Reportaje en dos partes a Leopoldo Moreau: Semana Santa de 1987, entre el Golpe y la sociedad movilizada .

(Guillermo Korn y Mariano Molina)

Leopoldo Moreau: Semana Santa, entre el Golpe y la sociedad movilizada

Primera parte de la entrevista al histórico dirigente radical que recuerda aquellos días que tuvieron en vilo al país, hace 30 años. “Estaba claro que si Alfonsín dejaba que este grupo impusiera sus reglas de juego, caía”.

MM: A treinta años de los hechos, la primera pregunta, casi obligada, no es abordar si la resolución del conflicto fue la correcta, sino qué aspectos positivos y negativos destaca de la crisis de Semana Santa.

LM: El aspecto positivo es que por primera vez en la historia argentina se neutralizó un intento golpista con el pueblo en la calle. No se dirimió en un escenario superestructural, midiendo la correlación de fuerzas dentro de las Fuerzas Armadas. Por el contrario, se hizo dividiendo aguas entre los sectores de las FFAA que se planteaban un golpe y el conjunto de la sociedad que fue convocada a cambiar esa correlación de fuerzas a favor del sistema democrático, con su presencia en las calles.

Me parece que eso, es tal vez el valor más importante, porque es además un valor que fortaleció el papel del pueblo como un actor principal, dentro de lo que había sido la tradición de golpes de la Argentina. Lo negativo vino fundamentalmente de la campaña de acción psicológica, que en ese mismo momento se lanzó desde inteligencia. Se pretendió mostrar esto como una claudicación y no como una victoria. Y eso abrió todo un debate en el movimiento popular argentino sobre si efectivamente había sido una victoria o una claudicación.

Como es una discusión contra-fáctica, lo cierto es que yo saco como balance que superamos esa instancia –como después nos tocó superar un par de intentonas posteriores más débiles– y que ayudó a estabilizar el proceso democrático.

MM: Si los sectores militares pro-golpistas no abandonaban sus iniciativas… ¿Evaluaron durante los días de crisis otras formas de resistencia? ¿O todo el tiempo se confió en que se iba a resolver “por las buenas”?

LM: En los días previos de Semana Santa teníamos indicios de que esto podía ocurrir. Lo que no teníamos era una medida de la extensión que podía alcanzar el intento golpista. La primera manifestación de que estaba por desatarse un intento golpista, fue el 2 de abril, cuando Alfonsín se sube al púlpito en la iglesia Stella Maris, que es la iglesia de la Marina, y le contesta a monseñor Medina, vicario de las FFAA. La homilía prácticamente se utilizó para hacer una proclama pre-golpista, con el clásico argumento que se utiliza contra los gobiernos populares, que es el de la supuesta corrupción.

Unos días después Alfonsín habla en San Isidro, en la inauguración de una sede de la Universidad de Buenos Aires, y advierte respecto a movimientos de grupos nazis y fascistas al interior de las FFAA. Y cuarenta y ocho horas antes teníamos el dato de que el mayor Barreiro [1] se iba a refugiar en una guarnición militar frente a la citación judicial, poniéndose en estado de rebelión. No sabíamos en cual dependencia, pero teníamos más o menos una información previa.

En todo momento nosotros intentamos que el planteamiento que hacía Rico no se extendiera a una masa crítica de mayor volumen dentro de las FFAA. Y llegamos a la conclusión que para evitar eso, el antídoto era la movilización de la sociedad. Porque en términos teóricos, el noventa por ciento de los oficiales de las FFAA compartían aquel planteo, aunque no necesariamente la metodología.

Pero la única forma que teníamos de intimidar esa masa crítica, para que no se volcara a su favor, era oponerle una fuerza que claramente significara que no les iba a resultar gratis esta vez. Y también movilizar la opinión pública internacional para que tuvieran la sensación de que si avanzaban por ese camino, iba a ser un gobierno aislado internacionalmente.

En ese camino, durante los cuatro días, siempre nos planteamos el aislamiento del grupo sedicioso. El aislamiento político y el aislamiento físico. Nos ayudó que ellos se refugien en el predio de la escuela de infantería de Campo de Mayo. Y nosotros no limitamos la convocatoria a Plaza de Mayo y convocamos a todas las plazas del país, para que la estructura militar sintiera en todos lados la presión de la sociedad.

Nuestra primera preocupación fue que no tomaran los medios de comunicación porque teníamos conciencia que nuestra fortaleza era que no se interrumpiera la comunicación con la sociedad. Eso se facilitó porque casi todos los canales de televisión entonces estaban en manos del Estado (con excepción de Canal 9). Y aseguramos los medios de comunicación con Gendarmería Nacional, que era la fuerza más adicta al gobierno, y además movilizamos cuadros militantes nuestros para que estuvieran en las plantas de transmisión. Con eso lanzamos la famosa consigna “Democracia o Dictadura”, que fue la que provocó la movilización popular, para no dejarnos ganar por el planteo de Rico que quería mostrar que era sólo una cuestión vinculada a la interna del ejército.

GK: ¿Qué información tenían segura y qué otras variables manejaron esos días?

LM: ¿Cuáles fueron nuestras hipótesis?: la principal, como les dije, el aislamiento. Presionar para aislarlos del resto de las FFAA, la sociedad, el sistema político, el sistema sindical, etc. Y aislarlos internacionalmente. Y no podíamos descartar que ellos pretendieran romper ese aislamiento pasando a una acción más ofensiva o agresiva. De hecho, durante la tercera noche llega información que habían detectado la salida de camiones del predio de la Escuela de Infantería de Campo de Mayo. Cómo era nocturna la salida, el helicóptero de la policía federal le perdió la pista y nosotros no sabíamos si se estaban dirigiendo hacia casa de gobierno. Ahí, además de las disposiciones que se tomaron respecto de la presencia del Regimiento de Granaderos, ocupamos la zona con grupos importantes de militantes armados que estaban dispuestos a confrontar si era necesario.

También se discutió que se hacía con Alfonsín y si se lo trasladaba al Departamento Central de Policía porque tiene un excelente sistema de comunicaciones y se evaluó si se lo trasladaba a una guarnición militar de Neuquén, cuyo jefe era el general Balza, que era el que más abiertamente se había alineado en la defensa del orden democrático.

En algún momento, copiando la experiencia que se había producido en Filipinas, cuando hubo un intento golpista de esas características, nos planteamos rodear las guarniciones militares que estaban en actitud de rebeldía con una movilización popular. En las últimas horas, cuando veíamos que los teníamos aislados internacionalmente, políticamente y comunicacionalmente, etc. dijimos “bueno, vamos a marchar a rodear la guarnición con una movilización popular para terminar de asfixiarlos”. Pero ahí en el medio es dónde se cruza la decisión de Alfonsín de ir personalmente a Campo de Mayo. ¿Y qué sucedió? La gente de la zona se largó espontáneamente. Y se produjo una avalancha de gente que rodeó el predio del cuartel. Ese fue el golpe final de la asfixia.

Así y todo, hubo un punto difícil. Porque cuando la gente rodeó el lugar, yo veía gente que llegaba con cuchillas de cocina, alguno llevaba una escopeta, etc. Era una situación compleja. Nosotros entramos a la Escuela de Infantería con un grupo de dirigentes políticos, empresarios y sindicalistas y ellos estaban en una situación de excitación muy grande. Porque habían estado tres o cuatro días en tensión, sin dormir, se daban con roynol… Y cuando vieron la gente se volvieron locos.

Recuerdo que un teniente coronel lo para a (Antonio) Cafiero y le dice “¿Cómo nos hacen esto? Nosotros somos el ejército de Rosas y Perón, estamos junto al pueblo…” y todo el piripipi… Una situación de mucha tensión y en un momento dado, por la presión de la gente, empezó a ceder el portón de entrada. Y tuvimos que plantarnos todos los que habíamos ido para tratar de frenar a la gente. Porque si se hubiera producido una entrada a la Escuela de Infantería, no sé qué hubiera ocurrido, tomando en cuenta el estado de excitación en que estaban estos tipos…
Pero nosotros nunca nos planteamos una tesis en términos de dirimir eso en el terreno de una confrontación armada. Nuestro terreno era la política.

GK: Dijo un par de veces “escenario golpista” e “intento golpista”. Y no fue cómo en ese momento se lo terminó leyendo, más allá de que lo haya sido. ¿Se necesitaba mostrar otra cosa respecto del planteo o es una lectura a posteriori?

LM: No. No es una lectura a posteriori. Estaba claro que si Alfonsín dejaba que este grupo impusiera sus reglas de juego, caía. No había alternativa de cómo sostener la autoridad civil. Estaba también muy claro que la pretensión de ellos –más allá de que principalmente lo plantearon como una cuestión interna del ejército– era desde un foco extender esta posición al conjunto de las FFAA. Y eso culminaba en un golpe de estado.
Por eso nosotros de entrada lo planteamos con esas características. Era Democracia o Dictadura.

GK: Antes de la visita de Alfonsín al cuartel hubo una previa de Jaunarena [2], de cinco horas, fallida. Parecía que venía bien la cosa y en un momento dice: “esto cayó”. ¿Hay algo extra que pedían? ¿Pasó algo que hizo que Alfonsín decidiera ir?

LM: La decisión de Alfonsín de ir tuvo dos razones. La primera es que ellos, en esa conversación con Jaunarena, seguían pretendiendo imponer determinadas condiciones. Y la segunda es que ya estaba la situación en un punto tal, donde efectivamente el próximo paso era rodear el cuartel, para hacerlos cesar en la actitud. Porque tampoco podíamos permitir que se prolongara en el tiempo.

Y además teníamos muy en claro que la represión no iba a venir de las propias FFAA. Porque ahí es donde entra a jugar el famoso tema de Alais [3] que no llegaba nunca. Nosotros sabíamos que confrontación militar no iba a haber. Primero porque los oficiales de las FFAA, en líneas generales, compartían las demandas de Rico y en segundo lugar porque nosotros también teníamos muy en claro que ninguno de ellos estaba dispuesto a dejar la vida por la democracia. Y más por un gobierno que estaba juzgando a las Juntas Militares, había creado la CONADEP y reformado el código de justicia militar para que los pudieran procesar tribunales civiles.

La otra preocupación que teníamos era evitar un baño de sangre. Los sectores más ultra de la izquierda planteaban que había que tomar el cuartel. Sí, muy bien, pero después vienen las consecuencias posteriores. Si íbamos a una confrontación de ese tipo, inmediatamente Rico iba a encontrar la solidaridad del resto de las FFAA o al menos de buena parte de ellas. Y esto provocaba una experiencia como la que había vivido el MNR, en Bolivia, cuando confrontó con las FFAA y hubo muertos. Eso implicó treinta o cuarenta años de proscripción.

MM: Decía que el aspecto positivo fue la movilización y parar un golpe. En ese momento, en los últimos 25 años, habían sucedido golpes e intentonas permanentemente. Y que el aspecto negativo es una campaña donde se vio que el gobierno hizo una entrega, una concesión. ¿Para usted el gobierno no hizo concesiones en Semana Santa?

LM: No. Mucha gente asocia la sanción de las dos leyes que se denominaron “leyes de impunidad” a Semana Santa. La de Punto Final fue anterior. Y la de Obediencia Debida, desde la subjetividad de cada uno, puede interpretarse como una concesión o no. Hay que recordar que nosotros le dijimos a la gente lo que íbamos a hacer. Así como Luder [4] dijo que iba a respetar la Ley de autoamnistía, porque la consideraba constitucional, nosotros dijimos que íbamos a juzgar los crímenes de lesa humanidad.

¿Cuál era el objetivo que se buscaba con la Ley de Punto Final? Cómo en los tribunales civiles había una pasividad para avanzar, salvo la Cámara Federal que fue la que juzgó a la Junta, lo que dice la Ley es “en un plazo determinado de días tienen que realizarse las imputaciones concretas en cada caso donde hay sospechas y denuncias”.

¿Por qué se hace eso? Precisamente, porque la inmensa mayoría de los oficiales de la FFAA sentían que la no definición de esa situación los ponía debajo de una espada de Damocles y que estaban todos en un estado de sospecha. Y con la Ley de la pasividad se pasó a la hiperactividad. Entonces empezaron a citar indiscriminadamente a infinidad de oficiales.

Pero quisiera contextualizar un poco. Nosotros siempre tuvimos presente que no podíamos, en ese primer tramo del proceso democrático, extender los juzgamientos a dos mil ochocientos oficiales de las FFAA. Era absolutamente imposible en términos de cómo estaba, en ese primer tiempo, el proceso democrático y sus condiciones. Arrancamos el gobierno rodeado de dictaduras militares, donde todavía había una fuerte supremacía de la Doctrina de la Seguridad Nacional, de la presencia de EEUU y un gobierno de la derecha más recalcitrante. También lo tenemos a Pinochet del otro lado, dictadura en Uruguay y Brasil. No existía el Mercosur, Unasur, la Celac. No había condiciones objetivas para llevar adelante el procesamiento tantos oficiales de las FFAA, que además no había ocurrido en ningún lugar del mundo.

Alfonsín definía el momento diciendo: “nosotros no tomamos la Bastilla, nosotros llegamos por una elección”. Habíamos dicho, y de eso nunca nos arrepentimos, que los procesamientos los íbamos a llevar a través del ejercicio del estado de derecho, precisamente otorgando las garantías que ellos no habían otorgado, a los que habían asesinado en los campos de concentración. También se trataba de diferenciarse en términos de una cultura política. Y además porque era el camino para ejercitar la justicia y no el revanchismo, que hubiera desembocado en cualquier situación. En ese sentido salió mal la Ley de Punto Final, porque produjo una hiperactividad que puso cerca de mil quinientos o dos mil oficiales en esa situación. Pero ese era el límite que nosotros podíamos materializar en esa etapa del proceso democrático.

MM: Con el paso del tiempo mucha gente cambió su forma de pensar y dice algo más o menos así: “la Obediencia Debida está mal, pero era una concesión que había que hacer en ese momento histórico del país…”. Pero usted dice que no fue una concesión…

LM: No. Yo no dije que no fue una concesión, dije que no se puede globalizar como un episodio que terminó en una derrota. En realidad terminó en un triunfo, en tanto se derrotó un intento golpista, cosa que no había ocurrido antes, en términos de una participación activa de la sociedad. En cuanto a las leyes, la de Obediencia Debida puede leerse como una concesión. Y yo te acabo de explicar que fue el límite al que pudimos llegar.

GK: ¿Cómo era el mapa interno del partido en ese momento, con esa situación particular? Pensando, por ejemplo, en la figura del vicepresidente –Víctor Martínez– quien no estaba en el comité de crisis. ¿Podría aclarar cómo era eso?

LM: El hecho de que Víctor Martínez no estuviera en el comité de crisis no significa que él estuviera en una actitud claudicante. El comité de crisis se configuró con quienes habían sido los protagonistas principales de la etapa donde se engendró el alfonsinismo y habían sido protagonistas de un cambio en el radicalismo, más allá de la función específica –en términos gubernamentales– que cada uno de ellos ocupaba. Es decir, el ministro del Interior era (Antonio) Tróccoli, pero el que se transformó en el articulador de todo el sistema de relaciones políticas y sindicales fue (Enrique) Nosiglia, que no era el ministro del Interior. Yo era diputado nacional, no tenía ningún cargo gubernamental, pero me hice cargo de todo lo que tenía que ver con el sistema de comunicaciones y el manejo de medios. Después, por supuesto, muchos jugaron papeles institucionales cómo Pugliese [5] movilizando la asamblea legislativa…

MM: ¿Pero hubo debates internos en la UCR?

LM: La primera reacción de la guardia vieja del radicalismo, por decirlo de alguna manera, fue de resignación. La creencia que eso no se podía frenar, que era otra vez lo mismo, que otra vez venían los militares... Incluso alguno empezó a bajar el cuadro de su despacho y preparar las cosas… Eso se contrapuso con nuestra reacción. Porque en términos generacionales, en algún momento fantaseamos con la posibilidad de tener que enfrentar un escenario de esa naturaleza. Además nos habíamos desarrollado en la política en términos de una acumulación distinta a la que había sido la forma tradicional del radicalismo. Nosotros conformamos nuestro espacio dentro del concepto de los frentes de trabajo, la inserción universitaria, gremial y la militancia. Le dábamos un valor a la participación popular que ellos no tenían. Eran una buena máquina electoral.

No es que hubo una discusión, sino que hubo actitudes distintas. Ellos bajaban los cuadros y nosotros nos estábamos organizando para resistir y contragolpear. Después, entre nosotros, hubo algún tipo de debate menor. Y alguno no tan menor... Por ejemplo ¿qué hacer frente a los medios de comunicación? Lo primero que hicimos fue poner la cadena nacional, asegurarnos los medios y pensar las consignas.

Cuando apareció Rico por Radio Mitre, con un móvil que le hicieron desde Campo de Mayo, dijimos “esto hay que cortarlo, no les podemos dar la palabra a los golpistas”. Para ese entonces Radio Mitre ya había sido adquirida subrepticiamente por el grupo Clarín. Ahí se suscitó una discusión con José Ignacio López [6] y alguno más que planteaban que esa actitud era cercenar la libertad de expresión. Eran los que estaban más vinculados a los diarios tradicionales de Buenos Aires como Clarín o La Nación.

Nosotros dijimos que no se trataba de cercenar la libertad de expresión, sino de impedir a quienes venían por las libertades públicas y civiles, que tengan la posibilidad de romper el cerco informativo. Y entonces decidimos mandar cuarenta militantes a ocupar la radio en los estudios de la calle Mansilla. Y les dijimos que si insistían en esa línea nosotros les íbamos a bajar la palanca y no volvieron a repetir el episodio. Ese hecho sí suscitó una discusión dentro. Hay un video que circula en las redes con Pugliese (que era un tipo muy ingenioso) cuando en la puerta del Congreso un periodista de Clarín le pregunta por qué habían impedido la transmisión del reportaje y le dice “lo que pasa es que ustedes privilegian la primicia y no la democracia”. Tuvimos algunos tironeos también con la gente de Defensa, sobre cómo manejar la cuestión estrictamente militar.

1 - La negativa del mayor Ernesto Barreiro a asistir a un juzgado de la provincia de Córdoba dio comienzo a la rebelión de Semana Santa.
2 - Horacio Jaunarena era el Ministro de Defensa
3 - El general Ernesto Alais, comandante del II Cuerpo, recibió órdenes de movilizar los tanques para aplastar la rebelión, pero nunca llegó a Campo de Mayo.
4 - Ítalo Argentino Luder había sido el candidato presidencial del Partido Justicialista en las elecciones presidenciales de 1983.
5 - Juan Carlos Pugliese en ese tiempo era presidente de la Cámara de Diputados.
6 - José Ignacio López era el vocero presidencial.

Segunda parte de la entrevista a Leopoldo Moreau: Semana Santa y las sombras del poder

Segunda parte de la entrevista al histórico dirigente radical que recuerda a 30 años los sucesos que tuvieron en vilo al país. “Los Servicios de Inteligencia militaron activamente en la desestabilización del proceso democrático”.

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Por Guillermo Korn y Mariano Molina

GK: El radicalismo tenía un discurso en relación a las corporaciones cómo las FFAA, el sindicalismo, la Iglesia. El sindicalismo estuvo en la Plaza. ¿Hubo un diálogo? ¿Fue vehiculizado desde el peronismo? ¿Cómo aparece, en tanto actor social, en esos días? / MM: Saúl Ubaldini está el día jueves, cuando Alfonsín va al Congreso.

LM: Efectivamente nosotros teníamos un discurso de confrontación con las corporaciones y particularmente con aquellas que en ese momento eran las que, por arrastre de sus vínculos con la dictadura militar, amenazaban el proceso de estabilidad democrática. La cúpula eclesiástica claramente tenía maridaje con la dictadura, obviamente las FFAA y en alguna medida el sindicalismo.

Pero en el caso del sindicalismo no teníamos la misma mirada. Los veíamos como una fuerza corporativa, pero no homogénea, en términos de defender conceptos autoritarios. Estaba el grupo de los 25 que había sido el que había impulsado la movilización del 30 de marzo de 1982 [1], pero también estaban los sindicalistas colaboracionistas del gobierno militar.

En ese momento el peronismo tenía como principal protagonista a la renovación, que actuó decididamente al lado del gobierno de Alfonsín y de la democracia. Es más, Cafiero y (José Luis) Manzano vinieron a Casa de Gobierno y pidieron tener una oficina para operar en coordinación con nosotros y se la dimos a metros de Alfonsín. Y entre los primeros que convocamos a Casa de Gobierno fue a Ubaldini y se hizo una reunión de dirigentes políticos, sindicales, empresarios en la planta baja del Ministerio del Interior, donde se firmó un acta de apoyo a la democracia. Ahí la CGT declaró paro general por tiempo indeterminado en repudio al intento golpista y hasta que cesara la rebelión militar, más allá que algún sindicalista en particular tuviera alguna relación con carapintadas.

En esos cuatro días de la sublevación fue imposible engancharlo a (Carlos) Menem. Claramente él tenía algunas terminales en los grupos carapintadas. Con el paso del tiempo, un dirigente sindical colaboracionista de la dictadura, nos vino a avisar que había un complot para asesinar a Alfonsín. Este dirigente había participado de una reunión en la zona de Luján-Mercedes (el regimiento de Mercedes fue un regimiento muy alineado con los carapintadas y un regimiento donde siempre influyó Videla) y el obispo de Luján, monseñor (Emilio) Ogñenovich, que era claramente un tipo de la derecha, organizaba reuniones donde –entre otras cosas– se discutió el magnicidio. Ahí participaban militares, comisarios de la provincia y algunos dirigentes sindicales. Uno de ellos fue el que nos dijo que se estaba planificando esto.

MM: ¿Y el empresariado jugó algún rol en esos días?

LM: No hubo una invasión de empresarios en la Casa de Gobierno apuntalando el proceso democrático, pero tampoco rastreamos acompañamiento al intento golpista. Más bien todos tomaron distancia.
El presidente de la Unión Industrial Argentina, que era (Roberto) Favelevic sí tuvo un papel muy activo en defensa del proceso democrático. Tan activo que firmó el acta y viajó conmigo a Campo de Mayo, en una delegación de dirigentes políticos. Entró con nosotros al cuartel y se puso a frenar a la gente cuando se estaba cediendo el portón.

MM: Volviendo a lo que significó Semana Santa, la movilización fue muy grande, quizás la movilización multipartidaria más grande de la Argentina...

LM: Es probable, en términos de pluralidad…

MM: Y además apoyando, no en una manifestación de protesta. Pero luego viene una debacle de la participación política. ¿Ve a Semana Santa como parte de ese proceso de decepción de la política?

LM: Todo proceso de transición democrática inexorablemente llega a un punto donde se enfrenta a esa circunstancia. Porque las transiciones se caracterizan precisamente por no terminar de satisfacer todas las expectativas que se ponen en los procesos democráticos. Nosotros eso lo teníamos claro, porque sabíamos que lo fundamental para nosotros era cumplir con un objetivo estratégico: consolidar la democracia. Eso implica costos. No hay transición democrática sin costos. Y sabemos que el post Semana Santa significó para algunos sectores una frustración.

Para nosotros también fue un costo elevadísimo el Golpe de Estado económico de 1989. Creo que el proceso de despolitización tiene su punto de partida básicamente ese año. La derecha para justificar políticas económicas de ajuste siempre tiene que fabricar una crisis y fabricó una crisis económica y social que sí contribuyó mucho a que después prendiera el discurso de la antipolítica. Ese fue el escenario para iniciar el proceso de despolitización que caracterizó casi toda la década del noventa. En ese sentido, lo de Semana Santa probablemente golpeó más dentro de estructuras militantes.

MM: ¿Cuáles fueron las relaciones con los países de América y EEUU durante la crisis?

LM: Lo primero que hicimos fue volcarnos más a la reacción de Europa, porque en aquella etapa habían comenzado a triunfar los partidos socialdemócratas, con los que había –naturalmente– muchísima más afinidad política. Esa solidaridad se movilizó muy rápido. En América Latina mucho no teníamos para hacer…

GK: Eran Cuba y Perú como posibilidad…

LM: Claro, pero no formaban parte de un armado. Recuerdo que las primeras llamadas de Alfonsín fueron a Felipe González, Mitterrand, la socialdemocracia europea, con la que el radicalismo tenía un vínculo fluido. Eso era muy importante para nosotros. Estados Unidos no lo tengo muy en claro, ni tampoco era mi responsabilidad, pero no emitió ninguna señal a favor de los carapintadas. No recuerdo cuánto tardó en emitir una señal a favor del proceso democrático, pero no fue a la misma velocidad que los europeos. No se vio ninguna participación de la Embajada. Como que tuvieron una actitud entre pasiva y de acompañamiento.

MM: ¿Y cuál fue el rol de los servicios de inteligencia?

LM: Ahí teníamos un gravísimo problema. Hay que entender que el proceso democrático llega al Gobierno y se encuentra con un Estado organizado para matar a los ciudadanos. Y una de las tareas que había que llevar adelante era democratizar ese Estado. Convivimos mucho tiempo con Fuerzas Armadas, de Seguridad y Servicios de Inteligencia que estaban conducidos por quienes habían sido los que habían llevado adelante el plan sistemático de represión.

Y los Servicios de Inteligencia fueron un dolor de cabeza muy grande. En el caso de Semana Santa llevaron adelante operaciones de confusión, prácticamente nos birlaban información o nos daban información distorsionada. Y además fueron la plataforma que le servía a Rico y a los carapintadas para llevar adelante estas campañas de acción psicológica difundiendo que sólo venían por problemas de reivindicación militar, después que Alfonsín se había rendido…

Es más, tuvimos que montar de alguna manera estructuras de inteligencia que nos permitieran controlar los movimientos de los carapintadas, a partir de estructuras militantes que no solamente eran del radicalismo, sino también del peronismo que actuó muy solidariamente, sobre todo el de la renovación y otros espacios políticos. Por ejemplo, a la guarnición militar de Mercedes le impedimos el paso bloqueando el puente 5 volcando camiones y maquinarias de la Municipalidad de Luján [2]. Y a Campo de Mayo lo tuvimos que vigilar con ambulancias del PAMI, con equipos de transmisión operados por militantes, que a la vez operaban otros equipos, para interceptar las transmisiones de Rico con el resto de las guarniciones.

MM: También los tuvieron en contra previamente, como para anticipar esta situación…

LM: Los Servicios de Inteligencia no estaban para evitarla, sino para alentarla. Apenas nosotros pusimos en marcha las políticas de juzgamiento de los delitos de lesa humanidad, desataron una guerra contra nosotros. Eran los que llamaban a los colegios haciendo cundir el pánico con amenazas de bombas o ponían bombas de estruendo en los cines de la calle Lavalle. A nosotros nos amenazaban constantemente y cuando Alfonsín visita la guarnición militar de Córdoba en 1984, le pusieron una bomba en el camino interior del cuartel, que estalló cinco minutos después que pasó el auto.

Los Servicios de Inteligencia militaron activamente en la desestabilización del proceso democrático. Por eso nosotros tuvimos que dictar en el `85 el Estado de Sitio por sesenta días, donde fueron presos dos o tres periodistas vinculados a los servicios. Era lo más oscuro, lo más tenebroso, lo más difícil de conducir. A pesar de haber puesto al primer secretario civil que tuvo la SIDE, con eso no se resolvía el problema. Y cuando se produce lo de Rico, militaron a favor suyo, obviamente.

MM: Fue un intento de Golpe, pero a Rico no le daba para estar al frente del mismo ni para ser “presidente”. ¿Quiénes alentaron a ese personaje?

LM: Ahí hay que ver el papel de Menem. Habría que ver si soñó con un adelantamiento de elecciones o alguna cosa por el estilo. Alguna razón llevó a que desapareciera por esos días y que claramente se establecieran vínculos entre el menemismo ortodoxo y los sectores carapintadas.

Concuerdo en que Rico no estaba en condiciones de encabezar un Golpe de Estado en términos tradicionales. Es más, estaba catalogado por muchos de sus compañeros de armas como un “loquito” y en una reunión con un grupo de coroneles lo descalificaban como líder militar. Creo que hubo señales del menemismo, claramente el poder económico no estaba detrás de Rico, como tampoco creo que haya estado la Embajada.

De todas maneras, uno siempre piensa en el papel de la CIA y sabemos que en Estados Unidos hay poderes permanentes, que están por encima de las circunstancias políticas. En términos de política, creo que la única terminal la tenían con el menemismo, que estaba muy golpeado por el triunfo de Cafiero en la interna y que aparecía como la alternativa a Alfonsín. Y si eso era así, no había posibilidad de que se detuvieran los juicios porque Cafiero estaba comprometido con esa política.

Entonces, la derecha quería que ese proceso se interrumpiera y apostó a desestabilizar no sólo a Alfonsín, sino al proceso de renovación del peronismo, porque eso aseguraba la continuidad democrática.

MM: ¿Cómo analiza cuando se los llama Héroes de Malvinas en la Plaza? ¿Fue un desliz? Observando los videos de ese discurso, ahí es cuando se produce un chiflido generalizado.

LM: Sí, se escucha ese silbido… Conociendo a Alfonsín, pocas cosas pueden ser un desliz. Creo que lo dijo deliberadamente, probablemente por dos razones. En primer lugar había quedado influido por un diálogo que había tenido con un capitán cuando termina la charla con Rico. Ahí le dice que ellos habían combatido en Malvinas, que no habían querido herir el proceso democrático, que los habían llevado a eso y se pone a llorar. Creo que eso pudo haber influenciado en el ánimo de Alfonsín. Y además me parece que siempre se cuidaba de no herir. Llevar adelante los juicios y el accionar de la CONADEP, que desnudaba todo lo que habían realizado y los exponía a una situación de escarnio, era ya suficiente motivo para que Alfonsín cuidara algunos aspectos en esa relación con las FFAA. No quería que se transformara en una relación de ataque y removiera –incluso– algunos gestos que habían tenido a favor de la Patria, como podría haber sido lo de Malvinas.

Se manejaba en ese sendero muy finito. ¿Qué sentían las FFAA del gobierno de Alfonsín? Que era un gobierno que había venido a destruirlas y pulverizarlas. Ese era el caballito de batalla de toda la derecha y los servicios. “Es un marxista escondido que viene a destruir las FFAA” decían, y él venía a juzgar a los genocidas, no a destruir a las FFAA. Era difícil hacerlo entender, porque les quitabas el privilegio de ser juzgados por la justicia militar y los pasabas a la órbita civil o exponías, con la CONADEP, todo lo que había ocurrido en los centros clandestinos. Era una puja en términos de discusión cultural hacia el interior de las FFAA. Y entonces creo que dijo esa expresión como para separar un poco.

GK: ¿Ese discurso fue consensuado con alguno de ustedes?

LM: No. Alfonsín aterrizó en el techo de la Casa Rosada y se fue directamente al balcón. Igual que la decisión de ir, que la tomó él, a pesar de algunos que le dijeron que era un disparate, por si lo tomaban prisionero. Esas dos decisiones las tomó él. Ni siquiera habló con nadie.

1 - Histórica movilización convocada por la CGT contra la Dictadura Militar.
2 - Miguel Prince, el intendente de Luján en 1987, pertenecía al peronismo.

RELAMPAGOS. Ensayos crónicos en un instante de peligro. Selección y producción de textos: Negra Mala Testa Fotografías: M.A.F.I.A. (Movimiento Argentino de Fotógrafxs Independientes Autoconvocadxs).