MÉXICO Y COLOMBIA: AL RESCATE DE LA IDENTIDAD POPULAR (I)

Texto elaborado por Fernando Dorado (Colombia). Hace parte del proyecto digital e impreso El Libro Colectivo “La Neta Revelada” editado y compilado por el escritor y periodista Juan Francisco Belmont, desde su exilio en Canadá
Introducción
Voy a iniciar este relato al estilo del amigo que me pide escribir sobre las similitudes entre los colombianos y mexicanos. La idea es tratar de dilucidar – o al menos ofrecer pistas para aclarar – lo que está pasando con nuestros pueblos. Mientras por estos lares neogranadinos supuestamente estamos saliendo de la violencia mafiosa – guerrillera, paramilitar y estatal – relacionada con las economías “ilegales” (producción de coca y marihuana, procesamiento y tráfico de narcóticos, comercio ilegal de armas e insumos químicos, “trata” o tráfico de personas), en nuestro querido México las cosas están muy mal. Ocurren hechos y sucesos muy similares, por lo sangrientos y luctuosos, a los que ocurrieron en Colombia durante las últimas décadas, aunque aquí el mal sigue latente y se manifiesta en la actualidad de múltiples formas.
Conozco algo del espíritu de quien me ha hecho ésta petición. Por ello aspiro a trasmitir la visión de un activista social que ama y admira a los mexicanos tanto como a Colombia, pero que así mismo, está dispuesto a decir las cosas de frente, en forma “descarnada”, sin pelos en la lengua, con la única intención de que tanto unos como otros nos enfrentemos con lo que somos (o “semos” diría un campesino boyacense muy al estilo de cualquier mejicano de pueblo), sin vergüenza ni pudor, para ver si al mirarnos en un espejo podemos reaccionar y sacudirnos de lo que nos tiene absolutamente “jodidos” (o… ¿“chingados”?).
Antes de avanzar reitero mi convicción de que México es para todos nosotros una gran y admirada nación. Para los colombianos del común – para los “zarrapastrosos” del pueblo que andábamos a pie limpio hasta hace unos 50 años –, México era lo máximo. Desde sus revolucionarios de principios de siglo como Zapata y Villa, pasando por actrices, cantantes, cómicos, humoristas como el inolvidable “Cantinflas” o protagonistas de la “lucha libre” como el “Santo”, “Máscara de Plata” o “Huracán” Ramirez, todos eran unos personajes increíbles para nosotros. México era lo máximo, era digno de imitar, un símbolo de dignidad popular y de autenticidad mestiza e india que nos hacía enorgullecer el alma latinoamericana. ¡Ay!… ¡Méjico lindo y querido!
Y qué decir de sus intelectuales, pintores, muralistas y demás artistas, que retrataban a un pueblo maravilloso como el mexicano. Por algo nuestros mejores pensadores, ya fuera por exilio voluntario, persecución política o por necesidades de estudio, siempre buscaban como refugio a esa gran nación – soberana y digna frente al imperio del Norte – y siempre solidaria con todos los revolucionarios que quisieran llegar a su suelo. Allá están los restos de uno de los pocos auténticos liberales rebeldes del siglo XIX como fue el general José María Melo, que protagonizó un golpe de Estado en Colombia en 1854, fue presidente por unos meses y luego, fue derrocado por la oligarquía liberal-conservadora que desde entonces se oponía al surgimiento de una industria autóctona y de una verdadera burguesía criolla.
¿Qué nos pasó? ¿Dónde perdimos la dignidad?
Pero… entonces, ¿qué nos pasó en el camino? ¿Cómo se perdieron esas cualidades y valores a lo largo del siglo XX? ¿Cómo fue que nos metimos en esta ola de violencia que aterra a nuestras gentes? Unos nos preguntamos porque ya lo vivimos en toda su intensidad por allá entre 1985 y 2005, y otros porque como en el país “manito”, lo están sufriendo en toda su crudeza. En esos tiempos, “capos” de la naturaleza de Pablo Escobar y Gonzalo Rodríguez Gacha o comandantes paramilitares como los hermanos Castaño, cometían atentados, asesinatos, masacres tan crueles como las que hoy vemos que se realizan en México a manos de los asesinos a sueldo de los carteles del Golfo, los Zetas y demás bandas criminales y paramilitares que se han organizado en esa nación.
He querido recrear la historia para tratar de responder esa pregunta. No soy historiador académico ni especialista en ninguna asignatura universitaria. Soy un activista social colombiano, de una región (Cauca) que tiene muchas similitudes con México por su diversidad indígena y mestiza, por la forma en que se pobló antes y después de la llegada de los conquistadores europeos, por la complejidad de sus conflictos actuales, por los sufrimientos que hemos padecido a lo largo de los siglos y también, por esa fuerza espiritual que todavía anida en el alma de nuestro pueblo que nos permite gozar y reír en medio de la tragedia, enterrar nuestros muertos un día y al amanecer siguiente tener que seguir casi como si no hubiera pasado nada – no porque seamos indolentes –, sino porque no tenemos otra salida más que “ponerle buena cara al mal viento”.
La historia y las reflexiones que presentamos van en la dirección de encontrar esas respuestas, de hablar de nosotros mismos y desnudar todas nuestras debilidades y falencias con el único fin de provocar reacciones, generar debates, tocar espíritus y retroalimentarnos por el camino.
Sobre las similitudes entre México y Colombia
Además de estar viviendo una trágica y cruel violencia fruto de la estrategia de la “guerra contra las drogas” diseñada por el gobierno de los EE.UU., histórica y culturalmente existen grandes similitudes entre los pueblos de México y Colombia. Brevemente las detallaré pero sólo en la última parte del escrito intento desarrollar lo que considero una explicación plausible, sin disimular para nada que es una tesis polémica, discutible y en construcción. No pretende ser una verdad acabada.
En primer lugar, en ambos países existían a la llegada de los españoles gran diversidad de pueblos en desiguales estadios de desarrollo, pero se destacaban dos sociedades “imperiales”, con componentes de “teocracia autoritaria” que se convirtieron en puntos de apoyo para la “conquista” española: los muiscas (chibchas) en el caso de Colombia y los aztecas (mexicas) en el de México. A su alrededor vivían (y aún perviven) diversos pueblos indios en resistencia social, económica, cultural y militar.
En segundo lugar, surgió una especie de alianza entre las elites españolas y algunas cúpulas indígenas amerindias que se convirtió en la base social y cultural de una amplia capa social mestiza. Se constituyó una oligarquía de origen español con fuertes características racistas que procuraba aculturizar al máximo a sus allegados mestizos. Lo hizo usando la religión (La Virgen de Guadalupe allá, y aquí, la Virgen de Chiquinquirá), pero también mediante la imposición de la lengua, costumbres y tradiciones españolas (toreo de casta, procesiones de semana santa, vestimenta, música, comida, etc.). Sin embargo, esas “costumbres” adquieren nuevas formas en el mundo campesino mestizo que va brotando sin que se puedan ocultar las esencias indígenas nativas que no estaban dispuestas a desaparecer (sincretismo cultural).
En tercer lugar, al lado de esa sociedad servil y cortesana que va surgiendo de esa alianza indo-español, se va conformado en lo profundo del alma popular un espíritu rebelde – en parte resentido, en parte existencial – que es herencia y continuidad del alma de los pueblos que no fueron totalmente sometidos por los imperios teocráticos precolombinos, que más adelante fueron asumiendo diversas formas de expresión cultural (la lucha libre, el “mamagallismo”, el humor irreverente, la tendencia a violar las normas, la “locha” o mal llamada “pereza”, y otras) y político (las insurrecciones explosivas, el guerrillerismo, los caudillos populares como expresión del “cacique inmolado”, los alzamientos suicidas, etc.), que hacen parte de ese ser popular que tiene mucha mayor autenticidad entre los mexicanos pero que atrae y enamora a la gran mayoría de colombianos que los siguen e imitan en diversas expresiones folclóricas que hoy se materializan con la “música carrillera”, las “canciones de despecho” o las tonadas “traquetas” con fuerte influencia “norteña”.
Ese espíritu rebelde también apareció entre poblaciones blancas de origen español o europeo que no se mezcló en mayor medida con los nativos indígenas, pero que por su condición de ser subordinados de las familias aristocráticas encomenderas, revivieron “El Común”, que fue una institución surgida en determinadas regiones de la península ibérica, fruto de la rebeldía de amplios sectores sociales frente al poderío señorial de los reyes y de la corte española. Los comuneros fueron los precursores de las luchas por autonomía e independencia nacional que existe en importantes provincias españolas. Así ocurrió, por ejemplo en la región de Santander (Colombia) y se constituye en otra herencia a rescatar en nuestra tarea identitaria.
En cuarto lugar, tenemos similitudes en la conformación geográfica de nuestras naciones. Poseemos costas en ambos océanos, puertos y centro turísticos en ambos mares. Las capitales México D.F. y Bogotá D.C. – hoy mega-ciudades metropolitanas – se construyeron en el centro de cada país, sobrepuestas a los ejes político-religiosos de los imperios azteca y muisca, sobre antiguos lagos y altas mesetas exuberantes, lo que tiene toda una connotación ideológica en la conformación de las Reales Audiencias de Nueva España (México) y Nueva Granada (Colombia), que más tarde serían declaradas Virreinatos. Perú y Lima comparten también muchas de estas características y similitudes. Es interesante visualizar estos aspectos físicos en los grandes parecidos entre la ciudad de Manizales y Guadalajara, Cartagena y Veracruz, Popayán y Querétaro, Medellín y Monterrey, aunque seguramente habrá muchas más similitudes entre una buena cantidad de centros urbanos y regiones de ambos países.
En quinto lugar, las sociedades mexicana y colombiana han sido “señoriales”, tradicionales, en el fondo muy conservadoras, con fuertes lazos y costumbres terratenientes. El Don y la Doña, para resaltar el título de “señor” o “señora”, palabras heredadas de España, se han conservado en la cultura de nuestros pueblos, lo que va más allá del simple lenguaje y deja ver un espíritu feudal y semi-feudal que se convirtió en América Latina en algo muy propio, una especie de “cortesanismo autóctono” que fue caracterizado y ridiculizado por Mario Moreno “Cantinflas” de una forma genial, y que en el caso colombiano tiene su par – más moderno – en Jaime Garzón, humorista político de izquierda asesinado por grupos paramilitares el 13 de agosto de 1999. Pero, al lado de ese cortesanismo siempre aparecía, como por encanto, el alma rebelde de nuestro ser ancestral oprimido, el “indio Gerónimo” en México o Quintín Lame en Colombia, un indio nasa que puso en jaque a las oligarquías caucanas a principios del siglo XX.
En sexto lugar, la cultura del valor y el miedo. El licor, las armas y las mujeres, al lado de una cruz y una virgen, así como la nostalgia triste y a la vez alegre. Melancólico por lo perdido y festivo porque “por lo menos estamos vivos”. Son valores culturales que aparecen muy marcados entre los mexicanos y los colombianos, que se reflejan en sus canciones populares y en sus escritores más famosos. El “machote mexicano” que juega al suicidio no solo en la “arena frente al toro o a su rival enmascarado”; el “voceador” o propagandista popular de Juan Rulfo (“El Gallo de oro”) que en nuestro entorno se transforma en el “Yerbatero”, canción de Juanes que describe al antioqueño “paisa” que engatusa al público a punta de labia haciéndose pasar por “indio amazónico”; el “fiestero mamagallista” barranquillero que hace del carnaval toda su vida, el “palabrero guajiro” transformado en el juglar vallenato que describe Gabriel García Márquez, y en general, toda esa gran variedad de formas culturales populares que caracteriza a nuestros países como una suma de regiones diversas, diferentes, diferenciadas y complejas. Así somos en México y en Colombia.
Y en el siglo XXI las semejanzas son todavía más marcadas. En lo económico y militar, ambos países somos verdaderas colonias de los EE.UU. La clase política tradicional se encuentra descompuesta después de haber monopolizado el poder durante muchas décadas: En México a través del Partido Revolucionario Institucional PRI; en Colombia por medio del Frente Nacional que conformaron los partidos liberal y conservador. Pero son muchas más las analogías que se pueden hacer: el poder de la iglesia católica, la violencia “narco”, la gran migración mexicana y colombiana a EE.UU. y otros países, el mantenimiento del espíritu cortesano, el sur indígena y rebelde en ambos países, la pervivencia del falso legalismo (la ley es para los de ruana, hecha la ley hecha la trampa, etc.), un aparato de justicia burocratizado e ineficiente, la contradicción entre una rebeldía moderada y una insurgencia controlada, la farsa democrática de una oligarquía criolla que le teme al surgimiento de un verdadero caudillo popular, la supervivencia de costumbres españolas americanizadas como el toreo de lidia, las peleas de gallos, las procesiones de semana santa o la “parranda santa”, la sátira política domesticada pero asesinada cuando se vuelve incontrolable, el humorismo cómico-político, las diferencias regionales entre norte, sur y centro, la cultura del crimen político, el nacionalismo traicionado, la burguesía trans-nacionalizada, los dos canales de TV monopólicos (Televisa y TV-Azteca; Caracol y RCN), y en fin, muchas más características que deben ser estudiadas en todos sus detalles para que los parecidos nos unan más y las diferencias sirvan para reconocernos en la diversidad.
Una tesis
Antes de avanzar en la historia quiero dejar trazada o expuesta la tesis principal de este escrito, a fin de estimular al lector a seguirnos en un recorrido hacia el pasado como si estuviéramos viajando al futuro, porque al hacerlo vamos encontrando hechos que nos incentivan a recuperar lo nuestro, eso que nadie nos puede quitar y que está por allí refundido en medio del terror y del miedo: las ganas de vivir con dignidad.
La tesis es que hemos llegado a esta situación de descomposición social y discapacidad espiritual y moral, no sólo por obra de las oligarquías mexicana y colombiana que se han puesto al servicio de la estrategia imperial de intervención territorial, sino porque nosotros como pueblos también se lo hemos permitido. No hemos acabado de unirnos de verdad, nos mantenemos dispersos, enfrentados unos con otros, no hemos terminado de construir confianzas entre nosotros mismos, y poco a poco, hemos desandado lo poco o mucho del camino de construcción de identidad popular que habíamos alcanzado a transitar a lo largo de los tiempos.
Se trata entonces de reflexionar para ver cómo – apoyándonos en las nuevas generaciones que hoy nos reemplazan – recuperar nuestro espíritu libertario, nuestro ser “indo-afro-ibero-americano”, sin renunciar a ninguna de nuestras raíces, pero potenciándolas a nuevos niveles que nos empaten con la realidad actual de millones de trabajadores “precariados”, desempleados e “informalizados”, que son la mayoría de nuestra población actual sobre-explotada, desplazada de sus territorios y humillada por el poder del capital.