sin la militancia política no habría hecho lo que he hecho de positivo en mi vida.

(Diana Ávila)

La idea de que uno puede cumplir un papel en cambiar el mundo comenzó a hacerse presente en mi vida a partir de las monjas del colegio y de mi trabajo con niños de la hacienda Maranga.Iba los sábados a enseñarles catecismo y era un contacto con una realidad muy dura, de estos niños que no tenían nada y que eran golpeados con la regla por la maestra.El colegio, que era de monjas alemanas, también tenía un lugar al que apoyaba, así que todos los años hacía campaña en mi casa y me llevaba una niña, por un día, a mi casa para que estuviera con nosotros.Esos fueron mis primeros contactos con una realidad de pobreza, de sufrimiento de la gente.Me ponía en contacto con poder hacer algo.Y ayudar fue primero algo de la caridad cristiana.
Si lo miro desde una óptica más política, mi papá era prorevolución cubana, era anticura y antimilicos.Cuando se da la revolución cubana,mi papá me hablaba de eso; incluso me dio a leer Escucha, yanqui: la revolución en Cuba, de Wright Mills, cuando yo tendría 11 o 12 años.Eso también me llevó hacia una idea más política.Igual que lo de Belaúnde –que recorría el Perú pueblo por pueblo, villorrio por villorrio– me hacía buscar el país.Inclusive, a mí me gustaba escribir, desde chica, y hacía composiciones en el colegio.Hice una: “Conozca el Perú de Belaúnde”, que en el colegio me fue reconocida con unos libros.
Cuando era joven, en Arequipa, mi padre había tenido que ver con el Partido Comunista, con el viejo Jorge del Prado.Después mi padre se juntó con los social-progresistas, con Alberto Ruiz Eldrege, Germán Tito Gutiérrez… que fue su grupo de referencia hasta que llegó el gobierno de Velasco, porque su antimilitarismo lo llevó a tomar distancia de ese gobierno.Pero recuerdo siempre que un día me dijo: “Vamos, que te quiero mostrar algo” y me llevó en el auto a ver la bandera cubana, que flameaba en la embajada, por primera vez.Mi padre fue una figura muy fuerte en mi vida, en muchas cosas, me hacía pensar mucho cuando era chica.Como no era lector, no era en torno a lecturas, sino a mirar el país.Después cambió y teníamos más bien confrontaciones, discusiones.Pero en esa etapa orientaba eso que las monjas ponían en mi quehacer como caridad cristiana; élme hacía pensar otras cosas.
Creo que desde ahí comencé a pensar que había un país distinto al que yo vivía y que uno podía hacer algo por la gente, relacionarse con esa gente. En eso mi padre fue una influencia fuerte.Quizá el cura Pepe Rouillón, que hizo unos retiros con el colegio en tercero y cuarto de media, también me abrió un poco más ese horizonte de lo social.Cuando entré a la universidad, me alejé de la Iglesia totalmente; nunca más con los cristianos, ni con los cristianos progresistas.
No leí pensadores social-cristianos.Sí leí discursos del Che Guevara, un personaje que llamó mi atención. Yo tenía 18 años cuando él murió.Leí a Sartre, en mi casa, pero sin mayor guía, sin un proceso formativo. Me acuerdo de FrantzFanon. Recuerdo la película “La batalla de Argel”. Pero nunca fui una persona muy intelectual, era más práctica; mi acercamiento era más práctico.Eso está en mi acercamiento al PSR, que no era un partido que en sus círculos de estudio trabajara los clásicos marxistas, sí lostemas históricos. Me acuerdo que en Vanguardia Revolucionaria los círculos eran sobre las Cuatro tesis filosóficasde Mao.Eso no era imaginable en la militancia que asumí en los años setenta; eso ya no existía en esos espacios.Era la reflexión sobre lo que había sido el gobierno de Velasco, recoger otras cosas que habían pasado y que no habían sido leídas así por la izquierda nueva, por Vanguardia o los MIR.
Tuve una hija cuando estaba en quinto de media; como salí embarazada, desaparecí del colegio, desaparecieron mis espacios hasta de caridad cristiana y pasé a una etapa muy difícil, como de aislamiento.Me casé cuando tenía 15 años, que cumplí el 16 en junio y mi hija nació en setiembre.Cuando mi hija tenía un año, terminé quinto de media en un colegio de Lince, gracias a mi suegra, que me decía: “Tienes que terminar el colegio para que estudies para ser maestra”.Ella era una maestra chiclayana y le parecía una buena cosa que me formara como maestra.“Para que tengas una pensión”, me decía.Si no fuera por esa señora, no hubiera terminado ni el colegio. Terminado mi quinto de media y con mi hija de un año, me separé del padre y volví a la casa de mis padres.Había decidido ir a la universidad.Como en la casa de mis padres no podía estudiar, porque no había calma, comencé a ir a una biblioteca que una amiga me dijo que había en la avenida Pardo, a la que se podía ir e iban jóvenes a leer.Esa biblioteca resultó ser un lugar del Opus Dei.Ahí todavía iba a misa y comulgaba.Nunca fui mucho de rezar tradicionalmente, pero sí hablaba con Dios.Me encontré con lo peor de la Iglesia en ese local. Eso fue mi romper, el ‘nunca más quiero ver curas’.
Quería ir a Letras, para seguir Historia o Psicología, pero me presenté a Periodismo, en la Católica, porque se estudiaba de noche y podía estar con mi hijita.En Periodismo la formación era mala, tanto en términos teóricos como prácticos: todo muy superficialón.No tuve maestros en periodismo que me impactaran. Trataba de leer aparte, de vincularme a otras cosas, pero en política tuve muy poca formación seria.En historia sí, porque siempre me gustó,pero en otro tipo de reflexión fue muy poco lo que tuve de formación.
En el momento en que entré a la universidad, en 1968 –que fue el año del golpe de Velasco–, me metí rápidamente al movimiento estudiantil.Como era habladora, fui dirigente estudiantil en la Católica. Ahí empieza mi vinculación con la izquierda. Mi hermana también entró a estudiar periodismo y fue reina del cachimbo.Yo tenía el trauma de tener 18 años, estar en la Católica, estar divorciada y tener una hija.No es que yo era una mujer libre, no; era una tontona, por eso salí embarazada seguramente.En esa época, eso era casi una vergüenza.Siempre digo que como mi hermana era tan linda y era la reina de los cachimbos, yo dije:“Acá tengo que hacer algo”.Así que me dediqué a las arengas y era dirigente política de la universidad, en la competencia por destacar.
En esa época el Frente Revolucionario de Estudiantes Socialistas se forma en la Católica y fueron las primeras elecciones donde participa la izquierda.Antes prevalecían los demócrata-cristianos, los social cristianos.Hubo un momento en que ganó el voto en blanco en la Federación de Estudiantes de la Pontificia Universidad Católica y se instaló como un comité ejecutivo de la Federación.Yo estaba allí como dirigente de Periodismo.Después de eso postulé a la FEPUC, con César Humberto Cabrera a la presidencia, Cucho Haya a la vicepresidencia y yo a la secretaría general.Hicimos campaña en toda la Universidad y no ganamos.Recién al siguiente año gana Javier Diez Canseco, que es el primero de izquierda en ganar en la Universidad.
Ese era el mundo en el que me movía.La gente del FRES, eran mis relaciones humanas.Nunca entré a Vanguardia Revolucionaria, donde estaba la mayoría; tampoco sé decir por qué no entré a Vanguardia,no hubo esa necesidad. Llegué a ir a un par de reuniones de Vanguardiadonde Pepe Mejía explicaba las Cuatro tesis de Mao porque era el plan de lecturas.No sé si mi vida era demasiado complicada.Nunca dije no pero no seguí en esa militancia.
“todo lo que yo pensaba lo iba haciendo Velasco y me quedaba como en crisis”
Comencé a trabajar en las mañanas, tenía mi hija y que quería que me reconociera como madre; entonces, me quedaba con ella después de trabajar en la mañana y me iba a la Universidad en la noche.Mi activismo era en la noche, en Periodismo, en la cosa estudiantil.Me acuerdo de la toma de la UNI –eran los años de la ley universitaria–, de cuando entró la policía a la Católica.Así transcurría mi vida, como dirigente estudiantil, pero sin la membrecía de un partido.
Mi primer viaje fuera fue en 1969 a Argentina, adonde fui como dirigente estudiantil de Periodismo en la Católica. Después de ese viaje, me invitaron a Argentina a un curso. Viajé pero me bajé del avión en Chile en el momento previo a la elección de Allende. Busqué amigos, que eran izquierdosos todos y me alojaron, visité los barrios donde hacían sus campañas… Básicamente tuve vinculaciones con el MIR. Me impactó la izquierda chilena. Estaba en el sueño de la vida ahí, pero pensé “qué voy a decir del curso cuando regrese al Perú”. Así que me fui por tierra a Argentina, para llegar al final del curso.
Mi vida política y mi compromiso eran más con los estudiantes, con el movimiento estudiantil.Sí era crítica de las posiciones frente al gobierno de Velasco, desde esa época; perotodo lo que yo pensaba lo iba haciendo Velasco y me quedaba como en crisis.Yo quería la reforma agraria y aparecía la reforma agraria; yo quería el cobre para el Perú y había marchado gritando “cobre para el Perú”, y era cobre para el Perú.Todo eso me descuadraba.Y, como digo, sin demasiada formación.Preparando mis trabajos de periodismo–que me gustaban y quería hacerlos bien–, tomé contacto con la gente de la reforma de la educación.Conocí a Carlos Urrutia, con quien tuve mucha cercanía después y al cabo de los años estuvimos juntos en el PSR, pero en esa época él estaba en Vanguardia.
Para mí sí era importante el trabajo político, la política, la información, el análisis político.En esa época fue el terremoto de 1970; yo hubiera querido ir, como iban mis compañeros a trabajar en eso o en lo de la reforma agraria; los envidiaba pero como tenía mi hija estaba impedida, no podía ir o sentía que no podía ir, por mi madre, por mi familia.Con el sufrimiento que tenía de ser madre y divorciada –la gente en esa época ni siquiera hablaba de que alguien se acostaba con el novio–, no me hacían la vida fácil y en mi casa tenía presiones de todo tipo.
Lo que quería era estudiar Sociología. Me fui a Ciencias Sociales y entré a Sociología. Tuve una relación de muchos años con Pocho Pinzás, que era estudiante de Economía en Ciencias Sociales, y me casé con él. Él sí era una persona con formación, más intelectual, nunca militaba ni en el movimiento estudiantil, pero leía mucho. Él me ayudó a leer, a conversar de mis lecturas; juntos hacíamos planes de lectura, no solo en novela, en literatura, sino en cosas de política, grandes, más que lo nacional.
En 1971 me fui a Inglaterra con Pocho, que iba a estudiar, y estuve allá algo más de tres años.Me fui con mi hija que tenía cinco o seis años. Yo también quería estudiar pero no tenía beca.Como no tenía clases en la universidad, me compraba todos los periódicos de la izquierda británica y siempre había un cupón que decía: “si usted quiere saber de nosotros, le haremos una visita”.Entonces, en mi departamentito tuve visitas de los trotskos, los chinos… era muy interesante para mí ese mundo político de los ingleses.Era una ganga:iban y me invitaban a una charla. Ahí comencé a leer New LeftReview, empecé luego a ir a algunos seminarios, libre, para practicar inglés y ocupar mi tiempo, que era lo que quería hacer.Hasta que logré entrar a ciencias sociales en Essex.
Esa etapa para mí fue muy importante, porque era muy provinciana. Cuando llegué a Inglaterra, venía de estudiar periodismo tres años y un año de sociología, en la Católica, pero mi mundo era muy pequeño.Ser madre, no es que me daba fuerza y me sentía libre, sino todo lo contrario: era un trauma.Inglaterra cambió eso, adquirí mucha seguridad, me convencí de que yo podía sola con el mundo y que nadie me hacía un favor acogiéndome, a pesar de ser divorciada.Siento que ahí di un salto: comencé a mirar el mundo.
Durante los años en Inglaterra siempre estuve en contacto con el Perú. A mi hija la habían tenido que operar en Inglaterra y su recuperación implicaba meses en el hospital. Eso me hizo perder tiempo y posibilidades en los estudios.Volví al Perú.Como no había tenido beca, había pedido un préstamo al INABEC y tenía que pagarlo porque estaba de vuelta.Entré a trabajar al Ministerio de Transportes y Comunicaciones, en la Oficina Sectorial de Planificación. Era 1976 yacababa de ocurrir la caída de Velasco.En la Oficina había un núcleo más o menos progre.Me presenté a un concurso y me tomaron.Fueron tiempos muy difíciles.Iba al trabajo y lo único que pensaba era:“mi vida no puede ser así, no puedo ser una burócrata y pasar en un escritorio 20 o 25 años, como esos ingenieros que están sentados ahí, que comen en el escritorio”.Viniendo de Inglaterra en esa época, era hippienta total,me iba en bicicleta al Ministerio, los pelos alborotados, con medias rayadas.Era un bicho raro en el Ministerio y tenía a mi cargo el plan nacional de desarrollo en el sector transporte, que incluía las empresas púbicas:ENAFER, CÓRPAC, CPV, ENTEL.Hacía informes de coyuntura para que fuera el jefe de la sectorial de planificación, a plantear que había que comprar el radar para el aeropuerto ola carretera Marginal.Qué podía aportar yo de análisis de la carretera Chamaya – Jaén – San Ignacio, lugar que hasta ahora no conozco.Pero ese era mi trabajo, tenía mi sueldo, podía pagar mis deudas, seguía con Pocho en esa época y me vinculaba a mis viejos amigos.
Salí de ahí cuando pude y me metí al Ministerio de Comercio porque iba a trabajar en información de comercio internacional, que me parecía más interesante, pero al final trabajé en promoción de exportaciones.Cuando el gobierno dio la ley para que los empleados públicos salieran, con seis meses de sueldo y algunos beneficios, fui la primera en tocar la ventanilla para salir,con el plan de dedicarme a hacer política seis meses.
Había vuelto con la idea que debía ubicarme en algo político y me ligué al PSR, al que entré en 1976 o inicios de 1977. Cuando el paro de julio de 1977 yo estaba en el PSR full time.Pero apareció otra chamba, con un amigo, que había trabajado conmigo en Comercio.Tenía que dar cursos de cooperativismo en distintas ciudades del país yme parecía muy bueno también para el trabajo organizativo del partido.Iba a Arequipa, a Puno, a Cusco, a Piura y aprovechaba los viajes para el trabajo político con la gente del PSR.Me llamaron para hacer unas consultorías en Oxfamy después me ofrecieron un puesto en Oxfam, pero ya estaba para irme a Cuba.No acepté el puesto, hacía trabajos esporádicos y tenía mucho tiempo para dedicarlo a la política, vinculada no solo al PSR sino en apoyo del MIR chileno.
“En el MRTA el peso se cargaba mucho a lo militar, desde el principio”
Conocí al padre de mi segundo hijo, que era un chileno, miembro del comité central del MIR. Él había salido de Chile para trabajar en las escuelas que hacían los cubanos con el MIR en Cuba y estaba de paso en Lima, haciendo contacto con los movimientos de la región.Ahí conocí un poco de los colombianos, del Alfaro Vive. Decidí tener un hijo con este hombre –no fue un accidente– e irme a Cuba con él un tiempo, para hacer vida de familia; después íbamos a irnos a Chile.Me fui a Cuba en 1981 y este hombre tenía otra pareja; entonces me quedé sola en Cuba, en tareas del PSR, de la preparación de lo que fue el MRTA.En Cuba me relacioné con los movimientos centroamericanos, guatemaltecos, salvadoreños, los colombianos del M-19.Estuve en Cuba hasta1985 en el trabajo internacional.
Vine al Perú varias veces en esos cuatro años, a reuniones del MRTA y a la primera escuelapolítico-militar del MRTA;el peso se cargaba mucho a lo militar, desde el principio.Una de las reuniones para las que vine a Lima, fue para la fundación del MRTA, junto con Polay y con el Negro Avellaneda.Nos reunimos como nueve, a fines de 1981 o comienzos de 1982, para tomar las decisiones sobre el lanzamiento del MRTA.Ahí hicimos el manifiesto del MRTA, que es muy poco marxista-leninista como estructura, más suelto, como era el MRTA.Ya estaba Sendero y tuvimos una discusión fuerte donde yo decía:“No vamos a poder cambiar la visión de la violencia para que haya una violencia mala y una violencia buena”.Sendero ya había mostrado su autoritarismo en muchos lugares y en esa época el MRTA se planteaba, como su primer frente, el Cusco.Pero todo lo del Cusco cayó; ahí metieron preso a un buen grupo.
En el Cusco había habido encuentros con gente de Sendero.Los primeros encuentros habían sido de diálogo, digamos.Después lo que nos decían era que nos metiéramos a Sendero.Nosotros éramos buenitos: captábamos a la gente conversando.Ellos en algunos sitios levaban a los jóvenes.Había muchas diferencias de ese tipo, en la metodología de acercamiento en las zonas.
La discusión nuestra no tenía la profundidad y la rigidez que debería haber tenido para semejantes decisiones.Discutíamos por qué Sendero mataba policías y les robaba las armas;debatimos si esa era una forma de tener armas, dado que los policías eran gente del pueblo.Eran los temas que marcaban la diferencia entre el MRTA y Sendero. Ganó la lógica de arrancar ya y las primeras acciones del MRTA comienzan en 1982, en Villa El Salvador, con el hostigamiento a una comisaría, conalgunas tomas de camiones y los repartos del contenido.Me acuerdo que estrenaron la película “Túpac Amaru”, de Federico García, e hicimos una campaña de volanteo en todos los cines, con el manifiesto del MRTA.
Regresé a Cuba para seguir mi trabajo de relaciones internacionales.En Cuba había representantes de todos los movimientos guerrilleros latinoamericanos y partidos de izquierda.Los representantes no tenían rango de embajadores, aunque así se sentían algunos, sobre todo los miristas.Estaban el Partido Comunista Chileno, el Partido Socialista Chileno, el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, con todas sus vertientes.También llegaba gente a formarse militarmente, no solo la escuela del MIR–que era una escuela donde se preparaba la gente que iba a entrar al frente enChile– sino que había la gente de los salvadoreños, de los guatemaltecos, y llegaba gente de Perú.Peter Cárdenas estuvo en la Escuela Ñico López, que era la escuela de cuadros del Partido Comunista Cubano.Había una escuela de la Asociación de Pequeños Agricultores; ahí metimos a tres dirigentes campesinos, dos de ellos murieron en Los Molinos, en la masacre que hubo en abril de 1989.La dirección del MRTA venía a reunirse en Cuba con Fidel,pero sobre todo con Piñeiro, que era la cabeza del Departamento América en esa etapa.
También llegaba Jorge del Prado para reuniones con el Partido Comunista Cubano. Fueron las primeras visitas de Javier Diez Canseco.Vino Manuel Dammert, del PCR.Los veía a todos.Primero, los conocía amicalmente; pero además ellos sabían en lo que estaba y hacíamos reuniones.El viejo del Prado me buscaba por esa cosa arequipeña y de familia;siempre era muy cálido conmigo.Esos años fueron de una experiencia y unos aprendizajes increíbles.El diálogo, el intercambio con la gente, las conferencias de los dirigentes que venían, fueron muy importantes para mí.Mi mirada era desde lo latinoamericano hacia el Perú. Fueron años muy importantes.
En Cuba trabajé vinculada a un equipo de analistas de coyuntura, dirigido por Tomás Vasconi, argentino de origen y refugiado en Cuba luegodel golpe de Pinochet.Tomás trabajaba con un equipo de una chilena, un colombiano, un salvadoreño, una guatemalteca y yo. Todos estábamos ahí por los partidos.Hacíamos análisis de coyuntura de nuestros países, con periódicos y revistas.Ahí aprendí a hacer análisis de coyuntura, a discutir de estos temas, a escribir y soltar la mano.
Los otros peruanos que estaban en Cuba venían de la experiencia de la guerrilla de 1965, del ELN, y eran muy pocos.Eran familiares, sobre todo:la mujer, los hijos de quienes murieron entonces. Por orden de los cubanos, no me relacionaba con ellos para nada.
“Lo del MRTA fue una crisis para mí, porque veía que el proyecto no era el que había soñado”
Quería volver al Perú para integrarme porque había la propuesta de hacer una revista–que fue Cambio–, y me iba a sumar. Volví a fines de 1985, con mis hijos, para trabajar, integrarme al Movimiento y preparar la revista.Convencí a Carlos Urrutia para que fuera el director y teníamos la plata para contratar periodistas de nivel.Pero, en esa etapa, el MRTA se empieza a cerrar y a militarizar, diría yo.Yo argumentaba rabiosamente que la revista era amplia y tenía que ser reconocida por la izquierda amplia del Perú y de afuera, que para sacar un panfleto teníamos “Venceremos”, que era un documentito clandestino que circulaba todos los meses con noticias de lo que se hacía.Pero una revista abierta implicaba también crítica al MRTA, con cariño, pero no se podía aplaudir todo lo que hacía, porque había cosas que no eran aplaudibles.Ahí se da mi crisis con ellos.Un año o año y medio después de comenzar, ya estaba descolgada.En realidad, me descolgaron. Lo primero fue: “ya no hay plata para pagarte en Cambio”.“No importa, dije–trabajaba en otra cosa–,sigo sin que me paguen”.Siguió la crisis en la revista, los periodistas olían que algo se podría o que algo raro había en la revista y empezaron a irse los reconocidos.Me fui cuando Carlos Urrutia se fue. Desde entonces no tuve más relación con el Movimiento.
Lo del MRTA fue una crisis para mí, porque veía que el proyecto no era el que había soñado. Nunca pensé que nosotros como MRTA o antes, como PSR, íbamos a ser los Fidel Castro del Perú. Siempre imaginé la tarea compartida con muchos más. Estoy segura de que el Chino Polay sí soñaba un poco con eso, pero tampoco lo admitía. El proyecto soñado por mí era que toda esa gente tuviera poder de decisión, para construir un país más justo, para que la gente tuviera una vida digna. No llegaba al extremo de la canción de “que la tortilla se vuelva, que los pobres coman pan y los ricos coman mierda”. Pero sí me parecía que debería cambiarse; no creía que el hecho de no tener una alternativa al neoliberalismo implicaba que había que aceptarlo como lo único;pensaba que había que buscar alternativas.
Tomé la decisión de trabajar en derechos humanos, buscando una continuidad y pensando en lo que venía para mis compañeros.Mi primera decisión fue metermeen APRODEH, a quienes conocía de cerca, pero no me quisieron.No sé, por diferentes razones; quizá me veían muy ultra. Me metí al IDL y los convencí de que había que hacer informes de coyuntura, que caminaron hacia la revista Ideeley los informes nacionales de derechos humanos.Me parecía una vergüenza que los informes de derechos humanos del Perú fueran el del Departamento de Estado y el de WOLA,donde nosotros leíamos lo que pasaba en derechos humanos en el Perú.“El Instituto tiene que sacar un informe anual en enero”, les dije.Así hicimos cuatro libros, informes anuales de derechos humanos, entre1989 y1992.La revista que comenzamos a hacerera una chamba que me gustaba, viajaba haciendo reportajes de distintas zonas del país, acerca de cómo estaba la violencia.
Tuve discusiones fuertes sobre la presencia de Sendero en Villa El Salvador, porque veía que había unos avances de Sendero muy fuertes.Y no era que no me creían; era que no querían que eso fuera verdad.Les decía:“Si ustedes prefieren levantar las rondas de la paz, de Michel Azcueta, están en su derecho, pero lo que está pasando es mucho más grave y las rondas de la paz ni siquiera arañan lo que pasa en Villa El Salvador”.Esa es la etapa en la que matan a María Elena Moyano.Había estado con ella en lo que había sido el encuentro preparatorio para la Asamblea Nacional Popular, a la que yo fui como vinculada al Movimiento.Posteriormenteestuve en los congresos de Izquierda Unida, aunque no tenía partido.Al principio había ido a esas cosas con el MRTA, pero después ya era yo.
Había muchas cosas que pasaban que se prefería no pronunciarse sobre ellas, porque las acusaciones de terrorismo contra los organismos de derechos humanos eran tan fuertes, que te iban arrinconando.Eso me traía un malestar muy grande.Ahora acaban de cumplirse 25 años del sobre-bomba que voló a Melissa Alfaro, una chica de Cambio. En esa época, yo no tenía que ver con la revista desde hacía mucho. Melissa recibió un sobre que iba para la dirección, que era un sobre-bomba, y voló.Esa chica era hija del presidente regional de Ucayali y la familia buscó que se tomara su caso como una investigación de derechos humanos.No se tomó. Esto me fastidiaba mucho.
Me dije “tengo que buscar trabajo” y en 1992 apareció un concurso de consejería en proyectos para refugiados latinoamericanos, de un consorcio de agencias de cooperación, que trabajaba en América Latina en países en conflicto y posconflicto.Me presenté al concurso y me seleccionaron.Esta organización me pareció una oportunidad de meterme más en América Latina y de trabajar también en el Perú sobre el tema del refugio y del desplazamiento interno, que como categoría recién comenzaba a discutirse en los Andes.Ahí estuve 16 o 17 años, siempre en vinculación con organizaciones de los familiares en los países.Pero ya la política era más distante. Me parecía que el mío era un trabajo muy valioso, pero ya no tenía actividad política abajo.
En la época que asumí la idea de la revolución, pensaba que sí pasaba por la lucha armada, a pesar de la discusión que surgió cuando veía lo que pasaba con Sendero.Pensando posteriormente lo de la lucha armada, buscando explicárselo a mis hijos –que me preguntaban ¿por qué se te ocurrió?–,decía que en ese momento era fácil que se me ocurriera, porque estaba lo que había pasado en Chile con Allende, lo que había pasado con las dictaduras del Cono Sur, las luchas de los centroamericanos.Me parecía un camino que era necesario para responder a lo que vendría en el Perú, junto con los actores que no entraban a la lucha armada pero eran de izquierda y estaban en tareas parlamentarias o lo que fuera.
“en la guerra tienes dos bandos de militares y no es que estos tienen una cabeza buena y estos, no. La vida desaparece, se mata por gusto”
Después, en los años noventa, sí he hecho una reflexión sobre la lucha armada en el sentido de ese argumento que usé:no vamos a poder diferenciar una violencia autoritaria y mala, como era la que veía en Sendero, y una violencia democrática y buena, por ponerle apellido. Y llegué a la conclusión de que en el fragor de la guerra los ejércitos se diferencian poco entre ellos.Son militares haciendo guerra.Por una razón o por otra, esa formación política–esas escuelas de cuadros como las iniciales, a las que asistí–, en el caso del MRTA ya no existía.Cuando Polay sale en San Martín, se incorporó mucha gente y se incorporaban los audaces de los barrios que era gente de experiencia delincuencial, sin formación, y nadie los formaba.Eso se escapaba de las manos, con taras como la que lleva a que maten a los homosexuales en San Martín.Yo ya no andaba en eso.Pero no es que el MRTA en una discusión de comisión política o de comité central decidiera eliminar a los homosexuales.Esa fue una partida de gente que creyó que eso era lo mejor para el país y, como parte de su acción política, decidió matar homosexuales.Esas cosas pasaban porque no había control y es imposible tenerlo a la hora que el proceso crece.Además, los cuadros militares que dirigían terminan encerrados, en casas de seguridad donde discuten entre ellos y van perdiendo esa relación y esa lectura de lo que realmente pasa en la cabeza de la gente normal, de los barrios, del campo.Están en su lógica militar y eso los va aislando y lleva a las cosas que hemos visto.
Por eso digo, en la guerra tienes dos bandos de militares y no es que estos tienen una cabeza buena y estos, no.La vida desaparece, se mata por gusto.He llegado a esa conclusión después de ver las cosas que han pasado en todas partes: “Al traidor hay que ajusticiarlo, al que habló en la tortura”.He leído libros de argentinos y uruguayos que hacen una reflexión sobre la traición y lo que significaba para la gente que se conservaba con vida en un centro de tortura.Son cosas, humanas, terribles, lo que la gente tenía que soportar por el hecho de haber sobrevivido.Acá he visitado presos en las cárceles y he escuchado: “no queremos tener nada con él, porque es un traidor”.Y es un compañero que ha estado toda la vida en eso y seguramente se fue de boca porque lo asustaron; conozco gente a la que acá le decían:“tu hijito y tu madre están afuera, así que o nos dices o entran a tu lugar en la tortura”.Por supuesto que la mujer hablaba y entonces era “traidora”.
Está el caso de ajusticiamientos o ejecuciones extrajudiciales de compañeros porque traicionaron o porque se cruzaron en la vida de un comandante o anda a ver por qué los mataron o los ajusticiaron. En el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, el caso de Roque Dalton es conocido. En Colombia hay unos casos terribles, de las FARC. Una cosa tan poco humana. Me han hecho pensar mucho ese tipo de cosas y me han hecho pelear para que no haya pena de muerte.
Una conclusión a la que llegué fue quitarle el encanto a la guerra revolucionaria, asumir que la guerra es eso, una guerra, y los ejércitos son muy parecidos, que la presión se vuelve tan fuerte que hace desaparecer lo más precioso de la gente: sus calidades humanas. Y que en una guerra no hay militares buenos o malos, solamente militares.
He visto tantas historias, de tanta gente de los movimientos revolucionarios, he visto la destrucción de tantas familias, de mujeres que veinte años después no resuelven el tema de sus hijos que abandonaron cuando se fueron al monte. Por ejemplo, los chilenos tenían en Cuba el Proyecto Hogares, donde los que se iban al frente dejaban a sus hijos con otros compañeros, que los adoptaban y así, además de los propios, tenían tres o cuatro hijos más. Conozco a esos chicos, porque son de la edad de mis hijos y los vi en Cuba. Muchos de los padres que fueron a pelear al frente murieron. Estos chicos hicieron una película, que es una reflexión: “Si querías cambiar el mundo, por qué me dejaste a mí, por qué me tuviste”. El caso de las mujeres que dejaban a los hijos con los suegros, con las familias; son historias nunca resueltas a lo largo de la vida, ni para los chicos ni para las madres. Muchas cosas de ese tipo me han hecho pensar en la lógica de esos procesos y en las exigencias, que no sé si se podían hacer. Me han hecho pensar que creíamos que era más fácil.
“No creo que fue un gran viraje, seguí buscando espacios, tratando de hacer política donde podía y como podía”
Pensaría que no se dio un viraje en mí, que eso ha ido a la par de lo que ha pasado en el mundo.No creo que fue un gran viraje, creo que seguí buscando espacios, tratando de hacer política donde podía y como podía. Esa fue mi realidad, la realidad que enfrenté. En derechos humanos, cuando vi que estaba saturada y no podía, busqué otra salida, que me parece válida en términos de que aportaba a una serie de espacios que está muy bien que existan: los de derechos humanos, los que querían construir la democracia, los que querían construir la paz en Guatemala, en El Salvador, los que luchaban contra la violencia de género en los conflictos armados. Mi activismo lo orienté hacia ahí.
Tengo tres hijos, pero entre la primera y el segundo hay quince años de diferencia y entre el segundo y el tercero hay diez.Diana, mi hija mayor, me acompañaba a Carabayllo a dar mi rollo político, a trabajar con las mujeres o con el comité que estaba construyendo en el kilómetro 18.Después de que yo salía del trabajo y ella del colegio, me acompañaba en mi Volkswagen a ir hasta allá para hacer mi chamba.La sacaba para las campañas de solidaridad con América Latina, ella con una frazada en las piernas y la ollita de engrudo encima; yo bajaba, ponía los afiches en la pared para los actos de solidaridad y luego seguíamos.Con Luciano, que es el segundo, hijo del chileno, volví de Cuba con él de cinco años.Eran tiempos más difíciles y estaba más protegido en mi casa que saliendo conmigo a algunas cosas.
El trabajo y las reunionesles quitaban tiempo a mis hijos.La última etapa, en la que no he estado en ningún partido político, he viajado mucho por América Latina por mi trabajo, que también le ha quitado tiempo al último.Lo trataba de arreglar en mi cabeza y en mi corazón con la idea de que el tiempo de estar con ellos es de calidad, de compartir, de construir algo juntos y que valía la pena hacerlo.Esa era mi salida.
En el MRTA sí me dijeron para que me fuera al monte, a la guerrilla.Diana ya estaba más grande pero yo dije:“No voy a ir porque tengo un hijo chico, no lo voy a dejar, ese chico no tiene padre, no tiene familia paterna; me quedaré en la ciudad haciendo lo que haya que hacer”, que era lo de la revista y ese tipo de cosas.Eso me permitió estar con mis hijos aún sin dedicarles todo el tiempo que hubiera tenido si no hubiera hecho tanta locura, digamos. Es locura para el normal de la gente.
Mis hijos, los tres, son personas defensoras de los derechos de la gente, respetuosos de los otros, todos han votado por la izquierda en la última elección.Diana hace cerámica, es defensora de un mundo sano –no usa ni celular– pero muy desde el individuo, no unida a ningún colectivo.Luciano estudió sociología y trabaja ahora en Puerto Maldonado con comunidades de la zona, en un proyecto de Cáritas,de construcción de proyectos de vida comunitarios.Siempre hace ese tipo de trabajo, pero no vinculado políticamente a ninguna organización.El último surfea, comenzó a estudiar filosofía y estudió para ser piloto comercial yya terminó.Es antidiscriminación y anticonsumo.
Mis hijos no participan en colectivos que se orienten a lo mismo que ellos.Sí conozco a muchos jóvenes que se aglutinan en colectivos de teatro, de música, de poesía y que son contestatarios en el mundo actual.No creo que la generación joven sea descreída o desencantada.Desencantada de lo que pasa, por supuesto, como todos nosotros.Pero sí creo que tienen otras formas de expresar su descreimiento en la política tradicional: buscan formas para expresar su rechazo a la corrupción, al daño al planeta.Creo que tienen otras cosas.A veces he discutido con compañeros de la izquierda, de mi generación, que dicen: “nosotros, en esa época…”.Nosotros en esa época éramos una minoría, éramos grupos marginales.
Creo que mi compromiso valió la pena.Soy de las que dice que sin la militancia política no habría hecho lo que he hecho de positivo en mi vida.Aprendí a conocer mi país, a relacionarme con gente de distintos espacios, con problemas distintos. Eso fue un aprendizaje de vida que me parece muy valioso.En algunos casos no habrá sido así, pero en el mío me hizo más tolerante, me hizo adquirir capacidad de escucha frente a los problemas y entender otras visiones.
Eso me enriqueció y olvídate de lo que aprendí en la universidad.Creo que hay gente que me quiere como fruto de haber hecho una relación bonita, de haber buscado mejorar yo y apoyar a los otros.Eso me parece muy valioso y no me arrepiento.Con mis hijos, a veces pienso que debí haber hecho más cosas con ellos.Las diferencias de edades hacían difícil hacer cosas con los tres–también la plata–, pero me hubiera gustado llevarlos de viaje juntos más, por ejemplo, para aprender con ellos otras cosas.Eso me parece que no lo hice por tontona, más que por otra cosa; podría haberlo hecho más bonito.Podría haber sido más fuerte con ellos en algunas cosas.Siempre les decía:“A mí no me importa si son como monjes budistas, pero quiero que sean felices y que si son monjes budistas sea porque quieren serlo”.