MARX Y LA INTENSIFICACIÓN DEL TRABAJO.

(Hernán Andrés Kruse)

La prolongación sin límites de la jornada laboral provoca finalmente una reacción de la sociedad que se traduce en una normal jornada laboral sancionada normativamente. La existencia de una ley de esta índole, de una norma que obliga a las fábricas a garantizar una jornada laboral limitada por ley hace que adquiera relevancia el fenómeno de la intensificación del trabajo. Marx pasa a analizar a continuación de qué manera la magnitud extensiva del trabajo se trueca en magnitud de grado o intensiva.

El progreso de la maquinaria trajo aparejada la velocidad de la fuerza laboral, la intensidad del trabajo. Como acontecía en Inglaterra, durante medio siglo han ido de la mano la prolongación de la jornada laboral y la intensidad del trabajo. Ahora bien, como se trataba de un trabajo que se prolongaba en el tiempo de manera rutinaria, en un punto se producía una colisión entre ambos factores. En consecuencia, en algún momento la prolongación de la jornada laboral sólo podría adecuarse con una menor intensidad del trabajo mientras que la intensidad laboral sólo sería posible acortando la jornada de trabajo. La rebelión obrera provocó, finalmente, que el aparato estatal impusiera una jornada de trabajo normal para los trabajadores fabriles, con lo cual se eliminaba para siempre la producción intensiva de plusvalía (ganancia del patrón a costa del sudor de los trabajadores) a través de la prolongación de la jornada laboral. Esta situación provocó la reacción del capital que se lanzó de lleno a la producción de plusvalía relativa provocando la aceleración de los progresos de la maquinaria. Mientras tanto, se producía un cambio en la naturaleza de la plusvalía relativa. El método de producción de plusvalía relativa consistía en obligar al obrero a intensificar su fuerza laboral para obtener una mayor producción en el mismo período y con el mismo desgaste de su fuerza laboral (“el mismo tiempo de trabajo”, aclara Marx, “añade al producto global, antes y después, el mismo valor, aunque este valor de cambio invariable se traduzca ahora en una cantidad mayor de valores de uso, disminuyendo con ello el valor de cada mercancía”). El panorama se modificó cuando la reducción de la jornada laboral sancionada normativamente impuso un mayor desgaste de trabajo durante el mismo período temporal, una mayor exigencia para el trabajador, obligándolo, por ende, “a condensar el trabajo hasta un grado que sólo es posible sostener durante una jornada de trabajo corta”. A partir de ahora, remarca Marx, hay que tener en consideración dos factores: a) la medida del tiempo de trabajo como magnitud extensa; b) la medida de su grado de condensación. Una de hora de trabajo intensiva encierra más trabajo (“fuerza de trabajo desgastada”) que una hora correspondiente a una jornada de 12 horas. En la jornada de 10 horas el obrero es más productivo que en la jornada de 12 horas.

Marx pasa ahora a analizar la manera cómo el trabajo se intensifica. La reducción de la jornada laboral se apoya en la ley que estipula que el rendimiento de los trabajadores está en razón inversa al tiempo durante el cual ejecuta sus funciones. Vale decir que se está en presencia de un juego de suma 0: lo que se pierde en duración de trabajo se gana en intensidad laboral. Mientras tanto, el capitalista se asegura que, a través del método de retribución (el salario a destajo), el obrero trabaje con mayor intensidad. En la manufactura de alfarería la implantación de la ley fabril ha puesto en evidencia que la reducción de la jornada laboral garantizó un notable incremento del ritmo, la uniformidad, el orden, la continuidad y la energía laboral (Reports of Insp. of Fact. for 31st Oct. 1865). El panorama en la “verdadera fábrica” (para Marx, entonces, la manufactura de alfarería no era una genuina fábrica) no era, sin embargo, tan nítido ya que en ese ámbito laboral la supeditación del obrero a la máquina hacía tiempo que garantizaba la más férrea disciplina laboral. Ello explica por qué cuando en 1844 se intentó reducir la jornada laboral a menos de las brutales 12 horas, los capitalistas dijeron a viva voz que “sus vigilantes estaban atentos, en todos los talleres, a que los obreros no perdiesen ni un minuto”, que “el grado de vigilancia y atención por parte de los obreros no admitía casi aumento” y que, por ende, suponiendo que las demás circunstancias permaneciesen invariables “era un absurdo, en las fábricas bien regidas, esperar ningún resultado apreciable de la intensificación del celo, etc., de los obreros” (Report of Insp. of Fact. for 1844 and the quarter ending 30th. April 1845, pp. 20 y 21). Algunos experimentos refutaron esta afirmación. Por ejemplo, Mr. R. Gardner ordenó que a partir del 20 de abril de 1844 los obreros que trabajaban en sus fábricas de Preston cumplieran una jornada laboral de 11 horas, una hora menos que la “normal”. Un año más tarde “se había obtenido la misma cantidad de producto con el mismo costo y que todos los obreros habían ganado en 11 horas de trabajo el mismo salario que antes en 12” (L. c. p. 19). Lo mismo aconteció en los talleres de tejidos: “Desde el 6 de enero hasta el 20 de abril de 1844, con una jornada de trabajo de 12 horas, el salario medio semanal de cada obrero ascendió a 10 chelines y 1 ½ peniques; desde el 20 de abril hasta el 29 de junio de 1844, con una jornada de trabajo de 11 horas, el salario medio semanal fue de 10 chelines y 3 ½ peniques” (Report of Insp. of Fact. for 1844 and the quarter ending, 30th April 1845, p. 22). Las conclusiones eran las siguientes: a) una mayor producción en 11 horas que en 12 horas; b) igual retribución salarial en ambos períodos de trabajo; c) obtención por parte del capitalista de la misma masa de productos en ambos períodos de trabajo y ahorro del gasto de carbón, gas, etc. durante una hora. La reducción de la jornada laboral impuesta por ley hace que la máquina se constituya, en manos del capital, en un formidable medio para obligar al obrero a esforzarse al máximo en un menor período de tiempo. Según Marx, este inhumano propósito se consigue de un doble modo: a) aumentando la velocidad de las máquinas; b) aumentando su radio de acción que ha de vigilar el radio de acción del trabajador. La construcción de máquinas más potentes y eficaces le permite al capitalista ejercer mayor presión sobre el obrero, además de constituir un fenómeno que corre paralelo con el de la intensificación de la fuerza laboral ya que al estar limitada la jornada laboral el capitalista está en la obligación de administrar con sumo cuidado los gastos de producción.

La reducción de la jornada laboral inglesa a 12 horas data de 1833. Apoyado en una serie de documentos, Lord Ashley (conde de Shafetsbury en aquel entonces) hizo en 1844 las siguientes declaraciones en la Sala de los Comunes: “El trabajo de los obreros empleados en procesos fabriles es hoy tres veces mayor que al introducirse estas operaciones. Es indudable que la maquinaria ha venido a realizar una obra que suple los tendones y los músculos de millones de hombres, pero ha venido también a aumentar prodigiosamente el trabajo de los hombres sometidos a sus espantosos movimientos… El trabajo de seguir los movimientos ascendentes y descendentes de dos mules durante 12 horas al día, en el hilado de la hebra núm. 40, suponía en 1815 un recorrido de 81 millas. En 1832, la distancia a recorrer era de 20 millas, y aún más. En 1815, cada operario debía realizar 820 operaciones de vaciado de cada mule al cabo de las 12 horas, lo que hacía una suma total de 1640 operaciones al día. En 1832, el número de operaciones de este género que tenía que ejecutar era de 2200 para cada mule, o sea 4400 en total; en 1844, eran ya 2400 para cada mule, o 4800 en total; y en algunos casos, la masa de trabajo exigida es todavía mayor… Aquí tengo otro documento de 1842, en el que se demuestra que el trabajo aumenta progresivamente, no sólo por la necesidad de recorrer una distancia mayor, sino porque la cantidad de mercancías producidas aumenta, a la par que disminuye proporcionalmente el número de brazos; y además, porque el algodón hilado suele ser de calidad inferior, y esto supone más trabajo.. En los talleres de cardado, el trabajo ha aumentado también considerablemente. En la actualidad, se encomienda a un solo obrero el trabajo que antes se distribuía entre dos… En la rama textil, en la que trabajan gran número de obreros, la mayoría de ellos mujeres, el trabajo ha aumentado durante los últimos dos años en un 10 por 100 nada menos, por efecto de la mayor velocidad de las máquinas. En 1833, el número de hanks que se hilaban semanalmente era de 18000; en 1843 ascendía ya a 21000. En el año de 1819, el número de picks era, en los telares a vapor, de 60 por minuto; en 1842, de 140, lo que revela el gran incremento del trabajo” (Lord Ashley, Ten Hours´ Factory Bill, Londres, 1844, pp. 6 y 9). El notable incremento de la intensidad del trabajo en 1844 convenció a los fabricantes ingleses de que a partir de entonces era imposible seguir avanzando en esa dirección, ya que una mayor reducción de la jornada laboral equivalía a un acortamiento de la producción, lo que traería aparejada una fuerte disminución de sus ganancias. La aparente exactitud de esta postura fue reafirmada por el inspector fabril Horner: “Como la cantidad producida depende principalmente de la velocidad de las máquinas, el fabricante tiene que estar forzosamente interesado en que éstas marchen a toda la velocidad que sea compatible con las condiciones siguientes: preservar la maquinaria de un desgaste demasiado rápido, conservar la calidad de los artículos fabricados y permitir al obrero seguir los movimientos de la máquina sin un esfuerzo mayor que el que pueda desplegar de un modo continuo. Ocurre con frecuencia que el fabricante, en su prisa, acelera demasiado la marcha de las máquinas. Las roturas y la mala calidad del género frenan la velocidad excesiva, y el fabricante se ve obligado a moderar la marcha. Como un fabricante activo e ingenioso encuentra siempre el máximo asequible, yo he deducido que en 11 horas es imposible producir tanto como en 12. Además, entiendo que el obrero pagado a destajo se mata trabajando para poder mantener continuamente el mismo grado de esfuerzo” (Reports of Insp. of Fact. por 30th April, 1845, p. 20).

Marx pasa a analizar a continuación el período posterior a 1847, año en que se promulga la ley de las 10 horas para las fábricas inglesas de algodón, lana, seda y lino. De acuerdo con el Reports of Insp. of Fact. for 31st Oct. 1862, p. 62, “la velocidad de los husos ha aumentado, en los throstles, en 500 y en los mules en 1000 rotaciones por minuto; es decir, la velocidad de los husos throstles, que en 1839 era de 4500 rotaciones por minuto, es ahora (en 1862) de 5000, y la de los husos mule, que era de 5000, asciende en la actualidad a 6000 por minuto, lo que supone una velocidad adicional de 1/10 en el primer caso y de 1/5 en el segundo”. Las mejoras introducidas en la máquina de vapor a partir de 1848 fue el tema central de una carta enviada a Leonhard Horner por un importante ingeniero civil de Manchester, James Nasmyth, donde, luego de destacar el carácter puramente nominal (con arreglo a su rendimiento en 1828) de la potencia de esta máquina, expresa: “Es indudable que, con una maquinaria de vapor del mismo peso, y muchas veces incluso con máquinas idénticas, sin más que aplicarles las mejoras modernas, se puede ejecutar por término medio un 50 por 100 más de trabajo que antes y que en muchos casos estas mismas máquinas de vapor, que, cuando sólo tenían una velocidad limitada de 200 pies por minuto desarrollaban 50 caballos de fuerza, hoy, con un consumo menor de carbón, desarrollan más de 100… La moderna máquina de vapor, con una potencia igual en caballos de fuerza nominales, posee, gracias a las mejoras introducidas en su construcción, a su volumen más reducido, a la forma de la caldera, etc., una potencia mucho mayor… Por tanto, aunque se siga empleando el mismo número de buzos que antes en proporción a la potencia nominal, se emplean menos brazos, en proporción a la maquinaria de trabajo” (Reports of Insp. of Fact. for 31st Oct. 1836, p. 11). En 1850, las fábricas del Reino Unido emplearon 134,217 caballos de fuerza nominales para poner en funcionamiento 25.638, 716 husos y 301, 495 telares. Seis años más tarde, dichas fábricas accionaron 33.503, 580 husos y 369, 205 telares. Si en ese momento la potencia hubiese sido la misma que en 1850, el sistema fabril hubiese debido emplear 175,000 caballos de fuerza para hacer funcionar estos mecanismos. Sin embargo, las fábricas utilizaron 10,000 caballos de fuerza menos. Según la última estadística oficial (1856) el sistema fabril se extiende velozmente, el número de obreros disminuye en proporción a la maquinaria, la máquina de vapor moviliza un peso mayor de máquinas que en el pasado y a raíz de los progresos realizados en las máquinas de trabajo, de los nuevos métodos de fabricación y de muchas otras razones, es factible obtener una mayor cantidad de productos. El mejoramiento experimentado por el sistema de maquinaria reforzó sobremanera su fuerza productiva. En definitiva, la reducción de la jornada laboral a 10 horas hizo posible estas reformas.

Entre 1848 y 1856 la industria inglesa experimentó un fuerte avance. Sin embargo, dicho avance fue aún mayor entre 1856 y 1862. Apoyándose en los Reports of Insp. of Fact. for 31st Oct 1862 (pp. 100 y 130), Marx brinda los siguientes números para corroborar su afirmación: “En las fábricas sederas, por ejemplo, funcionaban, en 1856, 1.093,799 husos; en 1862, 1.388,544; en 1856, 9,260 telares; en 1862, 10, 709”. Los números son distintos al tocar la cuestión de la fuerza laboral: “en 1856, trabajaban en estas fábricas 56,131 obreros; en 1862, el número de obreros ocupados en ellas era de 52,429”. Por un lado, el número de husos aumenta un 26,9% y el de telares, un 15,6%; por el otro, el número de obreros disminuye un 7%. A partir de 1850, se duplica la velocidad de los husos y los telares. “El número de telares de vapor empleados en las fábricas Worsted en 1850 era de 32,617; en 1856, es de 38,956, y en 1862, de 43,048. En 1850, estas fábricas daban ocupación a 79,737 personas; en 1856, a 87,794, y en 1862 a 86, 063; pero hay que tener en cuenta que de ellas eran niños menores de 14 años, en 1850, 9,956; en 1856, 11,228, y en 1862, 13,178. Por tanto, a pesar de haber aumentado tan considerablemente el número de telares, en 1862 la cifra total de obreros empleados en estas fábricas había disminuido, en relación con la de 1856, aumentando en cambio el censo de niños explotados”. Los progresos de la maquinaria eran, pues, notorios. En 1863 doce horas laborales se condensaban en menos de diez. Los obreros trabajaban menos tiempo pero a un ritmo infernal. Son incuestionables los frutos favorables obtenidos por las leyes fabriles de 1844 y 1850; pero también lo era el surgimiento de una intensidad de trabajo tal que amenazaba seriamente con aniquilar la salud de los obreros. Dice Marx: “No cabe la menor duda de que la tendencia del capital a resarcirse elevando sistemáticamente el grado de intensidad del trabajo tan pronto como la ley le cierra de una vez para siempre el camino de alargar la jornada, convirtiendo todos los progresos de la maquinaria en otros tantos medios para obtener una absorción mayor de fuerza de trabajo, empujarán de nuevo a la industria a una situación decisiva, en que no tenga más remedio que volver a reducir el número de horas de trabajo”.

Hernán Andrés Kruse

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