Narcotráfico

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La industria del narcotráfico está en EUA

* No la dominan los capos colombianos ni los capos mexicanos * El mayor lavado de dólares lo hacen grandes bancos estadunidenses: Ramón Martínez

Isabel Soto Mayedo / Prensa Latina

plmexico@prensalatina.com.mx

La presunta cruzada contra el narcotráfico desplegada por Estados Unidos en América Latina y los enfoques geopolíticos de la estrategia seguida por ese país hacia la región durante más de dos siglos, son harina del mismo costal.

En nombre del combate a la problemática –que cada año genera cifras superiores a los 320 mil millones de dólares en el mundo–, los gobiernos estadunidenses desplegaron en la zona bases militares, sistemas tecnológicos de punta, armas de todo tipo, buques de guerra, y miles de soldados.

Estas fuerzas contribuyeron a presionar gobiernos, ejercer el control político sobre movimientos sociales populares y poblaciones enteras, en tanto promovieron patrones de vida y conductas acordes al modelo imperial para viabilizar la dominación en el orden cultural.

La ofensiva contra el narcotráfico en el área resulta cuestionable, porque la producción de drogas en ésta queda por debajo de los niveles registrados en Afganistán, en Myanmar (otrora Birmania) y Asia, según datos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

Hasta la utilización del término narcotráfico, reiterado por las transnacionales de la comunicación y referido sólo a la producción y comercialización de escasas drogas ilegales como la marihuana, morfina, o cocaína, muestra la ambigüedad de la campaña desatada contra el flagelo.

En opinión del historiador cubano Luis Suárez Salazar, este apelativo induce a excluir del análisis a los barbitúricos, anfetaminas y analgésicos, cuyo uso es avalado por las autoridades, u otras sintéticas o socialmente aceptadas, como el alcohol.

La reducción de la cuestión a ese punto soslaya eslabones esenciales como el consumo, demanda, producción, procesamiento y trasiego de insumos industriales fabricados de manera legal, imprescindibles en la elaboración de drogas a partir de fuentes naturales y sintéticas, añade.

También excluye el financiamiento, almacenamiento, transporte de drogas y el lavado de dinero, actividades asociadas con empresas autorizadas sin cuyo concurso sería muy difícil crear esas mercancías y mover los capitales y ganancias resultantes del delito.

Narcotráfico, mecanismo de dominación

Los adalides de la supuesta batalla antidrogas impulsaron de manera secreta este mercado ilegal, concebido como mecanismo de control social e implementado con tal de captar ganancias y mantener la hegemonía en lo que consideran hace mucho su traspatio.

Este criterio es sustentado por Suárez Salazar, el colombiano Ramón Martínez y el argentino Marcelo Colussi, quienes de forma indistinta prueban la implicación directa de los poderes financiero, político, mediático y militar de Estados Unidos. Estadísticas acopiadas por la ONU reflejan que el narcotráfico devino en uno de los grandes negocios del mundo y las cantidades de dinero que mueve son tan altas como las de la industria del petróleo o más que las de la informática.

Pero lo más preocupante en esta historia es el papel que ejerce como mecanismo regulador de las fuerzas sociales populares y el manejo que de este resorte realizan los interesados en avasallar naciones.

La cuestión puede ser enfocada de diferentes maneras por cuanto posee distintas aristas, pero Martínez sugiere iniciar los análisis desde la perspectiva de la política de dominación del imperio, algo manifestado en reiteradas ocasiones por Suárez Salazar.

Una vuelta a las páginas de la historia recuerda que el expresidente James Monroe (1817-1825) fue el primero en defender la expansión territorial hacia el oeste para contener la influencia europea y crear condiciones con vistas a avanzar hacia Suramérica.

Tales planteamientos expresaron la convicción en el Destino Manifiesto, legada por los padres fundadores de la nación norteamericana, quienes preconizaron la pretendida exclusividad y derecho de ésta a ampliar su dominio espacial hasta por medio de la fuerza si fuera preciso.

Manifestaciones tempranas de esas creencias fueron el despojo de tierras contra los indígenas norteamericanos, la agresión y usurpación de más de la mitad de México (1836-1848) y la imposición a Nueva Granada del Tratado Mallarino -Bidlack (1848).

Con el tiempo proliferaron los ejemplos de esta política expansionista, que apeló a veces a mecanismos económicos, políticos, culturales y religiosos, al estilo de la avanzada anexionista integrada por misioneros protestantes que llegó a Cuba y Puerto Rico, al iniciar la vigésima centuria.

En el "siglo de los vientos", como lo calificó el ensayista uruguayo Eduardo Galeano, las sutilezas marcharon unidas a las acciones agresivas contra los pueblos latinoamericanos, cada vez más rebeldes y decididos a defender su derecho a la libre determinación.

La pujanza de los movimientos liberadores, la impronta de gobiernos antimperialistas, el fortalecimiento de los movimientos sociales populares y otras expresiones de resistencia, obligaron a rediseñar políticas. El narcotráfico apareció en este contexto y ganó categoría de huracán ante la necesidad de sobrevivencia de muchos, que frente a la falta de oportunidades, creyeron ver en éste la posibilidad de mejorar.

Los medios de difusión masiva también hicieron su parte, al redoblar los espacios dedicados a abordar el asunto y al tratarlo de modo ambiguo.

Otras paradojas

Estados Unidos pretende erigirse en el principal enemigo del narcotráfico, pero sobre todo, puertas afuera de su jurisdicción: sigue siendo el mayor consumidor y el que más marihuana legal produce en todo el mundo.

En tanto, prosigue la estrategia de culpar a los pueblos sureños de propiciar el consumo y por extensión, el ataque a sus gobiernos, máxime si éstos chocan con las ansias hegemónicas de sus vecinos.

El narcotráfico es el nuevo demonio que recorre Latinoamérica, suplantando a concepciones que Washington etiqueta de seres terribles, como el comunismo o la teología de la liberación.

En nombre de la guerra contra él sucedieron intervenciones militares, injerencias controladoras a lo Agencia Antidrogas (DEA), Plan Colombia o Plan Puebla Panamá.

Igual, continúan las amenazas contra los países suramericanos productores de hoja de coca, donde ésta es procesada con ciertos químicos y llevada a cocaína para satisfacer la demanda norteña.

La persecución eleva los costos de producción y la tentación por lo prohibido, en tanto crecen las ganancias de quienes crearon este mercado. Ganadores y perdedores están bien definidos. Contrario a lo que muestran los emporios mediáticos, toneladas de drogas y las más fuertes sumas de dinero viajan rumbo Norte.

"La industria del narcotráfico no la dominan los capos colombianos ni los capos mexicanos. La industria del narcotráfico está en Washington, está en Estados Unidos", asegura Martínez.

Para el colombiano, el mayor lavado de dólares lo hacen grandes bancos estadunidenses y ello es apenas una señal de la deshumanización y degradación de los que terminan ligados al fenómeno, pese a comprender que con ello acortan sus vidas.

El show mediático refleja sólo riquezas alrededor de los narcotraficantes, sin embargo vendedores callejeros, mulas internacionales, capos, sicarios, cadenas de mafias, empresarios, funcionarios y policías corruptos enrolados aprenden que sus días están contados.

La trasnacionalización del mercado de la droga implica a todo el mundo, pese a ello la incidencia estadunidense prevalece: su presencia en el principal productor de amapola para elaborar heroína (Afganistán) facilita explotar el negocio a la par del gas, esencial para su equilibrio energético.

De un extremo a otro, la estrategia asociada al narcotráfico arroja luces sobre su esencia geopolítica y la insistencia en abusar de la represión como mecanismo contentivo del trasiego, lo reafirma.

El círculo vicioso parece irrompible, pero cada vez es más nítido el manejo político del tema y la certeza de que puede acabar si es aniquilado el poder que le da rienda.

Las tendencias del narcotráfico en AL

Ricardo Soberón / Agencia Latinoamericana de Información

info@alainet.org
www.ciddh.com

Los países de América Latina se encuentran cada vez más comprometidos en la geopolítica del narcotráfico, sea por la violencia descontrolada, la corrupción institucional o la simple ineficiencia de las agencias encargadas de reprimirlo.

Cada vez más, el delito asociado a actividades comerciales ilícitas crece en cantidad y calidad, precisamente cuando se cumple el 50 aniversario de la Convención Única de Estupefacientes de 1961, y el próximo año se cumplen los 100 años de la Convención del Opio de 1912. Aparentemente, ha mutado de forma de poder evadir los controles diseñados en esa oportunidad histórica. Es por ello muy importante volver a dibujar los marcos teóricos y fácticos que determinan la actual composición del fenómeno, de manera que puedan alimentar adecuadamente las políticas públicas del futuro.

Para efectos de este artículo, incluiremos bajo este concepto, todos los componentes que comprenden este circuito económico ilegal, así como la comunidad de actores que participan en él, o en su represión. Los cultivos, rutas, escenarios de tráfico y acopio, entre los más importantes. La segunda década del siglo XXI, tiene algunos patrones que van delineando los nuevos elementos que configuran este fenómeno global, en el contexto de México, América Central y el Caribe, la región andina y el Cono Sur. Ellos son:

1) Las sociedades rurales del tercer mundo han encontrado la manera de adecuarse a los nuevos tiempos de la globalización en el siglo XXI, integrándose al circuito del libre mercado participando a través de su incorporación a economías agrarias ilegales: tal es el caso de no menos de 300,000 campesinos en los Andes sudamericanos que participan como proveedores de materia prima: coca (200,000 hectáreas), amapola (1,500 hectáreas) y marihuana (no menos de 1,000 hectáreas), que proveen para los mercados regionales internacionales. Cada vez más, la hoya amazónica se verá confrontada con una progresiva y desordenada colonización incentivada por las economías ilícitas lo que va a ocasionar no solamente su rápida destrucción sino el involucramiento progresivo de sus sociedades rurales ancestrales en esta vorágine asociada a la criminalidad.

Las relaciones entre pobreza, marginación, conflicto y narcotráfico, después de 25 años de discusión y debate son más que evidentes1. A guisa de ejemplo, a pesar del Plan Colombia (2000-2005) y los severos golpes propinados a las FARC por sucesivos gobiernos colombianos, al no haber abordado los problemas de concentración de la tierra y la existencia de mafias locales, ha impedido resolver los problemas estructurales que permiten y facilitan la existencia de las FARC como una alternativa distinta, entre el campesinado.

Algo similar, podemos decir, ocurre en Perú. En 1980, surgió el grupo terrorista Sendero Luminoso y tras 20 años de una cruenta guerra interna, su líder, Abimael Guzmán cayó prisionero. 18 años más tarde, Perú pasa por un período de crecimiento económico sostenido, de estabilidad financiera que se deja sentir particularmente en la angosta franja de la costa peruana (Lima, Trujillo, Arequipa y Piura), mientras que las comunidades indígenas y nativas de Sierra Andina y la Selva Alta, respectivamente, conservan niveles muy inferiores en términos de desarrollo humano.

Curiosamente, en los dos principales valles de producción de coca asociada al narcotráfico, sobreviven las dos vertientes de Sendero Luminoso que mantienen su enfrentamiento con el Estado neoliberal representado por las administraciones de Alejandro Toledo (2001/2006) y Alan García (2006/2011). Esta guerra persiste encapsulada, mientras que las condiciones sociales y económicas que la originaron se mantienen intactas. Asimismo, las políticas basadas en la erradicación compulsiva de los cultivos ilícitos, mientras no aborden los problemas estructurales de pobreza rural, son inútiles y nefastas. He allí un enorme reto para el próximo gobierno.

2) La permanente fragmentación/segmentación de cada uno de sus fases, es una variable que caracterizará al narcotráfico de los próximos años. Desde el cultivo de plantas prohibidas hasta la exportación de sus productos finales, no solo distrae los esfuerzos estatales de interdicción, sino que permite una creciente participación en el circuito ilícito, de grupos socialmente vulnerables o que resultan excluidos del modelo económico global (jóvenes, migrantes, mujeres, provincianos).

Es el caso de los miles de migrantes sudamericanos que en su periplo hacia el norte desarrollado son objeto de chantaje o amenaza, por parte de grupos de traficantes, para exigirles el trasiego de pequeñas cantidades de drogas en sus cuerpos. Para los próximos años, el tránsito pequeño de drogas resultará siendo el mecanismo más eficiente y menos costoso para el crimen organizado, empleando ingentes cantidades de mano de obra y distrayendo los escasos recursos de control estatal.

La incapacidad penal de los Estados en focalizar su atención en el crimen complejo organizado, hace que se incremente el hacinamiento carcelario con los actores más vulnerables, como lo demuestra el crecimiento de la población carcelaria por delitos de drogas (especialmente mujeres)2.

Así, mediante el funcionamiento de la represión indiscriminada de las policías, la industria de las cárceles se va a ver beneficiada del mayor gasto en la construcción de infraestructura penitenciaria.

Este nuevo escenario sociológico de la economía de las drogas, incluye mayores áreas geográficas que se excluyen de la presencia de los Estados y la modernidad, tanto a nivel urbano (barrios marginales en todas las capitales y ciudades principales), como en espacios rurales distantes (especialmente en las áreas de frontera como es el Trapecio Amazónico).

Así, los grandes centros de desarrollo y modernidad urbanos del continente, estarán rodeados de grandes llanuras de pobreza, ilegalidad y violencia.

Es el caso de las comunas en Medellín, la “favela” de Rocinha en Río de Janeiro, las villas de Buenos Aires, la ciudad satélite de El Alto en Bolivia, o los barrios jóvenes del puerto del Callao en Perú, donde se enfrentan intereses delincuenciales concretos, ante la escasa capacidad de policías y fuerzas armadas. No tan lejos como para llegar a la idea de los Estados fallidos, los “espacios liberados” de la autoridad estatal crecerán en América Latina con la presencia de cientos de firmas, pequeños cárteles, pandillas y otro tipo de organizaciones criminales de tamaño reducido, asociadas al tráfico de drogas ilícitas.

3) La disminución de la cooperación económica internacional de Europa, Estados Unidos y los organismos internacionales, es cada vez más notoria –salvo iniciativas puntuales como la de Mérida o Colombia–, originando la muerte por inanición de organizaciones formales como la CICAD3 o la UNODC4. Esto deja sin posibilidades reales a los esfuerzos del desarrollo alternativo en el piedemonte amazónico.

En definitiva, esta situación representa la fractura definitiva del denominado Consenso de Viena que funcionó en el marco de los tratados internacionales antinarcóticos desde 1912, 1961, 1971 y 1988. Ello obliga a los Estados nacionales a comprometer recursos financieros más escasos o, dejando las estrategias locales supeditadas a acciones más simbólicas y menos eficientes.

Bajo este contexto, es claro que los países de América Latina debemos revisar nuestro modelo, paradigmas estrategias, políticas y leyes sobre drogas, sobre la base de lo que es posible, verificable y medible. Debemos poner fin a una “guerra sin sentido” propagada desde el Norte, para volver a nuestras raíces, a nuestros problemas de pobreza y exclusión asociados al uso y producción de sustancias ilícitas. Esto pasa también para redefinir los términos de intercambio y de negociación internacional con Europa, Asia y Estados Unidos.

4) Los patrones de consumo de drogas son imprevisibles ante las nuevas generaciones de jóvenes, mientras que las políticas oficiales son inocuas en su capacidad preventiva y/o disuasiva. Por otro lado, las nuevas generaciones de latinoamericanos están en medio de un modelo que alienta el consumo exacerbado a la luz del amplio abanico de sustancias con capacidades psicoactivas disponibles en los mercados: el precio seguirá bajando y la calidad seguirá subiendo, parece ser una tendencia indiscutible.

La incoherencia institucional de los Estados frente al uso descontrolado del alcohol y el tabaco, surte efectos en el nicho de las sustancias ilícitas, tanto de origen natural como las de procedencia sintética. Crecientemente, el abuso de drogas ilícitas muestra cifras alarmantes en el Cono Sur y en determinadas ciudades de América del Sur.

5) Con respecto al lavado de dinero, estamos en una situación en la que la expansión económica de algunas economías en desarrollo, como los propios períodos de crisis, hacen posible y menos identificable la existencia de múltiples mecanismos que permiten el flujo de capitales sucios o sospechosos. Las modalidades de lavado han crecido de cuando se preveía en el GAFI. Así, tenemos la presencia de compañías de paraísos fiscales secretas, no registradas, que proveen servicios considerados secretos, en denominados espacios de secretismo en los paraísos fiscales5. Hoy, actividades lícitas como construcción, turismo, sector exportador, son penetradas por el narcotráfico.

Así pues, estas cinco principales características son las que perfilan las nuevas formas que adquiere el narcotráfico en los territorios de América Latina. Ello obliga a que las nuevas instancias, como la Unión de Naciones Suramericanas las tomen en cuenta al momento de discutir las nuevas estrategias y políticas para abordar estos complejos problemas.

1 Ver los estudios de Paul Collier para Banco Mundial, recientemente el texto de Nick Crofts publicado en The Guardian, “Drugs and Development –caught in a viciouscycle” (7 de abril de 2011).

2 “Sistemas Sobrecargados –Leyes de Drogas y Cárceles en América Latina”, TNI y WOLA, diciembre de 2010.

3 Comisión Interamericana de Control de Drogas de la OEA.

4 United Nations Office on Drugs and Crime.

5 MURPHY Richard, “Out of Sight: What is a Tax Haven” April 4th 2011. http://www.lrb.co.uk/v33/n08/richard-murphy-ii/out-of-sight

De la inseguridad a la disolución social

Héctor Barragán Valencia

hector_barragan@hotmail.com

En los últimos 30 años la mayoría de los mexicanos nos hemos empobrecido: por aquí y por allá padecemos inseguridad. Nuestros trabajos son precarios y muy mal remunerados; nos angustian el desempleo y el subempleo; nos mortifica la carencia de seguro médico, de invalidez y de vejez… A todo este cúmulo de inseguridades y pesares se añade el miedo por nuestras vidas, temor que degenera gradualmente en pavor por una estrategia que privilegia el uso de las armas y la fuerza para contener el consumo de drogas que alguien decidió, con o sin razón, prohibir, o sea, no hacerlas lícitas.

¿Cómo llegamos a este punto de extrema inseguridad? La inseguridad económica fue ocasionada por una moda ideológica que erigió como nuevos dioses al libre mercado, al dinero, al individualismo rampante y a lo privado. Y condenó al quinto infierno a las acciones públicas o colectivas y a todo lo que tuviera que ver con el Estado y con las regulaciones sociales. Se nos adoctrinó que debíamos hacer las “reformas estructurales” para facilitar los despidos, para no cobrar impuestos a los ricos, para dejar en plena libertad a las empresas y en especial a los capitales especulativos. Y de esa forma, se nos prometió, que seríamos inmensamente ricos.

¿Cuál es el resultado? México se ha fracturado: de un lado, tenemos un puñado de súper ricos y, de otro, una clase media en extinción, así como un número creciente de pobres y miserables. Hace un par de meses, la revista Nexos publicó una encuesta que muestra una radiografía de los mexicanos: un pueblo en extremo desconfiado e individuos que sólo confían en ellos mismos y en su familia. Es decir, hemos perdido el sentido de comunidad, de pertenencia; es una especie de sálvese quien pueda o de todos contra todos: nadie respeta a nadie. Y si agregamos la falta de oportunidades y el prestigio que tiene hacer dinero a cualquier precio, un efecto es el auge de la economía informal y de la economía negra o criminal.

La inseguridad económica y la inseguridad física engendran miedo, y el miedo corroe la confianza y la interdependencia que son el fundamento de la civilización. Vamos hacia la disgregación, hacia la desintegración social. Ya hay síntomas de descomposición, tales como la especie de guerra civil que padecen varias regiones de México. Es hora de restablecer la acción pública para normar la vida económica y establecer un sistema de seguridad social básico, así como finalizar la guerra contra las drogas y enfocar esa lucha hacia la salud, la educación y la prevención para controlar su consumo.

El pacto con el narco

Lydia Cacho / CIMAC

twitter: @lydiacachosi

www.lydiacacho.net

“¡Que ya pacten con el narco y nos dejen en paz!”, escribió en mi blog un tamaulipeco que ha perdido a varios amigos adolescentes en manos de la guerra entre los cárteles.

Mientras más investigo la violencia, más se evidencia nuestra incapacidad para entender las complejidades de la narcoviolencia y la violencia de Estado. Las respuestas son siempre parciales y excluyentes.

Si criticamos las acciones del gobierno federal, otros argumentan que no cuestionamos a los gobiernos locales. Si evidenciamos a los gobernadores corruptos, ineficientes, sometidos o coludidos con el narco, se responde sobre la necesidad de eliminar a los maleantes a balazos, asumiendo que el sistema carcelario y los juzgados son cosa muerta e inservible.

Si se critica, no al Ejército, sino ciertas intervenciones o a determinados personajes militares que aplican la pena de muerte vestidos de verde olivo, resulta que somos pro-criminales.

Si evidenciamos las acciones anticonstitucionales y retrógradas de Genaro García Luna y sus montajes televisivos de juicios sumarios y confesiones sacadas a punta de tortura, somos antipatriotas.

La trampa de este ruidoso debate es para todo el país. Descalificar el análisis, el reconocimiento de la tragedia individual, los pequeños logros judiciales, la rebelión ante el derramamiento de sangre, nos deja sin herramientas para salir adelante.

Antes, el Estado postrevolucionario y autoritario tenía la capacidad de contener a los grupos criminales, particularmente a los traficantes, asegura en entrevista para el diario Reforma, Luis Astorga, especialista en narcotráfico.

Este analista de la UNAM nos pide no olvidar la historia. Fue el priísta Miguel Alemán quien como presidente en 1947 creó la DFS, una instancia con “poderes legales y fácticos” para comunicarse con los grupos delictivos y “premiarlos o sancionarlos, según su comportamiento”.

Justo fue el coronel Carlos Serrano, representante del Ejército, quien recaudaba los “impuestos del narco” para la Presidencia. Estas operaciones de colusión entre el poder unipartidista (PRI) terminaron en 1985.

Quienes vivimos en estados claves para el trasiego de droga, entendemos que durante 38 años los traficantes de drogas establecieron sus negocios con la venia presidencial y de los gobernadores que encontraron que ellos también podían “pasar la charola”. Léase los gobernadores de Tamaulipas, Baja California, Nuevo León, Chihuahua, Quintana Roo, etcétera.

Ya muchos colegas expertos nos han narrado cómo Osiel Cárdenas Guillén cambió el mapa criminal de México a fines de los 80 con la creación del brazo armado militar Los Zetas.

Por eso quienes vivimos esa historia dudamos de la pureza del Ejército, como si fuera la panacea; porque documentamos cómo esos soldados “Z” especializados se fueron con Osiel y ahora tienen asolado a buena parte del país con masacres, secuestros, violaciones, tráfico/venta de drogas y trata de personas.

Como Mario Villanueva, los gobernadores de Tamaulipas, Chihuahua, Durango y otros estados se sometieron al narco sin chistar.

Y aquí estamos, en un fuego cruzado de insultos y descalificaciones entre los priístas que crearon un narcoestado y los panistas que creyeron que con una guerra y sin estado de derecho podrían desarticular una red criminal que entreteje a gobernadores, alcaldes, procuradores, militares y criminales en todo México.

Y del PRD ni se diga, La Familia Michoacana se fortaleció ante la tibieza y corrupción de sus gobiernos; porque no podemos olvidar que La Familia fue cofundada por ex Zetas.

Entretenidos en su avaricia y posesión del poder, esos políticos avalaron la pobreza y la exclusión con una educación débil e inaccesible para millones. Luego se extrañan de que haya mano de obra para sembrar mariguana y amapola; o jóvenes sin futuro, carne de cañón de loscárteles.

Astorga nos recuerda que pedir un pacto es no sólo peligroso, sino absurdo. Es aceptar que el asesino viva en casa si promete no matar (mucho). Las masacres son “producto de la guerra entre las oligarquías criminales”, dice el experto.

El problema para quienes documentamos la realidad es que la intervención guerrera de Calderón sólo exacerbó la confusión y obnubiló nuestra mirada. Porque la impunidad sigue vigente, porque los políticos corruptos de diversos partidos y niveles así lo han querido.

Por eso hace sentido pedirle al presidente que se detenga el derramamiento de sangre. A los criminales no podemos pedirles eso, son amorales y sanguinarios, su negocio es someternos ante el miedo. La tarea del presidente y los gobernadores es protegernos de los criminales, no pedirnos que nosotras demos la vida para proteger sus fallidas carreras políticas.

Los síntomas de una "guerra perdida"

Felipe Moreno

felipemoreno0326@prodigy.net.mx

10, 20, 30, 40, 50... mil muertos y las cifras siguen aumentando. Las que ahora son decenas y centenas, en los próximos siete años podrían convertirse en unidades, decenas y centenas de millón. Como lo hemos venido anotando aquí, en Juicio Político, los síntomas de una guerra perdida hoy llegan a su cuarta parte, cual si fuera una telenovela de Televisa o Televisión Azteca. Ya lo decíamos en nuestra anterior participación: La casa se sigue quemando.

Por alguna razón, que hoy se "desconoce", los asuntos del fuero común tratan de explicarse o "resolverse" desde las instancias federales y con la visión del Ministerio Público. Igual y como se pretendió, en sus inicios, con el caso Diego Fernández de Cevallos, para después soltarlo y dejarlo "a la deriva" o las leyes de la oferta y demanda. Y es que, más que jurídico o criminal, el asunto era de imagen y control informativo. El señor presidente de la república y su santa imagen "inmaculada", no podía ser trastocada.

Hasta hoy, la participación de la PGR y sobre todo de su vocero, lleva una calificación de nueve u 8.5, dado que en el caso de los cadáveres encontrados en San Fernando, Tamaulipas, ha dejado varios cabos sueltos, o bien poco fundamentados, en materia de noticia o mera comunicación social.

A varias semanas del macabro hallazgo en las fronteras de México con Estados Unidos, la Procuraduría General de la República, metida en un asunto del fuero común, no ha dado a conocer los motivos de dichas ejecuciones colectivas, y menos todavía, si son motivo de seguridad o preocupación nacional. Y es que, hasta ahora, no está tipificado como delito, y menos del orden federal, el hecho de viajar "al otro lado" en busca de trabajo. Ya que el objetivo de los delincuentes o "sicarios" pareciera ser el evitar que grupos de mexicanos y centroamericanos cruzasen nuestras fronteras para internarse en territorio norteamericano. El objetivo era y es frenarlos. Pero que se mueran de este lado de la frontera.

Sólo números y la insistencia reiterada de que son naturales de México, es lo único que han difundido los llamados medios mexicanos. Información sobre la cual tenemos nuestras reservas, dado que hemos venido insistiendo, desde hace años, sobre esa guerra y sus epicentros. Una lucha donde el combate al narcotráfico es mero pretexto. La venta y consumo de drogas en territorio norteamericano es un negocio totalmente controlado y supervisado. Los "drogos" no generan problemas migratorios.

Analicemos los hechos ocurridos en San Fernando, Tamaulipas, con una visión continental. Enfoquemos el problema hacia los motivos y razones que la gente tiene para viajar hacia el norte del continente americano. Y es que no sólo son drogas las que existen allende el río Bravo, también hay esperanzas e ilusiones. Sueños que en muchos casos se han concretado. Sólo que desde la otra perspectiva –la norteamericana– el asunto se ve diferente, como un dolor de cabeza que ya ha tocado las fibras más sensibles de su seguridad nacional. Sólo así, desde ese punto de vista, es que puede entenderse la ejecución de un agente norteamericano fuera de su espacio laboral, y bien internado en territorio mexicano. ¿Qué hacía Zapata a cientos de kilómetros de su planta laboral?

Sobre los muertos encontrados en San Fernando, Tamaulipas, no se han dado detalles, ni se darán. Cómo y por qué fueron asesinados por supuestos grupos criminales. En los partes informativos sólo se destaca que eran originarios de Hidalgo y Guanajuato, como si su lugar de origen –México– fuera más importante que sus cortadas existencias. Y es que es falaz, a todas luces, que fueron asesinados por no dar dinero. Cuando el metálico es el único elemento ausente en la vida de un bracero. Quien viaja en esas condiciones al norte de México lo hace con el estómago vacío, revisen las autopsias.

Yo siempre he sostenido, a lo largo de estos últimos 10 años, que la droga no es un riesgo para Estados Unidos, ésta no brinca bardas ni vallas electrificadas. El asunto grave, para Estados Unidos de América, son los flujos humanos o migratorios, por donde alguna vez pasó la actual secretaria general del Partido Acción Nacional, Cecilia Romero. ¿De qué estamos hablando? Muy sencillo, de la pérdida en el control de las nacionalidades restringidas y de posibles actos terroristas como los del 11 de septiembre, que colapsaron a las Torres Gemelas, y cuyos responsables entraron por las fronteras del norte.

La seguridad nacional de Estados Unidos de América vale mucho, así que no nos extrañe el hecho de que sigan apareciendo cientos de muertos por aquí o por allá, bajo el pretexto de que fueron asesinados por "sicarios" a las órdenes del llamado crimen organizado.

El único "delito cometido", si es que lo hubiere por parte de los hoy occisos, fue querer brincar las fronteras, en busca de alguna expectativa de vida que ya les era nula en México o en sus países de origen.

Desde la misma perspectiva continental: ¿Cuántos seres humanos creen que sobran o no deben cruzar la frontera? Las cifras son escalofriantes, éstas hablan de 30 a 35 millones de personas. Esas son las caravanas de seres humanos que a diario caminan por el territorio americano, siendo su meta final Canadá o Estados Unidos.

¿Ganarán buenos o malos?

Sergio Gómez Montero

gomeboka@yahoo.com.mx

Yo que sufrí desmedro cuando un niño moría o una flor era rota de su tallo.
I.Espinel: “Escaras”.

La expresión es justa, medida, impactante; no se presta a dudas: “Estamos hasta la madre”. Encierra, sí, el enojo, el hartazgo y la desesperación de un hombre que ha perdido a un hijo, en un país rebasado por la violencia y cada vez más por la ira. El que el enojo, el hartazgo y la desesperación se hayan multiplicado a múltiples ciudades del país (incluyendo Ensenada) y a varias del extranjero es también signo de los tiempos. Pero de unos tiempos aciagos que se ven cotidianamente acompañados de otros signos ominosos, pues si bien la violencia nos tiene atosigados aquí en Ensenada (dígalo si no la muerte del señor Durán provocada por la irrupción violenta de militares a su casa) y en otras muchas ciudades del país, ella se ve acompañada hoy por una creciente campaña de atracos y lesiones en contra de los trabajadores del país, que verán totalmente restringidos sus derechos con la reforma laboral del PRI; la existencia de un país en llamas en donde la vida de nadie se respeta, díganlo si no los cuerpos inertes de más de 170 personas en Tamaulipas, en donde no terminan aún las exhumaciones; el país todo agraviado hoy con el otorgamiento de contratos incentivados de Pemex, con 5.5 millones de pobres nuevos (para ser ahora más de 54 millones de ellos) en 2010, con los jóvenes ninis aumentando un día sí y el otro también y nosotros, los jubilados, esperando sólo que declaren en quiebra a las instituciones públicas que protegen la seguridad social y nuestro pago mensual después de, mínimo, 30 años de trabajo se venga al piso. Y Calderón diciendo, exigiendo como es su estilo, que reconozcamos que él no es el culpable (¿acaso no es él el responsable de la autoridad pública en este país?), si no los que no lo reconocen; es decir nosotros y el crimen organizado.

Todo ello, claro, con la sombra del Ejército sirviéndole de escudo a quienes cometen tales tropelías.

Es ahí, entonces, cuando veo las manifestaciones de Grecia, Portugal y España en donde juntos, codo con codo, marchan jóvenes y ancianos, resistiendo a ratos las cargas de las fuerzas represivas, policía y Ejército indistintamente, y me pregunto: ¿faltará mucho tiempo para que aquí en México lleguemos a esto? ¿Quién encabezará entonces esas andanadas: el PRI o el PAN? ¿Qué haremos nosotros frente a ello? ¿Cómo parar desde ahora ese futuro ominoso que ya se está dibujando? ¿Quiénes serán los buenos de ese futuro por venir?

México es hoy, pues, como un zapato que se está llenando de piedritas, que si bien molesta se soporta, pues pareciera que nadie quiere reconocer que ya no es posible caminar con el zapato así. No protestamos, unos porque tenemos miedo de hacerlo; otros porque, como con el nazismo, piensan que nunca les va a tocar a ellos, hasta que llega la Gestapo y también se los lleva. Es decir, no queremos darnos cuenta que el perder la conciencia es sólo un efecto más de las tareas del neoconservadurismo, quien así nos agrede en el trabajo y nos agrede también mentalmente, al borrar de nuestra conciencia cualquier mínimo deseo de resistir tanto las agresiones físicas y laborales, como las intelectuales, como si ser borregos fuese nuestro destino.

Si el “Estamos hasta la madre” de Javier Sicilia no logra multiplicarse hasta resonar entre amplios sectores de la población, será seguro que ya podemos decir que esta lucha la tienen ya ganada los malos