Argumedo y las almas bellas.

(Ezequie Mmeler)

En un viejo post nuestro, El País que viene, se inició hace algún tiempo una fuerte polémica sobre los modos de edificación de alternativas populares genuinas, que llegó primero a las columnas de Rebelión, y luego fue recuperado, en parte, por Mario Toer.

Con una prosa de altísima calidad, Toer sostuvo un aspecto que muchas veces hemos conversado, y que me resulta nodal a la hora de encarar y /o explicar la militancia política:

“Un genial observador de nuestro mundo, Antonio Gramsci, diseñó con maestría la índole de los escenarios en los que transcurre la política. ¿Cómo articular con los más un espacio que pueda efectivamente disputar el territorio a los de arriba? La manera no puede provenir de mis sueños y aspiraciones. Ni provenir de rígidos principios. Tendrá que nutrirse de los complejos y contradictorios entrelazamientos que las mayorías han conjugado para negociar condiciones de vida que suponen mínimamente aceptables en el marco de ciertas condiciones. Las mayorías son portadoras de una vasta sabiduría que recorre generaciones y continentes. Y no son poéticas ni aventuradas. Pero son los protagonistas. Los protagonistas de la política y de los cambios posibles. A veces pueden equivocarse en toda la línea. Pero sólo desde su experiencia puede buscarse un nuevo camino.”

Política elemental, dirían unos cuantos. Pero parece que no todo es tan obvio. Ayer, el artículo de Toer tuvo su réplica a través de una de las referentes más inmediatas de Proyecto Sur, la socióloga y segunda candidata a diputada, Alcira Argumedo. Y, la verdad, el artículo me resulta insufriblemente pobre, por no decir malintencionado.

En primer lugar, Argumedo no se priva de la retórica republicana de moda en las filas opositoras, al aludir a la responsabilidad institucional de un “parlamento sumiso”. ¿Fue un Parlamento sumiso el que volteó la Resolución 125? ¿Fue un Parlamento sumiso el que aprobó la nacionalización de los fondos de pensión, la recuperación de Aerolíneas Argentinas, etc?

Más adelante, Argumedo cae directamente en la más absoluta deshonestidad intelectual, política y moral, al sostener que:

“A fines de 2006, el presidente Kirchner promovió la modificación de la Ley de Hidrocarburos mediante la llamada Ley Corta, por la cual los yacimientos de petróleo pasan a las provincias y se prorrogan las concesiones: esa decisión significó entregar a las corporaciones petroleras reservas por un monto aproximado de 600.000 millones de dólares, equivalentes al doble del PBI actual del país.”

Esto, lisa y llanamente, es falso. Y el máximo referente de Proyecto Sur, Pino Solanas, lo sabe con detalle. Fue él, en su carácter de convencional constituyente en 1994, quien avaló la atribución de un carácter constitucional a la federalización de hidrocarburos, cuya normativa legal, la ley 24.145, databa de 1992. En la Constitución emanada del Pacto de Olivos, en cambio, el artículo 124 afirma:

“Corresponde a las provincias el dominio originario de los recursos naturales existentes en su territorio.”

Solanas sabe bien esto: la provincialización formaba parte del “Núcleo de Coincidencias Básicas” que venía junto a la propia convocatoria al Congreso Constituyente.

La “Ley Corta”, de diciembre de 2006, no es entonces otra cosa que el cumplimiento de un precepto constitucional, acordado políticamente por las fuerzas que protagonizaron la reforma del 94. Las almas bellas, parece, vienen sin memoria: Solanas avaló ese paquete. Él mismo lo recuerda en una entrevista de Página 12 que data, precisamente, de 2007.

“Fui a Neuquén a convencer al obispo (Jaime) De Nevares de que debía estar en la Constituyente, y que a la menor señal de que eso se hacía para darle la reelección a Menem nos íbamos. Al tercer día quisieron hacer votar el paquete cerrado, y De Nevares dijo “nos vamos”. Yo dije “me voy”. Chacho y Meijide reunieron a todo el Frente para hacerme una suerte de condena diciendo que yo estaba rompiendo el Frente Grande, no faltaron comentarios de que De Nevares era un loco provocador. [...] Ahí cometí el error de aceptar la decisión de la mayoría. [...] Por supuesto no juré esa Constitución, pero me di el gusto de convencer a todos y votar por unanimidad la cláusula de cultura, que ingresa el concepto de que el Congreso debe proteger la identidad y pluralidad cultural, y la protección de los espacios culturales y audiovisuales.”

En esos días, Solanas nada decía de una “segunda privatización”, como aquella que le vimos denunciar en el debate televisivo de la semana pasada. Bastante poco tenía que ver esto con la belleza de las almas: era, más bien, el fruto de la necesidad de mantener la boca callada. La responsabilidad de Solanas en la extranjerización de la renta petrolera es, como mínimo, tan grande como la responsabilidad de Kirchner, que por supuesto está debidamente documentada. Pero el cineasta, que hoy dedica su tiempo a mediáticas acusaciones de traición a la patria para Néstor y Cristina Kirchner, poco dice de su propio papel en este guiso. Romántico, seguro, pero antes que nada conveniente…

La honestidad intelectual requeriría de Solanas algo que Argumedo tampoco encara: la autocrítica. Contados son aquellos que no sucumbieron, de un modo u otro, al sueño menemista y a las falsas opciones de aquel tiempo: la mayoría abrumadora de la sociedad apoyó esas reformas. Nadie requiere de una probada pureza para construir una alternativa política real -en el sentido de una representación nacional con asiento territorial y presencia en todos los distritos-, por la sencilla razón de que son contados quienes pueden hacer ambas cosas. Argumedo, confiada en la desmemoria de las almas bellas, apuesta sin embargo a la construcción de genealogías poco consistentes, películas de buenos contra villanos, que muy poco tienen que ver con una disputa política real.

Argumedo concluye que

“No es cierto que debemos elegir entre la derecha y un oficialismo que representa al movimiento popular. La verdadera opción es entre la continuidad de las políticas que privilegian al bloque de poder dominante, conformado por las corporaciones y los grandes grupos económico-financieros –con sus tensiones y conflictos internos– o impulsar un giro en el rumbo de nuestro país, con un proyecto en favor de las mayorías sociales y de los intereses nacionales, dispuesto a frenar el despojo al que nos ha venido sometiendo ese bloque de poder.”

Señalar esto implica reafirmar, casi expresamente, que no hay diferencias entre Kirchner y Macri, entre De Narváez y Heller, entre Moyano y Buzzi. Algo que han dicho muchas veces -vg: “Kirchner continúa a Menem“-, para luego retractarse sólo a medias.

En todo caso, las cartas están echadas. Veremos en el Congreso cómo se comporta esta autoproclamada izquierda popular. A juzgar por 2008, no es ni lo uno, ni lo otro. Tampoco parece, en virtud de su modalidad mediática de construcción, que pretenda serlo.

Ezequiel Meler,