María Eugenia Vidal y la bruja de Tolosa.

(Teodoro Boot)

Al parecer, a pedido del presidente Julio A. Roca –o en venganza por las incomodidades sufridas durante el acto de fundación de la ciudad de La Plata–, un grupo de visitantes se detuvo de regreso hacia Buenos Aires en la morada de la bruja de Tolosa –que, contra lo que algunos piensan, no era Estela Barnes de Carlotto ni, mucho menos, Cristina Fernández de Kirchner–, quien llevó a cabo un conjuro: tras abrir la caja de plomo que yacía junto a la piedra fundacional de la ciudad, saqueó la urna de cristal, sustrayendo las monedas y medallas de oro, dando cuenta de las botellas de vino y champagne, destruyendo un trascendental mensaje a la posteridad del gobernador Dardo Rocha, así como una copia del plano de la ciudad y otros objetos de valor. A continuación, la bruja inició el diabólico ritual, que consistió en dar vueltas en sentido contrario al de las agujas del reloj a fin de que la ciudad jamás se desarrollara, para luego proferir la llamada “maldición de los gobernadores”, en la que se ve la mano del entonces Presidente de la Nación.

El propósito de Julio A. Roca era que su rival Dardo Rocha jamás llegara a ocupar el sillón presidencial, maldición que, de ahí en más, se ha extendido a todos los ocupantes de la Casa de Gobierno y la contigua residencia del gobernador, dos magníficas construcciones de 14.400 y 11.185 metros cuadrados respectivamente, erigidas en la manzana delimitada por las calles 51, 5, 53, y 6, frente a la plaza San Martín, para colmo de males, sobre los restos de un antiguo cementerio querandí.

Advertido del conjuro, el ex gobernador Daniel Scioli hizo lo posible para no residir en el palacio construido entre 1882 y 1892 por arquitecto belga Jules Dormal, y remodelado en 1938 por el renombrado arquitecto Alejandro Bustillo. Pero fue inútil: no pudo escapar a la maldición.

La actual gobernadora María Eugenia Vidal también evita el edificio maldito, la misma ciudad de La Plata y hasta la provincia que gobierna, llena de gente sudorosa y protestona, aunque debe soportar a un grupo de inadaptados autodenominados Hijos del Cóndoe que dirigidos por el profesor Mario Auca Rayme, miembro de la Academia Mayor de Lengua Quechua de La Plata, rinden, año tras año, frente a las puertas de la Casa de Gobierno merecido homenaje a los espíritus de sus hermanos querandíes perturbados en su eterno descanso por el modernismo de la Generación del 80.

Tras invertir 600 mil pesos (una bicoca, toda vez que su sueldo asciende a 540 mil pesos mensuales) en la refacción del chalet que ocupa en la Base Aérea de Morón, la gobernadora se desplaza diariamente hacia el palacio renacentista de la calle 6 a bordo de un helicóptero civil perteneciente a la empresa Ecodyma, propiedad del contratista del Estado Marcelo Scaramellini, a un costo de seis mil dólares la hora de vuelo, que hacen un total de entre un millón setecientos mil y dos millones de dólares. 26 millones de pesos, equivalentes a dos mil ochocientos noventa salarios docentes, dos millones de raciones de almuerzos escolares o cuatro millones de viajes en colectivo.

Todo esfuerzo es poco y no hay austeridad que valga cuando se trata de burlar la maldición de la bruja de Tolosa.