LAS CONDICIONES OBJETIVAS Y SUBJETIVAS

(Francisco Perrone Coronel)

“He aprendido tanto de mis errores que
estoy pensando en cometer otros más”
Desconocido, Internet.

Podemos definir a las condiciones objetivas como indicadores del desarrollo de las fuerzas productivas del sistema económico y como condiciones subjetivas a los niveles de conciencia desarrollada por los sujetos que integran ese sistema. Entendemos a la revolución como un proceso planificado, legitimado por la “dictadura de la mayoría”, para el desarrollo cuantitativo de las fuerzas productivas hasta lograr el salto cualitativo a un nuevo modo de producción. Dicho de otro modo, el arribo a una Nueva Sociedad es el resultado de un proceso democrático de transición legitimado por “mayorías” cada vez más conscientes, más sanas, más educadas, que partiendo del sistema existente, se orientan a la socialización total de la producción hasta que tanto las condiciones objetivas como subjetivas estén maduras para dar el salto a la generalización de las nuevas relaciones de producción que se fueron gestaron en ese proceso.
La izquierda ortodoxa, que dicho sea de paso debería estar muy preocupada por saber por qué no “prenden” sus ideas revolucionarias en la clase trabajadora, al aseverar que las condiciones objetivas están dadas, yerra doblemente por querer aplicar dogmáticamente conclusiones equivocadas de otra realidad a la nuestra y por beber sin criterio de la fuente del marxismo, como la conclusión del compañero F. Engels que por el año1891 escribía, refiriéndose a la desaparición de las clases sociales:”Presupone, por consiguiente, un grado culminante en el desarrollo de la producción, en el que la apropiación de los medios de producción y de los productos y, por tanto, del poder político, del monopolio de la cultura y de la dirección espiritual por una determinada clase de la sociedad, no sólo se hayan hecho superfluos, sino que además constituyan económica, política e intelectualmente una barrera levantada ante el progreso. Pues bien; a este punto ya se ha llegado. Hoy, la bancarrota política e intelectual de la burguesía ya apenas es un secreto ni para ella misma, y su bancarrota económica es un fenómeno que se repite periódicamente de diez en diez años.“[i] Como se ha subrayado, Engels estimaba que las condiciones objetivas estaban maduras, que la producción había llegado a un grado culminante, que la dirección de la producción por los accionistas era ya superflua, etc., etc., y, todo lo contrario a sus vaticinios, ocurrió que cada diez años el capitalismo salió fortalecido de cada crisis y encontró siempre nuevos argumentos con los que reiniciaría la nueva partida decenal para acumular más riqueza y mantener su existencia.
¿Qué ocurrió? ¿Al equivocarse el septuagenario Engels se equivoca también todo el materialismo histórico? ¿Por qué este error de apreciación de carácter subjetivo? Ahora nos es evidente que todavía la socialización de la producción tenía un largo camino por recorrer, que aparecerían nuevas tecnologías de comunicación como el cine y la radio que ocuparon el lugar de los púlpitos y con los que lograron movilizar a millones en las sangrientas guerras mundiales en las que las corporaciones se disputaron los mercados; luego de estos conflictos, a quien se le podía ocurrir al final del siglo XIX, en la utilización de la televisión como instrumento de banalización del pensamiento y atontamiento de millones que responden automáticamente a las “sugerencias” de la publicidad para el aumento del consumo; y quien, ni siquiera como ficción, podía imaginar la invención de la inteligencia artificial que provocaría la “revolución digital” con la que se automatizaría casi todos los procesos industriales dejando sin empleo a millones. Más allá del evidente eurocentrismo del que padecía el compañero Federico, tales adelantos, que fortalecieron el sistema, no los podía prever Engels, como tampoco podemos prever qué adelantos puedan aparecer que le sigan dando vida artificial al sistema.
Estimamos también que, dado la corto de la vida humana frente a lo largo de sus procesos sociales, tiende el espíritu a ser optimista subestimando los tiempos verdaderos, y, ansiando ver en vida la realización de la utopía científica de una organización social totalmente equilibrada que garantice la evolución de la especie hacia el siguiente homínido superior en un hábitat limpio y ecológicamente conservado, comete el error de permitir que esa emoción afecte su razón y crea, o suponga ver cambios o inminencias de cambios que todavía les falta mucho por ocurrir, o lo que es peor, actúe bajo el supuesto de condiciones objetivas que no existen como lo ocurrido a lo largo del siglo XX cuando las revoluciones socialistas impusieron a millones, por la fuerza coactiva de las armas, leyes y decretos anacrónicos con el sistema que pretendían erradicar pero, que por la ausencia de uno nuevo, más complejo y superior, mantuvieron al viejo sustancialmente inalterado.
Mueve a la reflexión este asunto de las condiciones objetivas para el cambio de sistema pues, más allá de la reiterada pregunta de cuáles son las condiciones objetivas que den paso a un nuevo sistema, nos parece que deberíamos preguntarnos ¿Existe ya el nuevo sistema que queremos reemplazar? ¿Dónde está el nuevo y revolucionario modo de producción? ¿Cómo funciona? ¿Cuáles son sus relaciones producción? Y es evidente que tal nuevo modo no existe todavía por lo que, aunque el actual sistema esté ya podrido y listo para ser declarado obsoleto, si no hay otro que lo reemplace, estamos obligados a seguir usándolo. Ergo, la primera condición objetiva para nuestra revolución, que no es lo mismo que la toma del poder, es que exista, probado en la práctica social y con éxito, un nuevo modo de producción que se proponga como alternativa al capitalismo, un modo superior, que dicho sea de paso, no nace de la voluntad de una persona o de algún esclarecido militante de “vanguardia” sino de necesidades económicas concretas; lo que no quita que una vez aparecido reciba el estímulo y protección de gobiernos progresistas que faciliten su desarrollo en el seno de la sociedad, lo que de hecho ya está ocurriendo con el apoyo a empresas comunitarias que aparecen como el germen de esas nuevas relaciones de producción y como síntesis de la contradicción trabajo-capital
En cuanto a las condiciones subjetivas, éstas tienen que ver con lo que ocurre en el cerebro del sujeto social, que en la perspectiva del materialismo histórico es la clase que está obligada a vender su fuerza de trabajo para vivir y la que, teóricamente al menos por aquello que el ser social determina la conciencia social, debería manejarse bajo un grupo de ideas diferentes y opuestas a la ideología de la clase propietaria de los medios de producción, sin embargo, muestra en la realidad un comportamiento similar al de sus explotadores, anhelando convertirse a su vez en exitoso empresario asumiendo los mismos valores morales de sus explotadores. Por su propia naturaleza de clase opuesta a la clase dominante, las ideas revolucionarias deberían estar ampliamente aceptadas por la clase trabajadora, entonces cómo se explica que millones de explotados se paseen en los modernos templos en honor al fetiche principal del sistema: la diosa mercancía, venerada en los Centros Comerciales del mundo globalizado y adorada con diversos ritos a crédito con pagos diferidos y sin intereses. ¿Qué ocurre aquí? ¿Era diferente la conducta del proletariado en la etapa inicial del capitalismo de libre concurrencia antes que el gran capital convirtiera a la clase obrera en un sector privilegiado de la sociedad, o sencillamente, la conciencia de clase para sí de ese ser social todavía no se crea? De ser así ¿Qué se requiere para que haya una diferenciación taxativa en el pensar de las clases antagónicas con las que se expresa la contradicción de las relaciones de producción existentes?
Wilhelm Reich, psicólogo alemán discípulo de S. Freud, que estudió el comportamiento de las masas con énfasis sobre su conducta bajo el fascismo[ii], encontró una explicación general sobre la psicología de las masas analizando el caso particular de la clase obrera alemana que terminó eligiendo la opción conservadora del nazismo. Concluye este científico, que es debido a la represión sexual que se remonta a las primeras sociedades esclavistas y que la actual civilización lo replica a través de la familia de tipo patriarcal, general para todas las clases sociales donde se modela el carácter de sus miembros bajo el autoritarismo paterno, la que genera individualmente seres dóciles que se someterán después a la autoridad del estado, y colectivamente masas conservadoras que pueden volverse rebeldes, más que revolucionarias, solo bajo ciertas circunstancias.
A este condicionamiento del inconsciente colectivo que viene dado por la forma que adopta la familia bajo el régimen de la propiedad privada, hay que sumarle dos factores más que inciden de manera negativa en el desarrollo de una conciencia social de clase: a) La represión del Arte mediante la sistemática anulación de las manifestaciones críticas al sistema, lo que se hace manteniendo metódica e intencionalmente en el anonimato o en el ridículo a sus creadores mientras se estimulan formas elementales e intrascendentes de construcción estética presentadas como “genialidades” que abonan al embrutecimiento colectivo; y, b) El control absoluto de los medios de comunicación por el gran capital puestos al servicio de las mercancías de las que son dueños, para lo cual utilizan la insulsa publicidad con la que se crea necesidades imaginarias o superfluas que garantizan la circulación del capital, etapa crucial en la reproducción del sistema. El bombardeo sempiterno, minuto a minuto, cargado de ideología consumista que martilla sin cesar a todas las capas de la población, junto a lo intrascendente presentado como importante: chisme, fútbol, cine malo y telenovelas, funciona como un inmenso lavado cerebral que anula la capacidad crítica e impide el desarrollo de nuevas ideas.
Pero, más allá de lo anteriormente expresado, para que se desarrolle una conciencia de clase para sí, es necesario que esa clase sea la parte activa de un modo de producción diferente, que tenga una base económica desde la que vaya desarrollando un poder político sustentado por otra moral a la que está expuesta en la actualidad como parte pasiva del sistema de competencia y consumismo. Aparece entonces la necesidad que los individuos se relacionen bajo reglas más humanas de producción, asociados en empresas comunitarias en las que todos, desde la gerente hasta el señor de la limpieza, ganen por igual; que las utilidades sirvan para el desarrollo de la comunidad a la que pertenecen; que compitan con la empresa privada y demuestren, además de su eficiencia financiera, su capacidad superior como instrumento de desarrollo social; y otras características que se desarrollarán en extenso en otro artículo. En suma, es en el seno de esta empresa donde deben generarse y cultivarse los nuevos valores basados en criterios de justicia y libertad, de apoyo mutuo y solidaridad que sustentarán la ideología revolucionaria que se extenderá progresivamente a toda la sociedad, cuyo inicio arranca hoy, en el marco actual del sistema pero que decididamente definirá la etapa final del capitalismo.
En resumen, entendemos que si bien las condiciones sociales de pobreza, insalubridad, falta de educación, etc., pueden conducirnos a la toma del poder legitimado democráticamente, no son éstos los objetivos últimos de la acción revolucionaria, y que más allá de incorporar todas las fuerzas productivas posibles en la socialización, tanto de la producción como de la distribución, es imprescindible, en esa construcción del Buen Vivir, ir gestando nuevas relaciones de producción en las que vaya desapareciendo la relación salarial mediante el desarrollo y fomento de formas colectivas de propiedad, procurando, al final de este proceso de largo aliento, que la producción reduzca a cero la demanda volviendo cero también el valor de cambio; que esa nueva sociedad, conformada por mujeres y hombres libres, haya desarrollado un nivel de conciencia que haga innecesaria la existencia de leyes coercitivas; que el engranaje económico se haya automatizado, perfeccionado y equilibrado con la naturaleza;, y que, finalmente, la existencia del estado sea innecesaria. Las banderas de la revolución rebasan en mucho los objetivos sociales, siendo, en definitiva, el objetivo ulterior de un Nuevo Orden Social (NOS) generado por un modo de producción necesariamente más complejo que el actual, y más justo, la bandera que se levanta para acercarnos más a la utopía científica del socialismo revolucionario.

Francisco Perrone Coronel
Guayaquil, Agosto 02/2013

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[i] Del socialismo Utópico al Socialismo Científico” F. Engels
[ii] “Psicología de masas” Wilhmen Reich