SELENCO VEGA JÁCOME, NARRADOR PROTEICO.

(Winston Orrillo)

“Lo que necesitamos son libros que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos…Un libro debe ser el hacha que quiebre el mar helado dentro de nosotros. Es lo que creo”.
Kafka

Si bien este comentario será sobre El japonés Fukuhara, libro con el que, Selenco Vega Jácome ( Lima, 1971), ganara el reciente Premio “José Watanabe Varas” (2016) de Cuento, no dejamos de anotar, en el comienzo, que la obra de nuestro autor es ciertamente proteica (y no solo en la narrativa), pues, en su currículum figura que él es, igualmente, poeta y ensayista, magíster en Literatura Peruana y Latinoamericana por San Marcos, su alma mater. Y que ha publicado Casa de familia (valioso poemario y, en el mismo género, Reinos que declinan). Así como, entre otros textos suyos figuran Segunda persona (novela), y varios libros de Ensayos sobre Literatura Peruana y, particularmente, sobre el relevante poeta Carlos López de Gregori.
Él ha obtenido, asimismo, codiciados premios como el de los Juegos Florales de San Marcos (poesía, 1994), El cuento de las mil palabras (Caretas, 1995) , El Poeta Joven del Perú (1999). En el 2006, ganó el Cope de Oro de Cuento, que organiza Petro Perú, y, finalmente, el de Novela Corta de la Cámara Peruana del libro (2009). Él es, en fin, todo menos un recién llegado a la creación literaria, lo que se complementa en que, en la actualidad, ejerce la docencia en la Universidad de Lima.
Selenco pertenece, pues, a ese selecto grupo de escritores con un oficio –a pesar de su juventud - ya plenamente cuajado en lo literario, con plena conciencia de un estilo forjado en ínclitos autores, lo que demostramos con el formidable epígrafe de uno de los símbolos de la literatura contemporánea, Franz Kafka, cuyas palabras no son solo estética pura, sino compromiso existencial, que es imposible preterir en lo que actualmente se viene escribiendo.
El presente libro, El japonés Fukuhara, sabiamente articula la historia –fascinante- de un personaje simbólico, con el relato que le hace el padre al narrador, desde su lecho hospitalario del Almenara (donde finalmente fallece). Se trata de la controvertida historia de la barbarie cometida (en este caso en nuestra patria) contra los hijos del país del sol naciente, a raíz de la Segunda Guerra Mundial, cuando Japón bombardea a la base norteamericana de Pearl Harbor, a consecuencia de lo cual se enciende su participación en la contienda ecuménica; y, como el Perú, era aliado de EE.UU., los japoneses que aquí vivían sufrieron una serie de tropelías que comprendieron saqueo de sus negocios florecientes y múltiples agresiones –totalmente injustificadas. Es en esas circunstancias que Fukuhara-niño, aparece defendido por el padre del narrador (niño asimismo en esas circunstancias), y esto inicia una indeleble amistad, descrita en un estilo sencillo, pero de particular intensidad, pleno de lenguaje analógico y tachonado con metáforas que hacen muy agradable la lectura.
“El japonesito –Fukuhara- permaneció en el suelo. Inmóvil, como si fuera de piedra…” Y “la tinta arrojada a su camisa y a sus pantalones brillaba por la reverberación del sol de la tarde y le daba un aspecto de delgado arlequín…” Todo por la abusiva agresión de un grupo de estudiantes de un colegio cercano, contra el solitario alumno nipón, que se alejó de sus colegas, por comprarse…una papa rellena (que acabó comida por uno de sus cobardes agresores).
En fin una pequeña joya, que se suma a las varias que, ya, nos ha sabido ofrecer Selenco Vega Jácome, nombre que viene dando mucho que hablar en nuestras letras de hogaño.
En Los héroes, uno de los grandes cuentos de la obra que comentamos, se lee que la voz de uno de los protagonistas “era un eco lastimero que repetía una única frase, una frase semejante a una cuchillada mortal que a ti también te atravesó el corazón y la conciencia…”
Dos hermanos es, para nosotros, el mejor texto del volumen, amén del que le da título. Aquí el autor juega con el contrapunto entre el hermano mayor y el menor, cada uno con sus propias características, en un soberbio manejo de una conocida dicotomía familiar.
Kafka –al que hemos usado como epígrafe- no podía estar ausente en el libro, y es la presencia permanente en el fascinante relato Esperando a la abuela.
En fin, un volumen no para la mera lectura, sino al que, sin prisa pero sin pausa, hay que volver para adentrarse en sus meandros, de los que, sin ninguna duda, saldremos enriquecidos.
¡Así sea!