La promesa y la dignidad de Armenia.

(Demián Konfino)

La película “La Promesa” (2016) cuenta una historia de amor, o dos, en un contexto que acaba imponiéndose como el principal hallazgo de su realizador Terry George: El genocidio armenio a manos del imperio otomano y la dignidad de parte de ese pueblo oprimido que decidió resistir en Musa Dagh, el Monte de Moisés.

Con una impecable fotografía y las notables actuaciones de Oscar Isaac, Christian Bale y Charlotte Le Bon, el film narra un triángulo amoroso que se desarrolla entre fuego, furia y persecuciones. El armenio Michael (Isaac), boticario en un pueblo de provincia, decide ir a estudiar medicina a Constantinopla, la capital del imperio otomano. Para ello, se casa, recibe una importante dote que le permite costearse los estudios y promete volver.

Michael se va solo a Constantinopla –sin su flamante esposa– y se establece en la casa de un acaudalado pariente. Allí conoce a Ana (Charlotte Le Bon), profesora de danza y armenia como él, quien –a su vez– se encontraba en pareja con Chris (Christian Bale), estadounidense y corresponsal de la agencia de noticias AP.

De pronto, estalla en Constantinopla la cacería. El gobierno decide encarcelar a la población armenia, obligarla a realizar trabajo forzado y –finalmente– exterminarla. Esa es la suerte que empieza a correr Michael, hasta que decide rebelarse.

Historia invisibilizada por los centros de poder, el film recrea la gesta de una aldea armenia que resolvió no marchar al matadero y enfrentar a un imperio. El resultado es una película conmovedora que rescata lo mejor que tiene el hombre: Su capacidad de oponer dignidad ante la ausencia de razón.

Se calcula que 1.500.000 de armenios fueron exterminados por manos turcas. En Musa Dagh, unos 4000 hombres, mujeres y niños resistieron en condiciones sumamente adversas. Lucharon y sobrevivieron.

No fue todo el pueblo. Ni siquiera, la mayoría. Pero fue una porción necesaria que nos recuerda la vigencia de la poesía: Siempre, aún ante las situaciones más acuciantes, hay lugar para la belleza.

El film, sobre el final, reproduce parcialmente el poema de Willian Saroyán que vale la pena repasar por su belleza y justicia.

Me gustaría saber si existe en la tierra
algún poder capaz de destruir esta raza,
esta pequeña comunidad
de gente insignificante,
cuya historia ha llegado a su fin.
Que tuvo numerosas batallas perdidas,
cuyas estructuras se han desmoronado,
Cuya literatura no es digna de ser leída
ni su música de ser oída,
y cuyos ruegos no han sido contestados.
!Adelante, continúen aniquilando esta raza!
!Destruyan armenia! !Miren si pueden hacerlo!
Sáquenlos de sus casas y envíenlos al desierto!
!Déjenlos sin comida!
Quemen sus casas e iglesias
Pero luego, miren sino son capaces
De volver a reír.
vean sino vuelven a cantar o a rezar.
Y cuando dos de ellos se encuentren en
cualquier lugar del mundo
vean sino vuelven a crear una nueva Armenia.

De eso se trata. De reír. Aún en el peor de los mundos. Se puede. Se debe. Armenia ha hecho un valioso aporte a esta comprobación empírica.

Recientemente, la plataforma Netflix habilitó la película para que pueda ser disfrutada por sus abonadas. Ello no contradice el silencio que reinó en torno a la cuestión armenia durante años. Al contrario, prueba la tenacidad del pueblo armenio para sostener el reclamo de Memoria y Verdad a lo largo de los años.

Luego, acá tenemos a los oprimidos. La Promesa cuenta a los que se resignan y a los que se rebelan. Están todos. Armenia nos enseña que siempre se puede elegir de qué lado de la mecha te colocás. Aún cuando arrecie la tormenta, siempre se puede buscar el sol.