El fin de un año caliente..

(Gustavo Rosa)
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El calor nos da una tregua en el centro del país. Al menos por unos días, nuestros cuerpos sentirán el alivio de abandonar el horno. Pero el verano continúa y nos sigue gobernando Macri con su troupe de farsantes, lo que garantiza un futuro bastante caldeado. Ellos, que aún exigen autocrítica y mantienen su inestable equilibrio con el verso de la Pesada Herencia, nos están conduciendo a un infierno. Pero lo peor es que se enorgullecen de eso y no piensan abandonar el rumbo marcado por el FMI y los piratas financieros. Aunque estas recetas de despojo jamás han tenido el éxito anunciado, siempre encuentran buena recepción en virreyes dispuestos a sacrificar a sus pueblos en pos de enriquecer más a los privilegiados. Cipayos de todas las latitudes que llenan sus campañas de promesas que ni piensan cumplir y, desde el trono usurpado con malas mañas, vomitan medidas perjudiciales y apuestan al fracaso, del que obtienen descomunales ganancias. Tarde, muchos están empezando a comprender que el Cambio no ha sido para mejorar, sino para profundizar la desigualdad que, en un país como el nuestro, debería ser insignificante.

Y esto no es exagerado: producimos alimentos para 400 millones de personas; con un poco más del diez por ciento alcanza para todos. Pero la angurria de los terratenientes no se satisface con el 90. Siempre piden más porque no tienen tope: que les saquen las retenciones, que no les cobren impuestos, que el dólar está atrasado, que los sueldos son muy altos, que hay sequía o mucha humedad, que no tienen competitividad, que quieren liquidar las exportaciones cuando quieran y acumular las ganancias en el exterior. Miles de excusas, pero nunca derraman un centavo: sólo lágrimas. Desde hace dos años, cuando el empresidente anunció la quita de las retenciones, el sector agroexportador no generó un solo puesto de trabajo, sino todo lo contrario.

Por lo que parece, los miembros del Gran Equipo deben tener el diccionario al revés: toman medidas para producir cierto efecto, pero el resultado es lo opuesto. Para bajar la inflación, ofrecen tasas de interés insólitas y a la vez incrementan las tarifas de servicios públicos. Para incentivar el desarrollo, abren las importaciones de cualquier cosa sin aranceles, lo que provoca el cierre de pymes y emprendimientos familiares. Para tentar inversiones, cancelan controles y precarizan el trabajo, pero sólo logran un poco tentador mercado interno. De locos: dicen que quieren reducir el desempleo, pero el Estado Macrista es el primer desempleador; dicen que quieren combatir la corrupción y nombran como Ministro a Luis Miguel Etchevehere, acusado de evasión, estafas y esclavitud. Con fanfarrias, fueron presentados como El Mejor Equipo de los Últimos 50 Años pero están destruyendo un país que debería ser indestructible.

El origen del Mal

En realidad, no lo están destruyendo, sino despojando. El Gerente de La Rosada SA está ejecutando una redistribución regresiva de lo que producimos entre todos. Con una cantinela que sabemos de memoria de tanto escucharla, el Gerente de La Rosada SA quiere convencernos de que “lo que hay que hacer” es vaciar nuestros bolsillos para que empresarios y productores puedan ganar mucho más que antes, con la vana ilusión de que alguna vez nos devuelvan algo de la dignidad perdida. Y cuando estemos secos como piedras, pondrán en pausa su avarienta carrera para que recuperemos un poco de humedad y podamos trepar un par de escalones. Pero si las gotas empiezan a parecer redistribución progresiva, ya ponen el grito en el cielo para reclamar lo que no necesitan con frases que brotan de sus más purulentas entrañas: esto es populismo estatizante, no hay libertad, las pibitas se embarazan por la platita, a mí nadie me regaló nada, esto se parece a Cuba, Venezuela o el mal ejemplo de turno.

Estas frases, amplificadas por el establishment mediático, se transforman en dogma dentro de las cabezas colonizadas por más absurdas que sean y logran inclinar la balanza a favor de modelos desigualadores. La treta resulta efectiva aunque instale incoherencias evidentes como conmoverse con los quom pero odiar a los mapuches o aplaudir los merenderos oficiales pero denostar los planes trabajar, que no existen desde 2002. Al punto de que muchos se quejaran de lo poco que pagaban por el servicio de electricidad o gas. Hay que ser un mago para conseguir que alguien se queje porque algo está barato. Magos, no; pero machacones, sí. Tanto que lograron tatuar la necesidad de que las tarifas sean más caras para que el servicio sea mejor: el usuario como inversor de las empresas obligadas a distribuir la energía que produce el Estado. Llenar el barril hasta que alguna vez derrame. Dos años de pagar facturas de susto y perdonar deudas millonarias con la zanahoria de la inversión para que miles de porteños y bonaerenses padezcan cortes de varios días en medio del sofocón del verano. Y eso que los empresarios son amigos de Macri, que si fueran enemigos, deberíamos volver a las antorchas.

Así lograron consenso en el conflicto con las patronales agropecuarias, cuando Todos eran el Campo; convencer que la libertad de expresión estaba en peligro con la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual; instalar que a Nisman lo mató un comando iraní-venezolano entrenado en Cuba con un karateca y un arma vetusta con balas vencidas; sostener que el desendeudamiento y la defensa de los intereses nacionales nos aislaban del mundo y miles de pamplinas más. Por eso no debe sorprender que uno se encuentre con alguien que diga “Cristina se robó un PBI”, sin saber lo que es, cuánto significa y dónde lo escondió. Los paraísos fiscales están copados por los PRO y las bóvedas que buscó el fiscal Marijuán –candidato a la Procuraduría- con excavadoras en la Patagonia sólo fueron exabruptos de marketing con fondos públicos. Y si Cristina se hubiera robado un PBI –alrededor de 600 mil millones de dólares- sería la persona más rica del planeta, superando a Carlos Slim que tiene “sólo” 50 mil millones de dólares.

El desquicio que inyectan en el pensar del público cautivo desde las usinas de estiércol es tal que lograron que sea Presidente alguien que no merecería siquiera ser vocal de un club de barrio o sembrar la esperanza de que este pantanoso camino de espinas lleve a La Revolución de la Alegría. Tanto que convierten la patoteada de Vidal a unos guardavidas que reclamaban por sus salarios en un ejemplo de civismo. Tanto, tanto, que hacen creer a sus abonados que el Gran Equipo está solucionado problemas cuando, en realidad, está empeorando la vida de casi todos los argentinos.