MAYO DE 1968.

(Jorge Rendón Vásquez)

Hace 50 años Francia fue sacudida por un movimiento social que podría haber alcanzado unos 9 grados en la Escala Richter si hubiera sido un movimiento sísmico. A partir del 3 de mayo las manifestaciones de estudiantes universitarios y trabajadores se sucedieron in crescendohasta mediados de junio acompañadas de una paralización de las actividades laborales por más de 10 millones de trabajadores.

A medida que el tiempo transcurre, Mayo de 1968 en Francia se ha convertido en una leyenda de la que sus participantes supérstites se sienten orgullosos. La ha rememorado la alcaldesa de París Anne Hidalgo, del Partido Socialista, con una exposición en el Hotel de Ville de las fotografías de ese movimiento tomadas por el fotógrafo Gilles Caron.

Para la derecha, sin embargo, esta leyenda debe desaparecer. Lo dijo francamente Nicolas Sarkosy cuando era presidente de la República en una entrevista televisada: “hay que acabar de matar mayo del 68”. Se equivocó; las leyendas son refractarias a la voluntad de sus adversarios.

Lo que realmente sucedió en ese momento desborda los trazos de la leyenda.

En los meses anteriores, la sociedad francesa parecía satisfecha de su pasividad. El periodista Pierre Viansson-Ponte había escrito en la edición del 15 de marzo de Le Monde: “Lo que caracteriza actualmente a nuestra vida pública es el aburrimiento. Los franceses se aburren. No participan ni de cerca ni de lejos en las grandes convulsiones que sacuden al mundo; la guerra de Vietnam los conmueve, cierto, pero no los toca verdaderamente.”

A algunos esa guerra los conmovía, sin embargo. Eran sobre todo estudiantes universitarios e intelectuales.

En los pasadizos y patios de las facultades se podía ver algunos afiches de los grupos estudiantiles, varios conteniendo denuncias y protestas contra la guerra de Vietnam. Pero, aparte de las animadas conversaciones de los estudiantes y de las asambleas y conferencias en algunas salas exteriores a la antigua Sorbonne, nada anunciaba alguna agitación de importancia.

El 22 de marzo, un numeroso grupo de estudiantes de la Universidad de Nantèrre, situada en las afueras de París, se reunió en una asamblea en la sala del consejo para protestar por la detención de varios estudiantes acusados de haber atacado con cocteles Molotov el local de la empresa American Express, en protesta contra la guerra de Vietnam. Fue un acto inusitadamente animado en el que destacaron los estudiantes que luego serían los líderes del llamado movimiento de Mayo de 1968: Daniel Cohn-Bendit, 23 años, nacido en Montauban, Francia, pero de nacionalidad alemana, anarquista; Alain Geismar, 29 años, socialista y dirigente del Sindicato Nacional de la Enseñanza Superior; Jacques Sauvageot, 25 años, socialista y dirigente de la Unión Nacional de Estudiantes Franceses; Alain Krivine, 26 años, trotskista.

Daniel Cohn-Bendit se proyectó de inmediato como el portavoz de este movimiento por su vivacidad, humor y simpatía.

Las autoridades universitarias replicaron a los estudiantes, cerrando la Universidad, –se debe suponer– con el acuerdo el general Charles de Gaulle quien era presidente de la República.

Aunque reabierta a comienzos de abril, la Universidad de Nantèrre no fue ya la misma. Las asambleas estudiantiles se sucedieron, desafiando el estricto régimen impuesto por el régimen de los “mandarines” o catedráticos que mandaban como señores feudales. Y los estudiantes se fueron plegando en masa a este movimiento, que repercutiría poco después en el ámbito obrero. Eran estudiantes procedentes en su mayor parte de la burguesía y la pequeña burguesía. Los de extracción obrera representaban no más del 10%.

Poco a poco las paredes fueron cubiertas de carteles y pintadas con lemas que revelaban el estado de ánimo de los jóvenes dirigentes, sorprendidos de la evolución de una protesta con el aire de convertirse en una revuelta popular. Algunas de esas frases fueron: “prohibido prohibir”, “la imaginación al poder”, “estemos a la medida de nuestros sueños”. Tras esas invocaciones, los discursos de los principales dirigentes de este movimiento revelaban un marcado sesgo de diferenciación con el Partido Comunista, al que anatemizaban, más o menos, según la posición de cada grupo, con lo cual abrieron una brecha que dominaría la evolución del movimiento de Mayo.

No obstante, a pesar de su propagación, la revuelta estudiantil, que pronto comprendió a otras universidades y a los alumnos de los liceos de educación secundaria, era sólo un detonante que sin un cuerpo explosivo estaba destinado a estallar ruidosamente sin consecuencias. El cuerpo explosivo eran las clases trabajadoras de mayoritaria adhesión a la CGT, la central sindical conducida por militantes del Partido Comunista y con una histórica tradición de lucha. El 1º de mayo de ese año, la CGT realizó una manifestación en la cual participaron más de cien mil trabajadores. Los grupos de estudiantes anarquistas, maoístas, trotskistas y de otras tendencias, que pretendieron introducirse, fueron repelidos por el servicio de orden de la CGT. Unos días después, Georges Marchais, entonces alto dirigente del Partido Comunista, calificó a Cohn-Bendit, de “anarquista alemán” y “aventurero ultraizquiedista”, en el diario Humanité, contestando sus ataques.

El 3 de mayo, una manifestación de estudiantes en la Place de la Sorbonne fue reprimida violentamente por 1,500 policías. No hubo muertos, pero sí muchos estudiantes apaleados. La población popular se indignó, las huelgas se reprodujeron, muchas fábricas fueron ocupadas y en las calles del Barrio Latino aparecieron barricadas. Una manifestación de más de un millón de personas, convocada por la CGT y otras centrales sindicales, recorrió las avenidas de Paris el 13 de mayo. Como en otras grandes ocasiones, la revuelta comenzó a rondar los barrios populares, y se hubiera podido decir que Francia estaba a un paso de la revolución social, estimulada por ciertas ideas sobre cómo debería ser la sociedad después, aunque sin nada en concreto.

El 23 de mayo, el gobierno le negó a Cohn-Bendit el retorno a Francia, aprovechando de que había salido para explicar en el extranjero las razones de la protesta estudiantil. Los estudiantes protestaron, mas inútilmente. Las manifestaciones de trabajadores continuaron y dos obreros fueron abatidos por la policía.

Entonces, desesperadamente, el gobierno convocó a las centrales de empresarios y sindicales a negociar, y estas aceptaron. Las reuniones comenzaron el 25 de mayo y se efectuaron en el ministerio de Trabajo y del Empleo, cuyo local estaba en la calle Grenelle. Fueron presididas por el primer Ministro Georges Pompidou, asistido por el ministro de Trabajo, Jacques Chirac. De entrada, los representantes de los empresarios ofrecieron elevar la remuneración mínima en un 35% y aumentar en 10% las demás remuneraciones. Los dirigentes sindicales reclamaron otras concesiones, entre las cuales la más importante fue el reconocimiento de la sección sindical en la empresa. Sin embargo, la CGT se abstuvo de firmar el acta, aduciendo que necesitaba el acuerdo de sus bases. Muchas de estas rechazaron los puntos ya logrados y prosiguieron sus huelgas.

El 27 de mayo, el Partido Socialista realizó una manifestación de unas 35,000 personas, a la que asistieron los principales dirigentes universitarios.

Dos días después, el presidente De Gaulle se trasladó a Baden-Baden, Alemania, a reunirse con el jefe de las fuerzas francesas de ocupación, con el evidente propósito de utilizarlas para ahogar definitivamente el movimiento popular. Pero allí le aconsejaron que no lo hiciera, y a su retorno a Paris, unos días después, convocó a elecciones legislativas anticipadas.

Luego, la CGT adhirió a los acuerdos denominados de Grenelle, y el movimiento de mayo de 1968 se agostó hasta quedar sólo como el fondo originario de algunas reformas universitarias y laborales.

Persuadidos de que no habría ya revolución, los partidos de derecha congregaron el 30 de mayo en la avenida Champs Elisées a cerca de un millón de personas, y la burguesía, segura de que la tormenta había pasado, continuó su regalada vida. No le era posible apelar a la vindicta de 1870, cuando luego de haber hecho abatir a la Comuna de París por los ejércitos francés y alemán, ordenó el fusilamiento de unos 50,000 comuneros.

El movimiento universitario de mayo de 1968 se reflejó en otros países. El más importante fue el de los estudiantes mexicanos, que comenzó en julio de 1968. El gobierno del Partido Revolucionario Institucional lo combatió duramente y, finalmente, el propio presidente de la República Gustavo Díaz Ordaz autorizó disolver a tiros la manifestación estudiantil reunida en la plaza de Tlatelolco de la ciudad de México. Cumpliendo esta orden, las fuerzas de choque de la policía y un grupo paramilitar, parapetados en las calles y edificios aledaños, mataron el 2 de octubre a más de 300 manifestantes. ¿Hay alguna diferencia de fondo entre esta matanza y la de Ayotzinapa, ocurrida varias décadas después? El 12 de octubre de ese año Díaz Ordaz inauguraba los juegos olímpicos de México, como si nada extraordinario hubiera sucedido.

En resumen, nunca se dio la posibilidad de una revolución socialista en mayo de 1968 en Francia. Las fuerzas que hubieran podido emprenderla diferían sobre la necesidad de hacerla y se combatían sañudamente entre sí. El Partido Comunista, que era entonces una poderosa fuera social, estaba comprometido con el pacto social celebrado luego de la Segunda Guerra Mundial, y sostenía la coexistencia pacífica de los estados capitalistas con la Unión Soviética y otros países socialistas que hubiera podido turbarse por una revolución en Europa; el Partido Socialista seguía visceralmente entregado a colaborar con la burguesía; y los pequeños grupos maoísta, trotskista y otros, que clamaban por una revolución, carecían del poder de convocatoria suficiente para conducir a la acción a las grandes mayorías sociales.

Y, así, mayo de 1968 pasó a la historia como un mito.

En la perspectiva de la evolución de Francia no se advierte ahora la posibilidad de un cambio trascedente, aunque los estragos del neoliberalismo en las vastas mayorías están creando las condiciones de su realización que podría depender del estado de la conciencia de clase de estas, de alguna crisis económica grave y de cierto élan inesperado que de tiempo en tiempo suele despertar el espíritu francés.

(Paris, 18/5/2018).