España, aparta de mí este cáliz. DE SU VOZ INTENSA: LA SIMIL MILICIANA (*)

(Roque Ramírez Cueva)

Hay hombres, pueblos, luchas, obras, vida y muerte plena. Ninguno de los componentes sobra ni debe faltar, como en todo poema redondo y soberbio, vital y expresivo, al que no se puede adulterar por un fonema, ni confundir el punto final por el suspensivo. No otra imagen enlaza en el tiempo y en la historia, a Vallejo, al Perú y España, así como la insurrección, metidos milimétricamente en la combinación armoniosa –disculpando el redunde- de España, aparta de mí este cáliz. El poeta César Vallejo, no podía hacerse ni mirar de soslayo como ser social ni como creador. Este libro muestra ese compromiso doble que todos sus manes le saben.

“Voluntario de España, miliciano
de huesos fidedignos, cuando marcha a morir tu corazón,
cuando marcha a matar con su agonía
mundial, no sé verdaderamente
qué hacer, dónde ponerme; corro, escribo, aplaudo,
lloro, atisbo, destrozo, apagan, digo”

El hombre, un poblano hijo de La Libertad crecido en una provincia mayor llamada Perú, se exteriorizó y agigantó a la medida del mundo, después que comba en mano se batiera, cual Quijote de las masas, contra los míticos dioses de la guerra del oprobio –don Manuel dixit- por el desentrañamiento y acierto de la palabra esculcada y sedimentada en las rutas modernistas, surrealista, hacia la sustancial vanguardia, y culminar para legarnos en el propio sello y su sino proletario. Uno de sus pilares, en lengua y letras, es España de los hermanos socialistas, no cualquier España.

“El mundo exclama: “¡Cosas de españoles!” Y es verdad.
Consideremos,
durante una balanza, a quemarropa,
a Calderón, dormido sobre la cola de un anfibio muerto
o a Cervantes, diciendo: “Mi reino es de este mundo, pero
también del otro”: ¡punta y filo en dos papeles!”

Las anécdotas del Trujillo cerril (Trilce) de la pedante mediocridad criticona, del embadurnamiento de sus “perfiles tristes y raídos”, no han contribuido en su hechura, volvemos a repetir sin tedio, a nada más que pretender hurtarlo a esa componenda indivisible de vida y muerte plena, atrás mencionada. Él se negó a ser hombre rural de región una, si de varias, quiso ser herrero de usinas, mas -que duda cabe- sí leído.

Los pueblos, la esencia de una nación, lo acunaron y amamantaron en la savia de su sabiduría, al punto que pudo hacernos comprender su poética única y universal, por tanto proletaria, habría de nutrirse de las voces de los hombres rurales, de los caminos y las calles de los barrios, pero sumados de los renglones del Manifiesto de Carl y Friedrich. Y claro, no sólo decirlo, hacerlo y ser continuador y zumo de aquella.

“(Todo acto o voz genial viene del pueblo
y va hacia él, de frente o transmitidos
por incesantes briznas, por el humo rosado
de amargas contraseñas sin fortuna)”

Pueblos expoliados y asqueados de las cien caras tiranas que se permiten, entre pensares y consejas, averiguar el final de los buenos días del pudiente. Que sin cuidarse de las muertes sobre las que se habrá de erigir la misma vida, apuestan por ésta ciento por ciento.

“¡Porque en España matan, otros matan
al niño, a su juguete que se para,
a la madre Rosenda esplendorosa,
……………………………
Matan al libro, tiran a sus verbos auxiliares,”

Luchas como la insurrección por la República en España de los años treinta, en que el hálito de vida, el fluir de la sangre, aún la posibilidad de la victoria ya no cuentan: ante todo se habrá de legar el temple de la fibra, la serenidad del nervio, el símbolo de la utopía. En otras palabras la persistencia por un mundo nuestro, la perennidad de la vida. Sus versos -España, aparta de mí este cáliz- consuman la esperanza; para mejor, el bien de los que le sobreviven.

“pelear por todos y pelear
para que el inviduo sea un hombre,
para que los señores sean hombres,
para que todo el mundo sea un hombre, y para
que hasta los animales sean hombres,”

Y por ello no hay forma más quijotesca que caer en la guerra civil española, total el poeta no canta por el pueblo de España únicamente, sobre todo y en esencia predice las futuras batallas de la “sierra de mi Perú”. No hay modo más romántico que caminar hacía el “Perú del mundo”, país colectivo del abrazo universal.

“Pedro Rojas, así, después de muerto
se levantó, besó su catafalco ensangrentado,
lloró por España
y volvió a escribir con el dedo en el aire:
«¡Viban los compañeros! Pedro Rojas».

Su cadáver estaba lleno de mundo.”

España, aparta de mí este cáliz –de igual cualidad Poemas Humanos-, la obra, un clásico ya de formas y discursos, es el encadenamiento en el tiempo e historia de los hombres, los pueblos y las gestas. Y por ello mismo, nutre con su vigencia el contexto peruano y americano de nuestro tiempo, la utopía que construye nuestra historia y su devenir. Y la utopía implica un mejor trato a la vida, a la cual si se pierde a mano en arma, se le pone al horizonte un bermellón de base.

“Entonces, todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
incorporóse lentamente,
abrazó al primer hombre; echóse a andar.”

Esta obra del poeta abierta a ásperos y leales lectores, voz intensa ajena a las élites eruditarias, sigue siendo, para el común y mejor de los poblanos, la pasión, el parimiento, la justa cólera, el golpe colectivo con lo que “el poeta saluda al sufrimiento armado”, hoy más que nunca, al nacimiento del milenio tri.

Ya en el tope, señalamos que la presencia transparente, indiscutible de César Vallejo en la literatura universal, gravita esencialmente de manera intensa, humana y cabal, siempre por el “Perú al pie del orbe”. Por ello nada más y nada menos, le saludamos en su propio estilo: “¡Salud, hombre de Dios, mata y escribe!”. Bueno es insistir, a pesar que el sino, de algunos no es, sino de sus herederos en el universo lato.

“si no veis a nadie, si os asustan
los lápices sin punta, si la madre
España cae —digo, es un decir—,
salid, niños, del mundo; id a buscarla!...”

Nota Bibliografica.
Los fragmentos de poemas se toman del libro PDF, ver el link: http://www.biblioteca.fundacionbbva.pe/libros/libro_000017.pdf
(*) Este texto fue publicado en el suplemento Cara & Sello, del diario El Nacional, 1989, con motivo de los 50 años de su publicación; y también en la revista Q’ollana Nº 2, La Cantuta 1993. Por espacio, en esas oportunidades no se agregaron los fragmentos del libro.