaje a Europa y ya en Italia, dedicado a o-
rientarse en relación a sí mismo y al medio exterior, al
tiempo que se aplicaba concienzudamente al estudio del idio-
ma de Dante. Esta suerte de ‘diálogo epistolar’ reaparece, pa-
ra cumplir nuevamente la misma función de introvisión,
cuando José Carlos está geográfica y espiritualmente distante,
y requiere por ello, premiosamente, para cumplir inaplazables
funciones en su psiquismo, la ‘presencia del otro’. (“En bus-
ca del joven Mariátegui: una propuesta metodológica”. En La
aventura de Mariátegui: nuevas perspectivas. Fondo Edito-
rial de la Universidad Católica, 1995, Lima. Subrayados nues
tros.)

El mismo Javier Mariátegui, ya citado autor de estudios fundamenta-les sobre su padre y excelente ensayista él mismo, califica la corresponden-cia con “Ruth” como “una suerte de diario íntimo”. (Ibíd.)

Sí, diario íntimo, pero también fragua en la que se forja el camino propio del joven escritor, entonces cobijado (Javier Mariátegui igualmente dixit) en esta suerte de alter ego de él, que es Juan Croniqueur.

En efecto, el hasta hace poco absolutamente desconocido documento literario, que son estas epístolas –guardadas celosamente durante sesenta años y entregadas por la propia Bertha Molina, “Ruth”, a don Juan Mejía Baca- devienen absolutamente sui generis en las letras peruanas y deben ser incorporadas a las Obras completas de nuestro Amauta, con el mismo derecho que la Correspondencia y los Escritos juveniles (ocho volúmenes hasta el momento).

Veamos cómo califica el joven Mariátegui la relación con su corres-ponsal, en carta del 6 de marzo de 1920.

“Nuestra amistad rara, secreta y desinteresada es, como tú
dices, una amistad única. Es y será una amistad única en
nuestras vidas y el mundo”.

Los calificativos son congruentes, porque sólo sus protagonistas co-nocieron la relación, salvo, al principio, El Conde de Lemos.

Fue “secreta” y “desinteresada”. Tuvo un fin platónico, y tanto que sólo incidentalmente se insinuó la satisfacción del trato personal y aun de la comunicación telefónica, pero no se halla el menor indicio de que ésta se hubiese efectuado, ni menos el encuentro personal, varias veces propuesto, pero finalmente preterido.

Estas cartas se publicaron, en su conjunto con un fundamental prólo-go del enciclopedista sanmarquino Alberto Tauro del Pino, en el número 1, Vol. I del Anuario mariateguiano, 1989.

A pesar de haber descubierto su identidad y para mantener el velo poético de los inicios, Juan Croniqueur la siguió llamando “Ruth”, y luego “amiga adorable”, “amiga y confidente”, “dulce amiga” (seis veces), o “dulcísima”, “amabilísima”, “consoladora”.

Es muy hermoso ver al otro Mariátegui en estas cartas: ya no al íg-neo ensayista, expositor de las incongruencias del sistema capitalista ad usum.

Por eso es un remanso penetrar en la correspondencia con “Ruth”, donde hay poesía, sentimientos delicadísimos (totalmente fuera de aquella época, ciertamente basta que vivían sus protagonistas) y entrañables alu-siones a lo más profundo de ese coloso del pensamiento de Nuestra Améri-ca en el que devendría nuestro Amauta.

Pero ahora estamos en la estación en la que escribe…las “Car-tas a Ruth”, y se halla bajo la piel de Juan Croniqueur.

Es sumamente importante leer estas misivas, porque en ellas se en-cuentra la esencia de lo que, posteriormente, será el pensador vertical e in-tegérrimo.

Pero, de ninguna manera –lo repetimos- esto implica que aceptemos aquello de que hay dos Mariáteguis: se trata, simplemente, del mismo.

Lo confirman sus propias palabras en la conocidísima entrevista que le hiciera Ángela Ramos en Mundial, el 23 de julio de 1926: “He madurado más que cambiado. Lo que existe en mí ahora, existía embrionaria y larva-damente cuando yo tenía veinte años…”

Leamos, por eso, algunas citas de estas cartas de consulta urgente, ahora, noventa y tres años después de haber sido escritas:

“No interrumpa esta dulce correspondencia que tiene sabor
de misterio y romanticismo. Siga siendo buena, ‘Ruth’ in-
cógnita. (9-III-1916).

“Temía ya que tú cortaras el encanto de esta romántica y
dulce correspondencia que tú iniciaste. Y me ha consola-
do grandemente que hayas resuelto escribirme tú, que tu-
viste la piadosa acción de visitar mis soledades y traer a
ellas el perfume de tu palabra misteriosa”. (16-III-1916).

Y luego de la revelación de la identidad de su corresponsal:

“El encanto de ‘Ruth’ no ha desaparecido, ni se ha
quebrantado. Se consolida. Empieza tal vez ahora…
No ha habido desencanto. Yo te había adivinado”.
(10_IV-1916).

En estas epístolas, Juan Croniqueur, por ejemplo, se queja de una supuesta abulia, mientras escribe hasta tres artículos diarios, compone poemas, cuentos, crónicas y participa en polémicas literarias que van tro-quelando su estilo y le van ganando, así como amigos y admiradores, ene-migos jurados.

En estas palabras, en este modus vivendi, podríamos ver cierto aire epocal proveniente del Modernismo, así como alguna condición ( claro que sí, caramba, el Spleen) de poseur para, por qué no, impresionar a su escu-rridiza, en ese momento evanescente corresponsal.

Pero concluimos con una alusión a su soledad, a lo que Gonzalo Por-tocarrero Maish llama la “tristeza originaria y remota” de Mariátegui, y que lo lleva a citar, en su ensayo “A la búsqueda de Dios. El proceso ideológico del joven Mariátegui”, la bellísima carta en la que dice:

“Yo también he sufrido ¿sabes cuál será uno de los epígrafes
de mi libro de versos? Serán los siguientes versos de Choca-
no: ‘Yo no jugué de niño. / Por eso siempre escondo/ ardores
que estimulo con paternal cariño.// Nadie comprende, nadie,
lo viejo que en el fondo/ tendrá que ser el hombre que no ju-
gó de niño’. Estos versos debieron ser míos. No los he escrito
yo, porque antes que yo los escribió Chocano. Y a una infan-
cia fugaz, siguió una adolescencia prematura. (Cit. por GPM
en La aventura de Mariátegui pp. 79-80). (Énfasis nuestro).

¡Qué rico, qué sápido valor autobiográfico el de estas líneas, y cómo se refleja, en ellas, una suerte de lo que Javier Mariátegui llama la autocos-pia.

Y así, estas cartas a “Ruth” se convierten en un venero, en un mate-rial sine qua non para conocer a fondo la personalidad de José Carlos Ma-riátegui y su alter ego, Juan Croniqueur.

Es, pues, singular el interés de Juan Croniqueur en las cartas, en la epistolografía. Como que, después, el Amauta será un extraordinario co-rresponsal: véanse al respecto los dos tomos –aún en busca de exégeta- de su Correspondencia. Él mismo lo dice, al comenzar su sección “Cartas a X. Glosario de las cosas cotidianas”:

“La epístola es más discreta y más sencilla. Para escribirla
sólo hace falta sinceridad y quienes han tenido el gusto po-
co explicable de leerme saben que la poseo de veras”. (Es-
critos juveniles. Tomo III, p. 51).

La carta, en efecto, es todo un hallazgo como medio de comunica-ción por Juan Croniqueur (y después por el Amauta). Las cartas son una forma idónea de penetrar en la cotidianeidad, en ese mundo de todos los días aún por esclarecer, y adonde deberá dirigir su mirada buida el creador, el periodista.

Veamos qué bien lo especifica, en el pórtico de su nueva sección “Cartas a X. Glosario de las cosas cotidianas”, otro filón aún por estudiar:

“Las cosas cotidianas son vulgares, menudas e insignificantes.
Por eso las amo y las observo. Entre una sensacional nota de
Mr. Lansing a Mr. Grey o a Bethmann Holweg y la carta de
un suicida bellaco que se quita la vida por amor de una mari-
tornes, prefiero siempre para mi comento la carta del suicida
bellaco” (Escritos juveniles. Tomo III. p. 52).

Sumergido en la actualidad y con el arma de la epístola, Juan Croni-queur nos da en su “Glosario…”, una imagen que no sólo se queda en la mera información, sino que la trasciende.

Siempre hay una suerte de reflexión, porque Croniqueur es todo me-nos un superficial y mero observador, y porque su pluma, alada, es una suerte de escalpelo que le permite, zahorí, mirar el transcurrir de las cosas y fijar lo indeleble de ellas.

(Indudablemente, en esta estancia, es menester evocar a don Francis-co de Quevedo y su inmortal observación: “Sólo lo que huye permanece y dura”).

Escritas en apenas un semestre las “Cartas a X…”, sin embargo, de-jaron trazos intensos, indelebles, y suscitadotes: retratos de una urbe en trance de acceder a una modernidad a la que aún no llega; escorzos de per-sonajes que están entre el polichinela y el volatinero, entre el contorsionista y el funambulesco representante del mundo de la politiquería que tanto sig-nificaría para él, en su cotidiano non sense.

III

Psicología de Juan Croniqueur

Juan Croniqueur es una rara avis. Es lo que los antiguos llamarían “un caballerito”.

Con una delicadeza extraordinaria, con gestos que lo distinguen de sus coetáneos, es todo un personaje, especialmente verificable en las Cartas a “Ruth”, de donde extraeremos los rasgos que pasan a especificarse.

Ya, en el primer capítulo, en las sagaces observaciones de Javier Ma-riátegui, podemos identificar la génesis: infancia pobre, padre ausente (errático), enfermedad que lo limita físicamente y le impide tener una in-fancia normal y aun concluir la escuela primaria.

“Sentimental, sensible, sensitivo”, el arquetípico trío de adjetivos rubendarianos. le pueden, perfectamente, ser aplicados a nuestro Juan Cro-niqueur.

Veamos algunas glosas de las cartas en referencia:

“No interrumpa esta dulce correspondencia que tiene sabor de
misterio y romanticismo. Siga siendo buena, ‘Ruth’ incógnita”.
(Carta del 9-III-16).

“Temía ya que tú cortaras el encanto de esta romántica y dulce
correspondencia que tú iniciaste. Y me ha consolado grande-
mente que hayas vuelto a escribirme tú, que tuviste la piadosa
acción de untar mis soledades y traer a ellas el perfume de tu
palabra misteriosa”. (Carta del 16-III-16). (Los énfasis son nues-
tros).

“Espero que tú sola llegues a mi soledad sin el embozo de mí
soledad del incógnito, pero no haré nada para despojarte de
él, porque repugnaría a mi delicadeza espiritual. Tú ves, sin
embargo, que debía resistirme a seguir jugando en condicio-
nes desiguales. Tú me conoces. Juan Croniqueur firma estas
cartas, en cambio tú eres una incógnita y sólo ‘Ruth’ suscribe
las tuyas. (Carta de la misma fecha. Énfasis nuestro).

Luego que descubre la identidad de su corresponsal (mas sólo esto, porque nunca ni siquiera estrecha su mano o le habla por teléfono), en ges-to insólito, de una exquisita delicadeza, le confiesa a Bertha Molina (“Ruth”):

“El encanto de ‘Ruth’ no ha desaparecido, ni se ha quebranta-
do. Se consolida. Empieza tal vez ahora… No ha habido de-
sencanto. Yo te había adivinado”. (Carta del 10-IV-16. Énfasis
nuestro).

Esto del “adivinar” nos lleva a la estancia poética del joven Mariáte-gui, a su nunca negada condición de poeta, experto, pues, en premonicio-nes, o, más modernamente, aun, en déja vu.

Una vocación por la soledad –epocal, por qué no decirlo, y caracte-rística de un neorromanticismo, al que hay que añadir algo de postmoder-nismo- nimba toda esta correspondencia:

“En esta instante me llama un amigo. Yo siempre subrayo es-
ta palabra. ¿Tengo yo un amigo que me entienda? Es difícil.
Es, más probable que tenga sólo amigos que me quieran y
mucho más que tenga amigos que me admiren”. (Carta del
8-VI-16).

Es singular la evidente contradicción entre el ritmo elevadísimo de trabajo de Juan Croniqueur y sus quejas por la falta de ánimo. Javier Ma-riátegui ha señalado que ello puede deberse a que la casi totalidad (salvo por cierto la creación, y específicamente, en su caso, la poesía) de este tra-bajo era pane lucrando, realizado para ganar el pan (no olvidemos que él mantenía su austero hogar), y que le restaba tiempo para lo que verdadera-mente le interesaba, que era la creación literaria o la crónica estética.

Un par de años después de escritas las cartas que aquí glosamos, en 1918, en la revista Nuestra época, cuando tuvo que explicar uno de sus ar-tículos, que había producido urticaria a los militares, escribió meridiana-mente:
“Si yo me gobernara en vez de que me gobernara la miseria del
medio, yo no escribiría diariamente, fatigando y agotando mis
aptitudes, artículos de periódico. Escribiría ensayos artísticos
más de mi gusto. Pero escribiendo versos o novelas yo ganaría
muy pocos centavos, porque como éste es un país pobre, no
puede mantener poetas ni novelistas. Los literatos son un lujo
de los países ricos. En los países como el nuestro, los literatos
que quieren ser literatos –o sea comer de su literatura- se mue-
ren de hambre…” (Escritos juveniles. Tomo III, p. 327). (Énfa-
sis nuestro).

Veamos, ahora, a un Juan Croniqueur ciertamente insólito para mu-chos: depresivo, abúlico…:

“Ayer me encontraba en el peor estado de ánimo que es posi-
ble imaginar. Tan aburrido que, a pesar de mi obligación de
hacerlo, no quise escribir nada para la edición de hoy”. (Carta
del 2-IV-16).

“Hoy debía haberte contestado y escrito un artículo… y no
me decidía [pero] burlé el artículo no yendo a La Prensa.
(Carta del 1-V-16).

El mismo día añade:
“Mi pereza de la cual no sé cómo tienes noticia, me ha hecho
desperdiciar el día. Soy muy ocioso. ¿Querrás creer que aun
no se comienza a trabajar mi libro de versos porque yo no
he arreglado una cuestión de papel, formato, volumen y
otros detalles?”

La siguiente parece más grave:

“¡Oh, si yo tuviera por lo menos voluntad! ¡Si no fuera un a-
búlico! Tendría por lo menos la satisfacción de hacer obra
y de vivir fecundamente. Pero no sé qué orgullo me hace
repudiar el trabajo y no tengo voluntad para hacerlo”. (Carta
del 2-IV-16).

Hay, pues, contradicción evidente entre lo que dice (escribe) y lo que hace: lo repetimos, se puede deber a esa dicotomía, señalada por su hijo menor, el psiquiatra Javier Mariátegui, y, asimismo, a cierta posibilidad –lo repetimos- de aparecer como poseur para impresionar a la siempre esquiva corresponsal. Algo de boutade, asimismo, podríamos atribuirle.

No olvidemos que era el tiempo en que los espiritus sensibles se hallaban asendereados por el epocal spleen.

Sin embargo, lo que prevalece es el espíritu, el alma sencilla de nues-tro autor. A pesar de lo que algunos ven de prosopopéyico en el seudónimo. Nosotros repetimos un verso de Darío, perfectamente aplicable a nuestro joven protagonista:

“Si hay un alma sincera, ésa es la mía.”

En efecto, sincera y sencilla. Veamos:

“Porque, mi querida ‘Ruth’, yo soy lo bastante romántico, a
pesar de mis escepticismos, para extrañar amorosamente mi
ciudad. En el fondo soy un alma sencilla, fiel a sus afectos
y menesterosa de ternura”. (Carta del 6-III-20).

Cuatro años antes, en 1916, había escuchado a la tonadillera Resu-rrección Quijano, y contra la opinión exquisita de un amigo, él defiende su “gracia”, lo que le vale el epíteto de poco refinado. A lo que responde:

“Soy muy ingenuo, por mucho que existan espíritus malévolos
que se niegan a creerlo”. (Escritos juveniles. Tomo III, p. 54).

En otra carta a “Ruth” insiste en el tema:

“A pesar de todas mis aparentes complicaciones, soy en el fon-
do un alma ingenua y sencilla que, a pesar de estar tan vivida,
se acuerda a veces de que alienta una envoltura de diecinueve
años”. (Carta del 2-IV-16).

Clave es, sin embargo, su concepción del amor y su seguridad en la prevalencia de lo afectivo sobre lo racional.

Juan Croniqueur, a lo que parece, vota definitivamente por una rai-son du coeur.

“¿Por qué hablas así del amor? Eres injusta. El amor es la
única cosa que vale en la vida. Porque es la fuente eterna
del dolor y no hay mayor placer que el del dolor que acep-
tamos, buscamos y queremos. Las gentes que van al amor
saben todas cómo es fuente de amarguras. No obstante lo
ansían. Mis ideas del egoísmo también me hacen pensar
contra el amor, pero estoy convencido de que no es la ca-
beza la que norma nuestra vida, sino el corazón. Y en mí
siempre triunfa el sentimental sobre el cerebral”. (Carta
del 1-V-16). (Subrayado nuestro).

Por momentos usa una prosa poética para referirse al mismo tema:

“No es el amor ‘un chicuelo de cabellos rútilos que cualquie-
ra vence’. No. El siempre es el vencedor. No, ¿’se puede
prescindir de él? No. Con placer le damos hospitalidad si to-
ca a nuestra puerta. Nunca le dejamos partir. La humanidad
sin el amor ‘no sería casta, noble y santa.’ Pienso que hasta
los ascetas satisfacen su sed de amor en el arrollo engañoso de
su misticismo”. (Carta del 1-V-16).

Su delicadeza sentimental es plausible en este bello fragmento:

“Tengo la mala suerte de que mi corazón influya en mi vida
definitivamente, y que mi cerebro en cuanto a mi vida se
refiere no influya en nada. Es una gran desgracia. ¡Si mis
sentimientos obedecieran a mis ideas, cuán infinitamente
feliz sería, cuán ferozmente egoísta, cuán súper-hombre!
Pero es imposible,, ‘Ruth’, y no hay más remedio que so-
terse a esta dura condición de haber nacido sentimental y
delicado. (Carta del 2-IV-16. Subrayado nuestro).

No, que no quede la menor duda de la naturaleza, de la psique inten-samente emotiva de Juan Croniqueur. Con el conjunto de Cartas a “Ruth”, podríamos hacer, es un decir, su biografía sentimental.

“Insisto. El criterio puede no modificarse en sus generalidades.
Pero ¡qué importa! Por encima del criterio más arraigado, de
los pensamientos más firmes, están los latidos de nuestro
corazón. ¡Son los sentimientos los nuevos! ¡Son ellos los que
nos asaltan! ¡Y son ellos los que nos gobiernan! Esta es la ú-
nica verdad de la vida. ¿Crees tú? (Carta del 7-V-16. Énfasis
nuestro).

La ternura, que diera nombre a uno de los más celebérrimos libros de Gabriela Mistral, está permanentemente, presente en Juan Croniqueur, en especial en la relación con su corresponsal:

“Yo sé que si te agitan estas sensaciones [de dulzura, de mi-
sericordia] es porque tienes un espíritu tan vehemente e in-
quieto como el mío, que ha adquirido ya cierta calma refle-
xiva que dan los años intensamente vividos y el cansancio
de la existencia [ojo: tiene sólo 21 años]. Eres muy niña y
la primera impresión se aferra a tu alma… Espera mi pró-
xima carta… Mientras tanto créeme siempre tu amigo agra-
decido… Y créeme que te escribo con el alma en los labios
trémulos que dictan las manos, trémulas también, esta res-
puesta”. (Carta del 10-IV-16).

De todo esto deriva su vitalismo, su poner -por encima de la inteli-gencia o el arte- la vida, el sentimiento, la pasión.

Puede deberse, es cierto, a un romanticismo supérstite, pero esto no es nada malo por cierto, y de aquí derivará una de las características más encendidas de la permanencia de Juan Croniqueur en el Amauta. Es lo que citamos de Gonzalo Portocarrero:

“…su entusiasmo [el de JCM] por cambiar la sociedad –al
que llegó tan rápidamente- no se sustentó en fórmulas, sino
en una actitud frente a la vida, definible como pasión por
la aventura y apuesta a la autenticidad. Llegaremos a la
conclusión de que ello obedece a que Mariátegui asumió la
estética [es decir, la presencia de Juan Croniqueur, añadi-
mos nosotros]. De esta manera la fe y el compromiso no signifi-
caron una negación moralista de sí mismo, sino una radi-
calización de su interno por expandir todas sus capacida-
des. Así, ni el conocimiento de la teoría socialista ahogó
su intuición, ni la incursión en la política endureció su
sensibilidad. La creación no cedió lugar al dogma y el
humor no fue desplazado por la culpa. En realidad
Mariátegui trató de relacionar ambas esferas: no abdicó
del arte, en la energía y el desinterés que despierta lo
bello, la clave que permitiera redefinir la política como
creación colectiva de un mundo donde la intensidad de
la vida haga honor a la posibilidades del ser humano.
(Portocarrero Maisch: 95, pp. 75-76)

Y ahora leamos al propio Juan Croniqueur:

“Tú juzgas estas cosas [las del amor] a través de los libros.
Cuando se vive un poco se aprende que los libros no en-
señan nada de la vida. Y si los libros y el cerebro en que
se plasmaron sus ideas, te dictan tales palabras, cree,
`Ruth´, que aún eres ignorante de muchas cosas. Para mi
arte y para mi vida los libros no me han servido nunca.
Yo solo escribo un verso cuando antes lo he vivido’, que
dijo Chocano. (Carta del 1-V-16). (El subrayado es nues-
tro).

Increíble estación la de este singular Juan Croniqueur, que nos da lecciones de lo que sería un comportamiento demodé, por su naturaleza in-consútil.

Verbi gratia: no saluda a su evasiva corresponsal… porque ella no le había autorizado; mas cuando ella le reclama, aquí va la respuesta:

“No te he saludado hasta que recibí tu carta, porque no me
habías autorizado para hacerlo. Creí que mi saludo tal vez
sería imprudente. Por eso lo limité a una sonrisa. Pensaba
que tu hermano o quien te acompañase podía mostrarse
sorprendido ante nuestro conocimiento. Me agrada la fran-
queza con que me has reclamado el cumplimiento de una
cortesía elemental y me reprochas amablemente mi cobar-
día ante el convencionalismo. Sólo que el saludo en su
forma cortés es también otro convencionalismo”. (Carta del
8-V-16).

Pero esto, que raya en el refinamiento más exquisito, corre parejo con la personalidad honda, dilacerada por el dolor, de Juan Croniqueur, lo que lo acerca a la autenticidad.

Ya hemos presentado, en palabras de Javier Mariátegui, lo que po-dría ser la raíz (niñez pobre, enferma, con padre ausente) de ese modo de ver el mundo que tiene nuestro creador.

Además, el dolor lo acerca a una realidad humana incontrovertible. Por el momento, será la propincuidad al arte, a la poesía; más adelante –cuando sea el Amauta y no ya Juan Croniqueur- al dolor de las masas ex-plotadas, víctimas de una injusticia secular, resuelta (o por resolver) en la tierra.

Por ahora, en esta estación –la de Juan Croniqueur- dice Tauro del Pino, que “aquella remota tristeza –criatura del dolor e inspiradora de su trémulos versos- animó su soledad.”

Y el autor, en carta a “Ruth” del 21-III-16 le escribe: “El dolor es la verdad única de la vida”.

Y en otra, del 2-IV-16: “El dolor es la única verdad. El dolor es purificado”. (Los subrayados son nuestros).

En todo, pues, se manifiesta el gran hombre. Verbi gratia, cuando, por ejemplo, hace una crítica de arte, asoma una autorreferencia sumamen-te importante, que debemos transcribir:

“Yo creo que este Roura de Oxandaberro es un pintor de
grande y amargo sentimiento, que sabe apresar los mati-
ces sombríos de la naturaleza trágica. Y porque mi alma
está de antiguo melancólica, porque no siento la alegría
de la naturaleza optimista, porque desde niño tuve la
gran virtud de ser triste, porque no deslumbran mis ojos
las bellezas de los paisajes cromáticos y risueños, porque
creo en la verdad única del dolor, yo siento la poesía de
sus cuadros y le admiro muy hondamente. (Escritos juve-
niles. Tomo III. p. 57). (Los subrayados son nuestros).

Otras sensación omnipresente, en el espíritu de Juan Croniqueur, y en su hábitat, es el aburrimiento, la sensación de hastío que daba esa aldea grande que era la Lima de entonces. Leamos:

“Pero en Lima es forzoso decir que uno se aburre. Aquí
las gentes viven en perpetuo fastidio. Es el nuestro un
país de gentes esplináticas que bostezan…

“La gente va al teatro para no aburrirse… y al cinema,
a las tertulias, al ‘five o’clock tea’, al balneario, a todas
partes. Todo el gesto de nuestras gentes se compendia
en un gran bostezo que rubrica en seguida una cruz he-
cha a prisa en la boca por el pulgar y el índice de la ma-
no derecha”. (Escritos juveniles. Tomo III, p. 52).

“Vivimos adormilados, inactivos y soñolientos. No nos
place hacer nada y a lo sumo tenemos aptitudes para
ser público de un espectáculo muy entretenido que no
acabase nunca. Todas las gentes de esta tierra podría-
mos vivir en un gran coliseo aplaudiendo o chillando
según nos gustase o nos disgustase lo que se hiciese
para divertirnos. Y aun así acabaríamos por aburrirnos
y por decir que vivir es una desdicha”. (Ob. cit. p.53).

Los domingos limeños son, también, aburridos, solo interrumpidos por el “único instante plácido, dulce y pintoresco de la vida de la urbe de los domingos: la misa.”

“Hoy es domingo. Y como domingo es el más monótono,
triste, incoloro, lánguido y aburrido de los días limeños”.
(Ob. cit. p. 63)

Mas la otra cara de la medalla es Juan Croniqueur, el rebelde, el que protesta frente al abuso, el contestatario, el inconforme; esto, le crea pro-blemas, pero le gusta afrontarlos. Leamos su testimonio de parte:

“Si fuera un pobre diablo no sufriría, porque podría vivir
satisfecho con mi situación, con mis simpatías y mis a-
fectos, con los veinticinco, cincuenta o cien bellacos que
me dicen amigo, y que me acompañan a ver una función o
a tomar un helado, con las expectativas de que algún día
me dé un puesto en Europa, con los halagos y atmósfera
que esta calidad de escritor y literato crean siempre como
una compensación para los pobres de espíritu. Pero como
no soy un pobre diablo y tengo máximas sensibilidades,
desprecio todas estas cosas que a otros complacerían en
sumo grado”. (Carta del 2-IV-16). (El énfasis, como
siempre, es nuestro).

Es interesante, sobre el particular, confrontar el punto de vista del maestro Alberto Tauro del Pino. Él dice:

“Es obvio que se siente [Juan Croniqueur] inmerso en el
oscuro cumplimiento de obligaciones que lo agobian, y
que sólo de tarde en tarde le permiten volcar su inquie-
tud en alguna creación. De allí el fastidio, la abulia y la
pereza que confiesa, y que en verdad son la respuesta a
las limitaciones que temporalmente coactan la libre ex
pansión de su ingenio, la respuesta que su ‘orgullo artís-
tico’ opone a los elementales contornos de la informa-
ción ajustada a la usanza vulgar”. (Anuario mariateguiano.
Tomo I. p. 47)

Juan Croniqueur tiene un sano, libérrimo orgullo. Incluso cuando se enfrasca en disputas literarias, sabe guardar las debidas distancias.

Se trata, ahora, de cierto concurso de madrigales que lo “separó” de Federico More. Sobre él da cuenta a su corresponsal “Ruth”:

“Pero todas estas cosas son vulgares y odiosa y deberían
estar al margen de nuestros temas, ‘Ruth’. Tú sabes que
si yo quisiera hacerme camino de arribismo lo haría.
Tengo toda la prensa fácil a mi sugestión, exceptuando
los periódicos de los mandriles, con los cuales me ene-
misté por sobra de orgullo e independencia porque
también pude usufructuar su elogio. Más, ¡qué me
importa el público , amiga mía! Me basta mi vida in-
terror. Y en ella me refugio”. (Carta del 26-IV-16. Én-
fasis nuestro).

Nuestro protagonista tiene su posición frente al público, lo que es importante glosar. Y esto, quizá, fue lo que despertara las tantas antipatías de las que él mismo diera cuenta repetidas veces:

“Es cierto, ‘Ruth’, no me importa el público. Nunca me
importó. No me acuso de haber escrito una sola página
artística penando si gustará o no. Mira. Algunas veces
he escrito algo ‘manufacturado’ con habilidad profesio-
nal solamente. Después he visto que a todos les gusta-
ba y he oído que sinceramente lo decían. Yo me he rei-
do. Otras veces he escrito con amor, con verdad. Mu-
chos me han preguntado ‘qué extravagancia he publi-
cado’…

[…]

“Nunca leí a nadie mis artículos. Nunca pedí consejos.
Más tarde reaccioné un poco. Sentí los halagos del a-
plauso y me convencí de que para llegar era preciso
hacerse un camino. (Carta del 1-V-16).

Todo esto era resultado de los conflictos con el ambiente, como sus virulentas polémicas con el pintor Teófilo Castillo, frente al que esgrime su posición enhiesta (lo cual veremos en el próximo capítulo).

Pero, igualmente, no hay que olvidar nunca el fino humor de Juan Croniqueur, que le permite elevarse por encima de sus ocasionales detrac-tores:

“Es ciertamente fastidioso tener enemigos, pero no vale la
pena hacer un esfuerzo por evitarlos. También sería de-
sesperante que todo el mundo hablase con cariño y elogio
de uno. Si conmigo ocurriese esto, yo tendría mala idea
de mí mismo. Una estimación unánime me indignaría. Yo
nunca la buscaré”. (Carta del 14-V-16).

Algo sobre lo que ya nos ocupamos, fue la sencillez entrañable del carácter de Juan Croniqueur, aunque, superficialmente, pareciera lo contra-rio.

Quizá, en este rubro, se pueda anotar el gusto de nuestro autor por el circo, aunque, asimismo, se halle, sobre el particular, una afición que ten-dría que ver con la condición de limitado físico del autor, lo que, paradójicamente, lo acerca a actividades vinculadas con el movimiento –los malabares y el baile (recuérdese sus delirios por Tórtola Valencia y el affaire que protagoniza con respecto a la danza, en el Cementerio General de Lima, de Norka Rouskaya, la bailarina de origen suizo)-:

“Quiero aprovechar unos instantes para escribirte. Tenía
compromiso para ir al circo. Los circos me entretienen
y la ingenua gracia de sus payasos tiene para mí mu-
chos encantos”. (Carta del 20-V-16).

En el rubro del amor por la aventura, se hallaría la afición y la admi-ración de Juan Croniqueur por la aviación, por los aviadores. Él voló con el famoso aviador Figueroa, y de ello, también, da cuenta aquí:

“Hoy he leído en los diarios que está entre nosotros Santos
Dummont. El gran aviador, pontífice de esta religión del
espacio, maestro de esta ciencia maravillosa, vive hoy en
esta aldea, pasea en nuestros automóviles…” (Escritos ju-
veniles. Tomo III. p. 69).

“Asomarse al infinito es ya vulgar. Yo he volado con
Figueroa y han sido las de este vuelo una de las más in-
teresantes sensaciones de mi vida”. (Ob. cit. p. 70).

También podemos anotar, sobre lo mismo, la afición de Juan Croni-queur por las carreras de caballos y todo aquello que implique el movi-miento, veloz, plástico, que él, por su limitación física, no podía realizar.

IV

El versátil: Cronista (galante, policial, costumbrista, taurómaco, hípi-co). El crítico de arte y literatura. El poeta místico y amoroso. El pole-mista acerbo e intransigente. El cuentista del postmodernismo. El dramaturgo de temas vernáculos. El epatante (el escándalo de Norka Rouskaya). Su participación (¿involuntaria?) en la política.

La versatilidad caracteriza a nuestro Juan Croniqueur. Como cronis-ta se desenvuelve en todas las especialidades. Esto lo hemos ya estudiado en nuestro libro Mariátegui juvenil: el cronista.

En su obra periodística, encontramos páginas galantes, donde la do-nosura del estilo nos permite adentrarnos en el espejo –o el oropel o la es-puma- de la sociedad limeña de la segunda década del siglo XX. Sus pági-nas policiales tienen, asimismo, la característica singular de no dar el hecho criminal como aislado, sino como consecuencia ded un desajustes social, de un problema del cual el crimen, casi siempre, es lamentable consecuen-cia.

Por los vericuetos de los ambientes patibularios, Juan Croniqueur va conociendo las anfractuosidades de una sociedad cuyas incongruencias él, por otra parte, ya había padecido en carne propia, por su condición de mu-chacho de origen modesto, obligado a trabajar desde la niñez.

Un profundo sentimiento de piedad asoma en su pintura de crímenes y criminales, los que no son –las más de las veces-, sino pobres desgracia-dos, víctimas de una sociedad hipócrita que, por el contrario, los quiere volver sus victimarios.

El Croniqueur, asimismo se adentra en los meandros de las costum-bres de su tiempo, a las que aborda con textos tan famosos como su crónica sobre la procesión del Señor de los Milagros o sus acerbas páginas contra los escandalosos carnavales.

Es crítico de arte, especialmente de pintura, danza y teatro, el mismo que cultivara no muy afortunadamente. Mas en todo fue un esforzado auto-didacto: aprendió el oficio en lecturas voraces, en la frecuentación de revis-tas, muchas de ellas extranjeras a las que él accedía por su conocimiento (asimismo autodidacto) de lenguas extranjeras.

Poeta que comenzó con un acercamiento místico (es famosos su tex-to “Elogio de la celda ascética”, escrito durante su estancia en el Convento de los Descalzos, en un retiro de los que Juan Croniqueur frecuentaba), luego devino en un tratamiento del tema amoroso, que ya se vuelve privile-giado en su poetizar.

Sus cuentos estaban influidos por la corriente modernista e, igual-mente, por el postmodernismo: ambientes de lujo, sensaciones hiperestési-cas, manejo de una prosa musical y preciosista, en la que nuestro Croni-queur devino en todo un joven maestro.

Como polemista, acerbo e intransigente, como crítico pugnaz e irre-verente, él ganó fama y, por cierto, también enemigos jurados.

Fueron famosas sus críticas a Sor Folie, a un tal Pérez Cánepa, a Jo-sé de la Riva Agüero, al pintor Franciscovic y, por cierto, al inefable Teófi-lo Castillo.

Veremos todo esto en las respectivas citas.

En este resumen inicial, recordemos que una de las laderas funda-mentales es aquella que tiene que ver con su participación (al principio, se-gún sus palabras, involuntaria) en la política.

Finalmente, el escándalo de Norka Rouskaya. El summun de lo epa-tante. Contra la pacatería de una sociedad hipócrita:

“…el lunes 5 de noviembre de 1917, una bailarina suiza con
el nombre artístico de Norka Rouskaya danzó la Marcha
Fúnebre de Chopin en el Cementerio General de Lima.

“Norka estuvo acompañada por José Carlos Mariátegui,
César Falcón y otros, incluido un violinista, todos ansiosos
por vivir una experiencia artística intensa…” (Stein: 1985, 15).

El caso es que Mariátegui, Falcón y Norka Rouskaya, aparte de otros, fueron a dar con sus huesos en la cárcel.

El escándalo en la vocinglera villa de Lima, fue total. Lo menos que se dijo fue que se trató –según La Prensa, entonces ya dirigida por el ‘libe-ral’ (léase como los neoliberales de hoy: tremendamente reaccionario, acomodaticio y logrero) Augusto Durand- de un:

“Diletantismo macabro…Un grupo de excéntricos conduce
a la Rouskaya al Cementerio a las 12 de la noche…La
bailarina interpreta La Marcha Fúnebre de Chopin ante la
tumba del Mariscal Castilla”. (Ob. cit. p. 48).

Claro, fueron liberados pronto todos, pero allí quedó el escándalo, indeleble. Y nuestro Croniqueur con una raya más sobre su atigrado (y ape-sadumbrado) lomo.

De ello ha dado cuenta, como lo hemos visto en una cita anterior, cuando se queja porque es atacado.

Vayamos ahora, a ver algunas citas sobre los ítemes que hemos re-sumido.

Juan Croniqueur fue, sí, un periodista raigal, pero muchas veces esto lo cumplió malgré lui. Leamos lo que le dice a su dulce corresponsal:

“Perdón, ‘Ruth’. Hasta hoy no me ha sido posible cumplir
con mi ofrecimiento de escribirte. Tú sabrás disculparme.
Es siempre la intranquilidad de esta vida de escritor de
periódico la que me sustrae a tan íntimas obligaciones. Es
uno a merced de toda la gente que lo asedia y lo llama”.
(carta del 19-V-16).

En su polémica con el pintor Castillo, hay varios textos que nos per-miten ingresar al mundo interior del joven y polémico Juan Croniqueur. Veamos:

“¿El pintor Castillo consagrado? ¿Quién lo ha consagrado?
El escritor de las chirigotas dominicales con sabor de
anticucho y chicha morada?...

“Yo tendré siempre la osadía de encontrarle escritor detesta-
ble y pintor insignificante y ‘partidarista’. Y de considerar
que es una herejía y una blasfemia proclamarle el único
pintor nacional…”

“No me inquietan estas excomuniones. No las he buscado
tampoco. Contra ninguno de los escritores publicanos he
trazado nunca media línea de diatriba. Jamás he puesto
en mi arte incipiente pero personalísimo, la promiscuidad
de sus tendencias. He hecho vida de aislamiento espiritual
y este aislamiento, engreído acaso, ha sido siempre digno.
Nunca he rozado los aledaños del feudo literario de los
emponzoñados y fracasados defensores del pintor Castillo.

“Si hay un grupo venenoso que me detracta y zahiere, hay
muchos espíritus nobles, muchos cerebros generosos que
me alientan y estimulan, y cuya selección les pone al mar-
gen de ser comparados con estos críticos que huelen a
bazar, a valor fiduciario y a casa de alquiler”. (Escritos
juveniles. Tomo III. pp. 79-80).

Castillo no sólo era pintor, también fungía de crítico de arte. Esto lo comenta Juan Croniqueur.

“El señor Castillo como usted sabe, es pintor. Pero le cono-
cemos más artículos que cuadros. Es prolífico y deplorable
crítico de arte”. (Escritos juveniles. Tomo III. p. 73).

“Aquí esperamos que el señor Castillo nos ilustre, de raro
en raro, aunque sea en mal y discutible gramática”. (Ob. cit.
p. 74).

“No escriba el señor Teófilo Castillo. Pinte más bien. Es ya
concederle algo”. (Ob. cit. p. 75).

He aquí una acerba requisitoria contra la pintura “bonita” del señor Franciscovic, al que acusa de pintar pensando en el público y especialmen-te en el comprador. A Juan Croniqueur, por eso, su obra le hace:

“…la misma impresión que me haría una galería fotográfica
elegante, una colección de lacas, una vitrina de figulinas
de Sevres”. (Ob. cit. p. 61).

Y termina, con ese estilo admonitorio tan de él:

“El señor Franciscovic es indudablemente un pintor que sabe
su oficio. Yo le auguro que ganará mucho dinero”. (Ob. cit.
p. 62).

Otra página igualmente dura es la que dedica a Sor Folie:

“…una infeliz a quien por sus artículos detesto. Predica unas
extravagancias histéricas que delatan a la mujer que no ha
vivido. Es el suyo el gesto airado de la mujer que pasa por
el mundo, sin que perfumen su vida una caricia o un amor.
Pobre sor Folie”. (Anuario mariateguiano. Tomo I, p. 60)

Mucho se ha hablado sobre el supuesto “misticismo” de Juan Cro-niqueur.

Nosotros encontramos, más bien, en él, una suerte de estela literaria. No podemos negar –es claro- su religión infantil (la que nos endilgan, po-dríamos decirlo, en la leche materna), y su preocupación religiosa que, en su momento, se traslada de los cielos a la tierra.

Pensamos que hay sectores –de bona fide- católicos, que no se resig-nan a perder a la oveja, y quieren proyectar, en él, una espuria aura religio-sa, para edulcorar el marxismo convicto y confeso del Mariátegui medular. Es una posición, que respetamos pero no compartimos, es decir, la de aquellos realmente de buena fe.

Porque también -ya se ha dicho- existe otra posición: la de pergeñar un Amauta light, sans rivages, allende sus ideas cardinales, y, más bien, paradigma de heterodoxia y premunido de una impronta religiosa manejada equívocamente.

Juan Croniqueur, el primer Mariátegui, tuvo arrestos místicos, que provenían, no cabe duda, de su formación religiosa hogareña y de un acer-camiento a ciertos aspectos, como los llama Gonzalo Portocarrero M., de “sosiego y seguridad” (Portocarrero: 95,96).

En fin, estamos, de acuerdo con éste cuando señala la “fuerza de la estatización” de la religiosidad:

“El domingo te incluiré en mi carta una página de ‘Alma
Latina’ en que se publican versos míos. Los escribí en el
Convento de los Descalzos, donde hice otros más de
sensaciones místicas. (Carta del 19-V-16).

“Hoy he ido al Convento de los Descalzos, en pos de un
instante de apacibilidad, calma, misticismo y dulzura. Lo
he hallado… un árbol grande, bueno, amigo, me daba
hospitalidad protectora y amante. Y bajo su abrigo me
adormía el son de las campanas que jadeaban en la torre
mística”. (Citado por Portocarrero. Ob. cit. p. 96).

Con respecto a su condición de poeta, de escritor en general, Juan Croniqueur tenía las cosas claras. Su sentido del oficio- de lo que llama-ríamos hoy día el mètier- fue en numerosas ocasiones enarbolado:

“Ya lo de los madrigales no me preocupa. Absolutamente.
Interviene en esto que soy olvidadizo y un poquito versátil…

“Yo no soy un poeta galante ni quiero serlo. Creo que mi arte
es superior. Le cedo el cetro de la poesía galante de mi gene-
ración a cualquiera. He escrito algunas veces madrigales,
pero pocas veces, tal vez ninguna, con mi agrado”. (Carta del
14-V-16. Subrayado nuestro).

Juan Croniqueur es un ferviente y perspicuo lector de lo mejor de la poesía de su tiempo, y, por cierto que no sólo de autores españoles (sobre esto hay una carta admirable a “Ruth” en la que la insta a abandonar la ex-clusividad de la lectura de los escritores peninsulares, porque esto la man-tendría atrasada en materia de la literatura de su tiempo).

Del magno Darío, por ejemplo dice:

“Ese maravilloso y sortílego maestro de la rima”.

Lo lee junto a una amiga:

“…a dúo a veces, diciendo yo y callando ella otras (rimas),
sin mover ninguno de los dos los labios las más [sic].
Calladamente, religiosamente, devotamente. Igual hemos
leído a Heine, a Bécquer, a Herrera y Reissig, a Sully, a
Stechetti, a Verlaine, a todos los poetas ídolos míos. Y
esta lectura reverente ha tenido sabor de rito y prestigio
de misterio litúrgico. Ha sido mi homenaje exquisito a la
memoria del admirable liróforo [se refiere a Rubén Darío,
entonces recientemente fallecido. Nota de WO].

El vitalismo de Juan Croniqueur consiste en que su literatura parte de su vida, en que asume la cita de Chocano quien dice todos sus versos han sido vividos.

En la dicotomía arte-vida, qué duda cabe, es la vida que privilegia nuestro joven y decidido autor.

Esto lo veremos, de modo diáfano, en el incidente producido a raíz de un concurso de madrigales, que lo separa de Federico More, lo que hace, además, que ya no se publiquen versos de Mariátegui en Colónida, pues, en la revista de Valdelomar. More tenía plenos poderes.

Veamos la secuencia. Se trata siempre de las cartas a “Ruth”, en una de las cuales le da cuenta del incidente:

“En el próximo número de Colónida, que según me dicen
saldrá el sábado, hay unos versos míos. Los escribí en el
Convento de los Descalzos y reflejan cosas de la vida
mística. Los he vivido…” (Carta del 26-IV-16).

Sobre la posición de More, añade:

“Cree [More] que el asunto del fallo me ha molestado. ¡Qué
tontería! Soy incapaz de preocuparme de concursos de
madrigales, y mi vanidad no sufriría nunca en un torneo de
esta clase…

“En un concurso de poesía honda y no frívola pondría algún
empeño, todo el que me permitiese mi abulia, pero en un
concurso de madrigales…”(Ibíd.)

Es cierto que Juan Croniqueur blasona de sinceridad, pero también es bueno notar, en él, una cierta candidez, una real inocencia para autocali-ficar lo que hace. Veamos esta cita ciertamente deliciosa:

“He escrito hoy un soneto esbordante de sinceridad y de
unción. Todo un instante de recogimiento de mi espíritu
está en él. Búsquelo usted, amigo mío. Yo lo he releído tres
veces con delectación”. (Escritos juveniles. Tomo III, p. 57).
(Subrayado nuestro).

En esta misma época, por otro lado, se está gestando el escritor polí-tico. Al principio, cómo no, corcovea, mas luego va asumiendo su papel cardinal como comentarista y desmitificador de las incongruencias del mundo que le había tocado vivir.

Tauro del Pino expresa que este asunto se resuelve del siguiente mo-do:

“Concibe ya la potencial superioridad de la política en cuanto
aprecia su función reguladora. E indudablemente se duele
de la influencia limitante que en su desenvolvimiento
imponen las pasiones y egoísmos”.

Juan Croniqueur, por su parte, lo dice de esta manera:

“…hay cosas que sustraen a mi espíritu de toda tranquilidad.
Obligadamente tengo que sentirme escritor político y esto
me mistifica y me confunde. La política es detestable pero
me tiene preso”. (Carta del 21-XI-1916). (Subrayado nuestro).

Por otro lado, en sus “Cartas a X. Glosario de las cosas cotidianas”, que algunos equivocados piensan sólo estaban ahítas de banalidades, como que él mismo, al iniciarlas, dijo que allí se ocuparía de cosas frívolas, inge-nuas, volanderas y triviales; en esa misma sección, estampa frases tan sin-tomáticas como:

“Nunca tuve por los yanquis simpatía ni afecto, ni supo
crearlos mi admiración por Edgard Poe y Walt Whitman”.
(Escritos juveniles. Tomo III. p. 131).

“… la inescrupulosa y manufacturera República del Norte”.
(Ob. cit. p. 130).

La conclusión parece, entonces, devenir en muy importante:

“A mí no me sugestiona la política. Me gustan sí los políticos,
que es distinto. Hasta hace poco fui asiduo de la tribuna
periodística en una de las cámaras. Iba ahí todas las tardes.

“Tenía como siempre la franquicia de un pase libre para todos
los teatros y para todos los cinemas, pero nunca hice la
tontería de optar por una tanda de vermouth en vez de ir a
la Cámara. Me encariñé tanto con la escena y el debate de
las tardes parlamentarias, que llegué a hacer, como los
chiquillos, un teatro guignol para los lectores de este
periódico. A un diputado le tomé una vez el pelo
amablemente y me quitó el saludo…” (Escritos juveniles. Tomo
III. p. 53).

A guisa de resumen, resulta muy interesante presentar el juicio del maestro Tauro del Pino sobre las vicisitudes políticas de nuestro Juan Cro-niqueur.

Leamos, pues, lo que dice uno de los grandes conocedores de la obra completa de Mariátegui, y quien, además, tuvo a su cargo la recopilación y ordenamiento de los valiosísimos ocho tomos publicados con el nombre de Escritos juveniles:

“…y porque tal vez alentara alguna desazón, al intuir que los
afanes del redactor político amortiguarían el gozo del creador
literario. Pues, a decir verdad, los temas a los cuales debería
consagrarse estaban entonces muy lejos de su agrado. Por
algo juzgaba que los políticos criollos poseían almas bastas
y groseras, carecían de ideales, y no ofrecían asidero a una
esperanza de progreso. Y poco antes de ser tentado por las
perspectivas profesionales de su nuevo compromiso, había
expresado las reservas morales que le inspiraban los juegos
políticos”. (Anuario mariateguiano. Volumen I, p. 48).

Ya en otro tema, el gusto por lo refinado de las costumbres (así como se manifiesta en su repudio a la grosería de las costumbres en la Plaza de Acho), lo hace detestar la bacanal carnavalesca; quizá, también, por la alta cuota de violencia que en la fiesta de Momo suele verterse.

No olvidemos, jamás, la condición de limitado físico de José Carlos, alter ego de nuestro Croniqueur.

He aquí estas líneas, aparte de muy bien escritas, termómetro del atildado cronista que nos ocupa:

“…dominós mugrientos y pierrots plebeyos pasan en victorias
deslustradas y sucias…

Son deplorables los carnavales de Lima, amigo mío. Las
gentes vulgares y tontas y zafias que abundan en esta tierra
tienen no sé qué satisfacción grosera en malograrse
las ropas, bañarse con agua clara o agua teñida, zambullirse
unas a otras en las tinas domésticas que para uso acaso
sufren dilatados olvidos, untarse con añil, restregarse
polvos ásperos y miserables que ponen una pátina húmeda
en los rostros sudorosos, llenarse la cabeza de una virutilla
oprobiosa que llaman ‘polvos de oro’, echarse ‘pica-pica’
sigilosa y traicioneramente entre la piel de la espalda y la
camiseta, zarandearse, estrujarse, emborracharse de locura,
de chicha y pisco, agredir al vecino oculto y encharcar las
calles. Y luego el miércoles de ceniza, se acicalan, se
reparan, se disfrazan hipócritamente, apelan al recurso
hogareño de la bencina acre y volátil y de la escobilla y
van a dejarse ungir por la ceniza mística y a pedir perdón
por sus culpas y deshonestidades. (Escritos juveniles. Tomo
III. p. 81).

Juan Croniqueur respeta mucho el arte literario.

Esto le hace escribir lo siguiente, para referirse a un tal Pérez Cáne-pa, que medraba en los predios literatosos de entonces:

“Amo mucho la literatura para querer que la siga ofendiendo
un mal diletantismo”. (Anuario mariateguiano. Vol. I, p. 66).

Engolfado en la escritura de su pieza La Mariscala, se disculpa por el silencio de varias semanas con su vehemente corresponsal, “Ruth”. Pero esto nos sirve, además, para darnos cuenta de cómo era el modus vivendi de nuestro joven autor.

“Lo escribimos aprisa, porque mucho antes de tener hecha
una sola escena, ya la habíamos ofrecido a la Compañía y
anunciado por los periódicos. A última hora no hemos
tenido, ante las instancias, otro remedio que escribir versos
y vulgares escenas. Yo me muero de risa ante el drama. El
Conde también. Somos tan flojos que aún no lo hemos
copiado a máquina”. (Anuario mariateguiano. Vol. I, p. 66).

Sobre su afición a la hípica y su condición de cronista especializado, igualmente se ha comentado mucho.

Varios de sus mejores cuentos tienen este ambiente: el hipódromo, que Juan Croniqueur prefería antes que la populachera y basta Plaza de Acho, donde un palurdo ponía sus patazas en el asiento en el que estaba sentado el cronista, mientras otros lo manchaban con una gotas de chicha morada. Mas también estuvo el asunto –ya referido- de que nuestro autor había dirigido un periódico especializado. Veamos su versión sobre el par-ticular:

“El Turf no me quita tiempo. Solo me ocupa tres o cuatro
horas a la semana. Soy director en el nombre… Todo lo hacen
en el Jockey Club. El periódico se hace solo. Revista,
programa, pronósticos. Todo está hecho. La verdadera causa
de que no salgan mis cartas está en que desde que se
encuentra ausente el director de La Prensa, no hay ya quien
me exija la puntualidad en mis artículos. Yo soy perezoso y
abúlico. Sin embargo, para mañana he escrito. Acabo de
corregir la prueba. Y me propongo seguir escribiendo por
lo menos una vez a la semana”. (Carta del 1-VI-16)

V

Biología de Juan Croniqueur
y superación de sus límites

Débil y enteco. Magro. Cetrino. Juan Croniqueur discurre por la vi-lla de Lima: “El versátil y pulcro autor de los cuentos, las poesías y las cró-nicas que ella (“Ruth”) admiraba con juvenil entusiasmo. Pero apenas pudo distinguir su silueta y su andar inseguro, pues el sombrero alón celaba su rostro” (Tauro, Anuario mariateguiano. Vol. I, pp. 39-40). Así lo describe el maestro sanmarquino.

Y “ese cojito genial como lo calificara en cierta ocasión, con amistad y ternura, su compañero Abraham Valdelomar.” (Rodríguez Pastor: “José Carlos Mariátegui La Chira. Familia e infancia en Huacho”. En La aventu-ra de Mariátegui. Nuevas perspectivas. p. 17).

Su limitación física, por la cojera derivada de su enfermedad infantil nunca curada del todo, produce –nos dice su hijo Javier- una fina dialéctica entre movimiento y limitación, que explica y determina la afición de Juan Croniqueur por el circo, las carreras de caballos, la danza y los aventureros en general.

La compensación por su cojera sería, de este modo, el leit motiv que lo acerca al movimiento humano, a la fuerza del cuerpo plástico, a su amor por lo hazañoso, que se hubiera plasmado en ese texto que no llegó a escri-bir y que denominó Apología del aventurero.

Veamos cómo sintetiza esto, con el brillo de siempre, Javier Mariá-tegui:

“Además de la descripción precisa del escenario circense y de
sus principales animadores, a la fenomenografía de la
percepción, se agrega el correlato afectivo, el congruente
acompañamiento afectivo de la experiencia evocada. Agudo
analista de sí mismo, José Carlos otorga a esta remembranza
la animación del movimiento humano, la fuerza del cuerpo
plástico, en trance de mutación, que será un leit motiv en
sus escritos, como compensación a la limitación generada
por la enfermedad que, sin curar definitivamente; dejó como
secuela la cojera. El circo y sus personajes que cumplen
hazañas audaces con el cuerpo permite vivir,
intelectualmente, lo que la realidad no consiente. Toda una
fina dialéctica entre movimiento/limitación, está presente a
lo largo de lo expresivo –verbal, no verbal- de su existencia
real. (Mariátegui, Javier: 95, 70).

William Stein, el tenaz norteamericano que hizo el mejor estudio so-bre el caso de Norka Rouskaya, tiene similar opinión.

Es importante, por ello, glosarla a fin de ver la coincidencia sobre cómo la grandeza de espíritu de Juan Croniqueur, en lugar de arrinconarlo en la esquina del resentimiento –ya que no podía, por su cojera, ejecutar los movimientos- al contrario, los ama, verdaderamente los venera. Leamos este interesantísimo punto de vista:

“La atracción de Mariátegui por la danza fue enorme. Estaba
poseído, en trance, embelesado y exaltado por ella. Uno no
tiene más que leer sus reseñas sobre actuaciones de una serie
de bailarinas que llegaron a Lima durante 1915 y 1916.
Antonia Merce, Felyne Verbist y Tórtola Valencia, para
comprender su atracción apasionada por lo que para él era
imposible. Imposible, pues Mariátegui era cojo, tenía que
andar con un bastón, no podía bailar…
(…)

El movimiento libre y rítmico del cuerpo, especialmente de
las piernas y el torso, habrían tenido un significado profundo
para él porque estaban fuera de sus posibilidades. Luego, el
haberse acercado a la danza en lugar de alejarse de ella, fue
un testimonio de su gran espíritu. Allí donde otras personas
cojas podrían haber ignorado o desaprobado o burlado o
rehuido o escapado o condenado la danza, Mariátegui la
aceptó , la amó, la hizo parte de sí mismo. Transformó su
realidad personal asumiendo la danza. Pero no negaba su
desventaja; hablaba de ‘mi evidente miopía física’. Su visión
del mundo y su visión de sí mismo estaban vinculadas en una
dialéctica de desarrollo y autorrealización, y tanto su cojera
como la danza estaban integradas en este proceso.
(Stein: 95, 120).

Conclusiones

1. Fue muy importante centrar nuestra atención en las Cartas a “Ruth”, venero aún inexplorado y. como lo dijo Javier Mariátegui, suerte de diario íntimo de nuestro Juan Croniqueur.

2. Las cartas nos han permitido, además, adentrarnos en los meandros de a vida del alter ego de José Carlos Mariátegui (Juan Croniqueur) en un tiempo histórico -1916- que resulta cardinal para su madura-ción; y etapa en la que produce frenéticamente (poemas, cuentos, teatro) y toma decisiones fundamentales como su salida de La Pren-sa para ingresar a El Tiempo, periódico en el que se hará cargo de una sección política muy importante, Voces, cantera que aún aguarda exégeta.

3. Igualmente, seremos testigos de la lucha agonal del periodista con el artista, y de cómo, éste, lamentablemente, muchas veces es arrinco-nado por el “artículo obligado” –pane lucrando- lo que genera, en nuestro autor, sentimientos de abulia, una cierta depresión y no poca pereza. El dilema, el drama cotidiano se dará entre la obra de arte y “esa labor” infecunda y anónima que resta energías y que el público ignora.” En una de las aludidas cartas podemos leer lo siguiente: “Tú ignoras lo grave y antipático que es esto de escribir por obligación.” (Anuario I, p.66).

4. En los materiales que hemos profusamente glosado, esperamos haber podido lograr una suerte de identikit de Juan Croniqueur y, por ende, de su alter ego, José Carlos Mariátegui.

5. En definitiva, este estudio sobre Juan Croniqueur, es uno más de los que ya se están haciendo sobre el Mariátegui joven, y las conclusio-nes son meridianas: no existe divortium aquarum entre las etapas de la vida de nuestro mayor exégeta del Perú. Lo que él mismo dijera, en el reportaje de Ángela Ramos (“he madurado más que cambiado”) fue el hilo del ovillo para conducirnos por el camino del Mariátegui integral. En tal sentido, cuestionamos severamente la tan manoseada edad de piedra y afirmamos que ella no es sino una más de las bou-tades en las que Mariátegui era rico. Y que si es cierto que hay algu-nos materiales prescindibles, ello es natural en una obra tan copiosa y que se iniciara tan temprano y prácticamente de cero, pues su autor sólo estudió hasta el tercer año de primaria.

6. Juan Croniqueur “vive” de febrero de 1911 hasta junio de 1918. En esta fecha última fue rezado el responso por su deceso: esto acaeció en el primer número de la revista Nuestra época. Pero como el Cid, podríamos decir que Juan Croniqueur siguió ganando batallas des-pués de muerto. Pues lo más entrañable del Mariátegui medular, del Amauta, es lo que de Juan Croniqueur tiene: su amor por el arte, por la belleza, por la aventura. Su culto a la libertad y la transparencia feérica de su espíritu.

7. La biología de Juan Croniqueur, sus limitaciones físicas, son parte de su grandeza. En lugar de negar el movimiento –él, que era balda-do- lo adoró. Todo lo que significara armonía plástica de los despla-zamientos fue interesante, atrayente, importante para él. Como Te-rencio, el comediógrafo latino, podría haber dicho: “Hombre soy, nada de lo que es humano me es extraño”.

BIBLIOGRAFÍA

ALDUNANTE, ANA FRANCISCA Y LECAROS, MARÍA JOSÉ (Ed.), Géneros periodísticos, Universidad Católica de Chile, Santiago, 1989, 149 pp.

Anuario mariateguiano, Volumen III, Nº 3, Lima, 1991. Volumen VI, Nº 6, Lima, 1994.

ARGULLOL, RAFAEL, reportaje aparecido en el diario El Mundo, Lima, 28-I-95, p. 7-D

BENÍTEZ, JOSÉ A., Manual de técnica periodística, Editorial Causachun, Lima, 1981, 128 pp.

- La noticia integral, Edit. Pablo de la Torriente, La Habana, Cuba, 1989, 79 pp.

CAMPBELL, FEDERICO Periodismo escrito, inédito, s/f, texto propor-cionado por Juan Gargurevich en disquete.

CARNERO CHECA, GENARO, La acción escrita (Ensayo). José Carlos Mariátegui periodista, Lima, 1964, 224 pp.

CARPENTIER, ALEJO, El periodista, un cronista de su tiempo, Editorial Pablo de la Torriente, La Habana, Cuba, 1989, 23 pp.

CARPENTIER, ALEJO, GARCÍA LUIS, JULIO, SCHIESSER, GER-HARD, RIUS, HUGO, Géneros de opinión, Editorial Pablo de la Torriente, La Habana, Cuba, 1988, 85 pp.

CORNEJO UBILLÚS, EDMUNDO, Páginas literarias de José Carlos Mariátegui, Lima, Mimeoimpresos Cumbre, 1955.

CHANG-RODRÍGUEZ, EUGENIO, La literatura política de González Prada, Mariátegui y Haya de la Torre, México, 1957.

-Política e ideología en José Carlos Mariátegui, Ediciones José Porrúa Tu-ranzas, S.A. Madrid, 1989, 240 pp.

DALLAL, ALBERTO, Lenguaje periodístico. UNAM, México D.F. 1989, 110 pp.

FLORES GALINDO, ALBERTO. La agonía de Mariátegui. La polémica con la Komintern, 1ª edición DESCO, Lima, 1980, 134 pp. 3ª edición. Ins-tituto de Apoyo Agrario, Lima, 1989, 235 pp.

GARCÍA CALDERÓN, VENTURA, Páginas escogidas, copyright 1947, del mismo autor. Madrid-España, 1947, 1164 pp.

- Obras escogidas, Ediciones Edubanco, Lima, 1986, 632 pp.

GARCÍA, LUIS, JULIO, Cómo escribir artículos periodísticos y los géne-ros de opinión, Editorial Causachun, Lima, 1989, 157 pp.

GARGUREVICH REGAL, JUAN, La razón del joven Mariátegui, 1ª edi-ción Editorial Horizonte, Lima, 1978. 2ª edición Editorial Casa de las Amé-ricas, La Habana-Cuba, 1980, 228 pp.

- Géneros periodísticos, CIESPAL, Editorial Belén, Quito-Ecuador, 1982, 291 pp.
- Historia de la prensa peruana (1594-1990), La Voz Ediciones, Li-ma, 1991, 268 pp.

GARRELS, ELIZABETH, “Mariátegui, la edad de piedra y el nacionalis-mo literario”, en Escritura, Año I, Nº1, Caracas, enero-junio de 1976, pp. 115-128.

GONZÁLEZ VIGIL, RICARDO, “José Carlos Mariátegui: Escritos juveni-les. La edad de piedra. Tomo II. Crónicas”, reseña en Anuario mariate-guiano, Vol. III, Nº 3, 1991. pp. 141-142.

GUARDIA, SARA BEATRIZ, “Mariátegui y la crítica de la literatura fe-menina,” en Mariátegui cien años, Boletín Informativo del Centenario de JCM, Nº 14, año III, pp. 9-11.

HOFFMANN, ARNOLD, “Algunos aspectos prácticos de la teoría de los géneros periodísticos”, en revista El periodista Demócrata. Nº 2 1984. Año XXXI, Praga. pp. 26-27.

LINA VEGAS, RICARDO, Introducción a Mariátegui, Editorial Causa-chun, Lima, 1975, 92 pp.

- José Carlos Mariátegui. ensayo biográfico, Editorial Horizonte, 2ª edición, Lima, 1989, 89 pp.

MARIÁTEGUI, JOSÉ CARLOS, Obras completas, 20 tomos, Empresa Editora Amauta, Lima, entre 1959 y 1969.

- Correspondencia, (2 tomos), Empresa Editora Amauta, Lima, 1984.
- Escritos juveniles, 8 tomos, Empresa Editora Amauta, Lima, entre 1987 y 1994.
- Invitación a la vida heroica, antología, selección y presentación de Alberto Flores Galindo y Ricardo Portocarrero Grados, prólogo de Javier Mariátegui Chiappe, editorial del Instituto de Apoyo Agrario, Lima, 1989, 450 pp.

MARIÁTEGUI CHIAPPE, JAVIER, “Valdizán y Mariátegui”, en Anuario mariateguiano. Vol. IV, Nº 4, 1992, pp. 175-178.

- “Un autodidacto imaginativo”, Ponencia presentada al Coloquio In-ternacional sobre “José Carlos Mariátegui y Europa: el otro lado del descubrimiento”, Pau-Tarbes, octubre de 1992, en José Carlos Ma-riátegui y Europa. El otro lado del Descubrimiento, Empresa Editora Amauta, Lima, 1993, pp. 23-43.

- “José Carlos Mariátegui: la vida como precoz ejercicio de aprendiza-je”, en separata de dialéctica, Revista de Filosofía, Ciencias Sociales, Literatura y Cultura. Universidad de Puebla (México), Año XIX, Nº 28, 1995-1996, pp. 4-17.

- “En busca del joven Mariátegui: una propuesta metodológica”, en La aventura de Mariátegui. Nuevas perspectivas, Gonzalo Portoca-rrero, Eduardo Cáceres y Rafael Tapia, editores, Fondo Editorial de la Universidad Católica, Lima, 1995.

MIRO, CÉSAR, Mariátegui, El tiempo y los hombres, Biblioteca Amauta, Lima, 1989, 202 pp.

- La Argentina, sueño final de Mariátegui, Empresa Editora Amauta, Lima, 1994, 27 pp.
- Testimonio y recaudo de José Carlos Mariátegui. Asalto a Washing-ton Izquierda, Empresa Editora Amauta, Lima, 1989, 62 pp.

MARTÍN VIVALDI, GONZALO, Géneros periodísticos, Editorial Para-ninfo S.A. Madrid, 1981, 394 pp.

MARTINEZ ALBERTOS, JOSÉ LUIS, Redacción periodística, Editorial A.T.E. Barcelonia, 1974, 254 pp.

- El lenguaje periodístico, Editorial Paraninfo S.A. Madrid, 1989, 260 pp.
MARTÍNEZ DE LA TORRE, RICARDO, Apuntes para una interpreta-ción marxista de la historia social del Perú, tomo II, Lima, 1948.

MIGUEL DE PRIEGO, MANUEL, “Mariátegui y Valdelomar. Estudio preliminar”, En Anuario mariateguiano, Vol. III, Nº 3, Lima, 1991, pp 71-90-

-“Mariátegui: la huella de Azorín”, Anuario mariateguiano, Vol VI, Nº 6, Lima, 1994, pp. 223-234.

MONSIVAIS, CARLOS, A ustedes les consta. Antología de la crónica en México, Ediciones Era, México D.F. 366 pp.

MORETIC, YERKO, José Carlos Mariátegui: su vida e ideario. Su con-cepción del realismo, Santiago de Chile, Ediciones de la Universidad Téc-nica del Estado, 1970, reeditado en 1978.

NEIRA SAMANEZ, HUGO, “En busca de Juan Croniqueur”, en Cultura Peruana, Vol. XX, Nº 147-148, Lima, setiembre-octubre de 1960.

Nuestra época, Edición en facsímil, Empresa Editora Amauta, Lima, sin fecha, 47 pp. (Según testimonio de Javier Mariátegui, es de 1985).

ORRILLO WINSTON, Martí-Mariátegui. Literatura, inteligencia y revo-lución en América Latina, Editorial Causachun, Lima, 1989, 245 pp.
-2ª edición EDUCAP, Fondo Editorial. Lima, 304 pps. Con prólogo de Fe-lipe de Jesús Pérez y colofón de Olivia Miranda.

- Ce´sar Vallejo, periodista paradigmático Fondo Editorial de la Uni-versidad Nacional Mayor de San Marcos, Lima, 1998, 136 pp.
- César Vallejo: los géneros periodísticos, Editorial San Marcos, Li-ma, 1998, 306 pp.
- Mariátegui juvenil: el cronista. Editorial San Marcos, Lima, 2004.

OYAGUE, LUCAS, “Mariátegui, hombre alegre”, en Anuario mariate-guiano, Vol IV, Nº 4, Lima, 1992, pp. 163-166.

PALACIOS TORREBLANCA, GERTIE DEL ROSARIO, El comuni-cador y la crónica como género periodístico, (investigación inédita rea-lizada para el Seminario de Tesis de la Facultad de Ciencias de la Co-municación de la Universidad Particular San Martín de Porres), Lima, julio de 1994, 45 pp.

PINTO GAMBOA, WILLY, La crónica periodística, Mass Comunica-ción S.R.L. Editores, Lima, 1989, 117 pp.

PORTOCARRERO MAISCH, GONZALO, “A la búsqueda de Dios. El proceso ideológico del joven Mariátegui”, en La aventura de Mariáte-gui. Nuevas perspectivas, Gonzalo Portocarrero, Eduardo Cáceres, Ra-fael Tapia, editores, Fondo Editorial de la Universidad Católica, Lima, 1995.

PORTOCARRERO GRADOS, RICARDO, “Juan Croniqueur y el Mo-dernismo”, en Anuario mariateguiano, Vol. VI, Nº 6, 1994, pp. 215-222.

RENGIFO, ANTONIO, “Reseña al tomo III de ‘Escritos juveniles’ de JCM” en Anuario Mariateguiano, Vol. IV, Nº4, 1992, pp. 203-206.

ROBB, JAMES WILLIS, El estilo de Alfonso Reyes (imagen y estructu-ra), Fondo de Cultura Económica , México, 1978, 2ª edición, 304 pp.

RODRÍGUEZ CASTELO, HERNÁN, Redacción periodística. CIES-PAL Colección Intiyán, Editorial Quipus, Quito, 1988, 706 pp.

RODRÍGUEZ PASTOR, HUMBERTO, “José Carlos Mariátegui La Chira. Familia e infancia en Huacho”, en La Aventura de Mariátegui. Nuevas Perspectivas, Fondo Editorial de la Universidad Católica.

ROTKER, SUSANA, Fundación de una escritura. Las crónicas de José Martí, Editorial Casa de las Américas, La Habana, 1992, 290 pp.

ROUILLON, GUILLERMO, “La creación heroica de José Carlos Ma-riátegui”, tomo I, La Edad de Piedra, Editorial Arica, Lima, 1975.

SCARANO, MÓNICA, “Notas sobre el ensayo como forma de indaga-ción en los Siete Ensayos de José Carlos Mariátegui”, en Mariátegui cien años, Boletín Informativo del Centenario de JCM, Nº 11, Año II, Lima, 26 de julio de 1994, pp. 11-14.

SIERRA MACEDO, MARÍA JULIA, Haciendo periodismo. Técnicas y formación periodística, Editorial Porrúa S.A. México, 1964, 272 pp.

STEIN, WILLIAM W., Mariátegui y Norka Rouskaya, Biblioteca Amauta, Lima, 1989, 186 pp.

- “Algunas observaciones adicionales sobre Mariátegui en el cemente-rio”, en La aventura de Mariátegui. Nuevas perspectivas. Lima, 1995.

TAURO DEL PINO, ALBERTO, prólogos a los tomos I (1987); II, (1991); III, (1991) y IV (1992) de los Escritos juveniles de José Carlos Mariátegui, Biblioteca Amauta, Lima.

TERÁN, ÓSCAR, “Los escritos juveniles de José Carlos Mariátegui”, en Buelna, Año II, Nº 4-5, enero-marzo de 1980, Universidad Autónoma de Sinaloa, pp. 18-24.

VALLEJO, CÉSAR, Desde Europa, Crónicas y artículos (1923-1938), re-copilación, prólogo, notas y documentación por Jorge Puccinelli, Ediciones Fuente de Cultura Peruana, Lima, 1987, 456 pp.

-La cultura peruana (crónicas), prólogo, recopilación, selección, traduc-ciones y notas de Enrique Ballón Aguirre, Mosca Azul Editores, Lima, 1987.

VASQUEZ REYNA, DIÓGENES, Manual de periodismo moderno, Edito-ra V.B.E.I.R.L., Lima, 1992, 267 pp.

YAHNI, ROBERTO, Prosa modernista hispanoamericana. Antología, se-lección, prólogo y notas de Roberto Yahni, Alianza Editorial: “El libro de bolsillo”, Madrid, 1974, 192 pp.