Félix Nakamura. Entre la historia, la pintura y la fotografía.

(Rosina Valcárcel)

Nos conocemos tanto tiempo como el tiempo mismo. En San Marcos, la historia, la fotografía, la defensa de los derechos humanos: Movimiento Latinoamericano de Defensa de los Derechos Humanos (Moladdeh), el periodismo en diversas trincheras como Kachkaniraqmi, otros avatares e ilusiones. El wari nace en Ayacucho el 1° de enero de 1938 y fallece en Barranco el lunes 28 de febrero de 2017.

¿Cuándo nace tu vocación de pintor?

No tengo memoria para fijar tiempos. De niño sentía una avasalladora fascinación por todo lo que hace un artista, desde los materiales que usa hasta la maravillosa habilidad de sus manos y su fecunda imaginación que se expresaba en un solo plano. Quería ser uno de ellos. Lamento que en mi infancia, así como la de otros niños, en Ayacucho, sumido en el ostracismo, no nos permitió acceder a la academia, es decir a la disciplina que significa aprender en el taller bajo la dirección de un buen maestro. Entonces, el aprendizaje empezó forzado y se redujo a las buenas intenciones y a una práctica entre silencios, alegrías y frustraciones.

¿Qué artistas influyeron en tu obra plástica?

Creo que todos los que pude ver, en directo o en reproducciones o en el cine. En las iglesias de mi tierra admiraba el encanto que evocaban las figuras santas con ese misterio que la técnica y la pasión, combinando colores con líneas, muestran dimensiones increíbles en su contenido y mensaje. En mi acólita infancia, entre misas y novenas al Jesús Nazareno en la iglesia del convento de Santa Clara, contemplaba atónito las imágenes de la cosmogonía cristiana, con el Salvador adelante, seguido de santos y querubines. Allí aprendí que el hombre había logrado ese extraordinario poder de evocar con la imagen.

¿Qué pintores nacionales y extranjeros son de tu preferencia?

Admiro el dibujo original de los mochicas; me intereso por la voluntad de adaptación y capacidad de los pintores nativos de las primeras décadas de la Colonia, de las escuelas ayacuchana, cuzqueña y quiteña, así como por el cambio y provocación que trasmitió la escuela indigenista, con sus conocidos maestros Sabogal o Codesido, y otros como Arístides Vallejo, primo del gran poeta, a quien marchands, “críticos e historiadores” del arte, lo siguen ocultando en el limbo cultural. En cuanto a los de afuera...muchos, entre occidentales y orientales y de tan diversas épocas. Sus esfuerzos así como sus estilos en sus propias circunstancias no me permiten el lujo de distinguirlos. La vida y obra de ellos es tan rica y profunda que no me alcanzaría tiempo ni entendimiento para encontrar preferencias.

¿En qué galerías has expuesto?

No he expuesto mucho, casi nada ... quizás por falta de interés propio debido a mi excesiva necesidad de buscar lo perfecto en todo. Soy un saturnino nato, incontrolable y terco, que se come hasta lo mejor que produce. Espero que alguna vez me empache. Sin embargo, me acuerdo que algunas veces y hace muchos, pero muchos años, me “presentaron” en sencillas galerías de Ayacucho y el norte de Argentina. Todo gracias al interés de amigos que lograron convencerme. No sé cómo.

¿Obtuviste reconocimientos?

Más que pintor, como dibujante y grabador. No accedí a la pintura porque me faltaron los medios. Sus materiales eran y son muy caros. En cambio el dibujo hasta lo puedes hacer con el dedo sobre la arena. En cuanto a los reconocimientos ... siempre los eludí, por temor, miedos y demonios. Es decir, “chupada de choclo” con olluco y su salsita de “japchi” con shushi. Pero puedo evocaar la gratitud de amigos a quienes di mi colaboración. Me acuerdo, por ejemplo, de la felicidad compartida con César Calvo y Javier Heraud, Arturo Corcuera y Carmen Luz Bejarano, Felipe Sanguinetti, entre otros, por haber ilustrado sus primeros libros.

¿Cómo pudiste compatibilizar tu creación pictórica con la fotográfica?

No hay incompatibilidad, pero si una forzada necesidad de utilizar los tiempos, el personal y el de la exigencia de la profesión. Las experiencias logradas con cualquiera de ellas van a conducirte a una reciprocidad constante. La diferencia es una línea fina que separa la obligación de hacer algo por encargo o la ansiedad de crear volcando tus urgencias de expresarte.

Entre la pintura y la fotografía ¿dónde te ubicas más, cuál de ellas te dio más horizonte y más alegrías, o es la historia tu pasión?

Qué difícil. Bueno, no quiero hacer un quintuplete con cebiche, chanfainita, tallarines, papa a la huancaína, incluido una bola de helado. Creo que no tengo problemas en cuanto a ubicación, metas y satisfacciones. Siempre hago las tres cosas, entre otros “miles de oficios” que la vida me sigue instruyendo. Todo depende del momento que vivo, del lugar donde me encuentro, de las personas a quienes frecuento o de las urgencias que me imponen los escenarios factuales. Por ejemplo, en estos dos últimos años vivo un intenso gozo con mis alumnos de fotografía en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Alas Peruanas. Este fecundo oficio cambia constantemente y estruja probabilidades para captar de todas maneras la realidad que hasta nos permite ingresar a la manipulación del modo más directo y rápido como jamás se pudo pensar. Enseñar esto a jóvenes con ansias de ingresar a la magia de la luz supone un reto permanente para lograrlo. Ahí hay mucho horizontes y muchísimos contentos. Como fotógrafo periodista en la revista 7 Días de La Prensa, principalmente, tuve la suerte de conocer casi todo el Perú. Nuestro país, además de bello e interesante, es sugestivo, misterioso, milenario, potente, dulce y cruel (como lo decía Jorge Basadre), profundo como repetía Raúl Porras Barrenechea, complejo y exuberante, amancebado con una historia que no termina, que no tiene fin, como algunos sostienen. En estos últimos tiempos estoy “limpiando” mi archivo fotográfico. Espero realizar una exposición cuyo tema será: “Cholo power”, frase que aprendí en las profundidades del Cañón del Pato cuando, después del fracaso de grandes máquinas para trasladar los enormes y pesados cables para el tendido eléctrico de la central de Huallanca, los ingenieros, entre extranjeros y nacionales, se repetían que la única solución era utilizar el “Cholo power”. Se referían a la fuerza del indio peruano, que construyó Sacsayhuaman y también las colosales obras en minas y trenes en el Perú moderno.

¿Qué profesores marcaron tu vida intelectual?

Cuando ingresé a San Marcos, por los ’60, mi intención fue la educación. El Perú que me descubrió la universidad fue trascendental y cambió mis expectativas. Allí tuve la suerte de conocer a grandes maestros como Raúl Porras Barrenechea, José Russo Delgado, Bruno Roselli, Pablo Macera y Carlos Araníbar, quienes, además de brindarme generosamente su amistad y conocimientos, me enseñaron a enfrentarme a las adversidades y a consolidar la fe con la formación intelectual al servicio de quienes lo necesitan. Después, en este largo camino de la vida he tenido la suerte de encontrar más personas que me brindan sus excelencias, no sólo para aprender, sino para ser cada vez mejor, pese a que el tiempo huye irreparablemente.

¿Cómo ves las políticas culturales de los últimos 20 años?

--¿Qué políticas?

¿Qué filmes, libros, amistades, viajes, te hicieron la vida armónica, intensa y auténtica?

La influencia del cine europeo, principalmente francés e italiano fue vital para nuestras generaciones, pese a las limitaciones que nos imponía el circuito comercial de las distribuidoras. Con los cineclubes aprendimos, luego, el valor de los grandes maestros –-como Eisenstein, Flaherty, Kurosawa, Bergman-- que corresponden a otras latitudes. El cine incansable continúa con sus magistrales producciones como una partida de ajedrez inagotable. La Biblia, El Príncipe de Machiavello, El Quijote de Cervantes y Las Tradiciones Peruanas de Ricardo Palma han sido y son una fuente inagotable de descubrimientos primaverales. Otro regocijo casi eterno son los amigos. “Gracias a la vida”, cantando a dúo con Violeta. Soy leal y respetuoso con ellos. En esta etapa de nuestras vidas ya muchos se fueron. Sus recuerdos son valiosos, así como la de los que todavía viven y de los nuevos que uno forja y encuentra. No podría precisar quiénes, pero s rescatar la de los compañeros, que como tuú, hemos participado en diversos frentes de lucha, sin claudicar, ni cambiar banderas. Esto no es un halago, sino una verdad como los Andes inmemoriales. Finalmente, resalto que entre películas o viajes y entre tantas sorpresas que te da la vida, el amor me deparó fortunas que no puedo terminar. Esa locura por la que atravesamos todos debería ser declarada mal incurable. La obligación debería empezar con un decreto que obligue a una vacuna de por vida.

¿Tu espíritu solidario con las causas populares latinoamericanas perjudicó tus trabajos formales, o pudiste “torear”?

Ser conscientes de las injusticias que viven las grandes mayorías en el mundo actual y estar alertas a los grandes fracasos del capitalismo siempre nos va a obligar a alejarnos del negro pozo de donde emana su ciego poder. Vallejo decía “Me he convertido en revolucionario no por ideas aprendidas, sino por experiencia vivida”. Quienes seguimos su pensamiento siempre seremos perjudicados en lo que hagamos, de angas o por mangas. Es más fácil vivir en el otro lado, donde se busca la brutal fuerza del dinero para tener satisfacciones superficiales, que mantener una posición, que aunque te limite, te da esa dignidad, de comer el pan duro de pie y no como aquellos que saborean su pollo, pero bajo la mesa y todavía a escondidas. Sin embargo, siento que estamos cambiando. Lo que se hizo no terminó ni con la “guerra fría”, ni con la caída de muros o la extinción de los partidos dinosaurios o el fanatismo de algunos que empañaron las trincheras. Las sangres heroicas de miles de combatientes en todo el mundo riegan la esperanza de un pueblo universal que se levanta. Con mucho dolor, pero está irguiéndose, alzándose en todos los aires, pese a quien le pese. La historia es implacable, así como en las películas, al final el malo tiene que morir. Al fin y al cabo la ficción habrá sido superada una vez más por la verdad.

Coda

“Amo a mi país y sigo confiando en su gente creadora”.

¿Cuándo nace tu vocación de pintor?

No tengo memoria para fijar tiempos. De niño sentía una avasalladora fascinación por todo lo que hace un artista, desde los materiales que usa hasta la maravillosa habilidad de sus manos y su fecunda imaginación que se expresaba en un solo plano. Quería ser uno de ellos. Lamento que en mi infancia, así como la de otros niños, en Ayacucho, sumido en el ostracismo, no nos permitió acceder a la academia, es decir a la disciplina que significa aprender en el taller bajo la dirección de un buen maestro. Entonces, el aprendizaje empezó forzado y se redujo a las buenas intenciones y a una práctica entre silencios, alegrías y frustraciones.

¿Qué artistas influyeron en tu obra plástica?

Creo que todos los que pude ver, en directo o en reproducciones o en el cine. En las iglesias de mi tierra admiraba el encanto que evocaban las figuras santas con ese misterio que la técnica y la pasión, combinando colores con líneas, muestran dimensiones increíbles en su contenido y mensaje. En mi acólita infancia, entre misas y novenas al Jesús Nazareno en la iglesia del convento de Santa Clara, contemplaba atónito las imágenes de la cosmogonía cristiana, con el Salvador adelante, seguido de santos y querubines. Allí aprendí que el hombre había logrado ese extraordinario poder de evocar con la imagen.

¿Qué pintores nacionales y extranjeros son de tu preferencia?

Admiro el dibujo original de los mochicas; me intereso por la voluntad de adaptación y capacidad de los pintores nativos de las primeras décadas de la Colonia, de las escuelas ayacuchana, cuzqueña y quiteña, así como por el cambio y provocación que trasmitió la escuela indigenista, con sus conocidos maestros Sabogal o Codesido, y otros como Arístides Vallejo, primo del gran poeta, a quien marchands, “críticos e historiadores” del arte, lo siguen ocultando en el limbo cultural. En cuanto a los de afuera...muchos, entre occidentales y orientales y de tan diversas épocas. Sus esfuerzos así como sus estilos en sus propias circunstancias no me permiten el lujo de distinguirlos. La vida y obra de ellos es tan rica y profunda que no me alcanzaría tiempo ni entendimiento para encontrar preferencias.

¿En qué galerías has expuesto?

No he expuesto mucho, casi nada, quizás por falta de interés propio debido a mi excesiva necesidad de buscar lo perfecto en todo. Soy un saturnino nato, incontrolable y terco, que se come hasta lo mejor que produce. Espero que alguna vez me empache. Sin embargo, me acuerdo que algunas veces y hace muchos, pero muchos años, me “presentaron” en sencillas galerías de Ayacucho y el norte de Argentina. Todo gracias al interés de amigos que lograron convencerme. No sé cómo.

¿Obtuviste reconocimientos?

Más que pintor, como dibujante y grabador. No accedí a la pintura porque me faltaron los medios. Sus materiales eran y son muy caros. En cambio el dibujo hasta lo puedes hacer con el dedo sobre la arena. En cuanto a los reconocimientos siempre los eludí, por temor, miedos y demonios. Es decir, “chupada de choclo” con olluco y su salsita de “japchi” con shushi. Pero puedo evocaar la gratitud de amigos a quienes di mi colaboración. Me acuerdo, por ejemplo, de la felicidad compartida con César Calvo y Javier Heraud, Arturo Corcuera y Carmen Luz Bejarano, Felipe Sanguinetti, entre otros, por haber ilustrado sus primeros libros.

¿Cómo pudiste compatibilizar tu creación pictórica con la fotográfica?

No hay incompatibilidad, pero si una forzada necesidad de utilizar los tiempos, el personal y el de la exigencia de la profesión. Las experiencias logradas con cualquiera de ellas van a conducirte a una reciprocidad constante. La diferencia es una línea fina que separa la obligación de hacer algo por encargo o la ansiedad de crear volcando tus urgencias de expresarte.

¿Entre la pintura y la fotografía ¿dónde te ubicas más, cuál de ellas te dio más horizonte y más alegrías, o es la historia tu pasión?

Qué difícil. Bueno, no quiero hacer un quintuplete con cebiche, chanfainita. tallarines, papa a la huancaína, incluido una bola de helado. Creo que no tengo problemas en cuanto a ubicación, metas y satisfacciones. Siempre hago las tres cosas, entre otros “miles de oficios” que la vida me sigue instruyendo. Todo depende del momento que vivo, del lugar donde me encuentro, de las personas a quienes frecuento o de las urgencias que me imponen los escenarios factuales. Por ejemplo, en estos dos últimos años vivo un intenso gozo con mis alumnos de fotografía en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Alas Peruanas. Este fecundo oficio cambia constantemente y estruja probabilidades para captar de todas maneras la realidad que hasta nos permite ingresar a la manipulación del modo más directo y rápido como jamás se pudo pensar. Enseñar esto a jóvenes con ansias de ingresar a la magia de la luz supone un reto permanente para lograrlo. Ahí hay mucho horizontes y muchísimos contentos. Como fotógrafo periodista en la revista 7 Días de La Prensa, principalmente, tuve la suerte de conocer casi todo el Perú. Nuestro país, además de bello e interesante, es sugestivo, misterioso, milenario, potente, dulce y cruel (como lo decía Jorge Basadre), profundo como repetía Raúl Porras Barrenechea, complejo y exuberante, amancebado con una historia que no termina, que no tiene fin, como algunos sostienen. En estos últimos tiempos estoy “limpiando” mi archivo fotográfico. Espero realizar una exposición cuyo tema será: “Cholo power”, frase que aprendí en las profundidades del Cañón del Pato cuando, después del fracaso de grandes máquinas para trasladar los enormes y pesados cables para el tendido eléctrico de la central de Huallanca, los ingenieros, entre extranjeros y nacionales, se repetían que la única solución era utilizar el “Cholo power”. Se referían a la fuerza del indio peruano, que construyó Sacsayhuaman y también las colosales obras en minas y trenes en el Perú moderno.

¿Qué profesores marcaron tu vida intelectual?

Cuando ingresé a San Marcos, por los años ’60, mi intención fue la educación. El Perú que me descubrió la universidad fue trascendental y cambió mis expectativas. Allí tuve la suerte de conocer a grandes maestros como Raúl Porras Barrenechea, José Delgado Russo, Bruno Roselli, Pablo Macera y Carlos Araníbar, quienes, además de brindarme generosamente su amistad y conocimientos, me enseñaron a enfrentarme a las adversidades y a consolidar la fe con la formación intelectual al servicio de quienes lo necesitan. Después, en este largo camino de la vida he tenido la suerte de encontrar más personas que me brindan sus excelencias, no sólo para aprender, sino para ser cada vez mejor, pese a que el tiempo huye irreparablemente.

¿Cómo ves las políticas culturales de los últimos veinte años?

-- ¿Qué políticas?

¿Qué filmes, libros, amistades, viajes, te hicieron la vida armónica, intensa y auténtica?

La influencia del cine europeo, principalmente francés e italiano fue vital para nuestras generaciones, pese a las limitaciones que nos imponía el circuito comercial de las distribuidoras. Con los cineclubes aprendimos, luego, el valor de los grandes maestros –-como Eisenstein, Flaherty, Kurosawa, Bergman-- que corresponden a otras latitudes. El cine incansable continúa con sus magistrales producciones como una partida de ajedrez inagotable. La Biblia, El Príncipe de Machiavello, El Quijote de Cervantes y Las Tradiciones Peruanas de Ricardo Palma han sido y son una fuente inagotable de descubrimientos primaverales. Otro regocijo casi eterno son los amigos. “Gracias a la vida”, cantando a dúo con Violeta. Soy leal y respetuoso con ellos. En esta etapa de nuestras vidas ya muchos se fueron. Sus recuerdos son valiosos, así como la de los que todavía viven y de los nuevos que uno forja y encuentra. No podría precisar quiénes, pero si rescatar la de los compañeros, que como tú, hemos participado en diversos frentes de lucha, sin claudicar, ni cambiar banderas. Esto no es un halago, sino una verdad como los Andes inmemoriales. Finalmente, resalto que entre películas o viajes y entre tantas sorpresas que te da la vida, el amor me deparó fortunas que no puedo terminar. Esa locura por la que atravesamos todos debería ser declarada mal incurable. La obligación debería empezar con un decreto que obligue a una vacuna de por vida.

¿Tu espíritu solidario con las causas populares latinoamericanas perjudicó tus trabajos formales, o pudiste “torear”?

Ser conscientes de las injusticias que viven las grandes mayorías en el mundo actual y estar alertas a los grandes fracasos del capitalismo siempre nos va a obligar a alejarnos del negro pozo de donde emana su ciego poder. Vallejo decía “Me he convertido en revolucionario no por ideas aprendidas, sino por experiencia vivida”. Quienes seguimos su pensamiento siempre seremos perjudicados en lo que hagamos, de angas o por mangas. Es más fácil vivir en el otro lado, donde se busca la brutal fuerza del dinero para tener satisfacciones superficiales, que mantener una posición, que aunque te limite, te da esa dignidad, de comer el pan duro de pie y no como aquellos que saborean su pollo, pero bajo la mesa y todavía a escondidas. Sin embargo, siento que estamos cambiando. Lo que se hizo no terminó ni con la “guerra fría”, ni con la caída de muros o la extinción de los partidos dinosaurios o el fanatismo de algunos que empañaron las trincheras. Las sangres heroicas de miles de combatientes en todo el mundo riegan la esperanza de un pueblo universal que se levanta. Con mucho dolor, pero está irguiéndose, alzándose en todos los aires, pese a quien le pese. La historia es implacable, así como en las películas, al final el malo tiene que morir. Al fin y al cabo la ficción habrá sido superada una vez más por la verdad.

Coda

“Amo a mi país y sigo confiando en su gente creadora”. F.N.

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Posdata: Estudiaba Letras cuando conocí a Félix Nakamura. Él, elegante, excéntrico como un divo caminaba por la Ciudad Universitaria y una de sus manos sostenía la correa de un perro. Fue mi Jefe de Prácticas en Historia del Perú. Me encargó hacer una Monografía sobre las ruinas de PACHACAMAC. Obtuve una nota buena. Luego lo vi en la revista Gente. Así, lentamente cultivamos una amistad que duró medio siglo. Hace dos días Alaín Elías nos contó que Félix ya no estaba vivo. No quise creerle. Apenas volví a casa escribí a algunos amigos suyos. Nadie respondió. Ayer, sábado, tras diez intentos pude ubicar telefónicamente al hijo de Félix, quien confirmó la infausta noticia, que me dejó sin aliento. Por ello he mecanografiado la entrevista que le hice años atrás para brindársela a sus amistades de todos los tiempos. Domingo 5 de marzo de 2017.

(Rosina Valcárcel)