JOH: LA SOLEDAD Y EL INSOMNIO TRAS EL JURAMENTO.

(Víctor Manuel Ramos)

Juan Orlando Hernández (JOH) ha tomado posesión como presidente de Honduras de forma fraudulenta y en completa soledad. Si bien es cierto que el estadio estaba semi lleno, todos eran gargantas compradas con un hot dog, unos cuantos pesos y una bandera de la estrella solitaria, mientras el pueblo consciente ocupaba las calles de la otra Honduras, la heroica, en protesta, enfrentado con los militares convertidos –tristemente- en guardia pretoriana del dictador.

Esa soledad de JOH era resguardada por el acordonamiento del estadio con un compacto círculo de soldados que cubrían un anillo de varias cuadras para que el ungido en la mentira no escuchara el clamor del pueblo. Era la soledad que da el oír ovaciones de una muchedumbre que vende sus aclamaciones para saciar el hambre (era de ver la trifulca porque no alcanzaron los panes con un chorizo y mostaza que repartieron a los hambrientos seguidores cuya ausencia pudo haberles significado su despido). Era la soledad que da la ausencia del acompañamiento de dignatarios extranjeros que dudan de la legitimidad de su investidura. Era la soledad que da una conciencia ahogada en el charco de sangre que el ungido ha provocado con las muertes de más de una treintena de muchachos que soñaban con una patria libre y justa. Era la soledad que genera el rumor de millones de gargantas de los que están allá, en la otra honduras, y que gritan: Fuera JOH, mientras enarbolaban banderas nacionales y rojas. Era la soledad que genera sentirse acompañado de dos solitarios representantes de un tal Señor como si estuviese en el trance de sus últimos minutos para recibir santos óleos. Era la soledad que le dan los generales -policías y militares- acusados de graves delitos y cuya fidelidad no es más que auto defensa frente a la verdadera e implacable justicia. Era la soledad que da el jurar con la mano sobre una Constitución violada por él mismo. Era la soledad que angustia cuando pone la mano sobre una biblia y entorna los ojos a sabiendas de que rompió con el cumplimiento de los mandamientos de la Ley de Moisés, porque mando a matar, porque mintió, porque violó la constitución y porque se hizo ganador con un escandaloso fraude. Era la soledad de saber que quienes le acompañan – el presidente y el vicepresidente del congreso, el presidente de la Corte, el fiscal general, los ministros- podrían no responderle con fidelidad cuando esté en apuros frente a la justicia ejercida por el pueblo. Era la soledad que proviene del abandono de las banderas azules con la estrella solitaria en el piso y los basureros tras concluir la ceremonia fraudulenta. Era la soledad que le obligó a prometer más represión policíaca (no policial como dicen los deslenguados locutores a sueldo). Era la soledad blindada por los periodistas asalariados y comprados que le pintan un panorama de fantasía y queman incienso a los pies del tirano a cambio de canonjías y publicidad. Era la soledad que le alejó totalmente del calor de las masas populares y le echó en manos de las tropas represoras llenas de odio y sedientas de sangre ciudadana. Esa soledad de saberse mandadero de Trump, del comando Sur y no de aquellos que relegó a la otra Honduras. Esa soledad que quiso eternizar con una selfie.

Con su discurso, lleno de embustes, felonía y traición, nos ha querido tender la mano ensangrentada para que haya reconciliación. Quiere la legitimidad a toda costa y para eso ha instruido a sus voces pagadas, para clamar por la paz que, como la paz que la ejercía el dictador Tiburcio Carías Andino, estaba cimentada en la cárcel, el exilio o el sepulcro, como parte inherente de la doctrina cavernaria que pregona el Partido Nacional. Todo esto sin explicar que la paz que desea fervientemente es la del sometimiento y la aceptación, sin chistarse, de la miseria; la paz que impide y reprime a gas y bala la protesta; la paz que permita mediatizar el derecho inalienable a la insurrección. La paz que le facilite la venta del territorio nacional y de los bienes del pueblo, venta iniciada ya con las carreteras, los ríos, los bosques, las frecuencias radiotelefónicas, la energía eléctrica y, sobre todo y peor, la venta, por unos cuantos dólares, de la soberanía y la dignidad del país llamado Honduras, nombre que nos viene como anillo al dedo (una tarea de un proceso revolucionario será despojarnos de ese nombre peyorativo y llamarnos Guaymuras o República Morazánica).

Lo más grave de la actuación fraudulenta de JOH es que ha desnaturalizado a las Fuerzas Armadas y las ha convertido en un instrumento dócil de sus veleidades inconstitucionales que les ha llevado a perder el poco prestigio que pudieron haber rescatado luego de la vergonzosa derrota que les infringieron los salvadoreños en la guerra del futbol y que justificaron con falsos relatos de heroicidad y falsos héroes, a tal grado que el pueblo ahora cree fervientemente que las FFAA son totalmente innecesarias.

No dormirá tranquilo de aquí en adelante el señor JOH, autoproclamado presidente de honduras. Cuando intente cerrar sus ojos aparecerán las imágenes combatientes de los mártires que ha provocado desde 2009. No conciliará el sueño al saber que ha jurado el nombre de dios en vano. No podrá dormir tranquilo un minuto porque le atormentarán las pesadillas que le provocará el pueblo gritando en las calles: JOH ES PA`FUERA QUE VAS. No habrá paz en la cama con el fardo de la constitución violada dando aldabonazos en su conciencia. El gas con que reprime al pueblo se colará en las rendijas de su dormitorio, por más sellado y blindado que pretendan sus custodios. La sangre derramada de heroicos patriotas en su lucha en contra de la violación de la constitución y el fraude, serán ríos caudalosos que ahogarán su tranquilidad en el lecho. Y el fantasma de sentirse culpable de delitos de lesa humanidad no le permitirá ningún minuto de tranquilidad, sabedor de que es un traidor a la patria y que la patria se lo reclamará más temprano que tarde.

Pero sobre todo le aterrorizará, al pobre JOH, saber que batallones de conciencias libres marchan irremediablemente a la victoria final y tras la derrota definitiva de la tiranía y la reivindicación, POR SI MISMO, del pueblo avasallado, sometido y humillado.