La tradición Judeo-cristiana.

(Santiago Gamba)
Estudiante de Historia, UBA.
Mail: Gamba-a@hotmail.com

En el presente escrito trataremos de dilucidar la continuidad existente entre el judaísmo-cristianismo en sus orígenes, así como su pronta división, teniendo en cuenta, como eje casi central, al profeta. No se busca con este trabajo develar verdades ocultas sino que el objetivo será marcar disparadores para aquellos no introducidos en los conocimientos religiosos (he de confesar que tampoco lo soy), los cuales posibiliten herramientas para una mejor comprensión del mundo, tanto antiguo como actual si nos permiten su partición.

Hacia la primera comunidad
Moisés luego de un largo viaje por el desierto llegó, junto a un grupo de esclavos, al Sinaí, donde le fue descrito por Dios la Santa Alianza (EX. XIX). Esta no era más que una serie de códigos de convivencia, normas a seguir, una serie de leyes que van desde prohibiciones personales hasta reglamentaciones como la propiedad, el delito o los ritos de culto. Sin embargo, estas reglamentaciones narradas en el libro del Éxodo, se van a extender en los tres libros posteriores: en el Levítico, explayándose acerca de los rituales; en el libro de los Números, quizás el más apartado, sin sentido de los cinco libros del Pentateuco y el Deuteronomio quien abarca un compilado de “discursos” dados por el mismo Moisés. De esta manera se iba delineando la primera comunidad Israelita.
Las fuentes históricas nos sitúan a un grupo de personas esclavizadas en Egipto, quienes levantan piedras para la ciudad de Ramsés en el período del Reino Nuevo, bajo el nombre de habiru. Es de común acuerdo decir que esta terminología englobaba a un tipo de individuos que llevaban un estilo de vida en particular. B. Gandulla va a decir al respecto que “… [Era] un calificativo de estado o condición social; una forma de vida, a veces sedentarizada de manera temporaria; habitualmente sin un territorio propio…” concluyendo que el fenómeno habiru fue el motor que dio inicio al nacimiento de la identidad hebrea, situando a las oleadas amorreas y hurritas sobre Mesopotamia como sus principales agentes (Gandulla, 2005: 173, 174, 216).
En otras palabras la identidad hebrea se va a producir por un sincretismo cultural. Una amalgama que sólo se puede entender en el complejo mundo de la Mesopotamia. Nace en un lugar en donde los dioses habitan pueblos y se usan para fundamentar las contingencias políticas. Pero, lo más importante, es que su condición especial de habiru hace que adopten numerosas tradiciones de sociedades coetáneas. Podríamos referirnos a la relación con el código de Hamurabí o los archivos de Nuzi; sin embargo, nos interesa remarcar dos:
a) La aceptación polisémica de dioses reflejados en los distintos clanes enmarcados en la genealogía de Noé, como también en las doce tribus. El culto lunar de los pueblos nómades –Terakh, Yerah-; Abraham –AbiramalAba-ramu- el que ama al padre (Gandulla, 2005: pág169; Johnson, 1991: pág. 28). Estas mismas serán unificadas con Josué (Jos. 24, en Dri, 2004: pág. 30).
b) la partición entre lo puro y lo impuro (Lev. 11-15). Muy parecido por cierto a la legislación de los varna y los jati a través del Dharma, en India.
Además, la vida cotidiana de los tiempos de Moisés y Josué antes de la monarquía temprana, estará regida por los jueces, por un lado y por los sacerdotes, por el otro. El código mosaico imprime una forma embrionaria de derechos, en torno a la igualdad del hombre; la teocracia democrática (Johnson, 1991: pág. 51); inclusive hay un primitivo universalismo desarrollado para la existencia del propio pueblo, explayado en la síntesis de tradiciones, cual será reformulado con Jesús -tengamos en cuenta este punto para más adelante-.
Finalizando este apartado hemos de mencionar que la identidad hebrea tomara su forma acabada en el exilio “… los judíos comunes por primera vez se disciplinaron en la práctica regular de su religión. Se insistió rigurosamente en la circuncisión, que los distinguía de manera inequívoca de los paganos circundantes, y el acto se convirtió en una ceremonia, y por lo tanto en parte del ciclo vital y la liturgia de los judíos. El concepto del Sabbath (…) llegó a ser el foco de la semana judía, y “Shabbetai” fue el nuevo nombre más popular inventado por el exilio. El año judío ahora por primera vez estaba marcado por las festividades regulares: la pascua (…), Pentecostés (…), los Tabernáculos (…) y el Día del Perdón…” (Johnson, 1991: pág. 91). Cabe destacar que esta sociedad pudo sobrevivir después de tantos años sólo porque en los tiempos de desmembramiento e inestabilidad su arraigo religioso hará mantener una condición de distinto pero, no nos adelantemos.
Antes de pasar a lo que denominaremos la segunda comunidad –el cristianismo- debemos explicar otra figura, no menos importante, los profetas.

Los profetas
“…El Señor, tu Dios, te suscitará un profeta como yo; lo hará surgir de entre ustedes, de entre tus hermanos, y es a él a quien escucharán (…). Por eso, suscitaré entre sus hermanos un profeta semejante a ti, pondré mis palabras en su boca, y él dirá todo lo que yo le ordene. Al que no escuche mis palabras, las que este profeta pronuncie en mi Nombre, yo mismo le pediré cuenta. Y si un profeta se atreve a pronunciar en mi Nombre una palabra que yo no le he ordenado decir, o si habla en nombre de otros dioses, ese profeta morirá" (…). El profeta ha hablado temerariamente: no le temas…” (Deut. XVIII, 15, 18, 19 ,20, 22).
El profeta es el intermediario de Dios en la tierra, es quien está con el pueblo, con la gente, quien se encuentra abajo discutiendo, llevando voz a los que están arriba, es la voz del más débil. No es casual que aparezcan en los momentos de turbulencia –Elías, Ezequiel, Isaías, Juan el bautista, Jesús- ya que, ayudan a mantener viva las costumbres a través del tiempo, mantienen vivo lo verdadero, lo real, lo que sirve, aquello que, por decirlo de alguna manera, en la institucionalización de las religiones desaparece.
Por esto, confrontarán constantemente con el sacerdote. Vive el día a día y en vez de predicar la norma, la aplica “…Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca. Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina…” (Mat. VII, 24, 25, 26, 27). Su trance hará que prediga actos futuros o realice acciones inexplicables. Tampoco son madrake el mago, se los debe comprender como hijos de su tiempo. Lo que no quita que no sean peligrosos para el poder cómodo en su cetro; todo lo contrario no son ajenos a su época sino tienen participación activa y el ejemplo de Jesús es más que válido para aclararlo.

Hacia la segunda comunidad
Cuando Jesús predica, la situación cambió mucho de los primeros años de Moisés y Josué. El período monárquico, el exilio, Babilonia, Asiria, Roma han pasado por encima del pueblo de Israel. El imperio Romano es el nuevo opresor de las tierras, por su parte, numerosas sectas judías existen: los celotas, que predicaban y practicaban la violencia y los fariseos, saduceos y esenios que aceptaban la dominación extranjera (Johnson, 1991: 129). En este contexto predica el Nazareno tomando lo mejor del judaísmo, volviendo a los mandamientos de la alianza, encontrando su praxis; en otras palabras hace práctica la ley de Dios, es la síntesis de la lucha de los profetas olvidados –no por el pueblo-. Se opone a los barbados, fortachones fariseos y escribas cuales el poder le había hecho olvidar los mandamientos y los principios comunitarios que habían caracterizado tanto al pueblo Judío. Rubén Dri, el teólogo de la liberación más importante vivo en la Argentina, afirma “…El poder del escriba derivaba del saber, que en una sociedad analfabeta, es muy fuerte (…). El fariseísmo como movimiento, en cambio, nace en la época de las guerras macabeas en contra de la monarquía helenista, Su origen es popular, defienden la cultura del pueblo hebreo que la monarquía pretendía arrasar. En la época de Jesús habían pactado con los sacerdotes y el saduceísmo, proclives a aceptar la dominación romana…” (Dri, 2004: 59)
El Éxodo es político (Johnson, 1991: pág. 41), el accionar de Moisés va contra el imperio Egipcio, para la liberación del pueblo; de esta manera Jesús va contra las sectas Judías que pactaron sí, pero, ir contra ellas es ir contra Roma (Dri, 2004). Aquí nos gustaría detenernos un momento para explicar algo que se relaciona con el punto anterior, la figura del mesías.
La concepción del mesías, adaptada por Jesús, deviene del profeta Isaías “… Saldrá una rama del tronco de Jesé y un retoño brotará de sus raíces (…) [La paz mesiánica] El lobo habitará con el cordero y el leopardo se recostará junto al cabrito; el ternero y el cachorro de león pacerán juntos, y un niño pequeño los conducirá; la vaca y la osa vivirán en compañía, sus crías se recostarán juntas, y el león comerá paja lo mismo que el buey. El niño de pecho jugará sobre el agujero de la cobra, y en la cueva de la víbora meterá la mano el niño apenas destetado. No se hará daño ni estragos en toda mi Montaña santa, porque el conocimiento del Señor llenará la tierra como las aguas cubren el mar. [El retorno de los desterrados] Aquel día, la raíz de Jesé se erigirá como emblema para los pueblos: las naciones la buscarán y la gloria será su morada…” (Isaías. XI, 1, 6, 7, 8, 9, 10). Esta profecía aparece, en el segundo libro, vaticinando la caída de Babilonia. También hay una constante de lo universal y de los verdaderos valores
Es así como, tanto las sectas judías como el pueblo judío creían que el mesías no sólo predicaría cuestiones espirituales sino acerca de la realidad del poder, debía confrontar con el orden vigente (Johnson, 1991: 132). Jesús es la máxima expresión de esto, la multiplicación de los panes marca una clara concepción económica y social que se adecúa a la comunidad del Reino de Dios.
Retoma el universalismo de los habiru pero, lo evoluciona y lo aplica a su tiempo –aquí radica lo revolucionario-. Ahora el oprimido, el que no tiene voz, como los esclavos del imperio de las grandes pirámides, es todo aquel que se encuentre sujeto al imperio del mediterráneo. Sería por una cuestión de superficie tan solamente el universalismo sino se adaptarían unas pocas cosas más:
a) La división entre puros e impuros se quiebra, Jesús opta, desde la periferia –cosa no casual-, estar con los leprosos, con los impuros. El parecido con los intocables de Gandhi se lo dejo a los novelistas, lo que si nos permitiremos mencionar es el poder, la presión que tiene está acción contra los lazos de poder. Se pasa de una legislación de la pureza e impureza, y de cómo combatir esta última (Lev. XI-XVI) a una purificación interna, es impuro aquel que internamente lo sea, los traidores (no pecadores) que pactaron con el poder (Marc. VII, 14-23).
b) el sabbath, característica arraigada desde el exilio por los hebreos, se ve cuestionado por la práctica de Jesús con la curación del día sábado (Marc. III), en donde antepone la sanación de una persona a una norma bastante ridícula, por lo menos tomada de este ángulo.
Herodes teme que sea la resurrección de Juan el bautista; la gente en cambio, se siente protegida, es el nuevo Elías, un antiguo profeta (Marc. VI, 14, 15, 16). Es peligroso y por eso es asesinado, su resurrección marca la vida de los profetas, lo suprasensible; aquello que habita en el pueblo no puede morir, por eso los profetas no mueren, como tampoco el (los) mesías.

El fracaso de los profetas, el silencio de Dios.
Así como los fariseos, barbados, fortachones que discutieron con el Nazareno, los misioneros tirados a los leones que asumirán una identidad –como en el exilio- con pablo de Tarso, se volverán como sus antepasados escribas regordetes bonachones tras el edicto de Constantino o Milán. La revolución de los profetas de Dios había fracasado, el poder había coaptado el movimiento y lo había modificado a su placer. Pronto, la división entre las dos futuras religiones es inevitable. La edad media en Europa se encuentra trazada por el color rosso, el catolicismo prefiere la norma, los gestos escritos a la acción revolucionaria, la nueva lepra, la peste negra, la asusta y ensucia.
En el origen el Judaísmo es sinónimo de pueblo pero, por su configuración tan particular durante el exilio, en donde se completara su identidad, sobrevivirá por su afianzamiento religioso. Con el cristianismo pasa exactamente lo mismo, con la salvedad de que este nace como un movimiento dentro del judaísmo. Sin embargo ambos llevan consigo la relación pueblo=religión. Lo que producirá el renacimiento y luego, los estados nacionales será dividir la política de la creencia. Hasta ese momento el hombre era en Europa católico oriundo de algún pueblo mas, sobre todo católico sino era infiel. El renacimiento deberá responder por la nacionalidad por un lado, el culto por el otro…y por unas pocas cosas más.
Sin embargo, los profetas, marginados, vivirán en los movimientos heréticos: en Francisco de Asís, en las ordenes mendicantes, en Lutero. -Los demás, a partir del siglo XVI, no serán lo mismo. Calvino, ya será una posibilidad de los caballeros, los que guerrean, para combatir el poder de la iglesia-.

Últimas palabras
Ahora bien ¿Por qué hacer tanto hincapié en el profeta, el pueblo, el marginado y el cambio desde abajo? Tiene que ver con la concepción del pueblo y su antagonismo, el que está en el poder, en nuestra región nos es familiar la dualidad pueblo- oligarquía. A diferencia de lo que piensan algunos, el pueblo no es un significante vacio, tampoco algo ficcional cuyo concepto cambia con el tiempo, el pueblo tiene un carácter metafísico, es por esta razón que los que mejor lo han sabido expresar son los literatos (Cien años de soledad, El hombre que está sólo y espera, El Eternauta, No habrá más pena ni olvido). En todo movimiento existe aquello que equivale al corpus teórico y aquello que equivale al fanatismo, a lo sentimental. Para comprender al pueblo hay que ingresar desde esta última concepción para luego pasar a la primera, este, aparece constantemente en el curso de la historia, en los acontecimientos más importantes, no se lo puede llamar, él aparece, tampoco explicar sino mostrar ¿O acaso alguien ha podido explicar racionalmente el amor? Pero, se refleja de manera más cristalina con el marginado: el esclavo, el leproso, el inmigrante, el pobre ¿Por qué? Porque es en estos en donde aparece de manera más pura los valores acumulados por la tradición Judeo-Cristiana: humildad, dignidad, modestia, sinceridad, generosidad, desinterés, solidaridad, lealtad, compartir, el espíritu del trabajo (Perón, 1974) porque estos viven. Hay un filósofo, Cornel West, que dice (cito de memoria): cuando uno lee a J. Ruskin, M. Twain, H. Melville, uno vive tan intensamente que debe parar y agarrar Moby dick o algo parecido, tirarlo contra la pared porque uno está viviendo demasiado y vive más que todas esas personas que están caminando por ahí sin hacerse ningún tipo de pregunta o interrogación intelectual (Cornel West, 2008: Examined life). Es decir, que uno realice su vida “normalmente”, se desarrolle y muera, siendo enterrado en una linda tumba con nombre o sin él, no garantiza que uno haya vivido -¡Atención! Quien sea un docto o activista extremo tampoco lo garantiza. He ahí lo interesante de las “sagradas escrituras”, quien las lee a conciencia puede lograr un replanteo constante de su acción, para un enriquecimiento personal como hombre individual pero, colectivo a la vez. Sólo la filosofía, además, logra este objetivo muy necesario para la vida. Claro ambas, que no son incompatibles, todo lo contrario, pueden llevar, tal si fuera contrapunto, a nubes, callejones muy altos, muy oscuros-. Nos sería imposible explicar el por qué de la imagen del pueblo, además no es nuestro punto central, sólo lo hemos rozado para no prestar confusión.

Hacia la tercera comunidad a modo de cierre
Desde el siglo pasado, como lo fue desde la oscura Galilea, la periferia va a volver a sus orígenes, a sus principios. La América morena –ya sea de piel, barro o tinta- reformulara su doctrina, se enfrentará al poder de la “santa Iglesia”; el movimiento para el tercer mundo, la comunidad Bet El, los movimientos y encuentros Ecuménicos. Siempre la doctrina de Dios fue práctica, incluye un modo de vida, una percepción del mundo. Si el evangelio decía que para alcanzar la vida eterna había que vender todo lo que uno tiene y dárselo a los pobres (Marc. X, 21, 22) no lo decía para que a la gente se le piante un lagrimón sino para estar con el pobre, con el que menos tiene y de ahí construir el Reino de Dios, la tierra de donde emana la leche y la miel. En la argentina el pueblo estuvo en los orilleros del 5 y el 6 de abril de 1811, en los gauchos de 1820-1840, en el inmigrante de fin del siglo XIX principios del XX, en el cabecita negra de la década de 1940.
Lamentablemente, el gran triunfo del neoliberalismo fue cambiar la matriz cultural. Hoy la Pedagogía del oprimido no sirve, ha caducado; no obstante, como hijos rebeldes de Europa, no olvidando que en los tiempos de revueltas e inestabilidad los profetas, la voz de Dios vuelve a surgir de entre los olvidados, nos pareció prudente terminar de modo cíclico –tampoco casual-. Un nuevo siglo está en marcha, el subsuelo de la patria se va a volver a levantar y cuando lo haga, las advertencias proféticas volverán a esparcirse sobre la tierra.

Referencias Bibliográficas
-Biblia, “El libro del Pueblo de Dios”, Ediciones Paulinas, Buenos Aires, 1986.
-Biblia, “Biblia de Jerusalén”, Desclee de Brouwer Bilbao, España, 1976.
-Dri Rubén, “El movimiento antiimperial de Jesús”, Editorial Biblos, Buenos Aires, 2004.
- Gandulla Bernardo, “Los Hebreos en el Gran Canaán”, Editorial Canaán, Buenos Aires, 2005.
-Johnson Paul, “La historia de los judío”, Javier Vergara Editor S.A., Buenos Aires, 1991.
- Perón Juan, “Filosofía Peronista”, Editorial Freeland, Buenos Aires, 1974.