EL PERONISMO JUEGA PARA MACR.

(Hernán Andrés Kruse)

Las elecciones presidenciales serán en octubre de 2019. Se trata de una eternidad para nuestro país, acostumbrado a reiteradas y devastadoras crisis. Pero no para la dirigencia política, desde hace tiempo metida de lleno en la carrera electoral pese a que, en público, se cuida mucho de no confesarlo. Lo cierto es que, pese a que algunos consideren que la señal de partida para la carrera por la presidencia comenzará inmediatamente después de la final del Mundial de fútbol a celebrarse en Rusia, tanto el oficialismo como la oposición están precalentando desde hace rato.

Aunque cueste creerlo, al gobierno se lo nota confiado. Apoyado por los grandes medios, el poder económico concentrado y un 40% de la ciudadanía, el Ejecutivo da señales de confianza cada vez que aparece en televisión o brinda entrevistas a periodistas militantes que le responden. Aconsejado por el hábil Jaime Durán Barba, el presidente habla de un país irreal y de un gobierno que según él combate seriamente la inflación y la pobreza. Todo es una gran mentira ya que no se necesita ser un economista experto para darse cuenta de que la inflación rondará este año cerca del 25% y la pobreza se ha incrementado dramáticamente durante la gestión de Cambiemos. Basta con visitar todos los días el supermercado para percatarse de la tragedia de una inflación que no para de azotarnos como un castigo bíblico. El dinero vale cada vez menos y para millones de hogares de argentinos llegar a fin de mes se ha transformado en una quimera. Insulta a nuestra inteligencia que se nos diga desde el gobierno que una familia tipo necesita algo así como 18.000 pesos para no ser pobre o indigente. La realidad señala que para que eso no suceda los ingresos de la familia tipo deben rondar los 60.000 pesos como mínimo. Como todos sabemos, el sueldo promedio es mucho más bajo que esa cifra. Resulta imposible, hoy en día, que un jubilado que recibe la mínima o un maestro de grado que viva solo o sola, sin otra ayuda económica, logre sobrevivir. Esa es la dura y cruda realidad. Sin embargo, el presidente y su equipo de colaboradores dicen que la economía se está enderezando y que estamos condenados al éxito, frase inmortalizada hace unos años por el ex presidente Eduardo Duhalde. En materia laboral, el panorama es muy desalentador. Todos los días nos enteramos de negocios que cierran, de fábricas que despiden trabajadores, de argentinos y argentinas que se quedan sin nada. Es el resultado lógico de un modelo económico que se basa en el ajuste permanente y en el endeudamiento infinito. Desde que asumió como presidente Mauricio Macri ha endeudado al país en cifras astronómicas, obligando a las futuras generaciones de argentinos a hacerse cargo de la deuda externa. Se trata de un comportamiento profundamente inmoral que atenta contra el bienestar presente y futuro de los argentinos. Todo el mundo sabe que si una familia se endeuda y no logra hacer frente a los reclamos de los acreedores, a la larga quiebra. Lo mismo pasa a nivel país pero con una gran diferencia: la quiebra caerá sobre los hombros del pueblo en su conjunto y no sobre las espaldas presidenciales. La historia ha demostrado que jamás un presidente se hizo cargo de la deuda externa sino los sufridos trabajadores.

Sin embargo, aún hay millones de argentinos que siguen creyendo en el presidente. Según las encuestas que se conocen, hoy Macri tiene una imagen positiva del orden del 41/42 por ciento, lo que en una elección presidencial se traduce en un piso del 36%. Nada mal para un presidente que desde que asumió no ha hecho otra cosa que gobernar para los ricos en detrimento del pueblo trabajador. ¿Cómo es posible, entonces, que ese 41/42 por ciento, que incluye a importantes sectores populares, continúen confiando en el oficialismo? ¿No ven la realidad? ¿No se dan cuenta de lo que está pasando? Es increíble pero aún hay quienes, dentro de los sectores populares, defienden los ajustes en gas y energía porque, dicen, durante la época de la “yegua” esas actividades estaban subsidiadas, lo que impedía el arribo de inversiones que mejoraran la calidad de los servicios. Todavía no se percatan de que este tipo de política no es más que un gigantesco saqueo, un robo escandaloso protagonizado por una élite de CEOS que llegaron al poder para arrasar con todo. En este punto cabe reconocer la enorme eficacia de los grandes medios de comunicación que desde hace años, más específicamente desde el conflicto por la 125, viene trepanando, sin prisa pero sin pausa, el cerebro de millones de compatriotas. Con una propaganda filosa y muy sofisticada, los grandes medios le enseñaron a millones de argentinos y argentinas a odiar todo lo que huela a populismo y, especialmente, a la enemiga perfecta: Cristina Kirchner. Ese odio le permitió a Macri ganar ajustadamente en segunda vuelta en 2015 y revalidar títulos el año pasado. El odio es una fuerza espiritual muy poderosa que, si se desata, puede causar estragos. Son millones los argentinos y, especialmente, argentinas que no ven la hora de ver a la expresidente tras las rejas. Para ese sector la derrota electoral de 2017 no es un castigo de verdad. Sólo la prisión lo es y por eso exige a la “Justicia” que la encarcele de una vez por todas. Ese odio permite en buena medida explicar tanta paciencia para con un gobierno que no ha hecho otra cosa desde que detenta el poder que tomar medidas profundamente antipopulares. Si bien el gobierno macrista no viene nadando sobre un lecho de rosas, tiene bastantes motivos para ver el futuro electoral con bastante optimismo.

Ahora bien, cabe preguntarse lo siguiente: ¿cómo es posible que un gobierno que no se cansa de ajustar tenga chances ciertas de revalidar títulos en 2019? ¿Tan estúpido es el pueblo argentino? ¿Tan lobotomizado está? Veamos. En toda democracia que se precie de tal, hay al menos dos fuerzas políticas competitivas, aptas para acceder al poder. Necesariamente una es oficialista y la otra es opositora. Cuando la fuerza que es opositora está fragmentada, cuando no es capaz de presentarse como una alternativa de poder seria y responsable, el oficialismo, por más que sea un desastre, tiene grandes chances de continuar ejerciendo el poder mientras ese escenario no se modifique. Lamentablemente, eso es precisamente lo que está sucediendo en nuestro país. Hoy la oposición es el peronismo, una fuerza política que, aunque cueste creerlo, todavía no se acostumbró a perder elecciones y estar en la oposición. Pero al margen de ello, cabe reconocer que Mauricio Macri es un político que tiene suerte. En efecto, pese a que la economía marcha a los tumbos, pese a los ajustes despiadados y el endeudamiento irresponsable, sus chances de ser reelecto el año que viene son bastante claras.

Esas chances se desvanecerían por completo si el peronismo y el resto de las fuerzas políticas que no son peronistas pero que son opositoras al macrismo, conformaran un gran frente electoral en torno a un núcleo de ideas básicas. Si el pueblo observara que en la vereda de enfrenta hay una sola fuerza política opositora seria y responsable (porque en Argentina sólo hay espacio para el bipartidismo), el panorama electoral de Cambiemos se ennegrecería rápidamente. Para que ello suceda es esencial que toda la clase política opositora esté de acuerdo en conformar dicha fuerza política opositora que, pese a no ser homogénea, concuerde en algunos ítems fundamentales, entre ellos el siguiente: presentar a la sociedad un plan opositor de gobierno serio, que contenga medidas en todos los ámbitos contrarias a las medidas que está tomando Cambiemos pero que no sean sólo bombas de estruendo. Es fundamental que la clase política opositora, unida para derrotar a Macri en 2019, explique a la sociedad qué piensa hacer, si llega al poder, para solucionar los gravísimos problemas sociales, económicos, políticos e institucionales que dejará Macri como “pesada herencia”. Si ello no sucede, si la oposición no es tal sino islas opositoras enemigas entre sí, entonces Macri ya puede ir descorchando varias botellas de champagne.

Hasta el día de la fecha no existe en la Argentina una única oposición a Cambiemos. En consecuencia, el peronismo, que es su columna vertebral, no hace más que hacerle el juego al gobierno. Por un lado están los gobernadores peronistas. Estos caciques no hacen más que pensar en sus propios intereses, lo que en la práctica se traduce en preservar sus territorios (las gobernaciones) el año que viene. Para ellos lo único importante es garantizar su continuidad en el poder. Ello explica su política de acercamiento al gobierno nacional. Para no ser tan injustos con los gobernadores, cabe reconocer que muchas opciones no tienen. Macri es el dueño de la caja nacional, lo que significa que está en condiciones de ahogar financieramente a aquellos gobernadores que se opongan a sus designios. Es lógico, entonces, que no hagan nada que irrite al presidente. Por eso no se mostraron en San Luis y en Gualeguaychú, ámbitos donde se reunieron últimamente los dos sectores antagónicos del peronismo. Y aquí arribamos al meollo del problema de la oposición. La existencia de dos peronismos que no se toleran. En San Luis se reunió, con el visto bueno de su gobernador, Alberto Rodríguez Saá, el peronismo kirchnerista. Estuvieron presentes sus figuras emblemáticas-Agustín Rossi, Kicillof, etc.-pero no su figura central: Cristina. Este sector es la oposición en serio al macrismo. Ideológicamente está en las antípodas y, para gruesos sectores de la sociedad, simboliza el mal absoluto. En Gualeguaychú, por el contrario, se reunieron aquellos dirigentes que se sienten más cómodos con Macri que con Cristina: Pichetto, Massa, Randazzo, Bossio, etc. Son dirigentes que supieron ser conspicuos kirchneristas pero que hoy son más macristas que Macri. Lo son porque durante estos dos años no han hecho más que apoyar en el parlamento cada proyecto de ley enviado por el Ejecutivo. Astutamente, la prensa tilda a este peronismo de “peronismo racional” o “peronismo de centro”.

Quien mejor interpretó el dilema en el que se encuentra la oposición fue Alberto Fernández al decir que “con Cristina no alcanza y sin Cristina no se puede”. En efecto, “con Cristina no alcanza”. Hoy la ex presidente está en condiciones de forzar un ballottage pero, en ese caso, no lograría vencer ya que Cambiemos y el “peronismo de centro” se aliarían para evitar su retorno al poder. Peor sería el escenario para la oposición si CFK no llegara a participar. En este supuesto no sería de extrañar que Macri ganara en primera vuelta. El grave problema de Pichetto, Randazzo, Bossio, Massa y Urtubey, entre otros, es que no mueven el amperímetro. Son mucho más perdedores que Cristina ya que la ex presidente, al menos, sacó en Buenos Aires tres millones y medio de votos. Si, como lo acaba de reconocer Bossio, el “peronismo de centro” no competirá con Cristina en las PASO, entonces lo más probable es que ambos peronismos compitan por separado en octubre de 2019. Por ejemplo, por un lado el Frente Renovador y, por el otro, Unidad Ciudadana. Eso es precisamente lo que necesita Macri para obtener la reelección: un peronismo dividido en sectores irreconciliables. Es probable que luego de la reunión en Gualeguaychú la mesa chica de Cambiemos haya festejado a rabiar. Razones no le faltan. Si este escenario se da en octubre de 2019 el oficialismo, sólo con alcanzar el 40% de los votos, puede tranquilamente ganar la elección ya que sería muy difícil para el Frente Renovador y Unidad Ciudadana superar por su cuenta el 30%. Por supuesto que hacer futurología política en Argentina no tiene mucho sentido ya que todo puede pasar de aquí a octubre de 2019. Sin embargo, de no mediar un cataclismo económico los dos sectores enemigos del peronismo habrán facilitado lo que nunca sucedió en Argentina: que un presidente no peronista (o antiperonista, a secas) permanezca en el poder durante ocho años por el voto popular.