MARX Y CÓMO EL VALOR O PRECIO DE LA FUERZA DE TRABAJO SE CONVIERTE EN SALARIO.

(Hernán Andrés Kruse)

Marx pasa a analizar la manera como el precio de la fuerza de trabajo se transforma en salario. Según el marco teórico que legitima a la sociedad burguesa, el salario que percibe el trabajador es una suma de dinero que se paga por el trabajo que realiza. Por un lado, se habla del “valor del trabajo” y se denomina “precio natural” del trabajo a su expresión en dinero. Por el otro, se habla de los “precios comerciales del trabajo”, de los precios que se sitúan por encima o por debajo de su precio necesario. El valor de una mercancía es “la forma materializada del trabajo social invertido para su producción”. La magnitud de su valor se mide por la magnitud del trabajo que encapsula. Para ser vendido en el mercado como mercancía, el trabajo debe necesariamente existir antes de ser vendido Si el obrero estuviese en condiciones, enfatiza Marx, de dar a su trabajo una existencia independiente, lo que en realidad haría sería vender mercancía y no trabajo. En una cita a pie de página se lee lo siguiente: “Aunque se diga que el trabajo es una mercancía, no puede confundirse con esas mercancías que se producen para cambiarlas y se lanzan al mercado, donde se cambian en las proporciones correspondientes por otras mercancías que en él se encuentran; el trabajo se crea en el momento mismo en que acude al mercado; más aún, acude al mercado antes de crearse” (Observations on some verbal disputes, etc., pp. 75 y 76).

Según Marx, un intercambio directo de dinero anularía la ley del valor (ley que se desarrolla en todo su esplendor a base de la producción capitalista) o pulverizaría la propia producción capitalista asentada en el trabajo asalariado. Marx brinda el siguiente ejemplo para clarificar estos conceptos. La jornada laboral consta de 12 horas y se representa por un equivalente en dinero de 6 chelines. En este punto pueden suceder dos cosas. Por un lado, pueden cambiarse equivalentes. En este supuesto, el trabajador percibiría por su trabajo de 12 horas un salario de 6 chelines. Lo que vale su trabajo equivale al precio de su producto. El obrero no produce plusvalía alguna para el capitalista, los 6 chelines no se transforman en capital y se produce la desaparición de la base de la producción capitalista. Por otro lado, puede suceder que el obrero perciba por su trabajo de 12 horas una cifra inferior a los 6 chelines (menos de 12 horas de trabajo). Ello significa que las 12 horas de trabajo se cambian por 10 chelines, por 6 chelines o por la cantidad que fuere. Se produce una equiparación de magnitudes desiguales que implica, lisa y llanamente, la destrucción de la ley de determinación del valor. Semejante contradicción, sentencia Marx, jamás puede proclamarse siquiera como ley. “Si consideramos el trabajo como una mercancía y el capital, o sea, el producto del trabajo, como otra mercancía, y si los valores de ambas responden a cantidades iguales de trabajo, resultará que cambiaremos una cantidad dada de trabajo…por una cantidad equivalente de capital, engendrada por una cantidad igual de trabajo; cambiaríamos el trabajo pretérito…por la misma suma que el trabajo actual. Pero el valor del trabajo, considerado en relación con otras mercancías…no se determina por cantidades iguales de trabajo” (E. G. Wakefield, en su edición de A. Smith, Wealth of Nations, Londres, 1836, I, p. 231, nota). ¿Qué es lo que determina la magnitud de valor de una mercancía? Lo que la determina es la cantidad de trabajo necesario para su producción (y no, remarca Marx, la forma objetiva que dicho trabajo reviste). Quien posee dinero se enfrente en el mercado de las mercancías con el propio obrero y no con la fuerza laboral de éste. Dicha fuerza es, precisamente, lo que el obrero vende al capitalista. Cuando el obrero comienza a ejercer sus tareas el trabajo deja de ser de su propiedad; en consecuencia, no puede vender lo que no le pertenece. “El trabajo es la sustancia y la medida inmanente de los valores, pero de suyo carece de valor”, manifiesta Marx. “El trabajo, medida exclusiva de valor…fuente de toda riqueza, no es una mercancía” (Th. Hodgskin, Popular Political Economy, p. 188).

Luego de criticar el análisis que hace la economía clásica del precio del trabajo, Marx se refiere a la manera como el valor y los precios de la fuerza de trabajo se convierten en salarios. ¿Cómo se calcula el valor diario de la fuerza de trabajo? Se lo calcula tomando como base una duración específica de la vida del trabajador que corresponde con una determinada duración de la jornada laboral. La jornada laboral abarca, por ejemplo, 12 horas y el valor diario de la fuerza laboral asciende a 3 chelines. Estos 3 chelines expresan en dinero el valor en que se traduce la mitad de la jornada laboral (6 horas). ¿Qué sucedería si al trabajador se le pagasen 4 chelines? Sucedería que se le estaría pagando el valor de la fuerza laboral que ejecuta durante toda la jornada laboral (12 horas). He aquí la conclusión de Marx: “Pues bien, expresado este valor diario de la fuerza de trabajo como valor del trabajo de un día, tendremos que: el trabajo de 12 horas tiene un valor de 3 chelines. Por tanto, el valor de la fuerza de trabajo determina el valor de éste o, expresado en dinero, su precio necesario. Y, por el contrario, si el precio de la fuerza de trabajo difiere de su valor, diferirá también de lo que se llama su valor el precio de trabajo”. El valor del trabajo expresa el valor de la fuerza de trabajo; en consecuencia, aquél tiene que ser siempre inferior a su producto de valor ya que el dueño de los medios de producción trata siempre de que la fuerza laboral funcione más tiempo del necesario “para reproducir su propio valor” y así obtener pingües ganancias. El valor de la fuerza laboral que funciona durante 12 horas asciende a los 3 chelines. Para producir dicho valor se necesitaron 6 horas (la mitad de la jornada de trabajo). Su producto de valor alcanza, en cambio, los 6 chelines ya que funciona durante toda la jornada laboral (12 horas). El producto de valor, remarca Marx, depende de la duración de su funcionamiento y no del valor de dicha producción. De ahí que, en definitiva, “un trabajo que arroja un valor de 6 chelines posee un valor de 3”.

Marx observa, por un lado, que la parte retribuida de la jornada de trabajo se traduce en un valor de 3 chelines (un trabajo de 6 horas) y, por el otro, que ese valor de 3 chelines se presenta como el valor o precio de la jornada laboral completa (12 horas). Hay, por ende, 6 horas de trabajo no retribuido contenidas en la jornada laboral completa. La forma de salario no hace otra cosa que borrar la línea divisoria que existe entre el trabajo necesario y el trabajo excedente o, lo que es lo mismo, entre trabajo remunerado y trabajo no remunerado. Aquí todo pareciera tratarse de trabajo retribuido cuando, en realidad, solo es trabajo retribuido la mitad de la jornada laboral completa, es decir, 6 horas. En el trabajo asalariado, propio del régimen capitalista de producción, hasta el trabajo no retribuido o excedente parece pagado. A modo de denuncia dice Marx: “aquí (en el régimen capitalista de producción) el régimen del dinero esconde el tiempo que trabaja gratis el obrero asalariado”. En definitiva: el régimen capitalista de producción esconde la explotación a la que somete el capitalista al obrero asalariado. Emerge, pues, en toda su magnitud la relevancia del cambio del valor y precio de la fuerza laboral en el valor y precio del propio trabajo, es decir, en el salario. Dice Marx: “En esta forma exterior de manifestarse, que oculta y hace invisible la realidad, invirtiéndola, se basan todas las ideas jurídicas del obrero y del capitalista, todas las mistificaciones del régimen capitalista de producción, todas sus ilusiones librecambistas, todas las frases apologéticas de la economía vulgar”.

He aquí lo que Marx denomina “el secreto del salario”. Aunque la historia universal necesita mucho tiempo para desentrañar su naturaleza, resulta una tarea sencilla la comprensión de la razón de ser de esta forma exterior en que se manifiesta el salario. Una mirada superficial de la naturaleza del capitalismo indica que un intercambio de capital y trabajo es igual al proceso de compra y venta de cualquier otra mercancía. En el mercado hay un comprador que entrega a un vendedor una determinada cantidad de dinero a cambio de una mercancía determinada. Lo que hace la conciencia jurídica, remarca Marx, es reconocer apenas una diferencia de índole material. Ahora bien, tanto el valor de cambio como el valor de uso son expresiones imposibles de mensurar; en consecuencia, la expresión “valor del trabajo”, “precio del trabajo”, es tan irracional como la de “valor del algodón” o “precio del algodón”. Mientras tanto, el obrero recibe su salario con posterioridad a la ejecución de su trabajo. Como medio de pago, el dinero realiza el valor o precio del trabajo vendido. Por último, lo que el obrero entrega al capitalista como valor de uso es un específico trabajo útil, su función, y no la fuerza de trabajo en sí misma. El obrero Juan trabaja 12 horas por día. Percibe, por la ejecución de dicho trabajo, 3 chelines que son el producto de valor de 6 horas de trabajo (la mitad de la jornada laboral). Para Juan, en realidad, el trabajo que realiza durante 12 horas es el medio que le permite adquirir los 3 chelines. El valor de su fuerza laboral podrá subir de 3 a 4 chelines o bajar de 3 chelines a 2 chelines. También puede suceder que el valor de su fuerza laboral permanezca invariable y sin embargo su precio suba a 4 chelines o baje a 2 chelines a raíz de las variaciones que se producen en la oferta y la demanda. Ahora bien, “por mucho que varíe su precio o su valor, arroja siempre 12 horas de trabajo”, remarca Marx. El obrero siempre trabaja 12 horas. Lo que se desprende de este análisis es lo siguiente: “Por tanto, todos los cambios operados en la magnitud del equivalente que recibe se le representan, lógicamente, como cambios operados respecto al valor o precio de sus 12 horas de trabajo. Esta circunstancia llevó, por el contrario, a Adam Smith, que veía en la jornada de trabajo una magnitud constante, a afirmar que el valor del trabajo era constante por mucho que variase el valor de los medios de vida y que, por tanto, la misma jornada de trabajo podía traducirse para el obrero en una cantidad de dinero mayor o menor”. La naturaleza del régimen capitalista de producción es diferente. Dice Marx: “En cambio, si nos fijamos en el capitalista, vemos que lo que quiere es obtener mucho trabajo por la menor cantidad posible de dinero. Por tanto, prácticamente, al capitalista sólo le interesa la diferencia entre el precio de la fuerza de trabajo y el valor creado por la función de ésta. Pero como él procura comprar todas las mercancías lo más baratas que puede, cree que su ganancia proviene siempre de esta sencilla malicia, es decir, del hecho de comprar las cosas por menos de lo que valen y de venderlas por más de su valor. No cae en la cuenta de que si realmente existiese algo como el valor del trabajo y, al adquirirlo, pagase efectivamente este valor, el capital no existiría, ni su dinero podría, por tanto, convertirse en capital”.

Hernán Andrés Kruse

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