Se equivocaron.

(Alejandro Mosquera)

Nuestra sociedad está en movimiento. Quienes desde las elites de poder quisieron que la fotografía de un momento fuera el fin de la historia, la consagración de un modelo, y de una correlación de fuerzas determinada, se equivocaron. Todo fluyó y fluye, cambia. El conflicto de ideas, pasiones, intereses está implícito en la sociedad humana y las formas democráticas lo expresan. La vieja idea de que el país “normal” es un país sin conflicto, no solo es mentira, sino que expresa el deseo y los intereses del poder dominante que no quiere que nada perturbe su maximización de las ganancias, sus privilegios, su imposición de sentidos como el sentido de todos. El país sin conflicto es la paz de la naturalización de la desigualdad.

El poder y el gobierno entendieron que el triunfo electoral del 2017 no había asegurado una derrota estratégica del movimiento popular, pero les daba el suficiente poder para impulsar una profundización de las políticas neoliberales, en particular el achicamiento del Estado y el gasto público, la transformación del sistema previsional, la reforma laboral, la disminución del salario real vía inflación y paritarias a la baja.

La borrachera que trajo el triunfo electoral y la espuma de apoyo que le sucedió, creó el contexto para que el poder nuevamente creyera su propio relato, es decir, estar fundando una nueva era y que la correlación de fuerzas es inamovible. Sensación comparable al momento en que el kirchnerismo sostenía la consigna “irreversible”, como si hubiera un momento que la toma de conciencia popular le pusiera un muro a la puja social y de poder.

En su fortaleza la coalición macrista se sintió con la “inteligencia” para mantener dividido al movimiento nacional, seducir a los colaboracionistas de siempre y amenazar con cárcel a los posibles díscolos, detener como ejemplo a unos cuantos para demostrar que van en serio. Con la prisión de varios compañeros se encarceló un poco la libertad de todos. Y como corolario Goebbeliano disparó una campaña de desmoralización en especial sobre las vanguardias basado en la idea de que no hay alternativa al capitalismo del siglo XXI, son tan poderosos que con ellos ya no se puede.

Dos meses después, en diciembre, las calles se llenaban de protestas, la ley de reforma previsional producía el rechazo de opositores sociales y políticos, obligaba a los colaboracionistas a esconderse y una parte de su base social rechazaba el robo a los jubilados. Aquella borrachera de la que hablamos les hizo creer que con mano dura, un poco de represión, con los jueces inclinando la cancha a favor de la criminalización de la protesta, alcanzaba para detener la resistencia popular.

Las luchas sociales y obreras que parecían partidas, que se consumían en batallas invisibles para la opinión pública mayoritaria, siguieron en enero y febrero. Sin embargo, muchas de ellas comenzaron a concitar solidaridades no esperadas un par de semanas atrás. El ejemplo más significativo es el de los trabajadores del INTI, donde poco a poco se fueron rodeando por un amplio espectro social y político, y hasta el segmento de la UIA más identificado con el mercado interno, mostró públicamente su preocupación por el intento de desmantelamiento. La movilización del 21 de febrero que el gobierno y los medios quisieron convertir en la marcha de Moyano, expresó, no un parteaguas como algunos proclamaron, pero sí la continuidad de las movilizaciones de diciembre. Y un desarrollo del conflicto social apoyado en los dolores que provocan las políticas del gobierno.

¿Del “fin de la historia” en octubre, al riesgo de no terminar el mandato en diciembre? Ni tanto, ni tampoco. Una sociedad en movimiento, una puja por el rumbo del país. Una democracia achicada y una nueva democracia que puja por aparecer como proyecto, práctica y doctrina de poder.

La convicción en las oficinas del gobierno de que se terminó el período de gracia, que ya no hay impunidad para cualquier cosa, que se evidencia en la baja en todas las encuestas propias y extrañas, obligó a diseñar a las apuradas tácticas para desplazar del centro de la escena el reclamo social y económico. Aquí se anotan el apoyo al policía Chocobar cuando fusiló por la espalda a un ladrón que escapaba, trató de apelar a los bajos instintos de una sociedad con miedo; y también, con la excusa de la asimetría con otros países el impulso a una modificación en la tradicional y exitosa gratuidad del sistema de salud y educativo universitario que Argentina construyó por décadas. Y como no alcanzan, o se vuelven bumerang, tomó un reclamo masivo sobre la legalización del aborto, pose progresista frente a las clases medias desencantadas de las políticas de ajuste, con la esperanza de meter una cuña entre las fuerzas políticas populares que paralice la unidad en construcción.

El discurso de ayer del presidente Mauricio Macri hay que inscribirlo en ese contexto. Por supuesto que hay un negacionismo sobre el país real y un intento de ocultar los efectos dolorosos de sus políticas sobre la población. Pero es solo una parte del sentido de lo que los medios llamaron un discurso conciliatorio.

El grueso del planteo de Macri estuvo dirigido a paliar esta realidad de un humor social creciente en contra del gobierno. Les habló a las clases medias y bajas tratando de presentarse como quien impulsa los temas agradables a sus oídos. Es la voz de aura para recuperar la agenda, para manipular a la opinión pública y bajar la resistencia popular en desarrollo. Como contracara, el consenso de la derecha se comienza a fracturar en su base social.

Por ello, el discurso presidencial sonaba a mentiras reiteradas y promesas que anuncian la llegada de lo mejor. Dejó la agresividad del año pasado no porque ahora venga un programa distinto, sino porque se percataron que comenzaron a rifar el crédito social que habían logrado con la fractura social, la grieta.

Nuestro análisis no puede derivar tampoco a un optimismo tonto, sino a explicar las condiciones de la puja entre clases sociales, intereses y posibilidades del momento.

Nuestra sociedad está en movimiento, las vanguardias comienzan a romper el pesimismo inducido. La voz de mando del presidente gritando “Sí se puede” al final de su discurso muestra la inseguridad de la coalición gobernante y no su fortaleza. La aparente paralización del proyecto para terminar con el acceso gratuito a la salud y educación pública de los hermanos de América Latina no es una actitud de diálogo, sino la lectura de las encuestas que señalan que el 70% de los argentinos creen en esa gratuidad. La maniobra de la ley sobre la despenalización del aborto es una oportunidad ganada sobre todo por el movimiento de las mujeres en esta revolución feminista que está recorriendo el mundo. El señalamiento de que no quiere abolicionismo ni mano dura, no es convicción, es que detectaron que proclamando la pena de muerte solo logran el apoyo del fascismo societal y que el resto, aún de sus bases sociales, se espanta.

Mientras seguimos analizando…seguimos cantando, en recitales, canchas, marchas, el hit del verano…