Vivimos revolcaos en un merengue. (*)

(Omar Dalponte)

Hay que tratar de ver la realidad tal cual es, hablar con claridad, describir la actualidad con toda franqueza. La situación de nuestro país es gravísima, estamos en medio de un desbarajuste total, inmersos en una crisis sin precedentes que no sólo es política y económica. Es una crisis moral que produce un estado de incertidumbre dentro del cual, como un poeta en queja, podríamos decir: “hoy no creo ni en mi mismo, todo es grupo todo es falso”. Paulatinamente hemos caído barranca abajo y la política se ha venido degenerando de tal manera que, al final, el macrismo gobierna en la Argentina representando a bastante menos de la mitad de los que estamos en condiciones de votar.

Hay excepciones, sin dudas, pero a nivel de dirigencia el patriotismo, la lealtad, la honradez, la verdad y la responsabilidad son valores que los vientos de la traición, la delincuencia, la falsedad y la insensatez han barrido del escenario nacional. Por eso estamos como estamos.

Ahora bien: si los peronistas algo queremos hacer para salir del pantano, es necesario ser detallistas en la mirada hacia adentro de nuestra propia fuerza, ser sinceros en las opiniones sobre la situación en que nos hallamos y severos en nuestros juicios respecto a lo que acontece internamente. Bregamos por la unidad con todos porque lo que pretende el enemigo es dividirnos para hacer realidad aquello de “divide y reinarás”. Por lo tanto, a esta pretensión hay que responderle construyendo un frente electoral encabezado por figuras prestigiosas y teniendo como columna vertebral al peronismo. Si así se procede, el triunfo popular en 2019 sería altamente posible. Divididos, la derrota de los que hoy somos oposición, será inevitable.

Esto lo sabe bien el macrismo cuya preocupación principal es dinamitarnos y por ello se ocupa en afinar su canto de sirenas. Algunos, acostumbrados a “cuidar los zapatos andando de rodillas”, podrán tentarse con los convites oficialistas, pero no habremos de ser nosotros quienes ocupemos el tiempo tratando de cuerear a unos pocos ayudando a empujarlos a las filas neoliberales. Eso sí: la tolerancia tiene límites, y la necesidad de no desperdiciar tiempo para la construcción política, dentro de poco exigirá definiciones.

Cerramos esta nota mientras caía la tarde de un 25 de Mayo luminoso que dejó dos postales para el recuerdo y que invitan a su análisis por ser un retazo apreciable de la actualidad nacional. En la zona céntrica de Buenos Aires un mar de pueblo llenó de celeste y blanco las calles. La multitud cantó con la alegría de siempre unida en una sola voz, bailó disfrutando en movimiento el encuentro en defensa de la Patria que, como bien se dijo, está en peligro. Esta marea humana cantó nuestro Himno, expresó a voz en cuello su repudio al Fondo Monetario Internacional y a las políticas llevadas a cabo por los ocupantes de la Casa de Gobierno. Con todo respeto y teniendo muy en cuenta el valor de esta concentración popular, consideramos que más allá del documento leído, de las breves intervenciones de algunos dirigentes y del sonido de las bandas musicales, hubiese sido necesaria la palabra de una o dos figuras centrales –Pablo Moyano y Hugo Yasky por ejemplo- proponiendo futuras acciones opositoras de resistencia y contraofensiva, con fechas precisas. Esto faltó. Como inicio de varios párrafos del documento se mencionaron 12 veces la palabra “rechazamos”, 9 veces la palabra “defendemos” y un par de veces la palabra “reafirmamos”. Faltó la palabra “proponemos”. Desde el denominado campo popular ya sabemos que es lo que rechazamos, lo que defendemos y lo que reafirmamos. Ahora necesitamos saber qué y cómo haremos para terminar con el flagelo neoliberal. Como esto no se dijo –por lo menos en forma precisa y amplia- ahora hay que esperar para ver como sigue la película, cuál será el argumento y quiénes serán los principales protagonistas. Mientras tanto el tiempo transcurre y aquí hay que recordar que antes del año 2015 llenamos calles, plazas y estadios deportivos pero al final perdimos las elecciones. También ocurrió algo similar en 2017. Está bien el entusiasmo. Todos los que estuvimos presentes, como siempre, valoramos la multitud amiga, disfrutamos con el calor de pueblo y nos emocionamos con el abrazo de cada compañero. Pero hay que tener muy en claro que los miles y miles de asistentes significan, apenas, una porción muy pequeña respecto a las millones de voluntades que precisamos para triunfar en 2019. Voluntades que ganaremos con organización, con la elaboración de un programa de salvataje nacional y con la pronta instalación de candidatos capaces y confiables.

En el área de la Plaza de Mayo, la otra fotografía de la jornada mostró la patética soledad de un grupo encabezado por Mauricio Macri caminando desde la Casa de Gobierno hacia la Catedral bordeando una plaza histórica vallada. Nada más que un ramillete de personas con rostros sin alegría sabiendo que, a pocas cuadras, miles de voces las repudiarían. Las fotografías quedan. En el futuro la imagen de Macri y su séquito, será recordada como la estampa del fracaso donde quedaron retratados los responsables de la degradación de la República.

Como contracara dicho con optimismo- la pintura del acto en el obelisco permanecerá registrada como un momento del comienzo de una rebelión popular que por vía democrática o por la que las masas elijan, habrá desalojado al amarillismo conservador del poder. Lo que no podemos perder de vista es que después de la jornada patriótica del 25 de Mayo, nada a cambiado. El grupúsculo de caras agrias sigue dueño del poder. Algunos de ellos son parte del poder real además de controlar el poder formal. Nosotros, importante pedazo de pueblo, luego del merecido desahogo en un día de fraternal encuentro, seguimos con la soga en el cuello asfixiados por las necesidades y la incertidumbre, “revolcaos en un merengue y en el mismo lodo todos manoseaos”. Aún sin liderazgos ni herramienta electoral concreta que nos permitan disputar el poder. Así son las cosas. ¿O no?

omardalponte@gmail.com

(*) Del tango “Cambalache”, de Enrique S. Discépolo