El Polo: Rectificar para gobernar con el pueblo

(Fernando Dorado)

Popayán, 28 de octubre de 2010

La acción política inmediata que propone la denominada “Corriente Democrática” que lidera Gustavo Petro se expresa en el editorial del periódico Bagatela (26.10.2010)[1].

El editorialista - Marcelo Torres - reconoce que “En materia de la política económica y social, no parece haber mayores distinciones entre el actual y el anterior gobierno” y que “está fuera de toda discusión la necesidad de adelantar una oposición con todas las de la ley a sus políticas”, pero más adelante nos propone como tarea central la de “separar al gobierno Santos del proyecto fascista del uribismo extremo”.

El autor, de la cuerda de Petro, olvida que en lo fundamental Santos es igual a Uribe. El actual gobierno profundiza la entrega de nuestra soberanía, mantiene la política neoliberal en todos los aspectos, conserva la línea guerrerista del Pentágono en la “lucha” contra el terrorismo y el narcotráfico. La táctica impuesta por el imperio a través de Santos es la de simular respeto de los DD.HH. – que su antecesor violentó de forma sistemática –, pero conservando la esencia de la política oligárquica.

Como parte de ese “viraje” el gobierno se ha comprometido a entregar tierras a campesinos desplazados. Hay que reconocer que se han tomado algunas acciones. Sin embargo, debemos reafirmar que sin cambiar el modelo económico, sin acabar con la economía ilegal, sin profundizar la democracia y, sin garantizar condiciones de paz y de convivencia, el resultado será letal para los campesinos. Es una nueva trampa y una segura frustración.

Otra cosa debe ser nuestra actitud para desenmascarar a Santos. Hay que apoyar toda iniciativa de restitución de tierras y de reparación de las víctimas exigiendo medidas y acciones contundentes como la institucionalización de las “reservas campesinas” y una protección especial de organismos internacionales. Sin embargo, hay que ser insistente en señalar las limitaciones estructurales de la iniciativa gubernamental para que la gente esté advertida y no terminemos siendo idiotas útiles. Por lo visto, es la posición que ha asumido la bancada del Polo en el Congreso.[2]

Luego, el pulso que se avecina no es el que avizora el editorialista “entre el uribismo extremo y el gobierno de Santos”. Ya existe un forcejeo (naturales tensiones al interior del bloque hegemónico de la oligarquía) como el que ya se ha vivido en Colombia en diversas épocas (ley 200 de 1936, remedo de reforma agraria de Carlos Lleras R. en 1967), que fue protagonizado entonces por una débil burguesía industrial que siempre se plegó a la oligarquía terrateniente.

El pulso que debemos promover debe ser entre las verdaderas fuerzas democráticas – que hay que unir y despertar – para enfrentar al corrupto “uribo-santismo” (concierto entre el conservatismo y el liberalismo gavirista) que ya está en proceso de consolidación. Es un nuevo frente nacional como lo calificó un dirigente polista. Por ello, la propuesta de la “corriente democrática” que pretende “separar” a Santos de Uribe, no sólo es incorrecta sino que de aceptarse nos pondría a la cola de una facción de la oligarquía.

El Partido Comunista en 1936 cometió ese error al intentar colocar los acumulados de lucha popular al servicio del partido liberal encabezado por Alfonso López Pumarejo. Fue Jorge Eliécer Gaitán quien con claridad meridiana canalizó esa fuerza social hacia la derrota política de la oligarquía. Por ello ésta recurrió a la violencia criminal. Lastimosamente no hemos aprendido de la historia. El M-19 en la Constituyente de 1991 sucumbió ante las mismas ilusiones, y el PTC de Marcelo Torres las ha materializado en sus “alianzas” con Samper y Serpa entre 1994-1998. Tropezamos con la misma piedra.

El espectáculo mediático “anti-corrupción” que Petro orquestó – con el beneplácito y la colaboración de los medios de comunicación de las clases dominantes – aprovechando los graves errores políticos cometidos por el Polo en la administración de Bogotá, se corresponde con la propuesta de “separar a Santos de Uribe”. No es un hecho aislado, es parte de una posición política que – consciente o inconscientemente - lleva a la destrucción de la oposición de izquierda.

Es por eso que la respuesta no puede ser la de ocultar los problemas y salir a defender a ultranza a un gobierno distrital que no representa el Ideario del PDA. Hay que ir más allá.

Gobiernos locales y regionales al servicio de un proyecto político transformador

Lo que sucede con el Polo con ocasión de los escándalos del gobierno de Bogotá va más allá de la quiebra de una alianza precaria entre diferentes grupos y sub-partidos que lo componen. Hay un problema de fondo que debe abordarse para poder avanzar.

Hasta las elecciones pasadas se identificaban 4 grandes tendencias: La “izquierda tradicional (MOIR-PC y otros grupos); el “anapo-samperismo” de los hermanos Moreno y Dussán; el llamado “sector democrático” encabezado por Petro; y un amplio espectro no alineado de pequeños movimientos de izquierda revolucionaria. Era una “alianza precaria” porque a pesar que todos aceptaban el Ideario de Unidad no se construyeron mecanismos claros y consensuados para tramitar democráticamente los intereses o diferencias ideológicas de los diversos sectores y de los principales dirigentes.

Es la causa de que no haya existido un trabajo conjunto y un debate interno que nos permitiera avanzar y crecer. Existe un Ideario escrito pero no hay un pensamiento colectivo que sea la base de una estrategia unificadora. Esto se expresa en la lucha por acceder a los gobiernos locales y/o regionales. Cada grupo o sector interpreta la realidad pero no existe el ambiente para compartir visiones y llegar a acuerdos. Ejemplo: Las lecciones del gobierno de Lucho, él se las lleva para el Partido Verde y en el Polo, cada cual se queda con su evaluación particular.

Frente al ejercicio de ser gobierno de un municipio o un departamento, el Polo no se puede contentar con gobernar con transparencia, eficacia y ética de lo público. Eso debe darse por descontado. Con ello se conforman partidos como el “verde”. El acento y la prioridad en la inversión social sí es parte de nuestro programa. El Polo tiene en ese aspecto logros importantes en Bogotá que no se pueden desconocer. Pero hay que ir más allá.

Entonces… ¿Qué es la que nos debe caracterizar? Las preguntas a responder son: ¿El ejercicio de gobierno local o regional está al servicio de un proyecto político transformador? ¿Cuál es la labor fundamental de un gobierno de ese tipo? ¿Qué es lo que nos debe diferenciar en esa tarea de gobierno?

La respuesta no puede ser otra que la de aspirar “a ser gobierno para empoderar al pueblo”. Ese debe ser nuestro objetivo principal, y sólo lo haremos bien si actuamos como partido o movimiento, yendo más allá de la labor administrativa, diseñando una estrategia que nos permita fortalecer una verdadera y efectiva cultura democrática, avanzando desde la democracia formal hacia la participación creciente y real de la población en los asuntos públicos.

Para hacerlo debemos romper con una especie de “corporativismo social” que se ha ido formando alrededor de los sindicatos, organizaciones sociales y ONGs. Allí está el virus infeccioso del burocratismo y la corrupción. Ese “grupismo” (que sufre el Polo) es lo que no permite que la ciudadanía se vaya apropiando de nuevos espacios de participación. Fue lo que en el Cauca llevó al gobierno de Floro Tunubalá a cometer graves errores.

Es evidente que no es el aparato de gobierno quien puede realizar ese trabajo. Sin embargo, el gobernante sí tiene que encabezar ese proceso de participación. Debe estimularlo, alentarlo, crearle condiciones, de acuerdo a las circunstancias. Pero es el Partido o el movimiento respectivo quien tiene que concretarlo con la gente, “desde abajo”, con creatividad, con “línea de masas”. “Desde arriba” no es posible hacerlo ya que se reproduce el paternalismo y se genera un nuevo clientelismo.

Al diseñar una estrategia de ese tipo, los actos administrativos de gobierno se pueden ubicar en su real dimensión. Es claro que un buen gobierno tiene que mostrar resultados y obras, y por ello, mientras avanza el empoderamiento de una “ciudadanía popular” se debe actuar con cierta flexibilidad. De acuerdo a la correlación de fuerzas. Las alianzas no pueden descartarse siempre y cuando estén en el marco del objetivo a lograr, que no impliquen compromisos contrarios al interés general y se hagan de frente al pueblo.

En el caso del gobierno de Samuel Moreno, la alianza con el partido de la “U” para sacar adelante el Metro de Bogotá - en principio - no se podía descartar. El peligro era que Uribe no iba a dar su apoyo al proyecto a cambio de nada. Allí es donde juega la capacidad política. La alianza Samuel-Uribe se concretó pero no se hizo explícita ni fue transparente. El gobierno del Polo se enredó en componendas por debajo de la mesa. No tenía claras las prioridades. Allí es donde está el verdadero problema. Ahora, Uribe quiere ser Alcalde de la capital. Se siente dueño del Metro. Viene a cobrar.

Para completar, Petro se convierte en un “inquisidor vengativo” para “limpiarse” de los errores del Polo. Se ilusiona con los amagues democráticos del “nuevo” gobierno y nos propone “separar a Santos de Uribe”. En la práctica es abrir un hueco para tapar otro. De paso, enjuicia a los suyos para ganar él.

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[1] Torres, Marcelo. “Las opciones reales de Colombia”. Editorial del periódico Bagatela.

[2] Iván Cepeda. “"No basta con restituir tierras, hay que ver cuál será el modelo agrario": http://www.pacificocolombia.org/novedades/basta-restituir-tierras-cual-s...