MARX Y LA POSTURA DEL COMUNISMO CON RESPECTO AL PROLETARIADO (primera parte)

(Hernán Andrés Kruse)

En la segunda parte del Manifiesto, Carlos Marx analiza la posición de los comunistas en relación con el proletariado. Lejos están los comunistas, se esmera Marx por dejarlo bien en evidencia, de constituir una fuerza política independiente del proletariado. Sus intereses son los intereses de los proletarios. No enarbolan una ideología especial para que el proletariado les rinda pleitesía. Sin embargo, surge una diferencia entre el comunismo y los restantes partidos proletarios: en el desarrollo de cada lucha nacional del proletariado, el comunismo ha sido la única fuerza política que se ha esforzado por destacar los intereses comunes a los proletarios del mundo, independientemente de su nacionalidad (*), y en cada fase de la lucha proletaria contra la burguesía ha sido el que siempre ha representado los intereses del proletariado en su conjunto. Según Marx, los comunistas siempre han llevado la iniciativa, tanto práctica como teórica, en esta lucha. El comunismo ha sido el primero en impulsar la embestida obrera contra los explotadores y la única fuerza política capaz de poseer “una clara visión de las condiciones de la marcha y de los resultados generales del movimiento proletario”. Los comunistas coinciden con los proletarios en la necesidad imperiosa de la constitución de éstos en clase social para luego derrocar a la burguesía y conquistar el poder político. Las tesis teóricas comunistas lejos están de ser un producto de algún reformador, critica agudamente Marx al socialismo reformista, sino que son “la expresión de conjunto de las condiciones reales de una lucha de clases existente, de un movimiento histórico que se está desarrollando ante nuestros ojos”.

¿Por qué en la Argentina los intereses del comunismo no coincidieron con los intereses del proletariado? Me parece que el peronismo fue una barrera infranqueable para el comunismo. Con la aparición de Perón, los proletarios abrazaron para siempre las banderas de la “justicia social”, la “soberanía política” y la “independencia económica”. Durante el primer período peronista (1946-1955) el comunismo formó parte del gorilismo más radicalizado. Basta con leer el libro de Isidoro Gilbert sobre la historia de la Federación Juvenil Comunista para entender por qué el comunismo fue antiperonista. Muchos de sus miembros sufrieron una dura represión y conocieron la cárcel. Pero lo más relevante es, me parece, que Perón fue visceralmente anticomunista. Su libro “Conducción política” y el “Manifiesto” son como el agua y el aceite: incompatibles. Mientras Marx proclamaba la lucha de clases, Perón proclamaba la armonía social. Mientras Marx era partidario de la acción proletaria revolucionaria, Perón proclamaba “de casa al trabajo y del trabajo a casa”. Si la Argentina no fue escenario de la lucha de clases fue porque el marxismo se estrelló contra una estructura de hormigón armado: el peronismo.

Todas las relaciones de propiedad, enseña Marx, han sufrido profundas modificaciones a lo largo de la historia. El proceso revolucionario francés, por ejemplo, hizo posible la sustitución de la propiedad feudal por la propiedad burguesa. Lo que distingue al comunismo, lo que hace a su esencia, es la abolición de la propiedad burguesa, piedra basal de la sociedad capitalista. La propiedad burguesa es la más fiel expresión de un modo de producción basado en la explotación del hombre por el hombre. De ahí que el centro neurálgico del comunismo sea la abolición de la propiedad privada. Marx fue consciente de los reproches que se le hicieron al comunismo a raíz de esa máxima. ¡Cómo era posible abolir la propiedad personalmente adquirida con esfuerzo y dedicación, la propiedad que es símbolo de la libertad del hombre, de la capacidad individual para prosperar en la vida! Para Marx, si sus críticos hacían alusión a la propiedad del pequeño burgués, del pequeño labrador, no era necesario abolirla porque el desarrollo de la industria se encargaba de esa tarea. Pero tal vez tales críticos hacían referencia a la propiedad privada burguesa. El trabajo del obrero ¿está en condiciones de crear una propiedad para que la usufructúe el asalariado? Por supuesto que no. Lo único que crea el trabajo asalariado es el capital, o lo que es lo mismo, la propiedad que sólo se acrecienta si produce nuevo trabajo asalariado, con el objetivo de continuar explotándolo. La propiedad es producto del inexorable antagonismo entre el capital y el trabajo asalariado.

Para Marx, el capitalista es aquel que ocupa una posición económica y una posición social relevantes. Lejos de ser el resultado de esfuerzos individuales, el capital “es un producto colectivo” que únicamente puede ser dinamizado por el esfuerzo en común de muchos miembros de la sociedad. El capital no es, entonces, una fuerza individual sino una fuerza colectiva, una fuerza social. Ahora bien, si el capital pasa a ser una fuerza colectiva que pertenece a todos los miembros de la sociedad, ¿significa entonces que la propiedad individual se ha transformado en propiedad colectiva? Sólo significa, remarca Marx, que hubo un cambio en el carácter social de la propiedad, que ésta perdió “su carácter de clase”.

¿Cómo examina Marx el trabajo asalariado? “El precio medio del trabajo asalariado”, enseña el padre del materialismo histórico, “es el mínimo del salario, es decir, la suma de los medios de subsistencia indispensables al obrero para conservar su vida como tal obrero”. El precio medio del trabajo asalariado es el salario mínimo que garantiza la supervivencia del obrero, la cantidad de dinero que le impide morirse de hambre. Lo que el asalariado recibe como salario es estrictamente lo que necesita para continuar trabajando. El comunismo, se esmera Marx por dejarlo perfectamente establecido, no pretende de ninguna forma abolir “esta apropiación personal de los productos del trabajo”, este salario mínimo que mantiene con vida al asalariado. Lo que el comunismo pretende abolir es precisamente esa esclavitud a la que se ve sometido el obrero en la fábrica, “el carácter miserable de esa apropiación que hace que el obrero no viva sino para acrecentar el capital y tan sólo en la medida en que el interés de la clase dominante exige que viva”. Más claro, imposible.

Marx efectúa a continuación una interesante comparación entre la sociedad burguesa y la sociedad comunista por él soñada respecto al trabajo del asalariado. En la sociedad capitalista el trabajo del obrero sirve exclusivamente para incrementar el trabajo acumulado, es decir, para hacer más rico al dueño de la fábrica. En la sociedad comunista, el trabajo del asalariado pasa a ser el medio más idóneo para garantizar al obrero una vida más digna, dichosa, placentera. En la sociedad burguesa “el pasado domina al presente”; mientras que en la sociedad comunista sucede lo contrario. En la sociedad burguesa el capital tiene su propia personalidad y es independiente. El poder político está sometido al poder económico. Los que mandan realmente son los dueños de los factores de producción. En consecuencia, el obrero no es más que un ladrillo en la pared, un objeto descartable, un ente sin personalidad ni independencia. La burguesía pone el grito en el cielo cuando escucha a alguien proclamar la necesidad de abolir semejante estado de cosas. Para los burgueses, la abolición de la propiedad privada de los medios de producción significa lisa y llanamente la destrucción de la personalidad y la libertad. En este diagnóstico, dice Marx irónicamente, la burguesía tiene toda la razón del mundo ya que lo que pretende el comunismo es, precisamente, abolir para siempre la personalidad, la independencia y la libertad de la burguesía.

(*) Marx enfatiza el carácter internacional de la revolución proletaria.

Hernán Andrés Kruse
Rosario
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