El esencialismo, enfermedad psicosomática del peronismo.

(Teodoro Boot)

Los momentos de retroceso provocan desasosiego y cierta sensación de angustia e inseguridad que nos llevan a aferrarnos a lo más sólido que tengamos a nuestro alcance. De ahí la sentencia según la cual, ante la confusión, resulta oportuno remitirnos a los clásicos.

Eso está muy bien, a condición de que esquivemos la idolatría, ya que, de por sí rígida y consumada, la “perfección” puede ser referencia pero suele también ser fuente de esterilidad.

De haberse detenido en la contemplación de Praxíteles y la evocación de Apelles, tal vez Buonarotti no hubiera pasado de ser un buen profesor de dibujo y escultura. Y de haber pensado que el Moisés o la Capilla Sixtina de Buonarotti eran el punto máximo al que podrían llegar las artes plásticas, Rembrandt, Lautrec, Cezanne, Rodin, Picasso, Miró serían recordados como borrachín, enano, bancario, empleado policial, almacenero y avaro catalán, respectivamente.

Se podrá decir, como solía hacerlo un personaje de una novela de Evelyn Waugh mientras regaba los gladiolos en su derruido castillo de Escocia que, finalmente, todo a nuestro alrededor es transformación y decadencia y que más nos hubiera convenido quedarnos detenidos en la perfección clásica. Tal vez sea así, aunque habría que considerar la posibilidad de que con el correr del tiempo, de haber vivido lo suficiente, Apelles habría sido surrealista, y en lugar de tomar como modelo y amante a la prostituta Friné, Praxíteles podría haberse amancebado con Camille Claudel.

¿Por qué no?, si antes de ser clásicos los clásicos fueron innovadores. Sólo les bastaba con estudiar la técnica, estar atentos al mundo en que vivían, a la realidad circundante.... y tener lo que Perón solía llamar “el óleo sagrado de Samuel”. Pero esto último no se aprende ni adquiere; está o no está, es lo que habitualmente llamamos “genio”.

Si en el mundo del arte el aferrarse, encerrándose, a los clásicos, anula la creación, la esterilidad es todavía mayor en la política, que es el arte por excelencia, ya que su material –el ser humano– es voluble, sensible, flexible, caprichoso y hasta tiene vida propia. Es como si el rojo bermellón de la paleta del pintor tornara sorpresivamente y porque se le canta en amarillo de cadmio. Hay que ser taura en serio para ser un verdadero artista con semejantes materiales.

Y eso es lo que añoramos cuando en los momentos de confusión apelamos a los clásicos, añoramos a los artistas, a los tipos capaces de encontrar un David dentro de un enorme cacho de mármol. Y debería saberse que con un bloque de mármol similar y las mismas mazas y cinceles, repitiendo exactamente los golpes y movimientos de Miguel Ángel, ningún otro escultor encontrará ese mismo David. Probablemente extraiga de ahí una porquería o una copia defectuosa, ridícula o más o menos aproximada, pero si es un verdadero artista surgirá del mármol un David diferente, nunca el mismo. Y en tal caso, pensar que, por diferente, ese David carece de valor, equivale a haberse vuelto ciego o tonto.

Se produce, además, una vuelta de tuerca cuando la confusión y el desasosiego ya no son en las artes plásticas o la literatura, sino en la política: la búsqueda obsesiva de las esencias y la confusión entre esencias y formas. Esta tentación (razonable, hay que reiterarlo, toda vez que, en retroceso y dispersión, entramos en confusión, y en la confusión, el primer impulso es aferrarse a los clásicos), es origen de muchas paradojas. Por ejemplo, la de la búsqueda y construcción de una ortodoxia en un pensamiento tan heterodoxo como el de Perón y, consiguientemente, el del peronismo.

¿Qué es el peronismo?, puede preguntarse alguno. Seguramente, cada peronista tiene una explicación diferente, pues se trata de una pregunta que jamás ha necesitado formularse, excepto que ande muy pasado de copas y en la fase melancólica de la borrachera. O en los momentos de confusión. Y es en tales momentos, cuando se apela a los clásicos (¿y qué otro clásico por excelencia que el propio Perón?), que se corre peligro de quedar aferrado a las formas. Y, en consecuencia, condenado a la repetición y esterilizada toda posibilidad de creación.

De ahí que si Perón hizo tres ramas, haya que hacer tres ramas. Ante lo cual, uno se pregunta: ¿por qué tres, si en otro momento hizo cuatro, y seguramente habría hecho diez o veinte o todas las que necesitara según fuera conveniente?

De ahí las interpretaciones entre dogmáticas y ahistóricas. Que si el partido sirve para esto, que el movimiento obrero tal cosa, que la rama femenina lo otro, y así sucesivamente, como si la historia pudiera quedar detenida, congelada en un momento, momento de gloria, sí, pero extemporáneo: el mundo ha seguido, sigue y seguirá andando.

Así como la realidad cambiaba antes de ese momento, del momento “clásico” –o de los momentos clásicos– (para advertirlo basta observar los procesos de construcción de ese clasicismo), está condenado a cambiar después, ante lo cual la actitud del artista (que debe conocer a los clásicos, naturalmente, porque nadie se inventa a sí mismo y el que así lo crea, es un chanta y un improvisado) tiene que ser de creación y reinterpretación. Sin creatividad, sin voluntad, sin interpretación, sin anclaje en la realidad, sin dar cuenta del tiempo en que toca vivir, tendremos a lo sumo historiadores del arte, no artistas.

Conviene que el estudio de los clásicos y principalmente de nuestro clásico por excelencia, sea crítico y creativo, no contemplativo (eso vale para la historia, no para la política) y mucho menos, imitativo. No se trata de copiar a Perón sino de analizar cómo hacía. Y no demanda mucho esfuerzo, pues él mismo lo explicaba con la mayor sencillez: “Ver, base para apreciar; apreciar, base para resolver; resolver, base para ejecutar”. Para lo cual, advertía, son imprescindibles la sensibilidad y la imaginación.

Cae de maduro que lo que se ejecuta o debe ejecutarse hoy, no puede ser jamás lo que se ejecutó ayer, pues la realidad que se ve hoy es diferente a la que pudo verse ayer. De ahí que la construcción de ortodoxias en estos casos esté contraindicada, pues se detiene en lo aparente y no en la sustancia, cae en la confusión entre formas y esencias, y en la creencia en que lo esencial es contradictorio con lo contingente.

Esto puede justificar debates filosóficos de esos que llegan hasta la discusión sobre la naturaleza del culo de la hormiga, pero carecen de utilidad en un arte vivo que trabaja con materiales siempre cambiantes.

¿Significa esto que el peronismo es pura contingencia? ¿Que carece o que prescinde de las esencias? O, por el contrario ¿tenemos una doctrina y esa doctrina es tan perfecta que resulta tan inalterable como suficiente para desenvolvernos en el mundo?

Sí y no. O más bien, ni una cosa ni la otra, sino todo lo contrario.

Los peronistas tenemos una ideología inalterable y suficiente, un propósito que sólo puede variar a lo largo de grandes etapas históricas y respecto al cual es necesario mantener la más firme intransigencia: la justicia social, la independencia económica y la soberanía política. Pero jamás podemos ni debemos aspirar a una doctrina inalterable. Por el contrario, para que una doctrina posea alguna utilidad debe ser necesariamente cambiante. Y de vuelta, nos remitimos al clásico: “La doctrina son las formas de aplicación de esa ideología”. En consecuencia, una doctrina, que es siempre doctrina para la acción y la transformación, debe ser cambiante, responder a la realidad, a la época, para no caer en el anquilosamiento y la esterilidad.

¿Cuál era el error de la izquierda marxista, según nuestro clásico? Justamente el mismo en que en momentos de confusión estamos siempre en riesgo de caer: el de tener una doctrina rígida y pretender aplicarla en todas las circunstancias.

Un pensamiento que no es apto para transformar la realidad, que no es dúctil y cambiante, puede ser un pensamiento clásico, pero no nos sirve más que para refugio o, en el peor de los casos, regodeo intelectual. El desafío, por el contrario, es recuperar un pensamiento, o más bien, un modo de pensar a la vez ortodoxo y heterodoxo, intransigente en los propósitos (y podría agregarse “en los principios”, si es que en la actualidad ese concepto fuera comprensible) y a la vez dúctil, amplio y flexible en la ejecución.

El General no nos puso límites, ni techos, ni corsets de ninguna clase; por el contrario, nos señaló un camino y un propósito, el de las tres banderas, así como un método. Reiterémoslo: con sensibilidad e imaginación, ver, base para apreciar, apreciar base para resolver, resolver base para actuar.

Lo demás, síntomas de una dolencia que suele atacarnos en épocas de infortunio.