MONTESQUIEU Y EL PRINCIPIO DE LOS TRES GOBIERNOS

(Hernán Andrés Kruse)

Luego de examinar las leyes relativas a la naturaleza de cada gobierno, Montesquieu centra su atención en su principio. Es importante la distinción entre la naturaleza y el principio de cada gobierno. La naturaleza del gobierno es lo que le hace ser de una determinada manera mientras que el principio es aquello que le hace obrar. La naturaleza es la estructura del gobierno; el principio son todas las pasiones que lo dinamizan. En la república democrática el poder soberano está en manos del pueblo; en la república aristocrática, de un grupo selecto; en la monarquía, de un príncipe que ejerce el poder con sujeción a leyes preestablecidas; y en el despotismo, de un príncipe que ejerce el poder de manera omnímoda y arbitraria.

¿Cuáles son los principios de la república democrática, la república aristocrática, la monarquía y el despotismo?

El monarca y el déspota no necesitan ser probos para mantener su dominio. La voluntad omnímoda del monarca garantiza la dominación despótica mientras que la fuerza de las leyes garantiza la dominación monárquica. En el Estado popular no bastan ni la voluntad del monarca ni la fuerza de las leyes; es esencial que en ese Estado prime la virtud. En una monarquía, donde el titular del poder cree que está por encima del sistema legal, no es necesaria tanta virtud como sucede en un Estado popular, donde quienes hacen ejecutar las leyes están sometidos a ellas y han, por ende, de ser responsables de ello. Si un monarca, mal aconsejado, descuida la obligación de garantizar el imperio de la ley, sólo debe sustituir al mal consejero; si, en cambio, dicho descuido fue obra de su propia negligencia, deberá en el futuro evitar que ello vuelva a suceder. En el Estado popular el problema se presenta con un grado mayor de complejidad. En efecto, cuando en un Estado popular las leyes dejan de cumplirse dicho régimen político está perdido. Lo está porque fue vencido por el virus de la inmoralidad política. ¿Qué sucede cuando la virtud desaparece? Impone sus códigos la corrupción. Dice Montesquieu: “Cuando la virtud desaparece, la ambición entra en los corazones que pueden recibirla y la avaricia en todos los corazones. Los deseos cambian de objeto; se deja de amar lo que se amó, no se apetece lo que se apetecía; se había sido libre con las leyes y se quiere serlo contra ellas; cada ciudadano es como un esclavo prófugo; cambia hasta el sentido y el valor de las palabras; a lo que era respeto se le llama miedo, avaricia a la frugalidad. En otros tiempos, las riquezas de los particulares formaban el tesoro público; ahora es el tesoro público patrimonio de los particulares. La república es un despojo, y su fuerza no es ya más que el poder de algunos ciudadanos y la licencia de todos”.

En la república aristocrática la virtud también es necesaria pero no de un modo tan absoluto como en la república democrática. En el régimen aristocrático el pueblo está contenido por el sistema legal; en consecuencia, no necesita tanta virtud como en la democracia. ¿Qué sucede con la nobleza? ¿Cómo se la contiene? Responde Montesquieu: “Debiendo hacer ejecutar las leyes contra sus iguales, creerán hacerlo contra ellos mismos. Es necesaria pues la virtud en esa clase por la naturaleza de la constitución”. La aristocracia posee una fuerza de la que carece la democracia. En el gobierno aristocrático los nobles conforman un órgano que reprime al pueblo. Para ello existe un cuerpo de leyes que deberán ser ejecutadas. Ahora bien, si a la nobleza le es sencillo reprimir al pueblo, le resulta difícil reprimirse a sí misma. Expresa Montesquieu: “Es tal la naturaleza de la constitución aristocrática, que pone a las mismas gentes bajo el poder de las leyes y fuera de su poder”. Ahora bien, ¿cómo hace la nobleza para reprimirse a sí misma? Según Montesquieu, puede hacerlo de dos modos: por un lado, por una gran virtud que posibilite a los nobles reconocerse iguales al pueblo, lo que les permitiría conformar una gran república; por el otro, por una virtud de menor jerarquía, por una cierta moderación que, por lo menos, permita a los nobles considerarse iguales entre sí (y al hacerlo garantizarían su conservación). En definitiva, para Montesquieu el principio de la república aristocrática es la templanza, entendiendo por tal “la moderación fundada en la virtud; no la que es hija de la flojedad de espíritu, de la cobardía”.

Lejos está la virtud de ser el principio de la monarquía, sentencia Montesquieu. En este régimen político la virtud no es necesaria para garantizar su funcionamiento: “El estado subsiste independientemente del amor a la patria, del deseo de verdadera gloria, de la abnegación, del sacrificio de los propios intereses, de todas las virtudes heroicas de los antiguos, de las que solamente hemos oído hablar sin haberlas visto casi nunca”. Esas fuerzas morales, tan caras a la república democrática, son sustituidas en la monarquía por las leyes. Hay, según Montesquieu, crímenes públicos y crímenes particulares. Los primeros son aquéllos que ofenden a la sociedad entera mientras los segundos son aquéllos que ofenden a una persona. Sin embargo, en la república los crímenes particulares ofenden más al sujeto colectivo, a la sociedad y la constitución que a los propios individuos; en cambio, en la monarquía sucede a la inversa, es decir, los crímenes públicos son más privados, más dañinos para los particulares que para el sujeto colectivo. Montesquieu no duda: es harto difícil que en la monarquía exista la virtud pública o, lo que es lo mismo, la virtud popular. No tiene piedad con los cortesanos: “La ambición en la ociosidad, la bajeza en el orgullo, el deseo de enriquecerse sin trabajo, la aversión a la verdad, la adulación, la traición, la perfidia, el abandono de todos los compromisos, el olvido de la palabra dada, el menosprecio de los deberes cívicos, el temor a la virtud del príncipe, la esperanza en sus debilidades y, sobre todo, la burla perpetua de la virtud y el empeño puesto en ridiculizarlo, forman a lo que yo creo el carácter de la mayor parte de los cortesanos de todos los tiempos y de todos los países. Pues bien, donde la mayoría de los principales personajes es tan indigna, difícil es que los inferiores sean honrados”. El monarca debe cuidarse mucho de rodearse de cortesanos provenientes de los sectores populares: “Si se encontrase en el pueblo algún infeliz hombre de bien, ya insinúa el cardenal Richelieu en su testamento político la conveniencia de que el monarca se guarde bien de tomarlo a su servicio”. En definitiva, pese a que no la excluye, la virtud lejos está de ser el resorte del gobierno monárquico. Surge, inmediatamente, el problema de cómo hace la monarquía para suplir la virtud. Responde Montesquieu: la suple con el honor. “(…) me apresuro a decir que si le falta un resorte, en cambio tiene otro: el honor; es decir, que el preconcepto de cada persona y de cada clase toma el lugar de la virtud política y la representa siempre. Puede inspirar las más bellas acciones y, unido a la fuerza de las leyes, alcanzan el objeto del gobierno como la virtud misma”.

La monarquía se sustenta en jerarquías, categorías, preeminencias. Es natural que se pidan honores, distinciones, prerrogativas y preferencias. De ahí que el honor sea el principio de esta forma de gobierno. La ambición produce efectos deletéreos en el régimen republicano pero no en la monarquía. En efecto, la ambición oxigena la monarquía y no es peligrosa ya que en todo momento puede ser erradicada. Montesquieu compara el honor con el universo: “es algo semejante al sistema del universo, en el que hay dos fuerzas contrarias: centrípeta y centrífuga. El honor mueve todas las partes del cuerpo político separadamente, y las atrae, las liga por su misma acción. Cada cual concurre al interés común creyendo servir al bien particular”.

El honor lejos está de ser el principio del despotismo. En efecto, en este tipo de gobierno los hombres son, exceptuando al déspota, todos iguales. En consecuencia, no hay posibilidad alguna de que algunos hombres sean preferidos en lugar de otros. En una sociedad de esclavos, sentencia Montesquieu, ninguna distinción es posible. Además, como el honor tiene sus propias leyes, se maneja en función de determinadas reglas, es incapaz de someterse, de doblegarse. Al no depender de nadie es incapaz de convivir con la arbitrariedad, propia del gobierno despótico. El honor únicamente puede existir en aquellos estados monárquicos donde está vigente una Constitución que limita el poder del príncipe.

¿Cuá es el principio del despotismo? No es otro que el temor. En este tipo de gobierno el poder omnímodo del déspota se transmite a quienes lo rodean Si la gente se estima demasiado podrían intentar deponer al déspota por medio de una revolución. De ahí la imperiosa necesidad de imponer su autoridad por el miedo ya que constituye un eficaz antídoto contra el deseo de rebelión. Un gobierno templado puede darse el lujo de aflojar las tensiones. Al gozar de una gran legitimidad política confía en el respeto de los ciudadanos a sus leyes. No sucede lo mismo con el déspota. Necesita imperiosamente mantener el control social aplicando una feroz política represiva. Si flaquea sus súbditos pueden interpretar dicho gesto como un signo de debilidad y dejarán de temerle. Al desaparecer el miedo, resorte del despotismo, el gobierno se desmorona como un castillo de naipes.

Montesquieu expresa, como colofón, lo siguiente: “Quedan explicados los principios de los tres gobiernos. Lo dicho no significa, ciertamente, que en toda república haya más virtudes, sino que debe haberlas. Tampoco prueba que en toda monarquía reine el honor, y que en cualquier estado despótico el temor impere, sino que será imperfecta la monarquía sin honor y lo será también, sin temor, le régimen despótico”.

Hernán Andrés Kruse
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