MARX Y EL CARÁCTER MISTERIOSO DE LA MERCANCÍA

(Hernán Andrés Kruse)

Marx culmina su análisis de la mercancía centrando su atención en el secreto que esconde el fetichismo de la mercancía. Cuando se observa una mercancía cualquiera, nadie duda que constituye un objeto evidente y trivial. Pero si se la analiza con mayor detenimiento, emerge claramente su verdadera naturaleza: se trata de un objeto complicado, repleto “de sutilezas metafísicas y de resabios teológicos”. Como valor de uso, la mercancía no tiene nada de misterioso, metafísico, religioso. La mercancía, producto del trabajo humano, sirve para satisfacer alguna necesidad humana. Tan simple como eso. La naturaleza se modifica cuando el hombre interviene para servirse de ella. La madera del árbol se modifica cuando el hombre la transforma en una silla. Pero la silla sigue siendo madera, un objeto como cualquier otro que el hombre usa para satisfacer una necesidad (sentarse para descansar o para leer un libro). La cosa cambia cuando ese objeto físico y vulgar comienza a actuar como mercancía. Cuando ello acontece, la silla “se convierte en un objeto físicamente metafísico”.
¿Cuál es el origen del carácter místico de la mercancía? He aquí la pregunta fundamental que se formula Marx. ¿Brota de su valor de uso o del contenido de sus determinaciones de valor? La respuesta es negativa. Marx así lo explica. Los trabajos útiles que realiza el hombre difieren entre sí. El trabajo del carpintero no es el mismo al del electricista. Sin embargo, todas las actividades productivas del hombre no son más que funciones del organismo humano, representan un gasto de inteligencia y fuerza física. A su vez, en relación con la magnitud de valor y el factor que la determina –la cantidad de trabajo invertida-“es evidente que la cantidad se distingue incluso mediante los sentidos de la calidad del trabajo”. Por último, cuando los hombres comienzan a trabajar mancomunadamente, su trabajo se socializa.
¿De dónde emerge, entonces, el carácter misterioso, metafísico, religioso, del producto del trabajo en el momento en que comienza a actuar como mercancía? Es precisamente en ese momento cuando surge el carácter misterioso de la mercancía. Dice Marx: “En las mercancías, la igualdad de los trabajos humanos asume la forma material de una objetivación igual de valor de los productos del trabajo, el grado en que se gaste la fuerza humana de trabajo, medido por el tiempo de su duración, reviste la forma de magnitud de valor de los productos del trabajo, y, finalmente, las relaciones entre unos y otros productores, relaciones en que se traduce la función social de sus trabajos, cobran la forma de una relación social entre los propios productos de su trabajo”. El carácter misterioso de la mercancía estriba, entonces, en su habilidad para presentar el carácter social del trabajo de los hombres como si fuese una característica material propia de dichos trabajos y como si, por ende, el vínculo social que existe entre los productores y el trabajo social (“el trabajo colectivo de la sociedad”, dice Marx) constituyese una relación social enhebrada por los propios objetos producidos por el trabajo humano y no por los propios productores. He aquí, según Marx, la razón por la cual los productos del trabajo se transforman “en mercancía, en objetos físicamente metafísicos o en objetos sociales”. Los productos del trabajo adquieren vida propia. Es lo que acontece con la sensación luminosa que un objeto provoca en el nervio visual (un encandilamiento, por ejemplo) que daría la sensación de que no fuese una reacción del nervio de la vista “sino la forma material de un objeto situado fuera del ojo” (una lámpara, por ejemplo). En este caso hay realmente un objeto exterior al ojo humano-la lámpara-que proyecta luz (encandilamiento) sobre el ojo (el otro objeto). En el encandilamiento, se da una relación física entre dos objetos físicos (la lámpara y el nervio de la vista). No sucede lo mismo con las mercancías. Según Marx, la relación de valor de los productos del trabajo en que la forma mercancía se materializa y la propia forma mercancía, nada tienen que ver con el carácter físico de la mercancía ni con los vínculos materiales que se derivan de ese carácter. La relación de índole fantasmal que se da entre objetos materiales implica, para los ojos humanos, sólo un vínculo social concreto y específico enhebrado entre los propios hombres. El carácter misterioso que presenta el producto del trabajo tiene origen humano, sentencia Marx. El carácter misterioso de la silla nada tiene que ver con su carácter físico ni con las relaciones sociales que emergen de dicho carácter. En este sentido, el mundo de las mercancías se asemeja al antiguo mundo de las religiones, donde los productos de la mente humana tenían vida propia, siendo capaces de entablar relaciones con los demás productos y con los hombres. Lo mismo sucede con los productos elaborados por el hombre en el mundo de la mercancía. A este fenómeno Marx lo denomina “fetichismo”. El fetichismo no puede ser desvinculado del proceso de creación de los productos elaborados-en forma de mercancía- por el trabajo. En definitiva, “este carácter fetichista del mundo de las mercancías responde, como lo ha puesto ya de manifiesto el análisis anterior, al carácter social genuino y peculiar del trabajo productor de mercancías”.
La adopción por parte de los objetos útiles-el lienzo y la levita, por ejemplo-de la forma de mercancías se debe a que tanto el lienzo como la levita son “productos de trabajos privados independientes los unos de los otros”. El trabajo del tejedor (lienzo) es privado, al igual que el del sastre (levita). Cuando deciden intercambiar sus productos, el lienzo y la levita, el tejedor y el sastre entran en contacto social. De manera pues que sus trabajos privados sólo adquieren carácter social cuando el tejedor y el sastre efectúan el intercambio. Los trabajos privados del tejedor y el sastre forman parte del trabajo colectivo social debido a los vínculos que el cambio establece entre el lienzo y la levita y, por su intermedio, entre el tejedor y el sastre. En consecuencia, ante los ojos del tejedor y el sastre las relaciones que se establecen entre sus trabajos privados aparecen “como relaciones materiales entre personas (el tejedor y el sastre) y relaciones sociales entre cosas (el lienzo y la levita)”.
Cuando el tejedor y el sastre cambian entre sí sus productos del trabajo, tanto el lienzo como la levita adquieren “una materialidad de valor socialmente igual e independiente de su múltiple y diversa materialidad física de objetos útiles”. Para Marx, el producto del trabajo útil-el lienzo y la levita- se desdobla en objeto útil (valor de uso del lienzo y la levita) y materialización de valor. Este desdoblamiento se produce sólo donde el cambio de productos útiles “adquiere la extensión e importancia suficientes para que se produzcan objetos útiles con vistas al cambio, donde, por tanto, el carácter de valor de los objetos se acusa ya en el momento de ser producidos”. Este desdoblamiento es impensable en una isla habitada por un solo individuo. Para que este desdoblamiento tenga vigencia es fundamental la presencia de un buen número de productores dispuestos a intercambiar sus objetos útiles. Cuando comienza el intercambio, los trabajos privados del tejedor y el sastre “asumen, de hecho, un doble carácter social”. Los trabajos del tejedor y el sastre tienen que satisfacer una específica necesidad concreta y, además, tienen que adecuarse al sistema de la división social del trabajo. Pero, por otro lado, únicamente estarán en condiciones de satisfacer las necesidades de sus propios productores en la medida en que tanto el trabajo del tejedor como el del sastre estén en condiciones de ser cambiados por cualquier otro tipo de trabajo privado útil (su equivalente). ¿Cómo se encuentra la igualdad de los trabajos? Sólo hay una manera: hacer abstracción de la desigualdad real de los trabajos privados y útiles, y reducirlos a lo que tienen en común. ¿Y qué es lo que tienen en común? La de implicar “desgaste de fuerza de trabajo humano”. Todos los trabajos privados y útiles son muy diferentes, pero todos son, abstractamente considerados, trabajo humano. Tanto el tejedor como el sastre no hacen otra cosa que reflejar, a través de sus cerebros, el doble carácter social de sus trabajos privados “en aquellas formas que revela en la práctica el mercado, el cambio de productos: el carácter socialmente útil de sus trabajos privados, bajo la forma de que el producto del trabajo ha de ser útil, y útil para otros; el carácter social de la igualdad de los distintos trabajos, bajo la forma del carácter de valor común a todos esos objetos materialmente diversos que son los productos del trabajo”.
En definitiva, el tejedor y el sastre no vinculan entre sí el lienzo y la levita como valores porque consideren que se trata de “envolturas simplemente materiales de un trabajo humano igual”. Para Marx, es exactamente a la inversa. En el momento en que el tejedor y el sastre cambian sus productos (el lienzo y la levita), no hacen más que equipararlos como valores, o lo que es lo mismo, no hacen otra cosa que equiparar entre sí sus trabajos de tejedor y sastre como modalidades de trabajo humano. Sin embargo, el tejedor y el sastre no saben que lo están haciendo, pero lo hacen, enfatiza Marx. El valor transforma al lienzo y la levita (a todos los productos del trabajo, en realidad) “en jeroglíficos sociales”. Los hombres intentan descifrarlos, descubrir el secreto de lo que producen, porque concebir objetos útiles (el lienzo y la levita, en este caso) es obra social humana (del tejedor y el sastre, en este caso). Lo mismo acontece con el lenguaje. El lienzo y la levita, como todos los productos del trabajo, son valores y no hacen más que expresar materialmente el “trabajo humano invertido en su producción”. Para Marx, se trata de un descubrimiento científico tardío “que hace época en la historia del progreso humano, pero que no disipa ni mucho menos la sombra material que acompaña al carácter social del trabajo”.

Hernán Andrés Kruse
Rosario
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