Un huracán de entrecasa.

(Gustavo Rosa)

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Acosados por las evidencias, los PRO necesitan cambiar su discurso para gambetear el impacto producido por la desaparición forzada de Santiago Maldonado. Después de intentar la demonización de la víctima y la angelización de los victimarios, ahora probarán con la instalación de un chivo expiatorio para demostrar a la sociedad un compromiso inexistente con los DDHH. Que todo quede resumido a “un gendarme que se le fue la mano” es inaceptable en un estado de derecho, más aún si ésta fue la posición que evitaron desde el comienzo de este conflicto. Si hubieran empezado por ahí, por tomar como sospechosos a todos los efectivos que participaron en la invasión a la comunidad mapuche y los hubieran interrogado en lugar de protegerlos, otra sería la historia. Si los uniformados cometen excesos –eufemismo doloroso en la memoria- es porque tienen rienda suelta para cometerlos.

No sólo la vía libre, sino el sustento ideológico: los Amarillos construyen un enemigo despreciable que no merece ni la vida. Y ese enemigo puede tomar la forma de un opositor apenas crítico o de un ciudadano que reclama la restauración de sus derechos. Un uniformado que se alimenta con tanto veneno descarga su ponzoña con palos, balas o gas pimienta. Y si no reciben la orden ‘aniquilar’, actúa como si la hubiera recibido.

Por eso, que Patricia Bullrich deje de ser ministra no modificará un ápice la pulsión represora del Cambio. No olvidemos que sacrificó a 40 gendarmes a poco tiempo de estrenar su cargo para satisfacer el espíritu vengativo del gobernador Gerardo Morales. Y se sacrifica ella antes que tirar por la ventana a un agente ‘desbocado’. Cualquier cosa antes que reubicar a esa fuerza en las fronteras, como corresponde. Lejos de ser garantía de seguridad, la Gendarmería actúa como tropa de ocupación en todo el país. Y no para solucionar conflictos sino para desatarlos. Que sean gendarmes los custodios de Milagro Sala no sólo es una invasión jurisdiccional y un atropello a las instituciones, sino una provocación monstruosa. Si en algún momento se confió en esta fuerza para sofocar delitos de narcotráfico, ahora se ha convertido en el brazo ejecutor del control ideológico que el Gran Equipo pretende realizar.

La semana pasada, una clase pública organizada por docentes y estudiantes del instituto Olga Cosettini de Rosario fue interrumpida por uniformados con perros y armas de fuego. Y todo porque estaban reflexionando sobre la desaparición de Santiago Maldonado. A un joven que colgaba un cartel en la esquina uno de los agentes le gritó: “vení flaco. Yo soy la autoridad, vení para acá, callate la boca”. El diálogo, el consenso y la pluralidad de voces, te las debo.

La voluntad de los manipulados

Todo pasa tan rápido que muchas cosas quedan en el tintero. A fines de agosto, un grupo de padres muy consustanciados con las operetas mediáticas clamó un “con los chicos no” en las redes sociales porque los docentes debían introducir en clase el debate sobre la desaparición forzada, tal como disponen la ley y el calendario escolar. Que algunas empresas desembarquen en las aulas para explicar las bondades de sus productos no inspira una letra de estos comprometidos progenitores. Ni que la policía invada los colegios para detectar estudiantes rebeldes y profesores díscolos. Y menos aún la reforma educativa que impondrán como prueba en algunos establecimientos de la CABA para que los adolescentes se acostumbren a ser esclavos con propina o changueros con traje de emprendedor. Hasta aplauden en la soledad del baño que la ministra de Educación porteña pretenda criminalizar a los chicos que tomen colegios para rechazar la “Secundaria del Futuro”, porque saben que sus hijos no hacen esas cosas. Con nuestros chicos no; con los demás, lo que sea.

Autómatas que responden a las órdenes de la pantalla, que creen que todo es culpa de los K y que están convencidos de que el Cambio es lo mejor para la Argentina. Individuos a destajo que sostienen que el bienestar conseguido es fruto de su propio esfuerzo y que para permanecer en el peldaño que ocupan deben escupir a los de abajo y besuquear a los de arriba. Serviles inconscientes del ideario del amo que jamás sospechan que serán tan víctimas de la guadaña como sus despreciados vecinos. Por ahora, vitorean los males que padecen los otros pero cuando les llegue la hora buscarán apoyo en los que antes vieron caer. Manipulados que destilan bilis ante los fabulados delitos de la gestión anterior y consienten con indiferencia los actuales latrocinios. Cautivos que se conmueven con las imágenes del huracán Irma en el fin de semana de los ricachones pero no destinan una lágrima para los olvidados damnificados de las inundaciones vernáculas. Practicantes de una indignación selectiva que piden cárcel para los corruptos y tronos para evasores, especuladores y fugadores.

Un manojo de ellos se juntará el sábado para expresar su incondicional apoyo a los ceócratas que convirtieron la Casa de Gobierno en La Rosada SA. Muchos o pocos, allí estarán, disfrazados de ciudadanos para alentar la continuidad del saqueo que estamos padeciendo. Ajenos a la hecatombe, a la prepotencia, a la burla, a la inoperancia, aplaudirán al rabino Bergman con su traje vegetal, a la Bullrich vestida de Rambo y al Bullrich como conquistador del desierto, a Laura Alonso denunciadora de la corrupción pasada y apologista de la presente y a todos los miembros del Gran Equipo que operan para hacer de Argentina el mejor de los negocios. Y si aparece en la fiesta la diputada Carrió, coronarán su incoherencia con las más desproporcionadas muestras de adhesión. Ese día nadie preguntará por Santiago Maldonado, la deuda del Correo o el blanqueo de los familiares. Ni se acordarán de los Panamá Papers ni contarán cuántos jardines de infantes se han construido en estos casi dos años.

El sábado será un paraíso de globos y felicidad, aunque coincida con la conmemoración del golpe de Estado de 1955 o de La Noche de los Lápices. O quizá sea eso lo que celebren en las calles: el retorno de una impronta fatal que alejará para siempre los peligros del populismo que, más por identificación errónea que por interpretación certera, están obligados a rechazar. Aunque sean pocos, se sentirán como muchos y si la desinformación gobierna esas amarillas cabecitas, el ceño severo y los labios fruncidos simularán estar al tanto de lo que defienden. Nadie convoca a una catástrofe climática para que amenace su casa, pero en el cuarto oscuro muchos eligen la peor de las tormentas.