Fábulas en un cristal empañado.

(Gustavo Rosa)

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El carro de esta historia está empezando a acomodar los melones del descontento. Muchos apologistas del montón creen que las protestas puntuales en todo el territorio nacional son orquestadas por los malos perdedores K porque piensan la vida política del país en términos futboleros: los que ganaron festejan hasta el próximo cotejo sin importar cómo quedará la cancha; y los que perdieron, calladitos y al rincón, a lamer sus heridas y aprender cómo se juega. Como el equipo Amarillo ganó, aclaman a sus goleadores en las jugadas más torpes y ríen hasta enloquecer de las más ladinas. Babeantes, exhiben sus fotos en poses que no cuadrarían en ningún partido, recuerdan goles que nunca ocurrieron y aplauden faltas ominosas. Sin entender demasiado a qué se juega y para qué, entonan cánticos provocativos, elaboran insultos humillantes y festejan de antemano el próximo triunfo. A estos hinchas no les importa el partido ni la construcción del país, sólo destruir al otro en todas sus dimensiones.

Aunque no estén conformes con la actuación del Gran Equipo, los fans aplauden las promesas incumplidas y se esperanzan con las que jamás cumplirán. Alienados a más no poder, consideran como buenas las medidas que antes repudiaban y celebran aquéllas que tarde o temprano los perjudicarán. Hasta se burlan de los que pierden dignidad porque los consideran merecedores de una impiadosa guadaña y justifican los muertos por abuso policial con un lacónico “uno menos”. Portadores de un estatus que no tienen, estiran el cuello para observar la inundación desde un escalón en el que jamás estarán. Huérfanos de argumentos, permiten que los prejuicios dominen sus palabras, a riesgo de retroceder al Medioevo. Inmunes a la coherencia, se dejan guiar por disparates como que el incremento de las tarifas los hará gastar menos o que la reducción en el aumento de los haberes hará que los jubilados ganen más. Tan perdidos están, que ven un paraíso en el iceberg a donde nos encaminamos.

Por eso no hay que sorprenderse si no comprenden por qué la imagen negativa del empresidente Macri está en ascenso y siete de cada diez argentinos no ven con buenos ojos sus medidas. Tampoco asombrarse porque consideren K a cualquiera que esboce una crítica, aunque sea el economista más ortodoxo. Y menos indignarse porque se abracen a cualquier patraña con formato periodístico para seguir ostentando un tamaño que no tienen. El balde de agua fría caerá en algún momento y el golpeteo de los hielos acomodará un poco sus ideas hasta la próxima confusión.

Las zanahorias marchitas

Algunos se contentan con un par de fotos casuales en donde los personajes simulan gestos humanos. La soledad los rodea siempre porque las vallas alejan hasta a los que votaron por ellos. Un chamuyo estudiado pero inconsistente completa el engaño que mostró como un cambio lo que en realidad es la restauración de un modelo de desigualdad perpetua. Los medios cómplices se encargan del resto: ocultar, distraer, disfrazar, adornar y proteger. Un perverso mecanismo que actúa junto a jueces y fiscales que abonan la sospecha permanente sobre los que intentan proponer un rumbo distinto al saqueo que estamos padeciendo.

El discurso oficial justifica los despidos: en el Estado con los ñoquis y en el sector privado con la competitividad. Por supuesto, son pamplinas para disciplinar a los trabajadores, para asustar a los que pretenden defender sus derechos, para gritar a los cuatro vientos un futuro de explotación. Los medios públicos padecen el desmantelamiento y la degradación que los amarillos les destinan. Como no rinden en el apuntalamiento de su destructivo ideario, apuestan a que se conviertan en una presencia fantasmal. Todo tiene que ser privado en un país en que el Estado facilita los negocios de unos pocos.

El caso de Fabricaciones Militares es un ejemplo de ese capricho de clase: el gobierno argentino compra balas y chalecos importados para despedir a los que los fabrican aquí. La localidad bonaerense de Azul está sufriendo el cierre de Fanazul que deja afuera a más de 200 familias y el diálogo que plantea el oficialismo es el acatamiento de sus órdenes. Como la gobernadora Vidal con los guardavidas: protestar por los desplantes es violencia, pero no lo es adeudar salarios o despedirlos.

Todo está en la mira de la impronta PRO y mientras más pontifican, más serruchan. La educación de calidad no es más que un lema para encantar a los incautos: ya no se reparten más libros en las escuelas y el Programa Conectar Igualdad ha quedado entre los buenos recuerdos de la Pesada Herencia. En doce años de gestión kirchnerista se construyeron más de 2000 escuelas en todo el país. En dos años de gerencia macrista, ni una sola. Y los jardines de infantes tan prometidos brillan por su ausencia. El maquillaje se apoya en el aire enrarecido que exhalan los angurrientos que están vaciando el país.

Mientras el descontento se viraliza en toda la sociedad, los medios hegemónicos entretienen a sus cautivos con allanamientos y excavaciones orquestadas por la in-justicia jujeña para no encontrar nada que involucre a Milagro Sala en alguna de las ficciones de las que la acusan. A pesar de eso, la tienen secuestrada desde hace dos años sin otra condena más que la de los huevos que nunca pudo tirar a Gerardo Morales cuando era senador. La justicia PRO es la venganza de una clase hacia los que intentaron mejorar la vida de los que no tienen nada. Tantos años de falsas acusaciones mediáticas sin más sustento que el prejuicio, se convierten en sentencia con el generoso reparto de prisiones preventivas a los que ni siquiera fueron procesados. Mientras los miembros del Gran Equipo gozan de impunidad hasta en los latrocinios más evidentes, los kirchneristas son encarcelados gracias a jueces cómplices que interpretan a martillazos la Constitución y las leyes.

Nada es eterno y menos los triunfos espurios. La Rosada SA ha abierto muchos frentes adversos y en lugar de sofocarlos, los provoca. Que Emmanuel Echazú, el único gendarme imputado por la muerte de Santiago Maldonado, haya sido ascendido por Patricia Bullrich es una muestra de eso. Otra provocación es la Reforma Previsional, aprobada a los apurones y con muchas presiones, a pesar de que Macri, en la última campaña electoral, había dicho que no vería la luz hasta 2019. O que el Ingeniero prolongue sus vacaciones en la “República Terrorista de la RAM”, superando los 100 días desde su asunción, aunque siempre pregone que hay que trabajar hasta los domingos. Hasta colocan un explosivo frente a una comisaría para vender la comedia del enemigo interior.

El empresidente también dice que todos debemos poner nuestro granito de arena, pero los de abajo arrastran rocas para extender la altura de la pirámide social. Como la desigualdad se profundiza, los que se resisten son cada vez más. Como la empatía es inexistente, se desentienden de los dramas que ellos mismos generan. Ni siquiera con los familiares de los tripulantes del submarino misteriosamente desaparecido tienen una gota de compromiso. Éste es el Cambio por el que muchos se dejaron tentar: la crueldad de un modelo que ha venido para excluir. Nos quieren desinformados, embrutecidos, empobrecidos y dispersos. Cuando los melones del descontento terminen de acomodarse, el carro de la historia saldrá de este siniestro camino para retomar el rumbo que jamás debimos abandonar.