Palabras de la Embajadora de Nicaragua en Perú, Marcela Pérez Silva, en el 38º aniversario del Triunfo de la Revolución Sandinista.

19 de julio: fiesta de la memoria. De la victoria del pueblo. De la esperanza renovada como los malinches en flor de cada invierno. En todos los rincones de Nicaragua se empuñan las banderas. Rojinegros, los corazones se hacen a la mar. En carretas, en buses, en camiones enrumban hacia el lago Xolotlán los constructores de la utopía. Nadie se queda dormido, nadie falta a la cita. Ríos de humanidad surcan el territorio de la patria liberada y la van acariciando, despertando, entusiasmando. Le hacen cosquillas por sus caminos de tierra, se empapan de su lluvia, rugen como sus volcanes. Una sola voz, un solo latido: "la lucha es el más alto de los cantos". Treinta y ocho diecinueves, ya. ¡Viva Sandino! Los héroes vuelven a vivir: celebran con nosotros las nuevas victorias.

La historia de la Nicaragua Libre comienza el 19 de julio de 1979. El pueblo insurrecto derrota a la dictadura que ya llevaba 47 años en el poder. Dos días antes, el último de los Somoza había huido en su avión privado, llevándose los lingotes de oro del Banco Central y los ataúdes de su hermano y de su padre, el asesino de Sandino.

Augusto C. Sandino (1895-1934), el General de los hombres y las mujeres libres, se alza en armas en 1927 contra la intervención militar norteamericana en Nicaragua. "No me vendo ni me rindo. Yo quiero patria libre o morir", contesta Sandino cuando Moncada pacta con los Estados Unidos y le propone deponer sus armas a cambio de 10 dólares el rifle. A partir de ese momento, lo que era una guerra civil entre liberales y conservadores se transforma en un amplio movimiento de liberación nacional. Patriotas versus invasores. Al frente del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional, Sandino libra una lucha desigual que durará seis años, contra seis mil soldados, treinta y seis buques de guerra y la aviación del cuerpo de marines, usada por primera vez en la historia contra un ejército irregular. "El pequeño ejército loco", como lo llamó la poeta Gabriela Mistral, compuesto por campesinos descalzos, obreros mineros, artesanos desarrapados y heroicas mujeres dispuestas a correr la misma suerte, logrará derrotar a las fuerzas de ocupación y obligará a la marinería yanca a retirarse del territorio nacional.

Se van las fuerzas estadounidenses el primero de enero de 1933, para gloria de Sandino. Es la primera victoria del sur sobre el norte. Se van los marines, pero dejan a la Guardia Nacional: un ejército de tropas nativas, subordinadas a las órdenes de Washington, e instalan de Jefe Director a un hombre de su entera confianza: Anastasio Somoza García. El fundador de la estirpe sangrienta es un soldado yanqui de origen nicaragüense al que le encomiendan la misión de asesinar a Sandino.

En 1934, tras la firma de los Convenios de Paz, el presidente Sacasa ofrece una cena al general Sandino y su Estado Mayor. Ni bien salen de la casa presidencial son detenidos en la loma de Tiscapa por la Guardia Nacional, y asesinados a traición. El crimen, planificado desde Washington, se ejecuta por orden de Somoza.

A partir de entonces, la dictadura lo cree muerto. Durante los años que siguen a su asesinato, se prohíbe hasta pronunciar su nombre. Sin embargo, Sandino es un espectro omnipresente que le recuerda a la nación su victoria frente al imperio. Su sombrero alón simboliza la idea misma de la patria libre. Su sola mención es un dedo acusador sobre el tirano.

En 1979 vuelve a entrar Sandino a Managua “bajo lluvia de flores” como él mismo lo había anunciado. Y junto a él entra el pueblo: "el carretonero, el carbonero, el zapatero remendón, el busero gordo, la vende vigorón y la sombreruda vende baho, la vende chicha helada, la lavandera con las manos blanquiscas de jabón…" los convocados por Leonel Rugama, el poeta.

Junto al General de los hombres y las mujeres libres vuelven sus ideales de Patria y Libertad, de justicia social, de solidaridad, rescatados por la Revolución sandinista. Y vuelve Sandino con los muchachos, con las guerrilleras, con los combatientes, con las monjas revolucionarias. Vuelve con los internacionalistas, con las campesinas, con los alfabetizadores, con los comandantes poetas. Vuelve con los que piensan que hay que ser "Implacables en el combate y generosos en la victoria". Con los que están convencidos de que entre "Cristianismo y revolución no hay contradicción".

Vuelve Sandino en la recién estrenada democracia. En las primeras elecciones libres de la historia de Nicaragua. En la Constitución nacida de la Revolución, que garantiza el pluralismo político, la economía mixta y el no alineamiento en política internacional. Vuelve Sandino en la Cruzada Nacional de Alfabetización, que redujo del 65% al 12% el analfabetismo; vuelve en las campañas de vacunación; en la reforma agraria y en la reforma penitenciaria; en la Autonomía de la Costa Atlántica; vuelve en el Ejército y la Policía Sandinistas: los "centinelas de la alegría del pueblo", como los llamó Tomás…

Diez años duró el primer Gobierno sandinista. Diez años de luchar por construir el Reino de Dios en la tierra. La utopía socialista. Pronto volvió Nicaragua a ser acosada por el imperio que no perdona el menor atisbo de desobediencia, de soberanía. El país más poderoso de la tierra nos volvió a hacer la guerra: minó nuestros puertos, atacó nuestro centros productivos y nuestras terminales petroleras, mató a nuestros alfabetizadores y a los médicos cubanos que llegaron a prestar su ayuda. Ronald Reagan creó, armó y financió a la contra: un ejército de 18,000 hombres, mucho más grande que lo que fue jamás la Guardia Nacional, con el fin de desgastar a la Revolución. En 1986 la Corte Internacional de Justicia de La Haya condenó a Estados Unidos por sus actividades militares y terroristas, a resarcir a Nicaragua en 17 mil millones de dólares. Sentencia que jamás se cumplió y que sigue vigente por tratarse de un delito de lesa humanidad.

Con 50 mil muertos, 100 mil heridos y 250 mil desplazados, Nicaragua convocó a elecciones. No podían ser democráticas unas elecciones en las que el pueblo acude a las urnas en medio del terror. Finalmente el FSLN fue derrotado frente al imperio. Y, por primera vez en la historia una revolución que llega al poder por las armas lo entregó en las urnas, en un proceso limpio y transparente.

17 años después, el pueblo hastiado de tanto atraso, revanchismo y corrupción que trajeron los gobiernos neoliberales, volvió a darnos su voto y el mandato del poder. Esta es la única revolución que ha regresado al gobierno. No por casualidad ni solamente por la justeza de su proyecto, también por la capacidad de su dirigencia. Siempre negociando correctamente la coyuntura, sin sacrificar los principios, en el marco de la geopolítica regional y universal.

Por eso hoy 19 de julio, aniversario de esa gesta maravillosa que marcó la historia de América Latina y el despertar de las conciencias de mi generación, en esta fiesta anual de la esperanza que se renueva, mi corazón está en Managua: hecho bandera, hecho canción, hecho alegría desafiante.

Cien mil banderas rojinegras recibirán hoy a Daniel y a Rosario en esa plaza en la que no cabrá un alfiler. Cien mil almas honrarán a nuestros fundadores, a nuestros héroes, a nuestros mártires. Y a la cabeza de los que irán llegando armados de entusiasmo y convicciones, a pie o en camiones, sobre los techos de buses repletos o en carretones cargados de chavalos, con paso firme marchará el General: bajo lluvia de flores, más vivo que nunca, indetenible hacia las nuevas victorias, con su grito de combate de

"¡Patria libre o morir!”