Perú. Arturo Corcuera. Taumaturgo de la Memoria

(Winston Orrillo)

El poeta ya no está, pero nos dejó bien premunidos de lo que fuera su feraz vida, su creación impertérrita, su talento múltiple, pues, por momentos, su prosa –periodística, memoriosa- es asimismo poesía.

“Hoy día de mis funerales, les dejo a todos equitativamente mi cuerpo injuriado/ por los años, los vientos y los pájaros./A Rosi, m i mujer, le dejo mis labios besados por la muerte, esa desconocida…./A los hijos, mis ojos nunca cerrados (ni cuando sueñan)…// El madero vacío, a los gusanos,( siento decirles que se quedarán sin cena)./ A los amigos mi última broma: no les dejo nada. Les dejo todo: el encargo de/incinerarme” Balada del pequeño legado a propios y extraños” AC

Lo que nos permite, por momentos, acceder a este libro de memorias, como a un largo poema en prosa, en el que medran tirios y troyanos, pero, especialmente, personajes del arte y la cultura, no solo de nuestro lar, sino del mundo entero, porque una de las características de nuestro autor fue la de ser un viajero incansable: recitales, congresos, eventos, a lo largo y ancho del Viejo y del Nuevo Mundo.

Leer Vida cantada. Memorias de un olvidadizo (La Mula, Lima, 1917) es como una presea a la que habrá que acudir con frecuencia, permanentemente, porque en ella no solo encontramos la viva palabra del bardo, sino un panorama de lo que fueran ese más de medio siglo que abarca su creación literaria.

Mucho de lo allí consignado, se puede aplicar a su misma obra y vida ininterrumpidas; por ejemplo, cuando lamenta la ausencia del gran bardo ecuatoriano Jorge Enrique Adoum escribe: “La poesía está de duelo. Se ha empobrecido el planeta”.

Exactamente lo que diríamos sobre él. E, igualmente, allí están los retratos de los compañeros, de los colegas en la tarea de rescatar lo bello del universo en el que nos ha tocado vivir. Verbigratia lo que él escribe sobre nuestro irremplazable Alejandro Romualdo: “Jano, que tu poesía continúe sacando ronchas; nacida para las multitudes, que nunca en el rumor de las voces populares descanse en paz.”

Algo que nunca deja de fascinarnos es la maestría del poeta para trabajar en/ con las palabras. V.gr. si el presente volumen es sobre la memoria –son sus Memorias- estaba bien lo de Vida contada, pero no: él escribe Vida cantada, con lo que nos quiere decir que el canto y la poesía se unimisman con su diario discurrir.

Y eso es lo que hallamos en este volumen sui generis. Una panorámica de su propia existencia, insertada en el siglo XX, desde la década de los treintas hasta, prácticamente, la segunda década de la presente centuria.

El volumen comienza con su nacimiento –en el hoy amenazado puerto de Salaverry- un retrato minucioso de su entorno familiar y acerca de ese sino viajero que lo acompañara desde la infancia, y que él nos transmitiera incesantemente.

Y, sobre todo, en el libro hallamos numerosas poéticas, que obligan –a todo el que quiera escribir sobre él- a adentrarse en la presente lectura.

“Poesía de experimento, en la que sometiéndome al rigor de la rima y el metro, me doy todas las libertades. Invento, remacho, disuelvo, distorsiono, juego con las palabras. Apelo a la jerigonza, al trabalenguas, al balbuceo, a los efectos onomatopéyicos, en mi afán por escribir jugando y jugar escribiendo. He dicho alguna vez y lo repito: ``El poeta se acaba cuando el niño muere”.

Asimismo, encontramos una –para muchos sorprendente- vena crítica en AC, como cuando escribe sobre Gabriel García Márquez, en su doble vertiente de creador y de hombre de principios:

”Hay que leer a Gabo porque él nos enseñó a conversar con los ángeles…porque su fantasía no tiene límites, sino pregúntenle a Remedios la Bella; porque Gabo no es un bailarín de sociedad, que cosecha aplausos de la farándula; porque defiende la condición humana y los Derechos sagrados del Niño; porque no se ha dejado seducir por los discursos de la estatua de la libertad y el fulgor de sus reflectores…porque fue un hombre de principios, sin medias tintas ni claudicaciones ni retrocesos; porque es solidario con los pueblos que se enfrentan a la opresión, dispuestos a modelar su propio destino; porque la sencillez y el sentido del humor caminan juntos en él; porque hizo de la crónica periodística una flor, un diamante, una cascada luminosa; porque es un maestro mágico, liróforo celeste en toda la extensión de la palabra; porque Macondo existe…”

¿No es verdad que parece que estuviera hablando sobre sí mismo, frente al espejo de sus poemas?

Porque nuestro Arturo es la solidaridad misma, no solo con los pueblos que ya han logrado su libertad, sino con aquellos que están en trance de hacerlo como los bienamados saharauis.

En fin, los retratos inolvidables de Javier Heraud y de, por ejemplo, la inefable Ángela Ramos: “Hueso duro de roer, a la muerte le debe haber sido muy difícil matar a Ángela Ramos.

Y sus palabras sobre Tito Hurtado y Fidel y el Che y Blas de Otero, y Gustavo y Violeta Valcárcel, y Eduardo Gonzáles Viaña, y Marcos Ana, Justo Jorge Padrón, Vicente Aleixandre, Jristo Botev y Liubomir Levchev, entre muchos otros.

Y los obituarios, como el que dedicara a don José Gálvez, el inolvidable “Poeta de la Juventud”: “Regresará el maestro cada vez que la patria lo necesite. Regresará en las nuevas generaciones que se han empapado de su ejemplo. Regresará de la mano de González Prada, de Vallejo, de Mariátegui, para inaugurar –en una aurora cercana—la primavera en el Perú.”

En fin, un volumen de lectura obligatoria, donde aparecen no sólo los grandes, como el Dr. Raúl Porras, quien se negara a firmar, en Costa Rica, la orden para expulsar a Cuba de la OEA, a sugerencia de la poesía joven del Perú –encarnada por una misiva que le enviara AC-y frente a la orden de ese otro perro faldero de imperio, que era el entonces presidente, Manuel Prado Ugarteche; sino también pequeños y advenedizos personajes como algunos críticos literarios de pacotilla.

El volumen tiene una carátula genial, que reproduce a AC al timón del mítico “Platero” un Ford del año 32, en el que aparecen Javier Heraud, Tato Escajadillo, Tilsa Tsuchiya, Toño Cisneros, José Saramago, Chabuca Granda, César Calvo y Reinaldo Naranjo, amén de la entrañable Rosi Andrino de Corcuera.

Y no escribo más. Orden del Día: leer este volumen, tan pronto como se pueda.