EL DELIRIO DE PATRICIA BULLRICH

(Hernán Andrés Kruse)

Delirante es aquella persona que está convencida de la validez de una creencia que la vive con una profunda convicción pero que la evidencia demuestra que nada tiene que ver con la realidad. Patricia Bullrich, ministra de Seguridad, acaba de brindar un magnífico ejemplo al afirmar, en una charla con Luis Novaresio, que el gobierno de De la Rúa, del que formó parte, fue mejor que los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner.

Hacía tiempo que los argentinos no escuchábamos un delirio semejante. El gobierno de De la Rúa fue el más patético de todos los gobiernos post dictadura militar. La tristemente célebre Alianza surgió en 1997 de un acuerdo entre los principales dirigentes radicales y la cúpula del Frepaso, aquel sector del peronismo que se rebeló contra los indultos de Carlos Menem. La Alianza tuvo como objetivo valerse electoralmente del profundo malestar que grandes capas de la sociedad tenían por el metafísico de Anillaco a raíz de su frivolidad y, fundamentalmente, de la corrupción que el presidente cobijaba. Sin embargo, la Alianza lejos estuvo de criticar a la convertibilidad, esa ilusión económica que le permitió al riojano ganar en 1991, 1993 y 1995. Fue por ello que desde un principio los popes económicos de la Alianza, comandados por José Luis Machinea, dejaron bien en claro que si la coalición llegaba al poder en 1999 mantendría la convertibilidad a rajatabla. Esa fue la clave para alzarse con la victoria en las elecciones presidenciales de aquel año.

La Alianza fue el primer gobierno de coalición que accede al poder en la argentina. La fórmula presidencial la conformaban un antiguo dirigente radical de derecha, que hizo su carrera en el sector balbinista de la UCR, y un militante peronista de izquierda, Chacho Álvarez, profundamente antimenemista. Este dirigente había prometido en la campaña electoral que con la Alianza en el poder se inauguraría una nueva forma de hacer política, basada en la ética y la transparencia de los actos de gobierno.

Una vez en el poder la Alianza cumplió con la promesa de mantener la convertibilidad pero tiró al tacho de basura la promesa de eliminar la corrupción gubernamental. En materia económica, el primer ministro de Economía del gobierno aliancista, José Luis Machinea, aplicó de entrada un programa ortodoxo. Lo primero que hizo fue aplicar un fenomenal impuestazo que sacudió el bolsillo de los argentinos. El ajuste, o mejor dicho, la reducción del déficit fiscal, pasaría a ser una obsesión para el gobierno, especialmente para el presidente de la nación. A comienzos de 2000 Machinea viajó a EEUU para convencer al poder financiero que el flamante gobierno era confiable, que los capitales especulativos nada tenían que temer. El mundo financiero le creyó pero planteó desde el principio la siguiente inquietud: ¿sería capaz De la Rúa de controlar al peronismo opositor? Muy pronto encontró la respuesta.

Una de las exigencias del FMI para garantizar su apoyo al gobierno era la aprobación parlamentaria de la ley de reforma laboral, que en la práctica condenaba a los trabajadores a una infame explotación de la patronal. En junio de 2000 Morales Solá, en su habitual columna política dominical de La Nación, expresó que según el senador Antonio Cafiero habían existido coimas para garantizar la aprobación de dicha ley. Se desató un escándalo mayúsculo que culminó con la renuncia, en octubre de ese año, del vicepresidente de la nación, Chacho Álvarez, visiblemente disgustado con De la Rúa, a quien acusó de no haberlo apoyado en su intento por moralizar la política argentina.

La ida de Álvarez señaló el principio del fin de la Alianza. Porque a la crisis política desatada por el escándalo senatorial la acompañó una crisis económica que obligó a Machinea a negociar a fines de 2000 con el FMI y el BM una gigantesca ayuda financiera del orden de los 40 mil millones de dólares, que pasó a la historia con el nombre de “Blindaje”. Sin embargo, la crisis económica empeoró con el correr de los meses. En marzo de 2001 Machinea fue eyectado del ministerio de Hacienda siendo ocupado su lugar por el ortodoxo Ricardo López Murphy, cuyo plan de ajuste lo obligó a irse del gobierno a las dos semanas. Fue entonces cuando se produjo el regreso triunfal al poder de Domingo Felipe Cavallo, el economista mimado por el establishment internacional y también por el vernáculo.

El Mingo asumió con plenos poderes, situándose prácticamente a la par del propio presidente. Su nueva experiencia como ministro de Economía terminó en el más profundo fracaso. Pasará a la historia como el ministro del megacanje, del déficit 0 (reducción del 13% de las jubilaciones, en complicidad con la ministra Patricia Bullrich) y fundamentalmente del “corralito”. La confiscación de los ahorros depositados en los bancos, muchos de ellos en dólares, desató la ira de los sectores medios urbanos, duramente perjudicados por la medida. De la Rúa jamás logró controlar la tormenta que había desatado su ministro de Economía. Agobiado y apesadumbrado, presentó su renuncia el 20 de diciembre de 2001, una de las jornadas más tristes de la Argentina contemporánea.

Patricia Bullrich parece no recordar lo que sucedió ese día infausto para el país. Durante la mañana la caballería se ensañó con las Madres y la Plaza de Mayo se transformó en un campo de batalla. Entraron en acción los carros hidrantes mientras manifestantes bien entrenados y policías se tiraban con todo lo que encontraban a su paso. Pero lo peor vino después, cuando entró en acción la mano de obra desocupada que sembró de cadáveres el centro porteño. ¿Acaso olvidó la ministra que ese día cerca de cuarenta compatriotas fueron fusilados (no solo en la CABA sino en varios lugares del país, entre ellos Rosario) en la vía pública? ¿Acaso olvidó la ministra que el corralito llevó a la muerte a muchos de los damnificados, quienes no pudieron retirar sus ahorros para atenderse de graves enfermedades, tal como le sucedió al periodista García Blanco? ¿Acaso olvidó la ministra que en esa triste jornada el centro porteño se asemejó a Beirut? ¿Acaso olvidó Patricia Bullrich que luego de la renuncia de De la Rúa y hasta el 1 de enero de 2002 se sucedieron en la presidencia Ramón Puerta, Adolfo Rodríguez Saá y Eduardo Camaño?

Cuesta creer que una dirigente tan experimentada como ella haya tenido el tupé de decir que el gobierno de De la Rúa fue mejor que los gobierno de Néstor y Cristina Kirchner. Nadie niega los errores que el matrimonio cometió durante sus doce años y medio en la Rosada. Lejos estuvieron de ser perfectos e inmaculados. Pero para respetar la verdad histórica hay que reconocer que durante ese período el país se desendeudó, se ampliaron los derechos, bajaron los niveles de pobreza e indigencia, tomó vigor el desarrollo científico y tecnológico, se crearon numerosas universidades, entre otros logros. Mejoró nuestra calidad de vida en comparación con la que teníamos a fines del gobierno aliancista y durante la gestión de Duhalde. ¿Cómo puede afirmar, entonces, que el gobierno de De la Rúa fue mejor que los gobiernos K? Sólo una gran ceguera ideológica o un gran resentimiento pueden haber inducido a Bullrich a decir semejante barbaridad. Porque como bien señaló en su momento Serrat, “nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”.

En su edición del 24 de julio La Nación publicó un artículo de Loris Zanatta titulado “¿En qué clase de mundo viven?”. Escribió el autor: “Reunidos en Managua, los gobiernos de Nicaragua, Venezuela y Cuba han celebrado la revolución sandinista: tienen buen estómago, para hacerlo en estos días. Interesante: quedan tres y se abrazan para no caerse. ¿Les convendrá?” (…) “Quien está peor es Caracas, quien más flota es La Habana, la más cercana a hundirse es Managua” (…) “Sé que muchos piensan: si son impopulares, caerán. Bendita inocencia. En realidad, la pregunta correcta es la contraria: tienen todo el poder: ¿por qué deberían caerse? Esos tipos de regímenes caen porque pierden una guerra: como el fascista; o porque colapsan: como el soviético. En América Latina, corre mucho riesgo quién se pelea con la Iglesia: pregúntenle a Perón. Y Daniel Ortega tomó ese camino” (…) “¿Pero, ¿en qué clase de mundo viven? En un mundo muy extenso, desgraciadamente. Un mundo donde la ideología es fe, la política es religión, la opinión es dogma; un mundo sin secularización, donde se bendice al amigo y castiga al enemigo. La culpa la tienen la pobreza y la injusticia, se justifican esos personajes. La coartada habitual. ¿Y si fuera al revés? ¿No será precisamente esta forma de entender la política la causa principal de la pobreza y la injusticia? Anteponer la fe o la ideología al respeto por la ley, por las instituciones, por la libertad de los individuos, es la mejor manera para reproducir a lo infinito la inestabilidad y la facciosidad que tanta pobreza e injusticia causan” (…) “Ortega atacó a la Iglesia, como Maduro: usaron palabras ultrajosas, la acusaron de golpista, de ser enemiga del pueblo, vendida a la “oligarquía”, porque “oligarquía” llaman a todo lo que no pertenezca a su “pueblo”; al infiel, en resumen, al marrano” (…) “El conflicto de Ortega con la Iglesia es, mutatis mutandi, similar al visto mil veces en la historia: el régimen aspira a reunir poder político y poder espiritual, el sandinismo pretende encarnar el verdadero mensaje cristiano; como una vez, y para algunos aún hoy, el peronismo. La Iglesia no puede aceptar la usurpación de su rol y función, y reacciona. ¿Pero si la causa del conflicto es similar, cuál será el resultado? Cuando, espero muy pronto, Ortega caiga, ¿será una victoria para la democracia o para la Iglesia? En el primer caso, Nicaragua podrá dar vuelta la página, lamerse las heridas y dedicarse a construir un sistema institucional sólido; en el segundo caso, se puede estar seguros de que la guerra religiosa se reanudará antes o después, porque la Iglesia es parte del problema, más que de la solución. Harían bien en tenerlo en cuenta aquellos obispos y sacerdotes que en Argentina usan el púlpito para erigir todavía hoy una parte política en vehículo de la fe: perjudican a la democracia, a su país, a la Iglesia. ¿Cuánto tiempo y cuántos ejemplos más necesitan para entenderlo?”

En su edición del 25 de julio La Nación publicó un artículo de Orlando J. Ferreres titulado “Las dificultades fiscales y monetarias del gobierno de Macri”. Escribió el autor: “Actualmente el tipo de cambio se ubica en 28$/dólar, pero la tasa de interés ha llegado al 46,5% anual, al menos en el corto plazo. Es difícil para el gobierno mantener el ritmo de actividad económica y, al mismo tiempo, tratar de calmar a los que prefieren participar en activos financieros en dólares atrayéndolos al peso, aunque pagándoles para esto una fuerte tasa de interés” (…) “En cuanto a las cuentas públicas, el gobierno está tratando de bajar el déficit fiscal” (…) “Como los intereses están creciendo en valores porcentuales y la deuda también está aumentando en valores absolutos en forma muy rápida, en lugar de ir alcanzando cifras bajas en los próximos tres años, este déficit no acompañaría la tendencia (a la baja, 1,3 puntos según Dujovne) del déficit primario (la diferencia entre los ingresos y los gastos sin considerar los intereses de toda la deuda pública interna y externa ni otras cuentas del Estado” (…) “En 2003 teníamos un superávit primario consolidado de unos 4000 millones de dólares y después se duplicó hasta alrededor de 8000 millones de dólares por año, contando desde 2004 hasta 2008. En 2009, por la gran crisis internacional de las “subprime” se redujo fuertemente el superávit primario consolidado hasta ser casi de cero, aunque en 2010 se recuperó llegando a los 10000 millones de dólares, lo que ya era poco para la experiencia de los últimos años” (…) “Sin embargo, lo peor fue a partir de allí, pues en 20111 hubo un fuerte déficit primario consolidado de unos 6500 millones de dólares y cada año empeoró en forma continua hasta 2015, año en que dicho déficit llegó a los 30 mil millones de dólares, una cifra insospechada para cualquier analista de las finanzas públicas” (…) “En 2016 y 2017 el déficit primario consolidado fue de 25 mil millones de dólares cada año y para este ejercicio 2018 se estima que bajaría a unos 12500 millones de dólares, una cifra que sigue siendo importante ya que se trata del déficit primario consolidado” (…) “Desde diciembre de 2017 hasta julio de 2018 el incremento de la tasa de cambio fue de 56%, lo que es importante. Eso ha traído muchas repercusiones sobre los precios y, aun cuando la tasa de Lebacs y otros activos financieros están en topes de alrededor del 46/47%, aun no se logró calmar al tipo de cambio de esas fuertes presiones sobre la moneda local” (…) “Para mantener el tipo de cambio en 28$/dólar necesita (Caputo, presidente del BCRA) ubicar la tasa de interés de Lebacs en 46,5% calculando un plazo corto. Y esto está dificultando tanto al crédito hipotecario como a los préstamos a las empresas y a particulares. Por lo tanto reduce la actividad económica y se espera una recesión que por ahora se la ve importante, al menos de tres trimestres” (…) “Esperemos que estos desajustes de corto plazo se controlen y que la actividad repunte después de este rebalanceo macroeconómico que le ha tocado en 2018”.

En su edición del 27 de julio La Nación publicó un artículo de Sergio Berensztein titulado “Contradicciones entre el Macri desarrollista y el ortodoxo”. Escribió el autor: “En su novela “El extraño caso del Doctor Jeckyll y el señor Hyde”, Robert Louis Stevenson describe como pocos la dualidad del ser humano: la personalidad exterior, aun con sus luces y sombras, y el monstruo interno, capaz, incluso, de torcer la voluntad racional de la primera. Todos tenemos contradicciones internas generadas por pulsiones y deseos que tratamos de controlar, pero que, en ocasiones, nos superan” (…) “Los presidentes, por lo general, no pueden siquiera eso. Sus gestiones están encorsetadas por el famoso “no pude, no supe, no quise” que inmortalizó Raúl Alfonsín. Macri no parece ser la excepción, al menos hasta ahora. En él conviven dos vertientes de muy distinto linaje que, al menos en la historia argentina, estuvieron casi siempre en veredas opuestas: el desarrollista y el ortodoxo. Fue lo primero durante la etapa dorada del gradualismo, herida de muerte por sus propios errores, por la sequía y por los cambios en la economía global. Aflora ahora el Macri ajustador, decidido a ir a fondo con la reducción del déficit fiscal, atado al mástil del acuerdo con el FMI” (…) “El Macri desarrollista se dejó convencer por sus principales consejeros respecto de que el tiempo, la paciencia y la recuperación económica alcanzaban para corregir los groseros desequilibrios fiscales heredados. Desconfiado, nunca dejó de escuchar las duras críticas de sus amigos más ortodoxos. Desde fines de abril, el Macri ajustador asomó para sorpresa de algunos, que descubrieron que antes se cubría con una incómoda piel de cordero. “Este es el verdadero Mauricio, por eso avanza con tanta convicción”, afirma un amigo de toda la vida” (…) “Como los principales rubros del presupuesto público (salarios y jubilaciones) están prácticamente indexados, esta suerte de Hulk ajustador no tuvo más remedio que poner en su mira las áreas más anheladas por su otro yo desarrollista. Como ocurrió con la obra pública, que se había acelerado en los primeros treinta meses de gestión, sumado al efecto virtuoso de haber desmantelado los principales mecanismos de corrupción armados por los Kirchner” (…) “El Macri ortodoxo debe tener cuidado: su predominancia respecto del desarrollista puede arrinconar al candidato. El incremento en el voto que obtuvo Cambiemos entre 2015 y 2017 en los distritos más pobres del GBA está relacionado con el gasto público, en especial en infraestructura. ¿Podrá mantener ese apoyo en un contexto de crisis económica, con un gobierno que gasta menos y que le exige un durísimo ajuste a la sociedad?” (…) “Para cumplir con la muy ambiciosa meta de déficit fiscal acordada con el FMI-1,3% del PBI a fines de 2019-se necesitan recortes en otras áreas” (…) “El Macri ortodoxo se permite, sin embargo, algunas licencias. En el intercambio que mantuvo la semana pasada vía Instagram se encargó de ratificar que sigue en pie la idea de coorganizar el Mundial 2030…¿Tenemos recursos para semejante capricho mientras se le pide un sacrificio enorme al conjunto de la sociedad?” (…) “Esta tensión entre desarrollismo y ortodoxia en un solo presidente no es nueva” (…) “Mucho agua pasó bajo el puente (presidencia de Frondizi): hoy, los militares carecen de influencia efectiva, el peronismo se ha democratizado…pero los déficits políticos de Cambiemos limitaron y limitan su capacidad para lograr los objetivos que pretende alcanzar, incluyendo su consolidación como coalición” (…) “Más aún, el escándalo del financiamiento trucho de la campaña electoral 2017 lo encuentra en una situación muy incómoda: el balance de su gestión en materia de calidad institucional es demasiado magro” (…) “El Macri desarrollista sucumbió ante el ortodoxo. Al Macri institucional aún lo estamos esperando”.

Anexo

En su edición del 13 de julio La Nación publicó un artículo de Loris Zanatta titulado “¿El populismo está más vivo que nunca?”. Escribió el autor: “Hace apenas tres años, cuando Mauricio Macri derrotó a los peronistas en Argentina y el chavismo perdió las elecciones legislativas en Venezuela, muchos pensaron que el populismo estaba refluyendo en América Latina. Hoy, con Macri en dificultad y el triunfo de López Obrador en México, el contra-orden suena aquí y allá: estábamos equivocados, el populismo está más vivo que nunca. Mientras tanto, sin embargo, Maduro permanece al borde del abismo, donde se le unió su compañero, Daniel Ortega. Colombia y Chile han elegido gobiernos conservadores. ¿Entonces? El aparente caos debería inducir a todos a ser cautelosos. Tomemos el caso de López Obrador: triunfó la “izquierda”, tituló medio mundo” (…) “¿Será verdad? ¿Por qué, entonces, se alía López Obrador con un partido evangélico de derecha? ¿Y por qué un partido de derecha y uno de izquierda fueron aliados en su contra?” (…) “En realidad, México no “gira a la izquierda”, sino que regresa a la tradición populista, nacionalista y antiliberal que ha dominado su historia y de la que nunca se alejó mucho; y el reformismo liberal-democrático toma la enésima paliza” (…) “América Latina nunca va de la mano en una sola dirección, o al mismo tiempo. ¿Por qué debería? Son todos países diferentes y el de la Patria Grande es un mito político que produce tanta retórica y pocos hechos. ¿En qué se basa el mito? Los que le cantan loas parecen olvidarlo a menudo, pero salta a los ojos: la raíz histórica de la Patria Grande no puede ser otra cosa que el pasado común, el que dejó lengua y religión, una “cultura”…Ese pasado es el pasado hispano, y el corazón del pasado hispano es la cristiandad” (…) “Bueno: el populismo latinoamericano tiene sus raíces en ese pasado; y siempre a ese pasado se debe la fragilidad crónica de la planta liberal en América Latina” (…) “Pero, ¿en qué consiste este populismo latino? Basta con revisar los discursos de sus líderes históricos-dese Perón hasta Chávez pasando por Castro-y prestar atención a su lenguaje: no hay rastro de un léxico o un imaginario de “izquierda”, si con esa palabra se alude al evento que sancionó su origen, la revolución francesa. En cambio, todo se refiere al universo semántico e ideal de la cristiandad hispánica: se destacan las referencias obsesivas a “sacrificio”, “disciplina”, “muerte”, “sangre”, “fe”, a la cruz para predicar, a la espada para convertir. Su ideal nunca fue el de una sociedad próspera, equitativa y libre, sino el de una comunidad de fe, una reducción jesuítica unida por la obediencia a un Dios, a un líder. La palabra “pueblo” es el arquitrabe del populismo latinoamericano; ese pueblo, comunidad sin individuos, está a años luz de la naturaleza secular de la izquierda nacida del vientre iluminista; en cambio, refleja la tradición confesional y autoritaria de la Contrarreforma” (…) “Reducido al hueso, el populismo es esto: en términos históricos es una nostalgia de unanimidad, el sueño de regenerar una unidad primordial, una comunidad perdida; en términos espirituales, es la ilusión de sacudirse de encima el pecado original que condena al hombre a la imperfección y la caducidad” (…) “El populismo latino no concibe a la comunidad política como un pacto racional y pluralista entre diferentes sujetos, sino como una comunidad natural unida por la fe, una fe que hoy se llama ideología” (…) “Encima de las instituciones políticas, se encuentra una figura mítica, el pueblo, que es depositario de esa fe” (…) “Pero, ¿quién es el pueblo? El pueblo son “los pobres”, “los humildes”, como si las dos cosas fueran una sola, inocentes y puros portadores de esa “cultura” ancestral, de saludable e incorrupta moral evangélica; tal es el pueblo del populismo, ante quien el disidente de hoy es el hereje de ayer” (…) “Por eso el populismo es tan incluyente; por eso se inspira en la parábola evangélica de los panes y los peces y termina en su nombre por reproducir la pobreza del pueblo de que se alimenta. Pero por la misma razón, el populismo latino es tan autoritario: porque su idea mítica del pueblo no admite el pluralismo; su mundo es binario: pueblo y oligarquía, Apocalipsis y redención, bien y mal; la guerra religiosa reemplaza la dialéctica política”.