El ingeniero manos de tijera, un gran fabricante de pobres.

(EMILIO MARIN)

El anuncio del acuerdo con el FMI dará un salto de cantidad y calidad a los números de la pobreza en Argentina. Macri lo hizo. Ya venía ajustando y ahora será más brutal lo suyo. Por eso el apelativo de ingeniero “manos de tijera”.

Los tiempos de la política son relativos, a veces se miden con el reloj y otras con el calendario. Para anunciar la supuesta “pobreza cero”, al presidente le bastó una rápida frase de campaña, pero cuando se la reclamaron en la práctica dijo que se necesitarían veinte años seguidos de crecimiento. Y no hubo ninguno.
Para negociar un crédito con el Fondo Monetario Internacional alcanzaron unas pocas semanas. La operación marchó como sobre un riel aceitado y el mismo fue concedido, aunque la población no conozca la letra chica del acuerdo. Seguramente lo negociado en pocos días insumirá muchos años a los argentinos para hacer frente a sus consecuencias económicas y políticas. Esto, si es que lo acordado no vuela por los aires con la protesta social, cosa que ha sucedido más de una vez en nuestra historia. Lo anunciado en Buenos Aires por Nicolás Dujovne y Luis Caputo, por el lado argentino (de alguna manera hay que llamarlo) y por Alejandro Werner y Roberto Cardarelli por el Fondo, en Washington, será convalidado al máximo nivel por ambas partes.
Este fin de semana Mauricio Macri y Christine Lagarde se verán las caras en Canadá, durante una reunión del G-20. Y allí darán el toque final al acuerdo.
Si todo eso se concreta, la Argentina habrá firmado el acuerdo número 22 con la entidad financiera. El 22 es “el loco” en la quiniela. Esel número más indicado para entender lo que se firmó, al menos por el lado del país. Del otro lado del mostrador, en cambio, el número sería el 20, que significa Fiesta, de los que se sacan la lotería.
Un análisis breve del asunto arroja que, como lado supuestamente bueno para Argentina, el FMI le concede un crédito de 50.000 millones de dólares. Desde el macrismo se festeja diciendo que será un mecanismo preventivo anti-crisis, no le llaman blindaje para no evocar al 2001. También se encomia que la tasa de interés anual será del 4 por ciento, aunque faltan precisiones. Obvio que, respecto a las tasas que paga el Banco Central por las Lebac, aquel 4 por ciento suena a bajo, pero no es poca cosa esa tasa en dólares. No es beneficencia ni mucho menos.
Aquella suma global no será girada completa sino en cuotas, según el cumplimiento estricto de metas a que se ha comprometido el PRO-Cambiemos. Y allí está el corazón de ajuste, que venía de antes y ahora se profundizará. La administración Macri se comprometió a bajar el déficit fiscal primario al 2,7 por ciento del PBI para este año, rebajarlo al 1,3 por ciento en 2019 y llegar a cero en el 2020.

Una carnicería.
Eso supone un recorte del gasto público de 19.300 millones de dólares en tres años. Por decisión del ingeniero “manos de tijera” e instrumentado por Dujovne como ministro de Hacienda y manejadas las partidas fondomonetaristas por Caputo en Finanzas, el bisturí del cirujano (bah, el serrucho del carnicero, con el perdón de quienes trabajan en ese oficio) hará estragos en la plantilla de empleados públicos, congelada por dos años en que no ingresará nadie; pérdida de salarios para ese sector y para la órbita privada, empobrecimiento general por la continua quita de subsidios del Estado a los servicios públicos (léase seguirán los tarifazos), etcétera. Estas son las garantías al Fondo de que se van a cumplir las metas de llegar al déficit fiscal primario cero.
Esas políticas no nacieron ahora al compás de lo firmado con el Fondo: venían desde la asunción del ingeniero en diciembre de 2015 y de aquí en más se van a acentuar y agravar.
¿Acaso los anuncios significarán un alivio de las corridas del dólar? No, ni siquiera eso. En la práctica se vio que el día que se dio a conocer oficialmente la noticia, el billete yanqui subió hasta los 26.50 pesos. Y la tendencia hacia el dólar de 30 pesos como mínimo sigue su curso. Madame Lagarde quiere apreciar esa moneda para que Argentina tenga mejores resultados e ingresos por sus exportaciones, para sumar divisas con qué pagar el crédito concedido.
De allí que las devaluaciones del peso van a continuar, como episodios más o menos sistemáticos. Y eso, como ha ocurrido hasta hoy, significará que la inflación también sacará pecho: el aumento de precios de mayo fue del 2.2 por ciento, el de junio se estima en 3.5, y así de seguido. De control de precios, graves multas hacia los monopolios formadores de precios e intervención de esas empresas en casos muy graves, ni hablar. Además, por una reciente ley, se eliminó la posibilidad del Estado de intervenir en directorios empresarios invocando su tenencia accionaria, de tiempos en que desaparecieron las AFJP y muchas acciones de aquel origen pasaron a la Anses.
La obra pública, que genera trabajo y articula regiones, también será una víctima favorita del ajuste fondomonetarista, así como los giros de Nación a las provincias. Según el gobierno, esas partidas faltantes serían reemplazadas con el programa de inversión privada, un aserto pendiente de confirmación. Lo concreto es que la poda será notable en materia de obra pública.
Y una verdad de Perogrullo, para el final. ¿Adónde irán todos los miles de millones de dólares ahorrados en base al sacrificio y el ajuste de cinturones? Respuesta obvia: esos millones serán juntados para pagar los vencimientos de la deuda externa, del actual crédito con el Fondo más todo el endeudamiento que creció veloz en la era macrista. Otra vez la disyuntiva: el Fondo o la vida.
Entonces, ¿cuál es el sentido de la concesión del crédito? Desde el punto de vista de los intereses de Lagarde, hacer una operación rentable para la entidad, y de paso simular un rol de “ayuda” que no condice con su esencia imperial. Y desde la postura de Macri, recibir un crédito que le asegure a su modelo no volar por los aires en los próximos doce meses. En 2019 se juega su futuro político en las PASO y las presidenciales de ese año. Quiere posar su cabeza sobre ese colchón de los 50.000 millones de dólares, como una suerte de seguro contra un default financiero y debacle electoral.

Dos caminos.
La operación concertada con Lagarde puede reportar un respiro al gobierno, trayendo alivio a las internas, peleas y zancadillas entre sus integrantes. Al menos por un tiempo. Da la impresión que bajarán un poco las críticas de sus aliados radicales y Elisa Carrió, pero es obvio que Federico Sturzenegger salió lastimado de la corrida. Que Dujovne conduzca junto con Caputo no debe ser del agrado total de Marcos Peña. Y al ministro de Hacienda no debe gustarle que él corra con todo el riesgo político del acuerdo número 22, pero que su colega de Finanzas administre los fondos que lleguen del crédito. Rogelio Frigerio puede estar algo cansado de negociar con gobernadores los desaguisados que provocan en ese vínculo los tarifazos que alegremente dispone Juan J. Aranguren.
Que nadie crea la historia de un final feliz del gobierno. Aún si el equipo de Lionel Messi pudiera traer un campeonato desde Rusia, meta dudosa si las hay, eso no podría asegurar al presidente gozar de un invierno amigable y popular.
Esas dudas también están instaladas en el peronismo, se supone el movimiento político con mejores posibilidades de ser el recambio del año que viene.
Por un lado, como negativo, su otrora columna vertebral, o sea el sindicalismo, inclinó y dobló otra vez su humanidad ante una mini oferta oficialista de abrir paritarias para admitir un reajuste salarial del 5 por ciento para la órbita privada (la estatal deberá esperar, bajo la lupa del Fondo). Esa claudicación del Triunvirato de la CGT puso en stand by a un paro general que iba a concretarse para el 14 de junio y ahora se limitará a las dos CTA y Camioneros.
Eso afecta los intereses de la clase trabajadora, pero también desdibuja al peronismo como la fuerza que aspira a desplazar a Cambiemos en 2019.
Para el peronismo opositor fue positivo el Congreso del PJ en el miniestadio de Ferro, que desafió no sólo al interventor Luis Barrionuevo y la jueza Servini de Cubría, sino ante todo a Macri. “Es para vos, es para vos, MM la puta que te parió”, gritaron los 620 congresales y militantes cuando lograron el quórum.
Ese fue sólo un primer paso, con grandes dudas sobre cómo sigue el recorrido. Es que salvo tres gobernadores (San Luis, Santa Cruz y Formosa), el resto de los mandatarios justicialistas se borró, igual que el senador Miguel Pichetto. Sergio Massa también jugó a dos puntas: Felipe Solá en Ferro, él y Graciela Camaño de Barrionuevo, afuera. Los que se unieron fueron el PJ menos macrista y el sector cristinista, lo que no es poco, pero dista bastante del objetivo electoralista de “en el peronismo no sobra nadie”.
Que “manos de tijera” firme con el FMI el certificado de muerte del poco bienestar que resta a millones de argentinos, es para el justicialismo una buena noticia electoral. El problema es que muchos de sus dirigentes siguen muy cerca del ingeniero, colaborando de una u otra manera con éste, y los tijeretazos pueden lastimarlos y/o ensuciarlos. La autoría de un crimen es un gravísimo delito; la complicidad también.