En la busca de un Macondo

(Víctor Manuel Ramos)

Hace unos años, César Indiano aborrecía de manera visceral a los politiqueros de nuestro lar. Le vi., en una ocasión, protestar con peyorativos y palabras altisonantes en contra de un grupo de escritores y artistas que nos reuníamos, sin compromiso alguno y atendiendo la convocatoria que nos había hecho un colega, para tratar la posibilidad de organizarle, al candidato presidencial Rafael Pineda Ponce, un proyecto de acción cultural durante la campaña electoral. Se mostró, en esa ocasión, limpio de todo ripio, exaltó su inmaculada trayectoria no vinculada con ningún demagogo -de esos de la camarilla que ha desgobernado a Honduras casi desde su independencia-, descartó la posibilidad de unirse a Pineda Ponce al que calificó de politicastro, nos censuró acremente y, fiel a su discurso, se marchó despidiéndose con un portazo.

Luego del golpe de Estado perpetrado por los militares, utilizando como mequetrefe a Roberto Micheleti, vi. aparecer nuevamente la figura de Indiano, esta vez, para asombro mío, convertido en el encargado de las loas al usurpador del poder, en el vocero con la tarea de remarcar la epopeya que consagrara la egregia figura de quien se consideraba el héroe de una batalla en la que venció al pillo de Chávez y en la que, además de la ruptura del orden constitucional, no tuvo el menor empacho en permitir que las fuerzas represivas: la policía –ahora en paños menores tras descubrirse su vinculación con el crimen organizado- y los militares –responsables de tres décadas de latrocinio a las arcas publicas y de represión en contra del pueblo hondureño- violentaran los más elementales derechos humanos del pueblo opuesto, valientemente, al “putch” militar, con el saldo de varios compatriotas asesinados.

Este reacomodo le valió que se convirtiera en el intelectual oficial del golpe de Estado y él, ni corto ni perezoso, procedió a editar sus libros de ensalzamiento y elogio del golpe y los golpistas. Esas ediciones fueron compradas completamente por el tiranuelo Micheleti y repartidas entre sus aduladores y entre quienes, indudablemente, obtenían las canonjías de la mala administración que se hacía de los lempiras del pueblo. Se convirtió en el autor de lectura obligatoria para los golpistas quienes se satisfacían con la lectura de los silogismos que truculentamente utilizaba Indiano para justificar lo injustificable. Estos libros aparecieron, de pronto, en los escaparates de las librerías que, hasta hacía poco, como dicen los muchachos, “no le paraban bola”. No tardaron los “honoris causa”, en aquellas universidades en donde se le perseguía con los empleados de la vigilancia y pronto fue enviado a los países del Sur, como embajador cultural, para que defendiera lo indefendible y para que se codeara con la alta intelectualidad sudamericana, ansiosa, por supuesto, de tener la posibilidad de estar tú a tú con tan ilustre y cercano seguidor de, ni más ni menos, el mismísimo Don Miguel de Cervantes y Saavedra.

Pues bien, ahora está convertido en un columnista de un diario conservador hasta la médula. Ahí publica sus arrogantes artículos en los que deja flotar su arrogancia amparada por la cercanía que hoy tiene con el poder y con la oligarquía responsable de la miseria de este país. No leo sus artículos, es verdad, pero me topé con uno cuyo título me llamó la atención y me tomé el tiempo para revisarlo: “Una novela en busca de pueblo”. De inmediato me di cuenta que se trataba de una bufonada.

En primer lugar, nuestro egregio escritor no maneja adecuadamente las reglas de la gramática española que acaba de ser renovada con el respaldo de la Asociación de Academias de la Lengua Española. Su grandioso talento no le impide caer en abusivo “loqueismo” del que tanto se ufanan nuestros politiqueros en sus discurzuelos y declaraciones a los interrogadores de algunos medios que les preguntan estupideces. Hace mal uso del prefijo ex al escribir exídolo, cuando la gramática aconseja ex ídolo. Usa un nuevo vulgarismo popularizado, justamente, por la prensa de la frivolidad que ha sustituido la palabra escenario con sus sinónimos, por el aberrante anglicismo locación. Escribe: No mas entrar en mi pequeño Hyundai, cuando, intuyo, lo que quiso decir es que entró en Marcovia con su pequeño Hyundai. Dice que se estacionó en una pulpería, y pienso que quiso decirnos que se estacionó frente a una pulpería. Y me ahorro mis comentarios sobre el mal uso de los signos de puntuación.

La médula del artículo de Indiano es que sale en la búsqueda de un pueblo que le sirva de escenario para una novela que tiene entre manos. Para eso escoge a Marcovia, pueblo olvidado del Sur, como todos los de Honduras, incluida la marginal capital Tegucigalpa. Indiano, que ahora viene de las alturas, se asombra al llegar a la marginal Marcovia, con atmósfera de cementerio; le horrorizan las calles polvorientas, después de transitar por las bien asfaltadas y limpias avenidas de la culta Tegus; le agría los minutos el toparse con la vieja de mal aspecto que atiende en la grasienta pulpería, pues han de venir a su recuerdo las inmaculadas vendedoras del mercado San Isidro, que atienden en limpísimos y bien acondicionados locales en donde no se para ni una mosca y en donde se atiende a los parroquianos con un lenguaje académico; le horroriza el ambiente amenazante y de alta peligrosidad que escenifican dos borrachines, cada cual con su “machetillo”, luego de saberse proveniente de uno de los barrios seguros que ahora tiene el Alcalde de la capital, que ha enjaulado a la burguesía para liberarla de la violencia de la chusma hondureña; por supuesto, no acude al estadio del pueblo, en donde se supone se escenifica el meollo de su novela. Por suerte, nuestro amigo tiene una mirada tan perspicaz que le bastó un simple vistazo para enterarse de la gran miseria de este Macondo, que para desgracia no inspiraría ni un renglón a otro egregio escritor del patio, de quien dice su nombre.

Las alturas han obnubilado a nuestro amigo. El Olimpo, en donde seguramente hoy habita, le han borrado de la memoria la miseria en que se debate toda Honduras, no solo Marcovia, miseria de la que son responsables los personajuelos a los cuales hoy les rinde pleitesía.

Para suerte de este malhadado pueblo del Sur, para esta Marcovia soñolienta, Indiano se encontró con un parroquiano que le reconoció de inmediato, gran proeza por la fotografía de adolescente que aparece en el periódico, y le saludó. Esto bastó para que Macondo, digo Marcovia, se salvara de ser desechada como “locacion” de la novela ejemplar de Indiano. Y a pesar de las ofensas de Indiano en contra de este tranquilo pueblo, Marcovia tendrá su recompensa, seguramente pasará a la eternidad, como La Mancha, porque la novela que no se ha escrito pero que ya empezamos a comentar, sin duda arrancará con la frase siguiente: En un lugar de Marcovia, de cuyo nombre no quiero acordarme,….