EL LEGADO DE RAÚL ALFONSÍN.

(Hernán Andrés Kruse)

Con la presencia de la gobernadora María Eugenia Vidal, miembros del gabinete de Cambiemos y figuras del radicalismo, se descubrió en La Plata una estatua del ex presidente Raúl Alfonsín. ¿Qué significó Alfonsín para nuestra joven democracia?

Raúl Alfonsín fue el presidente que el país necesitaba para un período muy traumático de nuestra historia contemporánea. La dura derrota de las Fuerzas Armadas en Malvinas fue el golpe final a una dictadura que desde hacía tiempo mostraba signos evidentes de deterioro. La rendición de las tropas tuvo como consecuencia inmediata la eyección de Leopoldo Fortunato Galtieri de la Casa Rosada y el retiro de la Junta Militar de la Armada y la Fuerza Aérea. El poder quedó, pues, en manos del Ejército que designó como presidente de facto al general Reynaldo Bignone, recientemente fallecido. Tuvo como misión organizar de la mejor manera posible el retiro de los militares del poder y facilitar el retorno del país a la democracia. Nunca el pueblo recuperó la democracia, como alguna vez se afirmó, sino que la recuperación democrática se debió a la derrota militar en Malvinas. Quizá resulta un tanto tragicómico decirlo pero Margaret Thatcher mucho tuvo que ver con la caída de la dictadura militar y el comienzo de un largo y difícil proceso de transición democrática.

1983 fue un año de un extraordinario fervor político. Luego de la confirmación del llamado a elecciones presidenciales para el 30 de octubre se produjo un alud de afiliaciones políticas, teniendo como destinatarios fundamentalmente el justicialismo y el radicalismo. Fue entonces cuando emergió con una fuerza imparable la figura de Raúl Alfonsín. En ese momento Alfonsín estaba en plenitud y tuvo la virtud de interpretar cabalmente el sentir de la inmensa mayoría del pueblo. Lo que la gente quería escuchar estaba vinculado con la democracia, la libertad y, fundamentalmente, los derechos humanos. Las elecciones presidenciales tuvieron como eje esta cuestión. Ello se debió, obviamente, al terrible legado de la dictadura militar. La tragedia de los desaparecidos había calado hondo en el espíritu colectivo y el país necesitaba como un vaso de agua en el desierto que algún dirigente político fuera capaz de interpretar ese sentimiento. Pues bien, el destino quiso que ese dirigente fuera Raúl Alfonsín. Muy hábil e intuitivo, Alfonsín percibió de entrada esa necesidad. Es por ello que cada vez que culminaba sus fogosos y vehementes discursos, recitaba el Preámbulo de la Constitución. De esa forma logró enamorar e hipnotizar a la totalidad de la clase media y, fundamentalmente, a miles y miles de jóvenes que lo miraban y escuchaban extasiados. Es que Alfonsín era, además de un político muy preparado intelectualmente, un brillante orador, un líder con un gran carisma que cautivaba a las masas. A medida que se acercaba el 30 de octubre la pregunta que todo el mundo se formulaba era la siguiente: ¿podría Alfonsín derrotar al justicialismo? Hasta ese momento el movimiento creado por Perón jamás había sido derrotado en las urnas y no tenía intenciones de serlo en esa histórica jornada. Para ello puso en la cancha a una fuerte dupla integrada por Italo Argentino Luder y Deolindo Felipe Bittel. Con el apoyo total del movimiento obrero organizado, el justicialismo estaba seguro de triunfar.

Con el correr de los días algo se olfateaba en el ambiente. Si bien nadie se atrevía a manifestarlo en público, muchos percibían algo que parecía imposible: la victoria de Alfonsín lejos estaba de ser una quimera. El hecho de competir en pie de igualdad con el justicialismo en la capacidad para movilizar gente a los actos públicos ya constituía una proeza. Nunca antes un partido político no peronista había logrado preocupar a la dirigencia justicialista como lo hizo Alfonsín en aquel momento. Los dos actos de cierre de campaña de Alfonsín, el primero en Rosario y el segundo en la 9 de Julio, fueron memorables. En Rosario se juntaron casi 500 mil personas y en el 9 de Julio casi un millón. El júbilo y el entusiasmo eran indescriptibles. Se percibía en el aire que la hazaña era posible. Por supuesto que el justicialismo no se amilanó y organizó un acto de cierre en la 9 de Julio que fue multitudinario. En ese acto quedará registrado para siempre el infantilismo de Herminio Iglesias, un pesado del peronismo bonaerense que pretendía ser gobernador. Iglesias no tuvo mejor idea que, desde el palco, quemar un ataúd con la bandera radical. Muchos consideran que ese agravio le costó la elección al justicialismo. Lo más probable es que haya sido la gota que rebalsó el vaso ya que la derrota peronista obedece a otras causas, más profundas por cierto.

Lo cierto es que el 30 de octubre de 1983 a la noche se produjo el milagro: Raúl Alfonsín vencía a Italo Luder por 12 puntos de diferencia: 52% contra 40%. Nadie lo podía creer. El júbilo de todo el sector no peronista (o antiperonista) de la sociedad fue indescriptible. Jamás olvidaré la enorme cantidad de autos que salieron en Rosario para festejar la hazaña. Fue una noche mágica, única e inolvidable. Con su victoria, Alfonsín le hizo un extraordinario aporte a la incipiente democracia: la hizo competitiva, es decir, demostró que había en el país dos fuerzas capaces de competir por el poder. Con su victoria Alfonsín sepultó la hegemonía del peronismo. Merece, pues, un lugar destacado en los libros de historia.

Después tuvo que gobernar. Y entonces cuando se vieron sus virtudes y sus defectos, como pasa con cualquier gobernante. Cumpliendo con lo prometido sentó en el banquillo de los acusados a los principales responsables militares del terrorismo de Estado, como así también a los principales responsables de la violencia guerrillera. El juicio a las Juntas fue, qué duda cabe, su máximo legado. Nunca antes en la historia de la humanidad se había llevado a cabo un juicio de semejante magnitud. Los máximos responsables del genocidio sufrieron severas condenas y Alfonsín se granjeó el respeto del mundo. Pero en esta materia no todo fue un lecho de rosas. Sectores de las Fuerzas Armadas, que fueron conocidos como los carapintadas, consideraron que lo que pretendía Alfonsín era destruirlas como institución. Alfonsín sufrió varias rebeliones militares, siendo la más seria la de Semana Santa de 1987. A raíz de este levantamiento el Congreso sancionó meses más tarde la Ley de Obediencia debida para impedir que muchos militares en actividad desfilaran por los tribunales. Previamente, en diciembre de 1986, se había sancionado la Ley de Punto Final.

En donde más tuvo problemas Alfonsín fue en el ámbito económico. Desde su asunción hasta comienzos de 1985 el ministerio de Economía estuvo a cargo de un amigo del alma, Bernardo Grinspun, un neokeynesiano que nada quería saber con el acercamiento a los organismos multilaterales de crédito. Más temprano que tarde, la cruda realidad de la economía le hizo ver a Alfonsín que era imperioso modificar la política económica. Pero para ello debía sacrificar a su dilecto amigo. Finalmente lo hizo y en el despuntar de 1985 nombró como ministro de Economía a Juan Vital Sourrouille, un economista más cercano a la ortodoxia. Luego de prometer una economía de guerra Alfonsín instruyó a su ministro para que implementara un severo plan de ajuste. Ese plan pasó a la historia como “El austral” que implicó, entre otras cosas, la creación de una nueva moneda. El fin de ese plan no fue otro que el fracaso. Luego siguieron el “australito” y el “primavera”, con idéntico resultado. Incapaz de combatir la inflación y presionado por el establishment y el peronismo, Alfonsín se vio obligado a entregar el poder medio año antes de lo previsto por la carta Magna. Fue una suerte de golpe blando, pero golpe al fin.

Durante sus cinco años y medio de gobierno Alfonsín mantuvo una tensa relación con el poder sindical. Su intención de democratizarlo (ley Mucci) apenas asumió como presidente no hizo más que aglutinar al sindicalismo en derredor del líder de los cerveceros y secretario general de la CGT Saúl Ubaldini, quien le hizo a don Raúl nada más y nada menos que 13 paros generales. Mientras tanto, el peronismo se había dividido en dos sectores: el peronismo ortodoxo y el peronismo renovador, liderado por Cafiero y Menem. Si bien este sector estuvo junto a Alfonsín durante la complicada Semana Santa de 1987, con la derrota del gobierno en las elecciones parciales de ese año la “amistad” se esfumó, dejando el peronismo librado al presidente a su suerte cuando las papas comenzaron a quemar en el despuntar del primer semestre de 1989.

Alfonsín jamás gozó de la confianza del establishment. El poder real siempre lo tuvo en la mira. Para el orden conservador Alfonsín era demasiado de izquierda o progresista, como se dice hoy en día. Su política exterior era tildada de demasiado “tercermundista” y ni qué hablar de su postura en relación con temas tan polémicos como el divorcio. La ruptura final del vínculo se produjo en la inauguración de la exposición vacuna en Palermo en agosto de 1988. Ese día Alfonsín fue abucheado por la concurrencia mientras hacía uso de la palabra. Fue el preanuncio de lo que sucedería meses más tarde.

Los últimos meses de su gobierno fueron muy traumáticos. En enero de 1989 un resto del ERP intentó copar el regimiento de La Tablada, un hecho que aún hoy sorprende por su irracionalidad. Sus voceros dijeron que su accionar se debió al hecho de que estaba en riesgo la estabilidad democrática. Una locura total. El saldo fue trágico en vidas. Mientras tanto, los precios no paraban de subir. Alfonsín decidió nombrar ministro de Economía al veterano dirigente balbinista Juan Carlos Pugliese quien pasó a la historia por la siguiente frase, dirigida a los empresarios: “les hablé con el corazón y ustedes me contestaron con el bolsillo”. Al poco tiempo Alfonsín lo reemplazó por Jesús Rodríguez, un joven dirigente de la Coordinadora radical comandada por el Coti Nosiglia. Pero la suerte ya estaba echada. En mayo tuvieron lugar las elecciones presidenciales que le dieron la victoria al candidato peronista, Carlos Saúl Menem. En medio de un caos económico generalizado, fogoneado por una serie de saqueos organizados, Alfonsín negoció con Menem la entrega anticipada del poder. Se había quedado sin respuestas.

A pesar de ello, creo que la historia será benévola con Alfonsín ya que seguramente rescatará sus aspectos positivos por sobre los negativos. Pero lo que no admite ninguna duda es que Alfonsín fue el presidente justo para la transición de un régimen autoritario a un régimen democrático, el hombre que supo entender como nadie el sentir de millones de argentinos en un momento dramático de nuestra historia.

Anexo

MARX Y LA LEY DE ACUMULACIÓN DEL CAPITAL. EXISTENCIA DE UN EJÉRCITO INDUSTRIAL DE RESERVA. DIVERSAS MODALIDADES DE LA SUPERPOBLACIÓN RELATIVA

La acumulación del capital no se reduce a un incremento cuantitativo del capital sino también a un permanente cambio cualitativo de su naturaleza, de su composición, lo que provoca un aumento incesante del capital constante en detrimento del capital variable. Dice Marx: “Advertir aquí para más tarde: cuando el aumento sólo es cuantitativo, las ganancias de los capitales mayores y menores, en la misma rama industrial, son proporcionales a las magnitudes de los capitales desembolsados. Cuando el aumento cuantitativo surte efectos cualitativos, la cuota de ganancia de los capitales mayores aumenta también”. El régimen capitalista de producción, el desarrollo de la fuerza laboral productiva y los cambios que este desarrollo provoca en la composición orgánica del capital, avanzan con mayor rapidez que el crecimiento de la propia acumulación y la riqueza social. Ello se debe a lo siguiente: el incremento absoluto del capital global de la sociedad se da de la mano con la centralización de sus elementos individuales, mientras que el cambio técnico del capital adicional va acompañado por la transformación técnica del capital primitivo. Explica Marx: “Así, pues, al progresar la acumulación, cambia la proporción entre el capital constante y el variable, si originariamente era de 1:1, ahora se convierte en 2:1, 3:1, 4:1, 5:1, 7:1, etc., por donde, como el capital crece, en vez de invertirse en fuerza de trabajo ½ de su valor total sólo se van invirtiendo, progresivamente, 1/3´, 1/4´, 1/5´, 1/6´, 1/8´, invirtiéndose en cambio 2/3´, ¾´, 4/5´, 5/6´, 7/8´., etc., en medios de producción”. La demanda de trabajo es independiente del volumen del capital total pero no lo es del capital variable; en consecuencia, cuando comienza a crecer el capital total comienza a disminuir progresivamente la demanda de trabajo. La demanda de trabajo se desacelera, disminuye, proporcionalmente a la magnitud del capital global y lo hace en progresión acelerada, en sintonía con el incremento de esta magnitud. Cuando se desarrolla el capital total al mismo tiempo se produce el crecimiento del capital variable y la fuerza de trabajo que absorbe (número de obreros), pero en una proporción que decrece constantemente. Mayor es la cantidad de obreros que se quedan en la calle o no son absorbidos por el sistema capitalista. Ahora bien, para que el sistema capitalista absorba un determinado número adicional de trabajadores y resguarde los puestos de trabajo a los obreros que ya absorbió, la acumulación del capital total debe acelerarse cada vez más. Pero hay algo más. “Además”, remarca Marx, “esta misma acumulación y centralización creciente se trueca, a su vez, en fuente de nuevos cambios en cuanto a la composición del capital, impulsando nuevamente el descenso del capital variable para hacer que aumente el constante”. El descenso relativo del capital variable es la contracara de un aumento absoluto de la clase obrera, aumento que es más veloz que el del capital variable. Ahora bien, este crecimiento, remarca Marx, es relativo: “la acumulación capitalista produce constantemente, en proporción a su intensidad y a su extensión, una población obrera excesiva para las necesidades medias de explotación del capital, es decir, una población obrera remanente o sobrante”. En otros términos: la acumulación del capital condena inexorablemente a importantes sectores de la población obrera a la exclusión social, a formar parte de la mano de obra desocupada que tan funcional es a los intereses de los capitalistas.

La dinámica de la acumulación del capital social a veces ocasiona cambios periódicos y en otras ocasiones se produce un reparto simultáneo de sus elementos entre las diversas órbitas de producción. ¿Qué sucede con el capital en dichas órbitas? En algunas su composición se modifica sin que se produzca al mismo tiempo un crecimiento de su magnitud absoluta, lo que se debe a la simple concentración. En otras el aumento absoluto del capital va de la mano con una disminución absoluta de la fuerza de trabajo (capital variable) por aquél absorbida. En otras el crecimiento del capital se apoya sobre su técnica actual mientras la fuerza obrera que sobra se asimila de manera proporcional a su crecimiento, o bien el capital experimenta un cambio orgánico que provoca una reducción del capital variable. “El crecimiento del capital variable, y, por tanto, el de la cifra de obreros en activo”, enfatiza Marx, “va unido en todas las esferas de producción a violentas fluctuaciones y a la formación transitoria de una población sobrante, ya revista ésta la forma ostensible de repulsión de obreros que trabajan o la forma menos patente, pero no por ello menos eficaz, que consiste en hacer más difícil la observación de la población obrera sobrante por los canales de desagüe acostumbrados”. Vale decir que se oculta la existencia de los obreros que están fuera del sistema de producción. A pie de página Marx transcribe los resultados de un censo realizado en aquella época en Inglaterra y Gales (“Census of England and Wales for 1861, t. III, Londres, 1863, pp. 35/37): total de personas que trabajan en la agricultura: en 1851, 2.011.447; en 1861, 1.924.110; retroceso: 87.337. Manufactura lanera: 1851, 102.714; 1861, 79.242. Fábricas de seda: 1851, 111.940; 1861, 101.678. Estampado de percales: 1851, 12098; 1861, 12.556…Fabricación de sombreros: 1851, 15.957; 1861, 13.814. Fabricación de sombreros de paja y adornos de cabeza: 1851, 20.293; 1861, 18.176. Cerveceros: 1851, 10.566; 1861, 10.677. Fabricación de velas: 1851, 4.949; 1861, 4.686…Aserradores de madera: 1851, 30.552; 1861, 31.647…Fabricantes de clavos: 1851, 26.940; 1861, 26.130…Minas de zinc y cobre: 1851, 31.360; 1861, 32.041. En cambio, industria de hilados de algodón y tejidos: 1851, 371.777; 1861, 456.646. Minas de hulla: 1851, 183.389; 1861, 246.613. “El aumento del número de obreros es mayor, en general, en aquellas ramas en que hasta ahora no se ha conseguido aplicar con éxito la maquinaria”, se lee en el censo.

Dice Marx: “Con la magnitud del capital social ya en funciones y el grado de su crecimiento, con la extensión de la escala de producción y la masa de los obreros en activo, con el desarrollo de la fuerza productiva de su trabajo, con el flujo mayor y más pletórico de todos los manantiales de riqueza, aumenta también la escala en que la mayor atracción de obreros por el capital va unida a una mayor repulsión de los mismos, aumenta la celeridad de los cambios operados en la composición orgánica del capital y de su forma técnica y se agranda el cerco de las órbitas de producción afectadas simultánea o sucesivamente por estos cambios”. Vale decir que el desarrollo tecnológico del sistema de producción capitalista provoca simultáneamente una gran atracción de mano de obra barata y una feroz repulsión de gran parte de dicha mano de obra. Se trata de una ley de población que hace a la esencia del régimen de producción capitalista. Dice John Barton (“Observations on the Circumstances which influence the Conditions of the Labouring classes of Society”, Londres, 1817, pp. 16 y 17): “La demanda de trabajo depende del incremento del capital circulante no del capital fijo. Si fuese verdad que la proporción entre estas dos clases de capital es la misma en todos los tiempos y en todos los países, se llegaría prácticamente al resultado de que el número de obreros que trabajan está en relación con la riqueza del país. Sin embargo, esta conclusión no presenta apariencias de probabilidad. Al perfeccionarse y extenderse la civilización, el capital fijo va ganando más y más en proporción respecto al variable. La suma de capital fijo que se invierte en fabricar una pieza de muselina inglesa es, por lo menos, cien veces y acaso mil veces mayor que la que cuesta producir una pieza igual de muselina india. Y la proporción de capital circulante cien y hasta mil veces menor…Aunque se añadiesen al capital fijo todos los ahorros obtenidos durante el año, no influirían para nada en el crecimiento de la demanda de trabajo” (según Marx este autor confunde el capital constante con el fijo y el variable con el circulante).

La superpoblación obrera no es solamente un producto necesario del proceso de acumulación capitalista sino también “una de las condiciones de vida del régimen capitalista de producción”. La exagerada cantidad de obreros hace, pues, a la esencia del régimen capitalista de producción. Sin esta masa obrera dispuesta a ser sacrificada la sociedad capitalista sería inviable. Dice Marx: “constituye un ejército industrial de reserva, un contingente disponible, que pertenece al capital de un modo tan absoluto como si se criase y mantuviese a sus expensas”. Los obreros soportan que el capitalista les robe parte de su salario porque saben que su puesto de trabajo es apetecido por miles de desocupados que esperan ansiosamente su oportunidad. Ese ejército industrial de reserva no hace más que legitimar la explotación capitalista. “Le brinda (el ejército obrero desempleado) el material humano, dispuesto siempre a ser explotado a medida que lo reclamen sus necesidades variables de explotación e independiente, además, de los límites que pueda oponer el aumento real de la población”, remarca Marx. Al acumularse y desarrollarse la fuerza laboral, el capital se expande con más fuerza. Ello se debe, por un lado, a que la elasticidad del capital en funciones y la riqueza absoluta crecen, y que el crédito permite que la producción tenga a su disposición una parte extraordinaria de dicha riqueza; y, por el otro, la tecnología del proceso de producción hace posible, al aplicarse en gran escala, modificar rápidamente el producto excedente en nuevos medios de producción. Al progresar la acumulación se desborda la masa de riqueza social y se abalanza sobre las antiguas ramas de producción provocando un aumento en la dimensión del mercado o crea las condiciones para el surgimiento de nuevas ramas de explotación. Esta nueva situación exige la presencia de grandes masas humanas disponibles, aptas para cubrir los nuevos puestos de trabajo. La superpoblación es la encargada de brindar a la industria esa marea humana que busca trabajo para sobrevivir. Dice Marx: “El curso característico de la industria moderna, la línea-interrumpida sólo por pequeñas oscilaciones-de un ciclo decenal de períodos de animación media, producción a todo vapor, crisis y estancamiento, descansa en la constante formación, absorción más o menos intensa y reanimación del ejército industrial de reserva o superpoblación obrera. A su vez, las alternativas del ciclo industrial se encargan de reclutar la superpoblación, actuando como uno de sus agentes de reproducción más activos”.

El desarrollo de la industria moderna no hubiera sido posible en la época en que nació la sociedad capitalista. La composición del capital no se modificó de un día para el otro. La acumulación del capital trae aparejado el aumento de la demanda laboral. Según Marx la súbita e intermitente expansión de la escala de producción constituye la premisa del fenómeno contrario: su súbita contracción. Esta súbita contracción da origen a una nueva expansión que sólo progresa si existe la masa de obreros necesaria, si se da un aumento del censo obrero más allá del incremento absoluto de toda la población. Ahora bien, ¿cómo logra el sistema capitalista disponer de ese material obrero descartable? Responde Marx: “Esto se consigue mediante un simple proceso, consistente en dejar “disponibles” a una parte de los obreros, con ayuda de métodos que disminuyen la cifra de obreros que trabajan en proporción con la nueva producción incrementada. Toda la dinámica de la industria moderna brota, por tanto, de la constante transformación de una parte del censo obrero en brazos parados u ocupados sólo a medias”. En el régimen capitalista la desocupación es, pues, sistémica. El capitalismo necesita sí o sí la existencia de un ejército de reserva, de una gran cantidad de desocupados y subocupados para poder funcionar. Así como los cuerpos celestes, compara Marx, una vez lanzados en una dirección no hacen más que reiterar el mismo movimiento, “la producción social, una vez proyectada en esa línea alternativa de expansiones y contracciones, se mantiene ya siempre dentro de ella”. Las consecuencias pasan a ser causas y las alternativas del proceso pasan a ser periódicas. Cuando la periodicidad se consolida queda en evidencia que la producción de una población sobrante relativa (mano de obra desocupada) hace a la esencia de la industria moderna.

En su libro “Lectures on colonization and colonies” (Londres, 1841 y 1842, t. 1, p. 146), H. Merivale expresa: “Supongamos que, en ocasión de una crisis, la nación (Inglaterra) hiciese un esfuerzo ímprobo para deshacerse, por medio de la emigración, de unos cuantos cientos de miles de brazos sobrantes: ¿cuál sería la consecuencia de esto? Que, en cuanto volviese a presentarse la demanda de trabajo, se produciría un déficit. Por muy rápida que sea la reproducción humana, siempre hará falta el intervalo de una generación para reponer los obreros adultos. Ahora bien; las ganancias de nuestros fabricantes dependen primordialmente de la posibilidad de aprovechar los momentos propicios en que se reaviva la demanda, resarciéndose con ellos de las épocas de paralización. Esta posibilidad sólo se la garantiza el mando sobre la maquinaria y el trabajo manual. Han de contar con brazos disponibles, con medios para cargar o descargar la tensión de sus actividades en la medida en que sea necesario, con arreglo a las exigencias del mercado; de otro modo, no podrán bajo ningún concepto afirmar en la batida de la concurrencia la supremacía sobre la que descansa la riqueza de este país”. El fenómeno de la superpoblación fue reconocida por el propio Malthus (para Marx este autor concibe la superpoblación obrera como un exceso absoluto de población obrera y no como un remanente relativo). En su libro “Principles of Political Economy”, pp. 254, 319 y 320) manifiesta: “Ciertas prácticas previsoras en punto al matrimonio, si se aplican con cierta extensión entre la clase obrera de un país que vive principalmente de la manufactura y el comercio, pueden llegar a perjudicarle…Dada la naturaleza de la población, no puede lanzarse al mercado una nueva promoción de obreros hasta que no pasen de 16 o 18 años, y la transformación de renta en capital por el ahorro puede seguir un curso mucho más rápido; un país se halla siempre expuesto a que su fondo de trabajo crezca con mayor rapidez que su población”. Según Marx, “a la producción capitalista no le basta, ni mucho menos, la cantidad de fuerza de trabajo disponible que le suministra el crecimiento natural de la población. Necesita, para poder desenvolverse desembarazadamente, un ejército industrial de reserva, libre de esta barrera natural”.

El aumento o la disminución del capital variable son proporcionales al aumento o a la disminución del número de obreros que trabajan. Ahora bien, aunque la cantidad de obreros ocupados no se modifique o disminuya, el aumento del capital variable es provocado por un mayor rendimiento laboral del obrero. Aunque el precio del trabajo no se modifique y el salario disminuya, la masa de trabajo crece más lentamente. El aumento del capital variable pone en evidencia, en estos casos, la existencia de más trabajo, lo que no significa que haya aumentado el número de obreros que trabajan. Aumentan las horas de trabajo de cada obrero pero no la cantidad de obreros. Lo que pretende el capitalista es que un número cada vez más reducido de obreros trabaje de sol a sol, pese a que podría tranquilamente obtener dicha cantidad contratando a una mayor cantidad de obreros. Dice Marx: “En el segundo caso, la inversión de capital constante crece en proporción a la masa del trabajo puesto en movimiento; en el primer caso, crece mucho más lentamente. Cuanto mayor es la escala de producción, más decisivo se hace este móvil. Su empuje crece con la acumulación del capital”.

Gracias al desarrollo del régimen capitalista de producción y de la fuerza productiva del trabajo, el capitalista está en condiciones, desembolsando el mismo capital variable, de desplegar una mayor cantidad de trabajo explotando sin misericordia a los obreros. Este sistema de explotación también le permite al capitalista, con el mismo capital, comprar más obreros, desplazando los obreros hábiles por otros menos hábiles, reemplazar mano de obra madura por otra más joven y barata (incluso niños). “Por tanto”, dice Marx, “de una parte, conforme progresa la acumulación, a mayor capital variable se pone en juego más trabajo, sin necesidad de adquirir más obreros, de otra parte, el mismo volumen de capital variable hace que la misma fuerza de trabajo despliegue mayor trabajo y, finalmente, moviliza una cantidad mayor de fuerzas de trabajo inferiores, eliminando las más perfectas”. La desmovilización de obreros se produce con mayor rapidez que el cambio técnico del proceso de producción, acelerado de por sí a raíz de los progresos experimentados por la acumulación y del descenso proporcional del capital variable respecto al constante. Como los medios de producción aumentan de volumen e incrementan su rendimiento, dejan de lado su función de garantizar trabajo a los obreros. Mientras se incrementa la fuerza productiva del trabajo, crece más rápidamente la oferta de trabajo del capital en relación con su demanda de obreros. Es la flexibilización laboral en su máxima pureza: “el exceso de trabajo de los obreros en activo engrosa las filas de su reserva, al paso que la presión reforzada que ésta ejerce sobre aquéllos, por el peso de la concurrencia, obliga a los obreros que trabajan a trabajar todavía más y a someterse a las imposiciones del capital”. En una fábrica trabajan 10 obreros y en la calle hay 20 esperando una oportunidad para ingresar a dicha fábrica. Como los 10 obreros empleados trabajan, por ejemplo, 16 horas por día, no hay espacio físico para los 20 obreros que están en la puerta esperando su oportunidad. A su vez, la presencia de esos 20 obreros obliga a los 10 que están en la fábrica a aceptar cualquier antojo del empresario con tal de no perder su puesto de trabajo. Es así como el capitalista, al exprimir al máximo a los obreros que trabajan para él, obtiene pingües ganancias: “la existencia de un sector de la clase obrera condenado a ociosidad forzosa por el exceso de trabajo impuesto a la otra parte, se convierte en fuente de riqueza del capitalista individual y acelera al mismo tiempo la formación del ejército industrial de reserva, en una escala proporcionada a los progresos de la acumulación social”.

¿Cómo se regula el movimiento general de los salarios? Muy simple: por las expansiones (aumentos) y contracciones (disminuciones) de los obreros que están en la calle esperando ser contratados (ejército industrial de reserva), que corresponden a las alternativas periódicas del ciclo industrial. Dicho movimiento, enfatiza Marx, obedece “a la proporción oscilante en que la clase obrera se divide en ejército en activo y en ejército de reserva, al crecimiento y descenso del volumen relativo de la superpoblación, al grado en que ésta es absorbida o nuevamente desmovilizada”. La clase obrera es, pues, la variable de ajuste, como si diría hoy. Sería ideal, tal como lo sueña la economía clásica, que existiera una ley eterna e inmutable que estableciera la regulación de la demanda y oferta de trabajo en función pura y exclusivamente de los movimientos absolutos del censo de población. Según la ortodoxia económica la suba salarial es consecuencia directa de la acumulación del capital. Cuanto más altos son los salarios más rápidamente crece la población obrera. Dicho crecimiento encuentra finalmente su techo: la saturación del mercado de trabajo, es decir cuando el capital no da abasto frente a la oferta laboral. Es en ese momento cuando los salarios comienzan a descender, quedando en evidencia la otra cara del asunto. El descenso de los salarios provoca efectos deletéreos sobre la población obrera hasta que se llega a un punto límite: “el capital excede de la oferta de trabajo”. Otros economistas consideran que al bajar los salarios e incrementarse la explotación del obrero, vuelve a aclararse el proceso de acumulación mientras que la baja salarial hace de dique de contención de la clase obrera. De esa forma se arriba a una situación en la que la oferta laboral supera a la demanda, se produce un incremento salarial, etc.

Marx no tiene piedad con la ortodoxia económica. Exclama: “¡Hermoso método de desarrollo éste para la producción capitalista avanzada!” y Agrega: “Antes de que el alza de salarios pudiese producir un crecimiento positivo de la población realmente capaz para trabajar, habría expirado con creces el plazo dentro del cual ha de desarrollarse la campaña industrial, el plazo dentro del cual hay que dar y ganar o perder la batalla”. Luego expresa: “Cuanto más bajos son los salarios, mayor es el porcentaje que acusa toda subida, por insignificante que ella sea”. El salario semanal es de 20 chelines y sube 2 chelines, es decir, asciende a 22. En este supuesto, se produce un alza del 10 por 100. Ahora bien, si el salario es de solo 7 chelines y aumenta 2 chelines (el salario pasa a ser de 9 chelines) el alza que se registra es del 28 4/7 por 100, lo que a primera vista parece un aumento nada despreciable.

Según Marx, la economía clásica no hace más que confundir las leyes que regulan las relaciones de la fuerza laboral total y el capital global de la sociedad, con las leyes que “distribuyen la población entre las diferentes órbitas de producción”. Si en un momento dado la acumulación se vincula con una esfera específica de la producción provocará un aumento de las ganancias que excederán el límite normal atrayendo así nuevos capitales, con lo cual la demanda de trabajo crecerá, al igual que los salarios. Esta suba salarial hace que la mayoría de los obreros se dirijan a la órbita de producción favorecida para obtener trabajo hasta que se produce una saturación de la fuerza laboral (demasiados obreros para la cantidad de puestos de trabajo existentes), lo que provoca un retroceso de los salarios a su situación primigenia. Cuando ello sucede cesa el aluvión de obreros a la rama industrial favorecida por la acumulación y, al mismo tiempo, se fomentará un proceso inverso: la emigración obrera. Marx considera que lo que en realidad observa el economista clásico no son más “que las oscilaciones locales del mercado de trabajo de una determinada órbita de producción, los fenómenos de distribución de la población obrera entre las distintas esferas de inversión del capital, a tono con sus necesidades variables”. Cuando hay estancamiento o, a lo sumo, una prosperidad pequeña, los desocupados (el ejército industrial de reserva) ejercen presión sobre los obreros que trabajan (ejército obrero en activo). Por el contrario, en épocas de vacas gordas los desocupados dejan de exigir. Dice Marx: “La superpoblación relativa es, por tanto, el fondo sobre el cual se mueve la ley de la oferta y la demanda de trabajo. Gracias a ella, el radio de acción de esta ley se encierra dentro de los límites que convienen en absoluto a la codicia y al despotismo del capital”.

Marx vuelve a la carga contra los economistas apologéticos. Cuando se amplían las máquinas antiguas o se implantan nuevas una parte del capital variable se convierte en capital constante. Pues bien, el economista apologético presenta esta operación exactamente al revés de lo que sucede en la realidad. En efecto, en vez de decir que con esta operación se inmoviliza el capital dejando en disponibilidad a una parte de los obreros, dice que lo que en realidad queda en disponibilidad es un sector del capital para que sea usufructuado por los obreros. Para Marx el cinismo de los economistas clásicos es ilimitado. Dice a modo acusatorio: “Los que quedan disponibles, con esta operación, no son sólo los obreros directamente desalojados por las máquinas, sino también sus sustitutos y el contingente adicional que, normalmente, hubiera sido absorbido por la expansión habitual de la industria sobre su antigua base”. A mayor maquinización de la fábrica, entonces, mayor desocupación. Todos los obreros quedan “disponibles”, indefensos frente a un nuevo capital que decide entrar en operaciones. La demanda general de trabajo será nula siempre que el nuevo capital retire del mercado la misma cantidad de obreros “que las máquinas han lanzado a él”. Si el nuevo capital emplea a menos obreros, se incrementa el número de los supernumerarios. Si, por el contrario, emplea a más obreros la demanda general de trabajo sólo se incrementará en aquellos ámbitos donde el número de obreros empleados supera a la de los obreros sin trabajo, es decir “disponibles”. “El mecanismo de la producción capitalista”, remarca Marx, “cuida de que el incremento absoluto del capital no vaya acompañado por el alza correspondiente en cuanto a la demanda general de trabajo”. La regla básica es: que el capital aumente todo lo que quiera pero que jamás la demanda de trabajo suba con igual intensidad. Marx no puede contener su enojo: “¡Y a esto lo llama el apologista compensación de la miseria, de las penalidades y de la posible muerte de los obreros desplazados durante el período de transición que los condena a vegetar en el ejército industrial de reserva!”. Así como la demanda de trabajo no se identifica con el crecimiento del capital, la oferta de trabajo no es sinónimo de crecimiento de la clase obrera. El capital actúa al mismo tiempo sobre la demanda de trabajo y sobre la oferta de trabajo. Cuando el capital se acumula presiona para que aumenten, al mismo tiempo, la demanda de trabajo y la oferta de obreros. Estos quedan en disponibilidad y, desesperados por conseguir trabajo, presionan a los obreros que trabajan quienes, para no quedar en la calle, rinden más y más, haciendo posible que en cierta medida “la oferta de trabajo sea independiente de la oferta de obreros”. Dice Marx: “El juego de la ley de la oferta y la demanda de trabajo, erigida sobre esta base, viene a poner remate al despotismo del capital”. Los capitalistas, por ende, hacen lo que quieren con los obreros, incapaces de hacer frente a un poder de fuego infinitamente superior. La descripción que hace Marx del sistema capitalista es descarnada. Tan pronto como los obreros se dan cuenta de la explotación a la que son sometidos por los capitalistas y deciden, en consecuencia, organizarse para defender sus derechos, los capitalistas y los economistas clásicos se enfurecen y acusan a los obreros de violar la sagrada ley de la oferta y la demanda. “Por eso, tan pronto como los obreros desentrañan el misterio de que, a medida que trabajan más, producen más riqueza ajena y hacen que crezca la potencia productiva de su trabajo, consiguiendo incluso que su función como instrumentos de valoración del capital sea cada vez más precaria para ellos mismos; tan pronto como se dan cuenta de que el grado de intensidad de la competencia entablada entre ellos mismos depende completamente de la presión ejercida por la superpoblación relativa; tan pronto como, observando esto, procuran implantar, por medio de los sindicatos, un plan de cooperación entre los obreros en activo y los parados, para anular o por lo menos atenuar los desastrosos efectos que aquella ley natural de la producción capitalista acarrea a su clase, el capital y su sicofante, el economista, se ponen furiosos, clamando contra la violación de la ley “eterna” y casi “sagrada” de la oferta y la demanda”, acusa Marx. La vigencia de este párrafo realmente provoca escalofríos.