PILAR ROCA DENUNCIA EL HOLOCAUSTO ANDINO.

(WINSTON ORRILLO)

“José Gabriel Condorcanqui Noguera, Túpac Amaru, el último y más infortunado de los Incas, cuyo martirio y muerte celebran, sin saberlo ni olerlo, los colonialistas de todas las épocas y de todas las religiones, es –paradójicamente- el más afortunado al mantener vivo su recuerdo.
Pilar Roca, productora de cine y acuciosa investigadora social, ha puesto en circulación varios libros que tratan de bosquejar la verdadera imagen del Inca, no sólo desde el punto de vista historiográfico, sino de su trascendencia en las distintas ramas del saber humano.
Pocos saben, eruditos o profanos, que Túpac Amaru y su primo Diego Cristóbal, fueron los verdaderos libertadores de los esclavos, cuyo mérito mayor es atribuido a José de San Martín y, principalmente, a Ramón Castilla, quien compró la libertad de los cautivos con el dinero del guano. El libro Holocausto Andino, basándose en fuentes históricas, asegura que José Gabriel fue el primero en dar la libertad a los cautivos integrados a sus filas; y Diego Cristóbal continuador de la gesta, liberó a todos los cautivos.
Lamentablemente, ese bastión de los derechos humanos, terminó derrumbándose debido a la vesania de la que hicieron gala los colonialistas españoles, y la humanidad tuvo que esperar varios siglos para que la esclavitud terminara en todo el orbe.”
Federico García

Y así como la revelación que hace, en el prólogo, Federico García Hurtado, y que hemos usado como necesario, largo epígrafe, el presente volumen Holocausto Andino –publicado por Juan Gutemberg Editores Impresores E.I.R.L., Lima, 2016, contiene varias revelaciones que la autora hace, no como meras especulaciones, sino basada en historiadores de la talla de Luis E. Valcárcel, Atilio Sivirichi y/o Boleslao Lewin, amén de una pléyade de estudiosos de similar calibre, quienes coinciden en relevar que el Grito de Tinta –como lo calificaron- fue, como afirma F.G., un momento decisivo para independizar el continente; pero –concluye la cita- “No hubiera sido posible hazaña semejante sin el concurso de indios, mestizos, esclavos, curas , laicos y hasta fieles de otras religiones, que se alzaron en aras de la libertad.”
Es, éste un ímprobo trabajo, tendente a dejar en claro la suma de falacias que, en torno al Cacique de Tungasuca, se han emitido a lo largo de todos estos siglos, y como muestra basta el que no se haya querido reconocer el origen de nuestro protagonista quien, como Inca Rey, se puso al frente de una verdadera gesta continental que, en realidad, conduce a la creación –nueva afirmación de F.G.- del primer Frente único, que se transparenta en la convocatoria -sin excepción alguna- de criollos, mestizos, curas, indios y esclavos, para integrarse al Abya Yala –que es el nombre verdadero y vernáculo de América- a fin de lograr su independencia plena.
Esto fracasó porque los intereses creados, entonces como ahora, son omnímodos, y se pusieron, finalmente, al servicio de los dominantes, los hispanos, en aquel tiempo.
Pero eso no obsta para que Pilar, con minuciosa prosa incantatriz, nos conduzca por los meandros de la lucha del Inca como pionero de los derechos humanos y laborales, al condenar, no líricamente, sino con las armas en la mano, los traslados forzosos de personas, aldeas y pueblos a lugares distantes de sus terrenos originales, lo cual produjo una mortandad fácilmente imaginable por los consiguientes cambios de hábitat.
Igualmente, José Gabriel fue un enemigo del trabajo forzado en minas y obrajes, haciendas y estancias –lo que, letra muerta- era prohibido por las metafóricas “Leyes de Indias”. Y si bien es cierto que los “trabajadores forzados” recibían un mísero salario, éste, obviamente, no cubría sus necesidades, con lo que ellos quedaban empeñados de por vida, pues no podían, en modo alguno (suena irónico “honrar sus deudas”) lo que los volvía prácticamente esclavos. Mientras tanto, los mineros, por las enfermedades contraídas en los insalubles socavones, salían agónicos o ya cadáveres.
Un aspecto cardinal del importantísimo volumen que reseñamos, es su inmersión en el terreno cultural, que nos demuestra que nuestros antepasados manejaban un sistema propio para, verbi gratia, edificar casas y edificios, con un gran desarrollo de la cultura de la piedra, abandonada por los españoles, con la sustitutción del adobe y barro, lo que condujo a obvias y precarias duraciones, en comparación con la integérrima calidad del pensamiento ingenieril tawantinsuyano, y sus incólumes materiales.
Asimismo, el presente libro incide en la original cosmovisión andina, y su primordial trabajo comunal –ayni, minka, mita- que fueron degenerados por los invasores.
Y…los derechos de la mujer y la cultura andina
José Gabriel fue un adelantado en muchísimos aspectos, pero uno de ellos no puede dejar de ser citado: el de la justicia con los derechos de las mujeres, que, en la gesta de 1780, las tuvo, como militares en acción, en campaña, como juezas, administradoras de los territorios liberados, estrategas y planificadoras, no solo a la conocidísima Micaela Bastidas, sino a Cecilia Túpac Amaru o a Tomasa Tito Condemayta, quienes no solo fueron diestras en la guerra, sino que ejercieron comandancia de ejércitos. Y su papel fue cardinal, tanto que circula, con razón, aquello de que el Inca, por desoír el consejo lúcido de Micaela, no aisló al Cusco, y lo tomó, con lo que el curso de la historia hubiera sido radicalmente distinto…
Túpac Amaru, asimismo, fue un gonfalonero de la cultura andina, en sus aspectos de pensamiento y arte, y una de sus preocupaciones entrañables fue, nueva cita de F.G., “mantener vigente el legado tawantinsuyano, a través de la música, la pintura y el arte en general, como lo atestiguan sus contemporáneos” Una de las pruebas cardinales de lo anterior es que José Gabriel hizo representar el drama Ollantay en la explanada de Q´enqo, en el Cusco, y promovió a los retratistas y pintores para que plasmaran lienzos alusivos a las batallas o personajes de la época”
El volumen, en fin, pleno de revelaciones, retrata al Inca libertador y el mundo que heredara, donde se incluye la discusión entre Bartolomé de las Casas y Gil de Sepúlveda, acerca –nada menos- que de la condición humana de nuestros antepasados.
La segunda parte del libro, nos muestra lo que viviera el Inca desde 1740, con la revolución de Juan Santos Atahualpa, la del mismo T.A. y la de su primo Diego Cristóbal, y todos los horrores y sumas crueldades que padecieron las poblaciones originales, no obstante lo cual, en pleno siglo XXI, como escribiera el gran poeta Alejandro Romualdo, no pudieron matarlo, es decir, liquidar sus reinvindicaciones económicas, sociales, políticas y artísticas.
Parte no menos esencial de este libro –desde ya imprescindible para todos los que quieran saber los orígenes y la vigencia de nuestro Inca Rey- es el fundamental trabajo de la autora para desmitificar las mendaces campañas, aún vigentes, para minusvalorar a nuestro pulquérrimo héroe, motivadas por lo rastrero de sus concepciones que, no por ello, hay que dejar de denunciar como fenicias y, particularmente, dolarizadas.
Pilar Roca ha logrado una obra que, sencilla y fundamentalmente, la consideramos como necesaria, en momentos en que el Perú, nuestro entrañable país, parece seguir hundiéndose en el cenagal de la antipatria.
Ella, asimismo, autora de libros como Terror en los Andes, la violencia como sistema en el Perú Colonial y Venezuela bajo la lupa, con Federico García Hurtado, ha colaborado en otra joya como Pachacútec: una aproximación a la Cosmovisión Andina,2004 , y la narrativa Ayataki, canción por los muertos.
Asimismo, su labor como cineasta, sería muy larga de enumerar, y nos basta señalar que, la suya, es una labor cardinal en la nueva visión destinada a enseñarnos a mirar el Perú con ojos distintos…y distantes de todas las trapacerías realmente existentes en esa área cultural.