ESTAMOS VIVIENDO TIEMPOS ACIAGOS.

(Hernán Andrés Kruse)

Días pasados los medios de comunicación registraron una escena dantesca. La bella Plaza de los Dos Congresos fue escenario de un nuevo “panazo”, la entrega gratuita de dos kilos de pan a centenares de argentinos y argentinas que hicieron largas colas para adquirir la preciada mercadería. ¡Dos kilos de pan! El país agrícola-ganadero por excelencia de Sudamérica, el país que supo ser el “granero del mundo” hoy obliga a un importante sector de su población a levantarse de madrugada, viajar kilómetros en colectivo (algunos también en subte), esperar horas y horas a la intemperie para…que le regalen dos kilos de pan. Increíble. Insólito. También vergonzoso. Lo acontecido en el histórico lugar es una señal evidente de la decadencia del pueblo, de nuestra decadencia. Quizá cueste reconocerlo pero como dijo una vez el gran Serrat, la verdad no tiene remedio. Y la verdad es que somos un pueblo decadente. Si no lo fuéramos no habría necesidad de regalar dos kilos de pan a ciudadanos dominados por la angustia y la desesperación. Los argentinos, la inmensa mayoría al menos, estamos angustiados y desesperados. Algunos probablemente hayan bajado los brazos. Eso se llama desesperanza. A esta situación nos ha llevado un gobierno gélido y desalmado, un grupo de Ceos inescrupulosos que llegaron a la Rosada con un solo propósito: saquear el país.

Lo tremendo del asunto es que estos Ceos llegaron a la Rosada por la vía democrática. Este hecho, relevante por cierto, hace que la situación sea aún más dramática. Porque significa que un importante sector del pueblo está de acuerdo con el saqueo. Ahora bien, ¿cómo se llegó a esta situación? ¿Qué pasó para que millones de argentinos hayan elegido en las urnas a semejantes depredadores? Creo que todo comenzó cuando Néstor Kirchner, por entonces presidente de la nación, consagró a su esposa, Cristina Fernández de Kirchner, su sucesora. Esa decisión no fue cuestionada por nadie dentro del peronismo por una simple razón: ningún dirigente estaba en condiciones de desafiar la autoridad del patagónico. Cristina había arrasado en provincia de Buenos Aires en las elecciones de 2005, lo que la habilitaba a ser la candidata natural del oficialismo. Lo notable del caso es que por primera vez en la historia un matrimonio iba a protagonizar el recambio presidencial. Esta “anomalía” no fue perdonada por el establishment. Haber tragado saliva durante los cuatro años de Néstor Kirchner había sido suficiente. Otros cuatro años de su esposa resultaba intolerable.

No fue casualidad que Cristina no hubiera tenido un solo día de paz durante sus dos presidencias. Estamos hablando de ocho años en la Casa Rosada en permanente estado de tensión. No habían transcurrido setenta y dos horas de su asunción que la flamante presidenta fue sacudida por el escándalo de Antonini Wilson, un enigmático empresario venezolano que aparentemente había ingresado al país una valija con miles de dólares destinados a la campaña presidencial de la esposa de Kirchner. Hace poco la justicia declaró esta causa prescripta pero en su momento causó un gran revuelo. Pero el calvario para Cristina comenzó en marzo de 2008 cuando decidió, a través de su ministro Lousteau, aumentar las retenciones al campo. Una decisión de política económica que apenas rozaba los intereses de la corporación agraria desató una guerra que duró varios meses. Hubo una clara intención destituyente de parte del “campo” que contó con la ayuda de los grandes medios, del mundo corporativo, de la oposición y probablemente de la embajada de EEUU. Todos ellos acompañados por los sectores medios y altos de la sociedad que se volcaron a las calles para descerrajar toda su furia contra la figura presidencial. Fueron momentos de extrema tensión que pusieron a prueba el temple de Cristina. Ahí comenzó la grieta o, mejor dicho, ahí comenzó la campaña de acción psicológica de los grandes medios para manipular a los sectores medios y altos para predisponerlos en contra de la presidente. Fue así como millones de argentinos y argentinas aprendieron a odiar todo lo que oliera a kirchnerismo, siendo Cristina el blanco predilecto de su sed de venganza. De esa forma comenzó a incubarse un estado espiritual que años después depositó a Mauricio Macri en la Casa Rosada.

Los sectores medios y altos se transformaron en un jurado popular de alcance nacional que acusó a Cristina de corrupta y delincuente, le impidió defenderse y finalmente la condenó a cadena perpetua. Porque desde que estalló el conflicto con el “campo” esos sectores no ven la hora de verla a la expresidente tras las rejas hasta que se muera. Los ocho años de Cristina en el poder fueron dramáticos porque la sinrazón se apoderó de los argentinos. El diálogo civilizado, propio de las democracias desarrolladas, se tornó una misión imposible. Amistades de años estallaron por los aires, al igual que los vínculos familiares. Emergieron dos bandos irreconciliables-los K y los anti K-que demostraron que la concepción política de Carl Schmitt lejos estaba de ser una utopía. Quien decía ser partidario de Cristina era inmediatamente acusado de corrupto, aunque se tratara de una persona digna y proba. El ambiente se tornó irrespirable.

En ese clima los argentinos y argentinas fuimos a votar para elegir presidente en 2015. Fue una elección motivada por el odio a Cristina. Lo notable fue que no importaba demasiado la identidad del candidato de la oposición. Fue Macri pero pudo haber sido Larreta, Vidal o quien fuera. Lo único que el establishment pretendía era enterrar a Cristina para siempre. La campaña del odio fue exitosa. El 22 de noviembre de ese año cerca del 52% del electorado decidió que Macri fuera el nuevo presidente de la nación. Estamos hablando de unas 13 millones de personas que votaron con odio. Era obvio que un gobierno que su sustenta en el odio no puede tener un buen final. Sin embargo, a Macri le convino desde el principio contar a su favor con ese sentimiento tan poderoso y destructivo. Porque mientras el pueblo siga odiando a Cristina el presidente podrá hacer lo que quiera ya que, en última instancia, si hay problemas, si las cosas no salen, todo se debe a la “pesada herencia”.

Macri demostró apenas se sentó en el sillón de Rivadavia que es un vulgar mentiroso. En el famoso “debate” aseguró que no devaluaría, no aplicaría tarifazos, protegería el empleo y no endeudaría al país. A partir del 10 de diciembre de 2015 devaluó, impuso duros tarifazos, no protegió el empleo y endeudó al país a niveles inconcebibles. Lo que hizo no fue más que poner en práctica un plan económico ortodoxo, tal como en su momento hizo Carlos Menem y continuó De la Rúa. Lo que hizo Macri en aquel “debate” fue engañar al pueblo, tomarlo de pelotudo, con perdón de la palabra. ¿Por qué el pueblo soportó semejante afrenta? Porque estaba carcomido y dominado-sigue estándolo-por el odio a Cristina. Con tal de verla presa, destruida y aniquilada, millones de argentinos y argentinas estaban dispuestos a soportar de parte de este gobierno de Ceos cualquier cosa. Y así fue nomás. Pese a la inflación galopante, los tarifazos, el aumento de la pobreza e indigencia y otras calamidades, el pueblo decidió castigar otra vez a Cristina en octubre de 2017 para esta vez sacarla de la cancha definitivamente. Ello no sucedió porque Cristina, pese a salir segunda en Buenos Aires, obtuvo una banca en el Senado pasando a ser, además, la política opositora con mayor cantidad de votos.

Octubre de 2017 fue el momento cumbre para Macri y sus Ceos. Sin embargo, en lugar de llamar a la unidad nacional, se dedicó a profundizar la grieta. Pero en diciembre las cosas cambiaron. La reforma previsional le hizo ver al presidente que no todo era un lecho de rosas. La violencia callejera y el malhumor de los jubilados comenzaron a modificar el clima político, lo que no significó que amainara el odio a Cristina. Lo que sucedió fue que el pueblo comenzó a percatarse de lo que era en verdad Macri como presidente: un vulgar embustero. A partir de entonces el presidente comenzó a perder la iniciativa, lo que lo desesperó. Paralelamente comenzó a despertarse el peronismo. El escenario se complicó con la corrida cambiaria que sacudió al gobierno y a la sociedad durante varias semanas. La devaluación del peso condenó a millones de argentinos a la pobreza e indigencia. Pero claro, según Macri la responsable fue Cristina. Y muchos argentinos y argentinas le creyeron (aunque cada vez son menos, afortunadamente). Acorralado por la marea del dólar, el presidente le imploró al FMI que lo ayude. Ese ruego fue presentado por los grandes medios como un gran logro de Macri. En las últimas horas se conoció la envergadura de la “ayuda”: 50 mil millones de dólares que el pueblo deberá devolver en su momento. El gobierno endeudó más al país y el pueblo, aparentemente, lo acepta sin chistar. Si bien hay sectores que salen a la calle para protestar, el grueso de la población sigue silbando bajito en señal de sumisión.

Así estamos hoy en la Argentina. La situación es durísima por donde se la mire. Y lo peor es que el futuro próximo es para nada halagüeño. Todo lo contrario. De aquí a fin de año, por lo menos, se profundizarán todos los males ocasionados por la política económica del macrismo. “Es lógico lo que nos está pasando”, siguen “razonando” los anti K, ya que “la culpa de esta malaria es de la yegua”. Qué duda cabe que estamos viviendo tiempos aciagos.

En su edición del 9 de junio Página/12 publicó artículos de Luis Bruschtein (“Muchachos, este FMI no es el mismo”) y David Cufré (“Crisis”).

Escribió Bruschtein: “La política argentina vio pasar una ola tras otra de supuestos ganadores eternos que al final no duraban ni dos años. Macri fue el dios del neoliberalismo en el 2015. Pasaron dos años, ya fue desalojado del podio luminoso y va siendo una sombra que hunde al país. Es el punto de inflexión donde las gigantografías de la política transmutan en figuritas. Pero tuvo tiempo para el desastre, para dejar un futuro de rodillas. El Fondo Monetario fue duro con el país pero leal con su agente. No le perdona ni un dólar a la Argentina y le impuso condiciones imposibles, pero concedió un plazo de gracia insólito que protege a Macri hasta las elecciones del 2019” (…) “Fue un punto de partida” festejó Mauricio Macri al brindar con un grupo de periodistas por el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional. Hace dos años y medio que está en el gobierno y ahora recién habla de “punto de partida”. Pero el punto de partida real fue su primer gran triunfo en el Senado, la guillotina que dividió al peronismo, el 29 de marzo de 2016, cuando se autorizó al gobierno a endeudarse para pagar a los fondos buitre. Solamente se opusieron 16 senadores” (…) “Habrá que reivindicar a los 16 que resistieron esa presión, que soportaron los discursos hegemónicos que los acusaron de facciosos, que sufrieron el ataque de los medios y periodistas oficialistas que los acusaron de oposicionistas y obstruccionistas, o que los hostigaban por defender una causa “populista”, una causa que consagraban como perdida y desprestigiada. Ya con el diario del lunes puede decirse que esos 16 senadores dieron cátedra para los futuros legisladores” (…) “En el llano de la sociedad está la mitad más uno que votó este engendro. Personas que van a sufrir por haber votado lo que llevó a sellar el acuerdo con el Fondo. Personas cuyo voto condenó a todos los demás a sufrir las consecuencias de esa decisión. Hay una mitad más uno que empieza a subir-o ya lo viene haciendo-al tren fantasma de la desilusión” (…) “Acá no hubo 54 contra 16. Hubo 51 contra 49. Por primera vez en la historia la derecha conservadora había logrado seducir a esa mayoría que ahora transita el purgatorio de la desilusión para algunos, del arrepentimiento para otros o de la terquedad. Ya dejó de ser una mayoría satisfecha. Las encuestas dicen que el 70 por ciento de la sociedad no respalda el acuerdo con el FMI. Allí está una parte importante de esa mayoría exigua del 2015. Transita el momento de la desilusión. Todavía no relaciona su voto y el acuerdo con el Fondo. Tratan de encontrar respuestas en las mismas corporaciones mediáticas que los sedujeron para decidir su voto y encuentran los mismos argumentos: la pesada herencia y “éste no es el mismo FMI” (…) “La desilusión deberá traspasar esa pared para convertirse en pulsión positiva. Pero en la disputa de poder, el poder económico erigió su trinchera estratégica en ese lugar, sobre ese muro de manipulación de la información y construcción de sentido, incluso para la desgracia por parte de las grandes corporaciones de medios” (…) “La exigencia central del Fondo para conceder el stand by es bajar el déficit de 4,30 por ciento del PBI a 2,70 en un año. Para esta gente, reducir el déficit no es recaudar más, sino gastar menos. Son pocos lugares donde se puede gastar menos en el presupuesto y todos tienen que ver con lo social: obra pública, educación, salud, salarios, pensiones y jubilaciones. Achicar los 3200 millones de dólares que implican esas exigencias quiere decir miles de despidos, congelamiento salarial, achicamiento de pensiones y jubilaciones, decadencia de escuelas y hospitales” (…) “Cuando el déficit fiscal pasa los cuatro puntos, se considera que una economía está en crisis” (…) “Las cuentas de este gobierno de radicales y conservadores son alarmantes: el déficit fiscal asciende al 4,30 por ciento, si se le agrega el 2,30 que se va por deuda externa, más el 1 por ciento de la deuda provincial, más el 1,70 de déficit cuasifiscal por Lebacs, el total de la sangría llega al 9,30 por ciento del PBI. Y si se hace la cuenta incorporando la última devaluación del peso, el agujero negro que abrió este gobierno es pavoroso. Los neoliberales más ultras hacen estas cuentas para presionar por más ajuste y achicamiento del Estado. Pero al mismo tiempo exponen el fracaso de las políticas que quieren impulsar, porque Macri no es comunista ni keynesiano” (…) “Son procesos que van en el mismo sentido. Destrucción de la economía, subordinación a los organismos financieros internacionales, caída de la imagen de Macri, aumento del malestar social con el gobierno y un lento pero progresivo descongelamiento en la oposición peronista y no peronista” (…) “No hay elementos en dirección contraria a este proceso de desgaste acelerado del gobierno y de recomposición lenta de la oposición. Todo fluye en detrimento del gobierno conservador”.

Escribió Cufré: “El gobierno de Mauricio Macri no fue al FMI para evitar una crisis, como se esmera por instalar en la opinión pública el discurso oficial, terminó en el Fondo Monetario a consecuencia de la crisis previa, cuya gravedad puede mensurarse en la necesidad de pedir un rescate de 50 mil millones de dólares. Cuando el Presidente anunció hace un mes, el 8 de mayo, su llamado a Christine Lagarde para pedir socorro, el dólar llevaba una carrera imparable que lo había hecho saltar de 20,47 pesos el 20 de abril a 22,33 pesos diez ruedas más tarde. El Banco Central a esa altura ya había subido tres veces la tasa de interés, del 26,75 al 40 por ciento, y había sacrificado más de 6000 millones de dólares de las reservas. La situación es tan grave que entre ese día y anteayer la divisa escaló a 25,55 y la pérdida de reservas superó los 13.000 millones. Ayer el dólar siguió avanzando y cerró a 25,98 pesos. Sin el apoyo decidido de Estados Unidos y los organismos multilaterales la crisis ponía el riesgo hasta la gobernabilidad. Ahora el gobierno relata un cuento de hadas, pero en rigor lo que se está viviendo es la entrega sin miramientos a las exigencias del lobo. Los 50 mil millones de dólares no son un regalo. Es deuda, y esa deuda genera una enorme carga de intereses que pesará por generaciones. Semejante cantidad de dinero no llega tampoco, por ejemplo, para desarrollar Vaca Muerta o potenciar el crecimiento económico, sino para emparchar un agujero en la cuenta corriente de casi 5 puntos del PIB” (…) “Solo deuda. ¿Y por qué tanta deuda? Porque el gobierno abrió la economía a las importaciones, desreguló el sistema financiero y el mercado cambiario, dando lugar a una fuga de divisas de a 30 mil millones de dólares por año…financió los viajes y compras por el mundo por más de 10 mil millones de dólares al año y generó tanta desconfianza que en lugar de atraer masiva inversión extranjera habilitó el drenaje de divisas por repatriación de utilidades de las multinacionales a sus casas matrices. Esa es la crisis que vive la Argentina, y el pedido de ayuda al FMI como prestamista de última instancia es una de sus manifestaciones más evidentes” (…) “El ajuste fiscal pactado con el organismo por 500 mil millones de pesos en tres años al tipo de cambio actual obligará a nuevos aumentos de tarifas, recortes en la obra pública, despidos de trabajadores estatales, disminución en las transferencias de la Nación a las provincias, achicamiento en los presupuestos universitarios y para ciencia y tecnología, entre otras medidas. A la vez, la devaluación llevará la inflación arriba del 30 por ciento este año, causando nuevas pérdidas en el poder adquisitivo de salarios y jubilaciones. Todo ello hundirá más el consumo y desatará, como se está viendo, el cierre de empresas y el aumento del desempleo. Macri define este escenario como expresión de buena salud, como “lo que hay que hacer” para evitar una crisis” (…) “Tal vez una de las demostraciones más fáciles de apreciar el fracaso de las políticas de Cambiemos es lo que sucede con la inflación. Macri prometió en campaña y luego ratificó desde la Casa Rosada que el corazón de su proyecto era la caída del índice de precios” (…) “La estrategia desplegada desde diciembre de 2015 ofrece como resultado, sin embargo, números decepcionantes. En 2016 el IPC marcó su nivel más alto en dos décadas, con 41 por ciento sobre los 25 puntos proyectados. En 2017 el Indec registró 24,8 por ciento, contra la meta del 17. Para 2018 el Banco Central fijó un horizonte del 10 por ciento, en una banda que iba del 8 al 12 por ciento” (…) “El 28 de diciembre el propio gobierno lo desautorizó al elevar la meta del 10 al 15 por ciento. Carlos Melconian…dijo de entrada que esa pauta había nacido muerta. Y ahora Sturzenegger se presenta ante la sociedad para decir que ya no hay proyección, que no tiene idea de cuánto será la inflación en 2018” (…) “El gobierno devaluó el programa Precios Cuidados, anuló los equipos técnicos que analizaban la estructura de costos de las empresas desde la Secretaría de Comercio, quitó las retenciones a las exportaciones de trigo y maíz y liberó la exportación de carne sin resguardar primero el abastecimiento interno, derogó normativas que obligaban a productores de insumos básicos como acero y aluminio a abastecer a las pymes y no discriminar con precios, desreguló el mercado de combustibles, dolarizó las tarifas de los servicios públicos, dio de baja los topes en las tasas de interés y las comisiones bancarias, entre otras medidas pro mercado, y ahora no sabe en cuánto terminará la inflación” (…) “En resumen, fueron decisiones muy concretas las que llevaron a la situación actual, con ganadores también muy claros. Los perdedores, las mayorías populares, son quienes sufren esta crisis severa que el presidente no ve”.