MARX Y EL PROCESO CAPITALISTA DE PRODUCCIÓN SOBRE UNA ESCALA AMPLIADA.

(Hernán Andrés Kruse)

Marx dedica el capítulo XXII del Libro Primero (“El proceso de producción del capital”) de “El Capital” a analizar cómo nace el capital de la plusvalía.

Marx comienza brindando la siguiente definición de la acumulación del capital: “la inversión de la plusvalía como capital o la reversión a capital de la plusvalía”. Dice Malthus (“Principles of Political Economy”, segunda edición, Londres, 1836, p. 320): “Acumulación de capital: la inversión de una parte de la renta como capital”. Marx aplica en primer lugar este fenómeno desde el punto de vista del capitalista individual. Un empresario hilandero desembolsa un capital de 10.000 libras esterlinas, destinando las cuatro quintas partes de esa suma al algodón, la maquinaria, etc. y la restante quinta parte al pago de salarios. Su producción asciende a 240.000 libras de hilo anuales con un valor de 12.000 libras esterlinas. Si la cuota de plusvalía es del 100 por 100, la plusvalía se encerrará en el producto excedente de 40.000 libras de hilo (lo que implica una sexta parte del producto bruto). La plusvalía tendrá, pues, un valor de 2000 libras esterlinas que se materializará a través de su venta. Esas 2000 libras esterlinas constituyen siempre un valor de 2000 libras esterlinas. Ahora bien, que ese dinero posea un color determinado o huela de determinada manera, acota Marx, no indica que se trate de plusvalía. “El que un valor sea plusvalía sólo indica cómo llegó a manos de su poseedor, pero no altera en lo más mínimo la naturaleza del valor o del dinero”. El propósito del hilandero es convertir las nuevas 2000 libras esterlinas en capital. Para ello invertirá cuatro quintas partes de estas nuevas 2000 libras esterlinas para la adquisición de algodón, maquinarias, etc., y el resto para la adquisición de nuevos obreros, quienes hallarán en el mercado aquellos medios de vida cuyo valor es suministrado por el hilandero. Una vez que entra en funcionamiento en la hilandería, el nuevo capital arrojará una plusvalía de 400 libras.

El valor del capital posee la forma de dinero a partir de su desembolso mientras que la plusvalía es desde el principio el valor de una específica parte del producto bruto. Cuando se produce la venta de la plusvalía, se transforma en dinero recobrando el valor del capital su forma primigenia, no sucediendo lo mismo con la plusvalía, que modifica su morfología. A partir de ese momento el capital y la plusvalía tienen algo en común: son sumas de dinero y en ambos casos el proceso de reversión a capital es el mismo. El capitalista se vale del capital y la plusvalía para adquirir aquellas mercancías que le permitan continuar la fabricación de sus productos. Pero para comprar las mercancías, primero debe hallarlas en el mercado. ¿Por qué circulan los hilados del hilandero? Porque tomó la decisión de lanzarlos al mercado, tal como lo hacen con sus mercancías los demás productores. Ahora bien, antes de que los productos sean lanzados al mercado, enfatiza Marx, ya “figuraban en el fondo anual de producción, es decir, en la masa global de objetos de todo género, en los que se convierte, al cabo del año, la suma global de los capitales individuales o el capital global de la sociedad y del que cada capitalista individual sólo posee una parte alícuota”. El mercado funciona en base al continuo intercambio entre las diversas partes integrantes de la producción anual. Las operaciones del mercado permiten que esas partes pasen de mano en mano sin que ello implique un incremento del volumen de la producción global anual ni una modificación en la naturaleza de los objetos producidos. Lo que se haga con el producto anual dependerá esencialmente de su propia constitución pero nunca del proceso de circulación.

La producción anual tiene como objetivo suministrar los objetos que repondrán los elementos materiales del capital que fueron consumidos durante el año. Queda, pues, el producto excedente que encierra la plusvalía. Marx se pregunta si dicho producto excedente consiste en una serie de objetos destinados a formar parte del fondo de consumo del capitalista. Si ello fuera así el capitalista gastaría la plusvalía sin dejar margen para la reproducción simple. La acumulación sólo es posible si el capitalista transforma en capital una parte del trabajo excedente, es decir, aquellos objetos aptos para ser utilizados en el proceso laboral: los medios de producción y los medios de vida. Dice Marx: “una parte del trabajo excedente anual deberá invertirse en crear los medios de producción y de vida adicionales, rebasando la cantidad necesaria para reponer el capital desembolsado. En una palabra, la plusvalía sólo es susceptible de transformarse en capital, porque el producto excedente cuyo valor representa aquélla, encierra ya los elementos materiales de un nuevo capital”.

Para que estos elementos comiencen a funcionar como capital, el empresario necesita contratar nuevos obreros. Como no puede incrementar intensiva y extensivamente la explotación de los obreros que trabajan en su fábrica, el capitalista se ve impelido a incorporar al proceso productivo nuevas fuerzas de trabajo. En el proceso de producción capitalista la clase obrera depende del salario, de unos ingresos normales que le aseguran su supervivencia y su multiplicación. El capitalista se limita a incorporar a los medios de producción adicionales contenidos en el proceso de producción anual los obreros adicionales suministrados por la clase obrera cada año, dando lugar así a la conversión de la plusvalía en capital. Para Marx la acumulación no es más que “la reproducción del capital en una escala progresiva”. Marx se vale de este ejemplo para clarificar el concepto. El capitalista es dueño al comienzo de un capital de 10.000 libras esterlinas que arroja una plusvalía de 200 libras. Dicha plusvalía es capitalizada. Este nuevo capital de 2000 libras esterlinas arroja una nueva plusvalía de 400 libras, que luego es capitalizada. Convertida en un nuevo capital adicional, arroja una plusvalía de 80 libras. Y así de manera sucesiva. Como expresa Sismondi, la modificación y transformación del ciclo de reproducción se asemejan a una espiral.

Las 10.000 libras desembolsadas al principio por el capitalista constituyen el capital primitivo. Marx se pregunta cómo hizo el capitalista para obtener esa suma de dinero. La opinión de los economistas de la época es unánime: de su propio trabajo y del de sus predecesores. Dice Sismondi (Nouveaux Principes, etc., ed. París, t. 1, p. 109): “El trabajo originario, de donde arranca su capital”. No acontece lo mismo con las 2000 libras, el capital adicional, remarca Marx. Este capital no es otra cosa que plusvalía capitalizada. Desde su génesis sólo posee valor proveniente de trabajo ajeno no retribuido, es decir, de trabajo realizado por el obrero. La fuerza laboral adicional se incorpora a determinados medios de producción contando con medios de vida para subsistir: pues bien, tanto los medios de producción como los medios de vida forman parte del tributo que le extrae compulsivamente el capitalista al obrero. En otros términos: tanto los medios de producción como los medios de vida son lo que el capitalista le roba al obrero. Dice Marx: “Cuando ésta (clase capitalista), con una parte del tributo, le compra a aquélla (clase obrera) fuerza de trabajo adicional, aunque se la pague por todo lo que vale, cambiándose equivalente por equivalente, no hace más que acudir al viejo procedimiento del conquistador que compra mercancías al vencido y se las paga con su propio dinero que antes le ha robado”. Dantesco, realmente. Una vez que el capital adicional emplea a su propio productor, éste tiene, por un lado, que seguir alimentando el valor del capital primigenio, lo que valía el capital al principio, y, por el otro, está obligado a rescatar lo que produjo con trabajo anterior agregando más trabajo del que empleó para producirlo. Con su trabajo adicional, la clase obrera crea el capital necesario que permite la entrada de capital adicional el año entrante. Dice E.G. Wakefield (England and America, Londres, 1833, t. II): “El trabajo crea el capital antes que el capital dé empleo al trabajo”. De esa forma se produce capital con capital, sentencia Marx.

El capital inicial es de 10.000 libras y arroja una plusvalía de 2000 libras. Pues bien, “la premisa de la acumulación del primer capital adicional de 2000 libras esterlinas era una suma de valor de 10.000 libras desembolsada por el capitalista y reunida por él gracias a su trabajo originario”. El nuevo capital de 2000 libras arroja una nueva plusvalía de 400 dólares. Pues bien, “la premisa del segundo capital adicional de 400 libras ya no es más que la acumulación precedente del primero, de las 2.000 libras esterlinas como su plusvalía capitalizada”.

El capital inicial es de 10.000 libras y arroja una plusvalía de 2000 libras. Esta plusvalía surge de la compra de fuerza de trabajo, de la contratación de obreros con una parte del capital desembolsado por el empresario. Esta compra, además de adecuarse a las leyes de cambio de mercancías, exigía al obrero sólo el derecho a disponer de sus facultades en libertad y al empresario únicamente el derecho a disponer sobre los valores de su pertenencia en libertad. El segundo capital adicional (400 libras) y los siguientes son el resultado de las 2000 libras que surgen como plusvalía de las 10.000 libras desembolsadas por el empresario (capital primigenio). Las plusvalías que se derivan de la plusvalía originaria (2000 libras) “son un mero resultado del capital adicional número 1, y, por consiguiente, una consecuencia lógica de aquella primera relación; es decir, que cada una de estas transacciones responde constantemente a la ley del cambio de mercancías: el capitalista compra siempre la fuerza de trabajo y el obrero la vende, e incluso admitimos que por todo su valor real. Pues bien, en estas condiciones, la ley de apropiación o ley de la propiedad privada, ley que descansa en la producción y circulación de mercancías, se trueca, por su misma dialéctica interna e inexorable, en lo contrario de lo que es”.

La operación primigenia aparentaba ser un cambio de valores equivalente. Pues bien, según Marx dicho cambio se tergiversa de tal manera que la parte de capital que el empresario emplea para comprar fuerza de trabajo (obreros) es una parte de lo producido por el propio obrero, del “producto del trabajo ajeno apropiado, sin equivalencias”. Por su parte, el obrero se ve impelido a reponer el trabajo que se apropia el empresario con un nuevo superávit. “De este modo”, sentencia Marx, “la relación de cambio entre el capitalista y el obrero se convierte en una mera apariencia adecuada al proceso de la circulación, en una mera forma ajena al verdadero contenido y que no sirve más que para mistificarlo”. La operación de compra y venta de la fuerza laboral es pura formalidad. Lo que sucede en la realidad es lo siguiente: el empresario cambia todo el tiempo una parte del trabajo del obrero ya realizado por una cantidad mayor de fuerza laboral viva de otros obreros, apropiándose de la misma todo el tiempo sin retribución. Vale decir que el empresario compra constantemente nueva fuerza laboral utilizando como medio de pago lo producido por los obreros que en ese momento trabajan para él. ¿Qué significa, por ende, el derecho de propiedad en el sistema capitalista? Responde Marx: “Ahora, la propiedad, vista desde el lado del capitalista, se convierte en el derecho de apropiarse de trabajo ajeno no retribuido, o su producto, y, vista desde el obrero, como la imposibilidad de hacer suyo el producto de su trabajo. De este modo, el divorcio entre la propiedad y el trabajo se convierte en consecuencia obligada de una ley que parecía basarse en la identidad de estos dos factores”. Dice Cherbuliez (“Riche ou pauvre, París, 1841, p. 58): la propiedad del capitalista sobre el producto del trabajo ajeno “es la consecuencia rigurosa de la ley de la apropiación, cuyo principio fundamental era, por el contrario, el derecho exclusivo de propiedad de todo obrero sobre el producto de su propio trabajo”.

Es importante tener en cuenta, destaca Marx, que el régimen capitalista no surge de la violación de las leyes originarias de la producción de mercancías. Por el contrario, surge de su aplicación. El cambio primigenio de una determinada suma de valor en capital se adecuaba perfectamente a lo estipulado por las leyes del intercambio. El obrero vende al empresario su fuerza de trabajo. Hay, pues, un vendedor (el obrero) y un comprador (el capitalista). Al vender su fuerza de trabajo, el obrero recibe a cambio el valor de su mercancía mientras cede su trabajo (valor de uso). Por su parte, el capitalista transforma los medios de producción que posee en un nuevo producto que le pertenece en virtud de lo estipulado legalmente. Este producto envuelve el valor de los medios de producción previamente absorbidos. Lo que hace el trabajo útil, para absorberlos, es transferir el valor de estos medios al nuevo producto. Sin embargo, para que este producto sea vendido la fuerza de trabajo (el obrero) debe ser capaz de suministrar trabajo útil. El nuevo producto encierra un valor que equivale al valor del trabajo del obrero y la plusvalía. Ello es así porque la fuerza laboral que se vende durante X período de tiempo vale menos que el valor que crea su uso durante ese mismo tiempo. Cuando el obrero cobra el valor de cambio de su fuerza laboral se desprende precisamente de su valor de uso, tal como sucede con cualquier otro comprador. La fuerza de trabajo es una mercancía especial que tiene como objetivo rendir trabajo (valor de uso), es decir, crear mercancías. Sin embargo, ello no altera en lo más mínimo, remarca Marx, la ley general de la producción de mercancías.

La ley de cambio presupone desde el inicio una diversidad de valores de uso de las mercancías cambiadas (mercancías que satisfacen distintas necesidades) y nada tiene que ver con el empleo que les da quienes las adquieren. Vale decir que el cambio primigenio del dinero en capital se adecua perfectamente a las leyes económicas que rigen el proceso de producción de mercancías y con los títulos de propiedad de la misma. De manera pues que dicha operación hace que el producto sea de propiedad del capitalista (y no del obrero), que su valor encierre el valor del capital desembolsado y la plusvalía que también es propiedad del capitalista pese a que no se esforzó nada para producirla (y sí lo hizo el obrero con su trabajo) y que el obrero está en condiciones de poder volver a vender su fuerza laboral si encuentra otro capitalista que desee comprarla. Vale decir que la reproducción simple se reduce a la repetición constante de la conversión originaria del dinero en capital. De esa forma no hace más que aplicar la ley permanentemente. Dice Sismondi (“Nouveaux Principes”, etc., p. 70): “Varios actos de cambio engarzados los unos a los otros, no hacen más que convertir al último en representante del primero”. Pero por otro lado, cuando se enfoca esta reproducción simple primigenia como un fenómeno aislado, presenta un carácter radicalmente diferente. Dice Sismondi: “De aquellos que se reparten la renta nacional, los unos (los obreros) adquieren cada año, con su nuevo trabajo, un nuevo derecho a participar en ella, mientras que los otros (los capitalistas) han adquirido ya un derecho permanente a ello antes, por un trabajo originario”.

El reemplazo de la reproducción simple por la acumulación no altera la esencia del problema, destaca Marx. En la reproducción simple el capitalista se queda con la plusvalía mientras que en la acumulación sólo gasta una parte de plusvalía transformando el resto en dinero. La plusvalía siempre perteneció al empresario y a nadie más. Éste siempre es el protagonista principal. Siempre desembolsa sus propios fondos, tanto al principio como ahora cuando desembolsa la plusvalía para la producción. Que ahora los fondos provengan del trabajo del obrero no altera la esencia del problema. El obrero A produce una plusvalía que le permite al obrero B tener un empleo. Ahora bien, la plusvalía producida por el obrero A no implica ninguna reducción del justo precio de su mercancía; por otro lado, el obrero B hace caso omiso de este asunto. A éste sólo le interesa que su empleador le pague el valor de su fuerza laboral. Dice Sismondi: “ambos salen ganando; el obrero, porque se le abonan los frutos de su trabajo (debiera decir: con el trabajo no retribuido de otros obreros) antes de realizarlo (debiera decir: antes de que rinda su propio fruto); el patrono, porque el trabajo de este obrero vale más que su salario (debiera decir: crea más valor que el de su salario)”.

En el proceso de producción de mercancías hay dos protagonistas frente a frente: los vendedores y los compradores. Las relaciones que entablan culminan cuando vence el contrato celebrado entre ellos. Para que la operación se reitere vendedores y compradores deben celebrar un nuevo contrato que nada tiene que ver con el anterior aunque los protagonistas sean los mismos vendedores y compradores. A raíz de ello, para analizar la producción de mercancías en función de sus propias leyes, se debe desmenuzar cada acto de cambio independientemente del acto de cambio previamente ejecutado y del que tendrá lugar próximamente. El protagonista de este proceso es, por un lado, el vendedor individual, y, por el otro, el comprador individual. No cabe, pues, buscar en estas ventas y compras relaciones entre clases sociales. El que vende su fuerza de trabajo es el obrero Juan y el que la compra es el empresario Pedro, no la clase obrera y la clase capitalista. Mientras en cada acto individual de cambio se resguarden las leyes del cambio de mercancías, el régimen de apropiación puede experimentar profundos cambios sin que ello implique alterar los títulos de propiedad propios del proceso de producción de mercancías. “Estos títulos”, dice Marx, “se mantienen en vigor como en un principio, cuando el producto pertenecía al productor y cuando éste, cambiando equivalente por equivalente, sólo podía enriquecerse con su propio trabajo; el mismo derecho rige en el período capitalista, donde la riqueza social se convierte, en proporciones cada vez mayores, en propiedad de quienes disponen de medios para apropiarse constantemente el trabajo no retribuido de otros”.

Esta consecuencia se torna inevitable en el momento en que el obrero decide vender su fuerza de trabajo como una mercancía. Es ahí cuando la producción de mercancías se generaliza adquiriendo la fisonomía propia de la producción, cuando los artículos comienzan a ser elaborados para el mercado, y cuando toda la riqueza que es producida en este proceso pasa a ser un protagonista relevante de la circulación. Expresa Marx: “Decir que la interposición del trabajo asalariado falsea la producción de mercancías, equivale a decir que la producción de mercancías no debe desarrollarse si no quiere verse falseada. Al paso que esta producción se desarrolla, obedeciendo a sus propias leyes inmanentes, para convertirse en producción capitalista, las leyes de la propiedad inherentes a la producción de mercancías se truecan en las leyes de apropiación del capitalismo”.

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