MIRADA INTERIOR. Las derivaciones de saberse estúpido.

(Gabriel Fernández. Foto)

No resulta tan difícil de caracterizar este presente. Los diagnósticos tienen sus variantes, pero los caminos diferenciados se van evidenciando sin necesidad de armar un rompecabezas de los enrevesados.

Ha sido un invierno tenue en materia de temperaturas, salvo un puñado de semanas. El frío es emitido con furia desde el gobierno dando cuenta de un afán compulsivo por arrasar la industria nacional y la economía asentada en la circulación interna.

Vamos directo: un sector importante de la población está fingiendo no comprender porque el entorno cultural lo asedia y le hace sentir que queda mal volcarse a alguna variante definida como populismo. Allí ingresan los consabidos K, el peronismo, los sindicatos, las organizaciones sociales y todo aquél que brinde parámetros sobre una realidad palpable.

Insistimos en la idea porque es buena y revela: toda una franja mayoritaria visualiza sin grandes trabas el destructor andar oficial; otra también, pero lo respalda, pues estima que sus intereses se ven directa o indirectamente beneficiados por el mismo. En tanto, un espacio cultural y psicológicamente débil palpa la sequía pero repite tonteras emitidas por cadena nacional.

Desde hace mucho se ha armado un clima en base a aseveraciones contundentes e intencionadamente erróneas –“son todos chorros”, “vagos con planes”, “sindicatos mafiosos” y sus variantes- que sirven para charlas mediocres y de buen humor en reuniones familiares, cónclaves laborales y conversaciones livianas de café.

Esa faja con razonamiento estéril y repetitivo se siente protegida por los grandes medios que brindan letra y luego refrendan frases huecas. Percibe que resulta de buen tono comentar tonterías incomprobables ante el cuñado, un vecino o el jefe directo. Lo que es más: ese amparo le permite contrastar, acostar a esos sabihondos que hace rato le advirtieron la verdad.

Porque aunque el bolsillo es el órgano sensible por excelencia, toda una capa social a la cual escuchamos diariamente, se irrita al percibir el deterioro de la situación general, la caída en el ingreso personal, las dificultades a la hora de comprar y también de vender. Pero no se irrita con quienes diseñan esas políticas sino con aquellos que osaron decir que los negros tenían razón.

Intentemos precisar el dilema en curso. Comerciantes, taxistas, profesores, abogados, no pocos jubilados, y tantos más, de los más variados oficios, tendrían que admitir ahora mismo –en base a cualquier variable económica micro o macro- que aquellos ñatos que cortan la calle con algunas gomas y bastante banderas entienden mejor la vida que ellos mismos.

No es sencillo lograr la maduración necesaria para aceptar semejante humillación. Qué decirle a los hijos, criados en las zonceras habituales. Qué decirle a la mujer, tras años de forzar el cambio de canal ante la irrupción de Ella. Cómo modificar el discurso ante un vecino cómplice y pícaro con el que suele comentar al voleo “los robos de La Cámpora”.

Un colega, durante un programa internacional, me abrió los ojos hace tiempo: “Nadie quiere admitir el error”, indicó al referirse a esa zona media con esquirlas hacia abajo. “Dañan su propia movilidad social, con tal de no dar el brazo a torcer.

Por eso les viene bien ese argumento sinsentido de la pesada herencia. Aunque en la intimidad saben que no es así, necesitan decir y decirse que su situación empeora porque los peronistas robaron”.

Claro: aún aquél que pretende “triunfar” en la vida a solas, por muy pavote que resulte su pensar, sabe de algún modo que precisa estabilidad laboral, precios adecuados, tarifas lógicas, tasas equilibradas para llevar adelante el sueño que lo diferenciará de la masa gris y sudorosa. Si lo echan, le bajan el poder adquisitivo, si vende poco o si tiene menos clientes o pasajeros ¿qué triunfo puede aguardar?

El dilema que padece, distinto al beneficiario del ajuste por su lugar económico en determinadas empresas estatales o privadas, distinto al que sufre el ajuste pero lo sabe y lo denuncia, es que en algunas de sus circunvoluciones cerebrales existe una autoconciencia que le dice susurrante “boludo, estabas bien y para más, ahora te las tenés que arreglar”.

Es letal, claro. Es letal enterarse que el huevón de acá a la vuelta, ese que tiene su sindicato, que silenciosamente apoya y vota a esos populistas insoportables, ese que no se prende en las pullas reiterativas y teleguiadas, es más inteligente que el entorno con complicidad social, cierta altanería, presunción de buen gusto y chistes anti K.

Para decirlo a fondo: creemos que ya el conjunto de la sociedad sabe para dónde rumbean las cosas, que el volumen de los “engañados” está restringido a regiones muy específicas y peculiares. Que la mayor parte de los que siguen diciendo que confían en el gobierno y que dos años después la culpa es de los de atrás, saben lo que sucede pero penan hacia adentro su estupidez.

Esta observación no niega los errores propios; de hecho, en estas páginas los hemos señalado in extenso. Tampoco la capacidad inventiva de los grandes medios; que va, si bregamos contra esa dirección a diario. Pero no está demás atisbar este fenómeno que se dispara crecientemente: más allá de errores y campañas, el presente es transparente y el horizonte se ve a simple vista.

La bronca del imbécil se arremolina sobre quien adelantó este panorama. No había que ser un genio del pensamiento para atisbar la obra de un gobierno oligárquico, que contaba con antecedentes sólidos y profundos. De ahí que todos tenemos un problema, porque esa bronca necesita responsables.

La prédica naciente para esa zona social es la de ratificar las zonceras y exigir mayor rudeza. Gobierno, empresas concentradas y grandes medios están buscando orientar el malestar extendido hacia un escalón superior: las situación no mejora –les dicen a los frustrados, para que digan- porque los derechos sociales perjudican las inversiones.

Atención con esto, porque nadie vuelve a casa, reúne a la familia y le confiesa: “todo lo que dije durante años es un gran error. Acá no hay un mango y la culpa es mía. El gobierno anterior era bueno, y estos que están ahora y yo voté, nos están dejando sin nada”. Palabra más, palabra menos, quién admite algo así.

Es preciso reflexionar, para actuar sobre esta realidad.

• Director La Señal Medios / Sindical Federal / Area Periodística Radio Gráfica

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