MARX Y LA PLUSVALÍA ABSOLUTA Y RELATIVA.

(Hernán Andrés Kruse)

Marx pasa a analizar ahora una cuestión teórica central de su filosofía económica y que ya trató en capítulos precedentes: la plusvalía.

Al reflexionar sobre el proceso de trabajo, Marx decía: “Si analizamos todo este proceso desde el punto de vista de su resultado, del producto, vemos que ambos factores, los medios de trabajo y el objeto sobre que éste recae, son los medios de producción, y el trabajo un trabajo productivo”. Y añadía en una nota al pie de página: “Este concepto del trabajo productivo, tal como se desprende desde el punto de vista del proceso simple de trabajo, no basta, ni mucho menos, para el proceso capitalista de producción”. A continuación, Marx pasa a desarrollar esta tesis.

El proceso de trabajo puede ser individual. En este caso, todas las funciones, que luego se disocian, son ejercidas por un solo obrero. Éste, que se vigila a sí mismo, se apropia de los objetos que el ofrece la naturaleza para el desarrollo de su vida. El obrero actúa sobre la naturaleza poniendo en acción su sistema muscular vigilado por su cerebro. En el proceso laboral, el trabajo muscular y el trabajo mental colaboran y se complementan permitiendo al obrero desarrollar sus tareas. Con el paso del tiempo, ambos trabajos se transforman en factores antagónicos. El producto ya no es más fruto del esfuerzo del trabajador individual pasando a ser un producto social, un “producto común de un obrero colectivo”. El producto social es el producto común de “un personal obrero combinado”, de un grupo de obreros que intervienen de manera más o menos directa en el manejo del objeto sobre el que recae la fuerza laboral. La índole cooperativa del proceso de trabajo provoca la dilatación del concepto de “trabajo productivo” y del “obrero que produce”. Para trabajar productivamente basta ahora con ser un engranaje de la gran maquinaria, un “órgano del obrero colectivo”, con la ejecución de una de las tantas funciones que componen el trabajo colectivo.

Marx se refiere a la restricción del concepto de trabajo productivo. Al hacerlo, expone magistralmente la esencia del régimen capitalista Antes, la producción capitalista implicaba producir mercancías; ahora, implica producir plusvalía. Antes, el obrero producía para sí mismo; ahora, produce para el capital, para los dueños de los medios de producción. Ahora, el obrero está obligado a producir concretamente plusvalía. El obrero es productivo en la medida en que trabaje con un único objetivo: hacer rentable el capital. El genuino obrero capitalista es aquel que produce plusvalía para su patrón, que trabaja para hacerlo rico. Un maestro de escuela es productivo, por ejemplo, si moldea su trabajo en función de los intereses de su patrón. En el capitalismo el obrero no trabaja en beneficio propio sino en beneficio de quien compra en el mercado su fuerza de trabajo. El ser un obrero productivo implica, en última instancia, una desgracia. Así lo explica Marx: “Por tanto, el concepto del trabajo productivo no entraña simplemente una relación entre la actividad y el efecto útil de ésta, entre el obrero y el producto de su trabajo, sino que lleva además implícita una relación específicamente social e históricamente dada de producción, que convierte al obrero en instrumento directo de valorización del capital. Por eso el ser obrero productivo no es precisamente una dicha, sino una desgracia”.

A continuación, Marx alude a la producción de plusvalía absoluta y la producción de plusvalía relativa. ¿Cómo se obtiene la plusvalía absoluta? “(…) prolongando la jornada de trabajo más allá del punto en que el obrero se limita a producir un equivalente del valor de su fuerza de trabajo y haciendo que este plustrabajo se lo apropie el capital”. Se obtiene prolongando las horas de trabajo en el momento en que termina el tiempo que necesita el obrero para satisfacer sus necesidades y las de su familia. Juan necesita trabajar 8 horas diarias para garantizar su supervivencia y la de los suyos. A partir de entonces, las horas que trabaje tendrán como único objetivo engrosar las ganancias del capitalista. Supóngase que Juan trabaja por día 12 horas. Pues bien, durante las últimas 4 horas (el trabajo excedente) Juan produce la plusvalía absoluta, trabaja para su patrón. Dice Marx: “La producción de plusvalía absoluta es la base general sobre la que descansa el sistema capitalista y el punto de arranque para la producción de la plusvalía relativa. En ésta, la jornada de trabajo aparece desdoblada de antemano en dos segmentos: trabajo necesario y trabajo excedente. Para prolongar el segundo se acorta el primero mediante una serie de métodos, con ayuda de los cuales se consigue producir en menos tiempo el equivalente del salario. La producción de plusvalía absoluta gira toda ella en torno a la duración de la jornada de trabajo; la producción de plusvalía relativa revoluciona desde los cimientos hasta el remate los procesos técnicos del trabajo y las agrupaciones sociales”.

La producción de plusvalía relativa únicamente puede darse, enfatiza Marx, en un régimen capitalista de producción, cuyo nacimiento y desarrollo se debe a un proceso natural y espontáneo sobre la base de la supeditación formal del obrero al patrón, o lo que es lo mismo, del trabajo al capital. Dicha supeditación formal es reemplazada por una sustitución real del trabajo al capital. La producción de plusvalía relativa es garantizada únicamente por la relación amo=esclavo que se da en las fábricas.

La simple supeditación formal del obrero al patrón, del trabajo al capital, garantiza la producción de plusvalía absoluta. Los métodos que son empleados para la producción de plusvalía relativa también son métodos de producción de plusvalía absoluta. Cuando se prolonga desmedidamente la jornada laboral surge el producto más genuino de la gran industria capitalista. Según Marx, el régimen específicamente capitalista de producción ya no puede considerarse un simple medio de producción de plusvalía relativa tan pronto como se apropia de todas las ramas de producción decisivas. Cuando ello acontece, se constituye “en la forma general, socialmente imperante, del proceso de producción”, en la forma general del proceso de producción vigente en un momento histórico determinado, legitimado socialmente. En este contexto, el proceso de producción capitalista como forma general del proceso de producción únicamente se manifiesta como régimen de producción de plusvalía relativa cuando pasa a dominar industrias que hasta ese momento se hallaban sometidas al capital sólo desde un punto de vista formal y cuando revoluciona permanentemente las industrias que posee.

Marx considera que la distinción entre ambas plusvalías puede parecer una ilusión, lo que significa que la plusvalía relativa puede ser absoluta y viceversa. “La plusvalía relativa es absoluta en cuanto condiciona la prolongación absoluta de la jornada de trabajo, después de cubrir el tiempo de trabajo necesario para la existencia del obrero. Y la plusvalía absoluta es relativa en cuanto se traduce en un desarrollo de la productividad del trabajo, que permite limitar el tiempo de trabajo necesario a una parte de la jornada”. Sin embargo, la propia dinámica de la plusvalía hace desaparecer esta aparente identidad. Luego de instaurado el régimen capitalista de producción, la diferencia entre plusvalía absoluta y plusvalía relativa emerge apenas se intenta reforzar la cuota de plusvalía. La fuerza de trabajo se paga por su valor; en este supuesto surge, según Marx, la siguiente alternativa: dados la fuerza productiva del trabajo y su grado normal de intensidad, el aumento de la cuota de plusvalía queda garantizado con la prolongación absoluta de la jornada laboral; en cambio, si se considera a la duración de la jornada laboral como algo dado, “sólo podrá reforzarse la cuota de plusvalía mediante un cambio relativo de magnitudes de las dos partes que integran aquélla, o sea, el trabajo necesario y el trabajo excedente; lo que a su vez, si no se quiere reducir el salario por debajo del valor de la fuerza de trabajo, supone un cambio en el rendimiento o intensidad de éste”. Si el obrero necesita 16 horas por día para producir los medios de vida que le garantizan su supervivencia y la de su familia, no dispondrá de tiempo libre para trabajar sin cobrar salario alguno en beneficio de su patrón. Salvo que en su trabajo haya alcanzado un cierto nivel de eficiencia, el obrero no tendrá a su disposición tiempo disponible, y si no hay sobrante, no hay plusvalía ni habrá, pues, capitalistas. Se puede hablar, por ende, “de una base natural de la plusvalía, pero sólo en el sentido muy general de ausencia de obstáculos naturales absolutos que impidan a una persona desentenderse del trabajo necesario para su propia subsistencia y echar ese fardo sobre los hombros de un semejante, a la manera como puede decirse que no hay, por ejemplo, ningún obstáculo natural absoluto que impida a unos hombres ingerir como alimento la carne de otros”. No hay motivo alguno para vincular esta productividad natural del trabajo con ideas místicas o religiosas. Hasta que el hombre no abandona el estado de naturaleza no surge el contexto necesario para que el trabajo sobrante de algunos obreros se transforme en medios esenciales de subsistencia de otros hombres. La productividad real del trabajo, meollo del régimen capitalista, no es un regalo de la providencia sino, por el contrario, es producto de una larga evolución histórica. La productividad del trabajo depende de una serie de condiciones naturales. Tales condiciones hacen referencia a la propia naturaleza humana (la raza, por ejemplo) y al ambiente natural que rodea al hombre. Marx agrupa las condiciones de la naturaleza exterior en dos grandes categorías de índole económica: a) la riqueza natural de medios de vida (fecundidad del suelo, riqueza pesquera, etc.); b) la riqueza natural de medios de trabajo (ríos navegables, madera, etc.). La primera clase de riqueza natural jugó un rol relevante en los albores de la humanidad mientras que el segundo tipo comenzó a ser fundamental y decisivo cuando la humanidad alcanzó un cierto grado de progreso.

“Cuanto más reducidas”, razona Marx, “sean las necesidades naturales de indispensable satisfacción y mayores la fecundidad natural del suelo y la bondad del clima, menor será el tiempo de trabajo necesario para la conservación y reproducción del productor, y mayor podrá ser, por consiguiente, el remanente de trabajo entregado a otros después de cubrir con él sus propias necesidades”. Luego cita a Diodoro (Biblioteca histórica, libro I, cap. 80), quien alude a los antiguos egipcios: “Es verdaderamente increíble cuán poco esfuerzo y gastos les ocasiona la crianza de sus hijos. Les condimentan el primer alimento que se les viene a la mano; les dan también a comer la parte inferior del arbusto del papiro, sin más que tostarla al fuego, y las raíces y tallos de las plantas crecen en las chacras, unas veces crudas y otras veces cocidas o asadas. La mayoría de los niños van descalzos y desnudos, pues el clima es muy suave. A ningún padre le cuesta más de veinte dracmas criar a un hijo. Así se explica que la población en Egipto, sea tan numerosa, razón por la cual pueden ejecutarse tantas obras grandiosas”. Marx considera que las grandes construcciones que tuvieron lugar en Egipto se debieron fundamentalmente a la gran proporción en que su población estaba disponible. Así como el obrero está en condiciones de suministrar más trabajo excedente (plusvalía) cuanto menor sea su tiempo de trabajo necesario, “cuanto menos sea la parte de la población obrera que haya de trabajar en la producción de los medios indispensables de vida, mayor será la parte disponible para la ejecución de otras obras”.

Considerando como factor dado a la producción capitalista, si permanecen invariables el resto de las condiciones y es una y fija la duración de la jornada laboral, la cantidad de trabajo excedente (plusvalía) variará en función principalmente de la fertilidad del suelo. Sin embargo, ello no significa que la tierra más fértil sea la más adecuada para que en ella germine el régimen capitalista de producción. El capitalismo presupone el dominio del hombre sobre la naturaleza. Si la naturaleza es demasiado generosa, pródiga, el hombre no se esfuerza demasiado en desarrollar sus capacidades. Marx considera que hay una estrecha relación entre el capitalismo y el clima. Sólo en una zona templada florece el régimen de producción capitalista. La base natural de la división del trabajo no consiste en la fertilidad absoluta del suelo sino en la variedad de sus productos naturales. La industria fue posible en buena medida por la necesidad humana de dominar socialmente a la naturaleza, de someterla a través de obras creadas por el hombre. La generosidad de la naturaleza crea la posibilidad, pero nunca la realidad, del trabajo excedente, del subproducto, de la plusvalía. No todos los países cuentan con idéntica naturaleza. La variedad de las condiciones de trabajo permite que la misma cantidad de trabajo satisfaga en diferentes países masas de necesidades diversas, “y que, por tanto, en condiciones por lo demás análogas, el tiempo de trabajo necesario sea distinto”. Las condiciones naturales hacen de frontera natural en relación con el trabajo excedente (plusvalía), indican el punto de inicio del trabajo excedente. En otros términos: las condiciones naturales señalan el momento en que el obrero comienza a ser explotado por el patrón. El avance de la industria hace retroceder a esa frontera natural, remarca Marx. En el ámbito de la sociedad occidental, el obrero cree que el trabajo excedente es algo innato al trabajo mismo. Marx brinda el siguiente ejemplo para demostrar la falsedad de semejante creencia. En las Indias occidentales, del archipiélago asiático, el sagú crece como árbol silvestre en la selva. Al respecto, se lee en un libro de F. Shouw (segunda edición, Leipzig, 1854, p. 148): “Cuando los indígenas, abriendo un agujero en el tronco, se convencen de que la médula está ya madura, derriban el árbol y dividen el tronco en varios trozos, extraen la médula, la mezclan con agua, la cuelan y obtienen de este modo, listo para el uso, la harina de sagú. Un árbol da generalmente unas 300 libras y puede dar hasta 500 y 600. Por tanto, estos indígenas van al bosque y cortan el pan, como en nuestros países se corta la leña para el fuego”. Suponga el lector, expresa Marx, que uno de estos trabajadores deba trabajar 12 horas semanales para satisfacer todas sus necesidades. La naturaleza le permite, pues, disfrutar de mucho tiempo libre. Si pretende emplear en su provecho este tiempo libre, deben darse una serie de circunstancias históricas. Además, si pretende invertir el tiempo libre en trabajo excedente al servicio de otros debe producirse una coacción foránea. Si en el Asia central se implantase el régimen de producción capitalista, el trabajador quizá debería verse obligado a partir de entonces a trabajar unos 6 días a la semana si pretende apropiarse del producto de un día de trabajo. La frondosa naturaleza “no explicaría ahora por qué trabajaba 6 días de la semana o por qué rendía 5 días de trabajo excedente. Sólo explicaría por qué su tiempo de trabajo necesario quedaba reducido a un día por semana. Pero su producto sobrante no brotaría, ni mucho menos, de una facultad misteriosa, innata al trabajo humano”. Brotaría de la decisión de una élite poderosa de imponer el régimen capitalista de producción, basado en la explotación del hombre por el hombre. Dice Marx como conclusión: “Lo mismo que con las fuerzas productivas históricamente desarrolladas, sociales, ocurre con las fuerzas productivas del trabajo que brinda la naturaleza: son consideradas como fuerzas productivas del capital que las anexiona”.

Hernán Andrés Kruse

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