Ingredientes para preparar una masacre.

(Eduardo González Viaña)

El presidente Trump acaba de opinar que, en prevención a las masacres en los colegios, se debe armar a los maestros. Raciocinios tan bestiales como éste son normales en él, y en la extrema derecha republicana que le sirve de base de apoyo.

Ayer una periodista italiana me pidió una opinión sobre la masacre de Florida, y yo le conté la historia de una de la cual he sido testigo.

En septiembre del 2009, un individuo errático –quizás drogado- fue visto en la zona de estacionamiento de mi universidad. El tipo fue detenido en el concurrido edificio del Centro Estudiantil. Estaba fuertemente armado y no pudo ofrecer ninguna razón para ello. A la mañana siguiente, el periódico local lo mostró en foto destacada en la primera página de una de sus secciones. ¡Había hecho noticia…!

Resultaría increíble en cualquier país civilizado, pero aquí, no. Jeff Maxwell se había convertido en un héroe, y días más tarde, apareció frente al Capitolio del estado y a la cabeza de una masa que exigía al Gobernador más respeto para los portadores de armas.

Por supuesto, junto al micrófono, un cartel reclamaba donaciones para la campaña legal del matón. Y como ocurre siempre, el abogángster reclamaría después unos cuantos millones de dólares a la universidad para curarlo del ataque de nervios que había sufrido al ser intervenido.

Por ahora, según relataba el diario, el fiscal había retirado los cargos contra Jeff puesto que la Constitución protege la tenencia de armas. Por su parte, el Consejo de defensa del derecho a las Armas de Fuego exigiría, como también está de moda, que la policía hiciera una “apology”, es decir que pidiera disculpas públicas a Maxwell.

En 1997, en Kentucky, un adolescente de 14 años esperó que terminara la oración matinal del colegio y luego mató a tiros a tres compañeros. Al año siguiente, en Arkansas dos chicos de 11 y 13 años abrieron fuego a discreción en su escuela y mataron a cinco niñas y a su profesora. En 2009, en Oregon, un muchacho de 17 años liquidó a dos de sus compañeros e hirió a veinte. Al año siguiente, en Colorado, dos muchachos de 17 y 18 años asesinaron a 12 compañeros y un profesor, y después se quitaron la vida.

Y después de todo esto, ¿se puede entender que camine libre el sujeto que la semana pasada rastrillaba sus armas en el campus de mi universidad?

Sí, porque su derecho está consagrado por la Segunda Enmienda de la Constitución, una norma anacrónica que es preciso derogar, aunque para los conservadores pegados a la letra eso signifique algo así como derogar la Biblia. El precepto legal data de 1791 y ofrece armas a los ciudadanos de este país para que puedan esgrimirlas contra un supuesto agresor colonialista británico.

La otra “razón” para coleccionar armas y usarlas durante los fines de semana es el deseo de torturar, martirizar, mutilar, dejar inválidos o matar a los pacíficos venados que habitan en estos bosques. Esa diversión también está permitida y es bien vista aquí.

Una tarde mientras regresaba a casa un par de ojos enormes me miraron con fijeza en el camino rural que tomo en vez de la autopista.

Detuve el carro. Era un venado. O más bien una señora Venada. Aceptó con un gesto que le cediera el paso y guió a sus dos venaditos para cruzar la pista. Se detuvieron exactamente donde los niños por las mañanas esperan al bus escolar.

Los pequeños venaditos, por traviesos y curiosos, se acercaron a mi carro y comenzaron a olisquearlo.
Supongo que les dediqué un cuarto de hora y supongo también que algo me dijeron con el lenguaje del corazón. Debe de ser por ello que escribo sin parar esta nota y, sin que me importen los matones, clamo, ruego, imploro, exijo y ordeno, de una vez por todas al gobierno norteamericano, deponer las armas.