MARX Y LA DIVISIÓN DE LA PLUSVALÍA EN CAPITAL Y RENTA. EL VOLUMEN DE LA ACUMULACIÓN: CIRCUNSTANCIAS QUE AYUDAN A DETERMINARLA.

(Hernán Andrés Kruse)

a) La división de la plusvalía en capital y renta

Luego de analizar el proceso capitalista de producción sobre una escala ampliada, Marx analiza la división de la plusvalía en capital y renta (“El Capital”, Libro Primero, capítulo XXII).

Marx estudia la plusvalía desde dos puntos de vista. Por un lado, considera a la plusvalía como “fondo individual de consumo del capitalista”; por el otro, como “fondo de acumulación”. Marx dedica el capítulo XXII al análisis de la plusvalía desde este segundo punto de vista. Ahora bien, es fundamental tener en cuenta que en realidad se está en presencia de dos caras de una misma moneda. En efecto, el capitalista gasta una parte de la plusvalía como renta y otra parte la invierte como capital. Marx aclara que emplea la palabra “renta” en dos sentidos: en el primero, “renta” designa la plusvalía que surge periódicamente del capital; en el segundo, la parte de ese fruto que el empresario capitalista gasta o incorpora a su fondo de consumo.

En una masa determinada de plusvalía, la renta será mayor cuanto menor sea el capital, y viceversa. La magnitud de la acumulación, expresa Marx, determina cómo se divide la plusvalía. Ahora bien, quien establece la manera como se divide la plusvalía es su propietario, es decir, el capitalista. Cuando el capitalista destina una parte de la plusvalía a la acumulación, la invierte como capital, no hace más que efectuar un ahorro, que comportarse como un capitalista. La existencia del capitalista adquiere un sentido ante la historia cuando es capital personificado. “Sólo entonces, su propia necesidad transitoria va implícita en la necesidad transitoria del régimen capitalista de producción”, dice Marx. Pero para que ello suceda el capitalista debe tomar impulso incrementando el valor de cambio. El genuino capitalista es aquel que obliga a los hombres a producir permanentemente, a la humanidad “a desarrollar las fuerzas sociales productivas y a crear las condiciones materiales de producción que son la única base real para una forma superior de sociedad cuyo principio fundamental es el desarrollo pleno y libre de todos los individuos”. Sólo cuando personifica el capital el empresario se dignifica, adquiere una misión histórica en la sociedad. Al igual que el atesorador, vive para enriquecerse. Su angurria es ilimitada. Sin embargo, hay una diferencia entre el atesorador y el capitalista. Mientras que aquél se enriquece por puro deseo individual, éste obedece las reglas de juego que impone el mecanismo social. Mientras que el atesorador se enriquece porque se le da la gana, el capitalista se enriquece porque así lo impone la gran maquinaria social, del que él es apenas un ladrillo más en la pared. El capitalista está atrapado en la red capitalista. Dice Marx: “El desarrollo de la producción capitalista convierte en ley de necesidad el incremento constante del capital invertido en una empresa industrial, y la concurrencia impone a todo capitalista individual las leyes inmanentes del régimen capitalista de producción como leyes coactivas impuestas desde fuera. Le obliga a expandir constantemente su capital para conservarlo, y no tiene más medio de expandirlo que la acumulación progresiva”. De ahí que cuando consume no hace más que atentar contra la acumulación de su capital. En la contabilidad italiana, por ejemplo, los gastos privados formaban parte de la deuda contraída por el capitalista con el capital. La acumulación permite a la clase capitalista conquistar el mundo de la riqueza social, expandir su dominación directa e indirecta por doquier. Marx cita a Lutero en este punto (“A los párrocos”, etc.): “Los paganos pudieron creer, por arbitrio de razón, que un usurero era cuatro veces ladrón y asesino. Pero nosotros, los cristianos, los honramos y reverenciamos descaradamente por su dinero…Quien chupa, roba y quita a otro su alimento, comete un crimen tan grande (por lo que a él toca) como el que deja morir a otro de hambre y lo arruina. Y esto es lo que hace el usurero, sentado tranquilamente con su silla, cuando debiera estar colgado de un madero y comido de tantos cuervos como florines ha robado, si tuviese sobre sus huesos tanta carne que pudiesen saciarse en ella y repartírsela tantos cuervos. Hoy en día, cuelgan a los ladrones pequeños…a los ladrones pequeños los ponen detrás de los hierros, mientras los grandes se pasean vestidos de oro y seda…No hay, pues, sobre la tierra (después del diablo) ningún enemigo más grande del hombre que el avaro y el usurero, que quiere ser Dios sobre todos los hombres. Los turcos, los guerreros, los tiranos, son también hombres malignos, pero éstos tienen que dejar a la gente vivir y confesar que son malos y enemigos, y pueden y hasta deben, de vez en cuando, apiadarse de algunos. Pero el usurero y el avaro querrían que el mundo entero pereciese de hambre, de sed, de luto y de miseria, si de él dependiese, para que todo fuese suyo y todos los hombres le perteneciesen como a Dios, siendo eternamente esclavos suyos, y visten puntillas, llevan anillos y cadenas de oro, se limpian la boca y pasan por hombres buenos y virtuosos...La usura es un monstruo muy grande y horrible, como un ogro…Y se adorna y quiere pasar por piadoso y que no se vea dónde mete los bueyes que lleva, reculando, a su agujero…el usurero quiere, pues, devorar el mundo y hacer como si le fuera útil y diera al mundo bueyes, cuando es él quien los arrebata y se los come…Y si se pasa por la rueda y se corta la cabeza a los ladrones de los caminos, a los asesinos y salteadores, con tanta mayor razón debería pasarse por la rueda y sangrarse…, arrojar a palos, maldecir y cortar la cabeza a todos los usureros”.

El desarrollo de la acumulación y la riqueza, dice Marx, hace factible el desarrollo del régimen capitalista de producción, con lo cual éste deja de ser “una mera encarnación del capital. Siente una “ternura humana” por su propio Adán y es ya tan culto, que se ríe de la emoción ascética como de un prejuicio del atesorador pasado de moda”. A diferencia del capitalista clásico, quien tilda de pecado el consumo individual, el capitalista moderno considera que la acumulación es el resultado directo de la renuncia al goce personal. La avaricia y la ambición de riqueza son el basamento espiritual del régimen capitalista de producción. Ahora bien, el goce no constituye el único objetivo del capitalismo. Al permitir la especulación y crear el sistema de crédito, crea el ambiente ideal para el enriquecimiento sin límites. En un momento del desarrollo del régimen capitalista de producción “el lujo pasa a formar parte de los gastos de representación del capital”. El capitalista de la nueva era se enriquece no por lo que produce y por su capacidad de ahorro, sino por su posición de poder sobre el obrero, a quien explota sin misericordia. Ahora el derroche del capitalista se incremente junto a su acumulación. En consecuencia surge inevitablemente un choque entre su instinto de goce y su instinto de acumulación.

Dice el Dr. Aikin en su libro “Description of the country from 30 to 40 miles around Manchester” (Londres, 1795, pp. 181, 182 ss. 188): “La industria manchesteriana puede dividirse en cuatro períodos. En el primero, los fabricantes veíanse obligados a trabajar ahincadamente para ganarse la vida”. Los padres les entregaban sus hijos como aprendices pagando por dicha acción mucho dinero, pese a que los niños se morían de hambre. En ese entonces no se ganaba mucho y quien acumulaba debía tener una gran capacidad de ahorro. “En el segundo período, comenzaban ya a reunir pequeñas fortunas, pero seguían trabajando tan duramente como antes…y seguían viviendo con la misma frugalidad…En el tercer período, comenzó el lujo y el negocio se extendió mediante el envío de jinetes (viajantes de comercio a caballo), encargados de recoger los encargos en todos los mercados del Reino. Casi puede asegurarse que antes de 1690 existían pocos o ningún capital de 3.000 o 4.000 libras esterlinas adquiridas en la industria. Pero, por ese tiempo o algo después, los industriales habían acumulado ya dinero y comenzaron a construir casas de piedra, en sustitución de las de madera y cal…Todavía en los primeros decenios del siglo XVIII, el fabricante de Manchester que obsequiase a sus huéspedes con una pinta de vino extranjero se exponía a las murmuraciones y a los reproches de todos sus vecinos…El cuarto período-último tercio del siglo XVIII-es un período de gran lujo y derroche, fomentados por el auge de los negocios”.

En el Manchester actual (época de Marx) lo único que importa es acumular. “¡La acumulación es la gran panacea!”, exclama Marx. “La industria suministra materiales, que luego el ahorro se encarga de acumular”, dice Adam Smith en “Wealth of Nations” (libro II, cap. III, t. II, p. 367). Hay que ahorrar porque hay que convertir otra vez la mayor parte posible de producto excedente en capital. El capitalista nació para acumular y producir. La producción y la acumulación valen por sí mismas. La economía clásica, sentencia Marx, siempre supo lo que cuesta producir riqueza pero de nada vale rebelarse contra lo que estipula la necesidad histórica. Dice Say: “Los ahorros de los ricos se amasan a costa de los pobres”. Por su parte, Sismondi (Etudes, etc., t. 1, p.24) expresa: “El proletario romano vivía casi totalmente a costa de la sociedad…Casi podríamos decir que la sociedad moderna vive a costa de los proletarios, de la parte que les sustrae al pagarles su trabajo”. Para los economistas clásicos el obrero no es una persona sino un instrumento, un engranaje de la gran maquinaria capitalista. Nació con una sola misión: producir plusvalía. Cabe reconocer que para el proletariado el capitalista tampoco es una persona sino una máquina creada para convertir esa plusvalía en capital, es decir, para explotar al obrero a mansalva.

En este contexto de lucha entre el goce y la riqueza Malthus esbozó una división del trabajo en virtud de la cual los capitalistas quedaban a cargo de la acumulación, quedando la aristocracia, los dignatarios del Estado y la Iglesia a cargo del cuidado del derroche. En su libro “Principles” (p.p. 319 y 320) este autor dice que es importante “mantener separadas la pasión de gastar y la pasión de acumular”. Ello provocó el enojo de los capitalistas, dice Marx, ya que un emblema de la ortodoxia económica tuvo el tupé de predicar “rentas territoriales altas, impuestos elevados, etc., para que el industrial se sienta espoleado constantemente por el acicate del consumidor improductivo” (Marx). Si bien hay que producir y producir, “un proceso semejante”, dice Malthus en “An Inquiry into those principles respecting the Nature of Demand” (p. 67), “más bien embaraza que estimula la producción. Además, no es del todo justo mantener así en la ociosidad a un número de personas, sólo para alimentar en la indolencia a gentes de cuyo carácter se puede inferir que, si se las pudiese obligar a ser activas, se comportarían magníficamente”. Marx critica a Malthus porque considera injusto que se obligue al capitalista industrial a acumular continuamente mientras que paralelamente considera lógico y natural que los salarios de los obreros sean lo más bajos posibles para alimentar su espíritu laborioso. Parece no darse cuenta, acusa Marx, que la fabricación de plusvalía se basa indefectiblemente en la apropiación de trabajo no retribuido. Dice Malthus: “El aumento de la demanda por parte de los obreros sólo revela su tendencia a quedarse para ellos con una parte menor de su producto, dejando una parte mayor para sus patronos; a los que dicen que esto, al disminuir el consumo (por parte de los obreros) produce glut (embotellamiento del mercado, superproducción), sólo puedo contestarles que “glut” es sinónimo de ganancias altas” (“Inquiry”, op.cit. p.50).

La discusión académica sobre la manera más adecuada de repartirse entre el capitalista industrial y el terrateniente ocioso el botín robado al obrero, quedó sepultada por la revolución de Julio, destaca Marx. En Lyon estallaba la rebelión del proletariado urbano, ocurriendo otro tanto en Inglaterra (el proletariado rural). Florecían por esos lares el owenismo, el saint-simonismo y el fourierismo. La economía vulgar había quedado fuera de combate. Tiempo después Nassau W. Senior descubría en la ciudad de Manchester que las ganancias e intereses del capital surgían de la “última hora-no retribuida-de la jornada de trabajo de doce” y anunciaba que él mismo sustituía “la palabra capital, considerado como instrumento de producción, por la palabra abstinencia” (“Principes Fondamentaux de l´Economie Politique, 1836, p. 308). La crítica de Marx a Senior es despiadada. Considera que lo que hace Senior es sólo reemplazar una categoría económica “por una frase de sicofantes. ¡Eso es todo!”, acusa Marx. Y agrega: “Cuando el salvaje-nos adoctrina Senior-fabrica arcos, ejercita una industria, pero no practica la abstinencia”. Esto nos explica cómo y por qué, en las sociedades antiguas, se fabricaban medios de trabajo “sin la abstinencia” del capitalista. “Cuanto más progresa la sociedad, más abstinencia requiere” (Senior). Pero se trata de una abstinencia, refuta Marx, que tiene como protagonistas a quienes se especializan en robar a otros su industria y sus productos. Y agrega: “Todas las condiciones del proceso de trabajo se convierten, a partir de ahora en otras tantas prácticas de abstinencia del capitalista. Si el trigo no solo se come, sino que, además, se siembra, ¡ello se debe a la abstinencia del capitalista!, dice Marx irónicamente. En su libro “Political Economy” (p.p. 133 y 134), Scrope dice: “Nadie…sembraría, por ejemplo, su trigo y lo dejaría un año entero en la tierra o tendría su vino durante varios años en la bodega, en vez de consumir inmediatamente estos objetos o sus equivalentes…, si no esperase obtener un valor adicional, etc.”. La ironía de Marx es fantástica. Dice: “el capitalista roba a su propio progenitor cuando “presta (¡) al obrero los instrumentos de producción”, o, lo que es lo mismo, cuando los explota como capital mediante la asimilación de la fuerza de trabajo, en vez de “comer” máquinas de vapor, algodón, ferrocarriles, abonos, caballos de tiro, etc., o, según la idea infantil que el economista vulgar se forma, en vez de gastarse alegremente “su valor” en lujo y en otros medios de consumo”. Ahora bien, de qué manera logrará semejante objetivo la clase capitalista aún no ha sido develado por la economía clásica. Y concluye: “Bástenos saber que el mundo sólo vive gracias a las mortificaciones que se impone a sí mismo este moderno penitente de Visnú que es el capitalista…El más elemental sentimiento de humanidad ordena, pues, indudablemente, redimir al capitalista de este martirio y de esta tentación, del mismo modo que la reciente abolición de la esclavitud ha venido a redimir al esclavista georgiano de la trágica disyuntiva de si había de gastarse en champán toda la ganancia arrancada a latigazos a los esclavos negros o invertir una parte en comprar más negros y más tierra”. Sublime.

b) Circunstancias que contribuyen a determinar el volumen de la acumulación

Para Marx resulta evidente que el volumen del capital que acumula el capitalista depende de la magnitud absoluta de la plusvalía, de lo que le roba al obrero. Si lo que se capitaliza es, por ejemplo, del 80 por ciento y lo que se gasta es el 20 por ciento restante el capital acumulado ascenderá a las 2.400 libras esterlinas o a las 1.200, según que la plusvalía obtenida alcance las 3000 libras o las 1.500 libras. Todo lo que ayuda a determinar la masa de plusvalía hace lo mismo con la acumulación.

¿De qué depende la cuota de plusvalía? En primer lugar, del grado de explotación de la fuerza de trabajo, del obrero como instrumento de la gran maquinaria capitalista. En este punto Marx vuelve a criticar a la economía clásica. Considera que por otorgarle tanta relevancia a este factor termina por identificar “el fomento de la acumulación mediante la intensificación de la fuerza de rendimiento del trabajo con el fomento de la acumulación mediante la explotación redoblada del obrero”. Dice David Ricardo: “En ciertas fases de la sociedad, la acumulación del capital o de los medios de aplicación (es decir, de explotación, acota Marx) del trabajo es más o menos rápida, y tiene necesariamente que depender en todo momento de las fuerzas productivas del trabajo. Las fuerzas productivas del trabajo son, en general, mayores allí donde existe plétora de tierras fértiles”. Marx comienza su análisis de la producción de plusvalía considerando al salario como espejo del valor de la fuerza del trabajo. El salario representa lo que vale el trabajo del obrero. En la práctica se produce un hecho que no debe pasar inadvertido: el salario se reduce a la fuerza por debajo de lo que vale el trabajo del obrero. De esta forma, “el consumo necesario del obrero se convierte de hecho, dentro de ciertos límites, en un fondo de acumulación de capital”.

Dice John Stuart Mill (“Essays on some unsettled Questions of Political Economy”, Londres, 1844, p. 90): “Los salarios no encierran fuerza productiva alguna; son el precio de una fuerza productiva; los salarios no impulsan, como el trabajo y a la par con él, la producción de mercancías, como tampoco la impulsa el precio de la maquinaria. Si se pudiera conseguir trabajo sin comprarlo, sobrarían los salarios”. El problema consiste, remarca Marx, en que si los obreros sólo necesitaran el aire para vivir, “no se pagaría por ellos ningún precio, es decir, trabajarían gratuitamente”. Se estaría, por ende, en presencia del máximo grado de explotación de mano de obra barata. Vale decir que la gratuidad del obrero constituye un límite de carácter matemático, que no puede alcanzarse pero sí acercarse. El capital se caracteriza por reducir el valor de la fuerza de trabajo a este nivel mínimo (“nihilista”, adjetiva Marx). Marx cita al autor de “An Essay on Trade and Commerce” (Londres, 1770, p. 44) para poner en evidencia lo que íntimamente deseaba el capital inglés de ese tiempo (siglo XVIII): rebajar la masa salarial a los niveles existentes en Francia y Holanda. Dice el autor: “Pero, como nuestros pobres (es decir, los obreros, acota Marx) quieren vivir con todo lujo…, su trabajo tiene que resultar, naturalmente, más caro…Basta considerar la masa horrorosa de cosas superfluas que consumen los obreros de nuestras manufacturas, tales como aguardiente, ginebra, té, azúcar, frutos extranjeros, cerveza fuerte, tejidos estampados, tabaco y rapé, etc.”. Luego cita el trabajo de un fabricante de Northamptonshire, que exclama: “En Francia, el trabajo es una tercera parte más barato que en Inglaterra, pues los pobres franceses trabajan de firme y gastan lo menos posible en comer y en vestir; su alimento consiste en pan, fruta, hierbas y raíces y pescado seco; muy rara vez comen carne, y si el trigo está caro, consumen también muy poco pan”. A ello hay que agregar, señala el autor, “que la bebida de estos obreros se compone de agua o de otros licores flojos por el estilo, gracias a lo cual viven con una baratura realmente asombrosa…Un estado semejante de cosas muy difícil de conseguir aquí, indudablemente, pero no es algo inasequible, como lo demuestra palmariamente el hecho de que exista tanto en Francia como en Holanda”. Años más tarde, Benjamín Thompson (“Essays, political, economical and philosophical”, etc., 3 tomos, Londres, 1796-1802, tomo I, p. 288) reproducía esta concepción tan “humanista”. Para Marx estos “Essays” constituyen “una especie de libro de cocina, con recetas de todo género, para sustituir las comidas normales de los obreros por sustitutivos mucho más baratos”. Dice Thompson: “Cinco libras de avena, cinco libras de maíz, 3 peniques de arenque, 1 penique de sal, 1 penique de vinagre, 2 peniques de pimienta y especies; en total 20 ¾ peniques, permiten obtener una sopa para 64 hombres, y con el precio de medio trigo podría incluso reducirse el costo en ¼ penique por cabeza”. Javier González Fraga, qué duda cabe, tuvo en quién inspirarse.

Entre fines del siglo XVIII y las primeras décadas del siglo siguiente los terratenientes y colonos ingleses expoliaron vilmente a sus braceros pagándoles un “salario” inferior incluso al mínimo establecido. Escribe G.B. Newnham (“A Review of the Evidence before the Committees of the two Houses of Parliament on the Cornlaws”, Londres, 1815, p. 28, nota): “Al sentarse a fijar los salarios que habían de regir en 1795 para Speenhamland, los squires habían comido ya a mediodía, pero se imaginaban, por lo visto, que los obreros no necesitaban hacerlo también…Estos caballeros decidieron que el salario semanal fuera de 3 chelines por cabeza cuando el pan de 8 libras y 11 onzas costase 1 chelín, debiendo subir proporcionalmente hasta que el pan costase 1 chelín y 5 peniques. Al rebasar este precio, el salario descendería en proporción, hasta que el precio del pan costase 1 chelín y 5 peniques. Al rebasar este precio, el salario descendería en proporción, hasta que el precio del pan fuese de 2 chelines; en este caso, la alimentación del jornalero se reduciría en 1/5”. En 1814 compareció ante la Comisión investigadora de la House of Lords A. Bennet, importante agricultor, magistrado y también encargado de administrar casas de beneficencia y regular salarios. Marx transcribe el siguiente diálogo: “¿Guardan alguna proporción el valor del trabajo diario y el socorro parroquial de los obreros?” Respuesta: “Sí. El ingreso semanal de cada familia se completa por encima de su salario nominal hasta obtener el precio del pan (de 8 libras y 11 onzas) y 3 peniques por cabeza…Calculamos que el pan de 8 libras y 11 onzas basta para mantener a todos los individuos de la familia durante una semana; los 3 peniques son para ropa; si la parroquia prefiere distribuir ella misma la ropa, se descuentan los 3 peniques. Esta práctica no se sigue solamente en toda la parte occidental de Wiltshire, sino, a lo que yo entiendo, en todo el país”. Es así como, expresa un autor clásico de ese momento, “los agricultores degradaron durante años y años a una clase respetable de compatriotas suyos, obligándolos a refugiarse en los talleres…El agricultor aumentó sus propias ganancias, impidiendo hasta la acumulación del fondo más estrictamente indispensable de consumo en la persona del obrero. Para saber el papel que desempeña hoy día el robo descarado que se comete contra el fondo de consumo del obrero en la creación de la plusvalía y, por tanto, en el fondo de acumulación del capital, basta fijarse, por ejemplo, en el llamado trabajo domiciliario”.

Según Marx, lo que se invierte (en el mundo de la industria) de capital constante en medios de trabajo tiene que ser suficiente para garantizar trabajo a un determinado número de obreros-cuya variación depende de la inversión-. Ahora bien, el incremento de esa parte constante de capital no tiene por qué ser proporcional al crecimiento de la masa de obreros empleados. En una fábrica trabajan 100 obreros 8 horas al día, lo que significa que suministran 800 horas laborales diarias. El dueño de la fábrica decide aumentar esas 800 horas diarias en la mitad. Para el logro de ese objetivo puede contratar a otros 50 obreros, lo que lo obliga a desembolsar nuevo capital para poder pagar salarios y adquirir medios de trabajo. Sin embargo, puede escoger otro camino. Obligar a los 100 obreros a trabajar no 8 horas diarias sino 12, con lo cual no se verá obligado a adquirir nuevos medios de trabajo. “De este modo”, sentencia Marx, “intensificando el rendimiento de la fuerza de trabajo, se obtiene trabajo adicional, que pasa a aumentar el producto excedente y la plusvalía, la sustancia de la acumulación, sin necesidad de que aumente en igual proporción el capital constante”. Vale decir que cuanto más se alargue la jornada laboral mayor será el incremento del producto excedente y la plusvalía; cuanto más explote el capitalista al obrero, mayor será su ganancia.

Marx compara lo que sucede en la industria extractiva, la agricultura y la verdadera industria. En las minas la materia prima no forma parte del capital que desembolsa el capitalista. Lo que se trabajo no es fruto de un trabajo previo sino un obsequio natural. En consecuencia, el capital constante se invierte en su totalidad en medios de trabajo tolerantes a una determinada cantidad de trabajo suplementario. Cuando aumenta el volumen del trabajo empleado se incrementan de manera directamente proporcional la masa y el valor del producto. El hombre y la naturaleza, creadores de los elementos materiales del capital, “aparecen unidos aquí como en los primeros días de la producción”. Como la fuerza de trabajo es elástica, acota Marx, se dilata la esfera de la acumulación sin que ello implique el aumento previo del capital constante. En la agricultura para ampliar el área cultivada el capitalista debe desembolsar nuevo capital. Una vez efectuado dicho desembolso todo tipo de cultivo, incluso el más mecánico, repercute casi de manera milagrosa sobre el volumen del producto. Cuando los obreros logran aumentar la cantidad de trabajo el suelo se vuelve más fértil, sin que el capitalista se haya visto en la necesidad de realizar nuevas inversiones en medios de trabajo. Por último, en la verdadera industria la inversión complementaria efectuada por el capitalista para adquirir nuevo trabajo implica necesariamente un desembolso complementario proporcional para la compra de nuevas materias primas, sin que ello implique la adquisición de nuevos medios de trabajo. “Resultado de todo esto”, concluye Marx, “es que, al anexionarse los dos factores primigenios de la riqueza, la fuerza de trabajo y la tierra, el capital adquiere una fuerza expansiva que le permite extender los elementos de su acumulación más allá de los límites trazados aparentemente por su propia magnitud, trazados por el valor y la masa de los medios de producción ya producidos, en que toma cuerpo el capital”.

Para Marx el grado de rendimiento del trabajo social es un factor de relevancia en la acumulación del capital. Cuando crece la fuerza productiva del trabajo crece al mismo tiempo la masa de productos que se traduce en una magnitud determinada de plusvalía. Al mantenerse inalterable la cuota de plusvalía y también si disminuye (siempre que lo haga más despacio de lo que se incrementa la fuerza productiva de trabajo), se produce un incremento de la masa del producto excedente. Al no modificarse la distribución en renta y capital adicional, el capitalista puede consumir más sin que disminuya al mismo tiempo el fondo de acumulación, es decir, sin que gaste capital. Dicho fondo puede incrementar su volumen a costa del fondo de consumo, mientras que al bajar las mercancías de precio el capitalista pasa a tener a su disposición más medios para disfrutar. Al crecer la productividad del trabajo, el obrero se torna más barato y aumenta la cuota de plusvalía, aun cuando crezca el salario real. El aumento del salario real nunca es proporcional al incremento de la productividad laboral. Que el trabajador sea más eficiente no implica que pasará a percibir un mejor salario. El capital variable pone, pues, en movimiento más fuerza laboral, más trabajo que antes, mientras que el capital constante “se traduce en más medios de producción, es decir, en más medios de trabajo, en más materiales y materias auxiliares o, lo que es lo mismo, suministra más elementos creadores de producto y creadores de valor, o sea, más elementos absorbentes de trabajo”. Ello significa que si el valor del capital adicional no se modifica-o disminuye-se produce la aceleración de la acumulación. “No sólo se amplía la escala de reproducción en cuanto a la materia prima que la forma, sino que la producción de la plusvalía crece más rápidamente que el valor del nuevo capital desembolsado”.

Marx sostiene que el desarrollo de la fuerza productiva del trabajo reacciona sobre el capital volcado hacia el proceso productivo. Una parte del capital se compone de aquellos medios de que se vale el obrero para producir-la maquinaria, por ejemplo-y cuyo destino final es la reparación o su reemplazo por otros medios iguales que le permiten al obrero continuar con su labor. Ahora bien, cada año un sector de estos medios de trabajo cumple con su cometido, debe ser sustituido por otros medios de trabajo afines. Ese sector se encuentra, por ende, en “la fase de su reproducción periódica”. Dice Marx: “Cuando la fuerza productiva del trabajo aumenta en los hogares de producción de estos medios de trabajo, desarrollándose constantemente con los avances ininterrumpidos de la ciencia y la técnica, las máquinas, las herramientas, los aparatos, etc., antiguos ceden el puesto a otros nuevos, más eficaces y más baratos, en proporción a su rendimiento”. Se produce un proceso de reproducción del capital antiguo, un reemplazo de ese capital por uno nuevo, más dinámico, eficiente y menos oneroso. Por su parte, el otro sector del capital constante-materias primas y materias auxiliares-se reproduce anualmente de manera constante “Toda implantación de nuevos métodos, etc., surte, pues, casi al mismo tiempo, los efectos de un nuevo capital, de un capital ya en funciones”, remarca Marx. Y agrega: “Cada progreso químico no sólo multiplica el número de materias útiles y las posibilidades de utilización de las ya conocidas, extendiendo con ello, al crecer el capital, las esferas de su inversión, sino que, al mismo tiempo, enseña a lanzar de rechazo al ciclo del proceso de reproducción los detritus del proceso de producción y de consumo, con lo cual crea nueva materia capitalista, sin necesidad de un previo desembolso de capital”. Un aumento de tensión de la fuerza laboral, la ciencia y la técnica provoca una explotación intensiva de la riqueza natural, constituyendo ambos fenómenos “una potencia de expansión del capital independiente del volumen concreto del capital en funciones”.

Lo que hace el trabajo es transferir al producto lo que valen los medios de producción que consume. Una cantidad específica de trabajo pone en funcionamiento medios de producción cuyo valor y masa se incrementan a medida que crece la productividad del trabajo. “Así”, expresa Marx, “aunque la misma cantidad de trabajo transfiere siempre a sus productos la misma suma de nuevo valor, el antiguo capital transferido también a aquéllos por el trabajo crece al crecer la productividad de éste”. He aquí el siguiente ejemplo que brinda Marx: un hilandero que viven en Inglaterra y otro que vive en China trabajan la misma cantidad de horas diarias y con la misma intensidad. En consecuencia, al finalizar la semana los dos crearán valores iguales. Sin embargo, hay una gran diferencia marcada por el apoyo tecnológico del que goza el hilandero inglés. En efecto, pese a esta igualdad, remarca Marx, no es lo mismo trabajar (como lo hace el hilandero inglés) con una formidable maquinaria automática que hacerlo (como lo hace el hilandero chino) sin ella. Mientras el hilandero chino utiliza X horas para hilar una fibra de algodón, en el mismo período el hilandero inglés hiló varios cientos de libras. No es que el hilandero inglés sea mejor que el hilandero chino, sino que aquél está más equipado en tecnología que éste. Dice Engels: “En 1782 se quedó sin elaborar (en Inglaterra), por falta de obreros, toda la cosecha de lana de los tres años anteriores, y así habría seguido, si no hubiese sido por la maquinaria recién inventada, con la cual se hiló”. Es cierto que el trabajo que se materializa en forma de maquinaria no provoca el incremento espontáneo de obreros, pero también lo es que con la maquinaria un escaso número de obreros lograron consumir la lana de manera productiva agregándole nuevo valor y, además, conservaron su valor primigenio en forma de hilo. Según Marx el trabajo vivo (de los obreros) logra que la conservación de los valores antiguos posibilite la creación de nuevos valores. Cuando el trabajo aumenta su eficacia, el volumen y el valor de sus medios de producción, “conserva y eterniza, por tanto, bajo una forma constantemente nueva, un capital cada vez más voluminoso”. Y concluye: “Esta virtud natural del trabajo se presenta como fuerza de propia conservación del capital que se lo anexiona, del mismo modo que las fuerzas sociales productivas de aquél pasan por ser cualidades propias de éste y la constante apropiación de trabajo excedente por el capitalista creación espontánea constante de valor del capital. Las fuerzas todas del trabajo se proyectan como otras tantas fuerzas del capital, del mismo modo que las formas de valor de la mercancía se reflejan, por espejismo, como formas de dinero”.

Cuando se incrementa el capital se ensancha la brecha entre el capital empleado y el capital consumido, “crece la masa de valor y de materia de los medios de trabajo, edificios, maquinaria, tuberías de drenaje, ganado de labor, aparatos de toda clase, etc., que durante períodos más o menos largos, en procesos de producción constantemente repetidos, funcionan en toda su extensión o sirven para conseguir determinados efectos útiles, desgastándose sólo paulatinamente y perdiendo, por tanto, valor trozo a trozo, lo que equivale a transferirlo también trozo a trozo al producto”. En la proporción en que dichos medios de trabajo son útiles para crear nuevos productos pero sin que les agreguen valor, prestan un servicio gratuito idéntico al que prestan las fuerzas naturales (agua, aire, vapor, electricidad, etc.). Cuando el trabajo vivo se adueña del trabajo pretérito, el servicio gratuito que presta se incrementa al mismo tiempo que la escala de la acumulación. A manera de colofón, expresa Marx: “Dado el grado de explotación de la fuerza de trabajo, la masa de plusvalía se determina por el número de obreros explotados simultáneamente y éste corresponde, aunque su proporción oscile, al volumen del capital. Por tanto, cuanto más crezca el capital en el transcurso de la sucesiva acumulación, tanto más crecerá también la suma de valor que se desdobla en el fondo de acumulación y el fondo de consumo. De este modo, el capitalista podrá vivir cada vez mejor y “renunciar” a más. Finalmente, la energía con que funcionan todos los resortes de la producción es tanto mayor cuanto más se amplía su escala al crecer la masa del capital desembolsado”.