El Cambio y sus peores ingredientes.

(Gustavo Rosa)

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Ya es más que un secreto a voces que, además del cinismo, nos gobierna la prepotencia. Quizá ambos conceptos van de la mano como una unidad indivisible. A casi dos años de Gobierno Amarillo, podría decirse que es una ecuación con horribles resultados: cinismo más prepotencia igual a todo lo espantoso que podamos enumerar. Una fórmula que se repite en todos los escenarios: toman una decisión arbitraria y destructiva para después lamentarse de sus nefastos resultados; cuando se produce la reacción de los afectados, salen con que “tenemos que ir por el camino del diálogo y el consenso” y prometen una corrección que nunca hacen; mientras entretienen a la opinión pública con este acting cínico, están pergeñando miles. Y todos con la intención de incrustar un modelo del derrame reforzado que en lugar de llevarnos a la Pobreza Cero, nos estampará contra la desigualdad más absoluta.

Para un listado de todos los ejemplos con sus explicaciones no alcanza la extensión de un Apunte. Si la intención es algo cercano a la totalidad, habría que pensar en un libro voluminoso de varios tomos: desde la ruptura sistemática de las promesas de campaña hasta la aplanadora que han puesto en marcha con la asunción de Macri. Demasiado insalubre. Para entender la lógica de la suma entre cinismo y prepotencia, basta con un recorrido a vuelo de pájaro por las últimas semanas.

El hallazgo del cuerpo de Santiago Maldonado puede ser un buen punto de partida: su aparición sin vida se produjo unos días antes de las elecciones y mientras unos se retorcían de dolor, los amarillos desplegaron las reacciones que ya tenían preparadas. La más cínica corresponde, como es de suponer, al Ingeniero y no se centra sólo en la llamada telefónica a la madre del artesano después de ignorarla durante casi tres meses y permitir que sus perversos laderos emporcaran la causa con el estiércol de siempre: las sospechas sobre los mapuches vomitadas al instante alcanzaron para aliviar a los que ya tenían decidido el globo-voto, conquistar a algunos concentrados en la pesca de excusas anti K y convencer a un puñado de distraídos incurables.

La faceta más cínica del Gerente de La Rosada SA respecto a este tema se exhibió una semana después de los resultados, tras anunciar sus planes de destrucción masiva. En una entrevista con un medio amigo, sentenció desde su tilingo Olimpo que no hay que utilizar un muerto para hacer política, como si no hubiera explotado Lodenisman para la campaña presidencial, como si no se hubiera montado a la operación de convertir en mártir al suicidado fiscal, como si no dudara en acusar a Cristina por un homicidio que no se ha cometido. Pero hay más cinismo concentrado en pocas semanas y algunas muestras más nos pueden ayudar a preparar un antídoto.

Una adicción al malestar

Muchas veces, Macri y los principales referentes del PRO exponen su compromiso para cambiar el país con una serie de palabras claves recitadas en tono amoroso pero firme. La verdad, el diálogo, la transparencia y el trabajo el equipo pueden ser algunas de las más utilizadas. Ellos se plantan para frenar a aquellos que apelan a la viveza criolla para obtener ventajas, a los que aprovechan los resquicios de la legalidad para introducir sustancias ilícitas, a los que coimean empresarios para obtener obras públicas, a los que evaden sus responsabilidades fiscales y a los que viven del Estado. Generalmente, utilizan la síntesis más efectiva de todo esto con un término que cala muy hondo en el sentir de su público: la corrupción, que parece ser una acción que sólo un sector de la sociedad ha practicado a lo largo de la historia.

Claro que en los últimos tiempos, los corruptos son sólo políticos identificados con cierto color y hasta con una sola letra. De manera incomprensible, las coimas son cobradas pero no hay nadie que las pague. El veneno de los televidentes espumea en la boca ante las imágenes de los sospechosos ya condenados. Aunque las causas se mezclen y las denuncias rocen el absurdo, los demonizados sólo merecen la cárcel, en el mejor de los casos. No importa que las empresas de la familia presidencial se hayan beneficiado con su asociación con los dictadores ni la colección de ilícitos que Macri porta sobre sus hombros; en los medios que consumen a diario, conductores, periodistas y animadores no se indignan con la empresas offshore del Ingeniero y sus secuaces ni con el intento de perdonarse la cuantiosa deuda del Correo Argentino; tampoco muestran el entramado de negocios que están armando los miembros del Gran Equipo. Ellos, que han estafado siempre al Estado y han presionado a los gobiernos para que carguen sus deudas sobre la dignidad del pueblo, anuncian, sin atisbo de pudor, que ahora se acabó la joda.

Lejos de acabarse, Ellos la legitiman y como instalaron en la Oficina Anticorrupción a Laura Alonso, una ferviente militante de sus filas, pueden operar sin temor como desaforados saqueadores. Tan monstruosa es la burla –esa contradicción entre lo que dicen y lo que hacen- que nombran como funcionario a Luis Etchevehere, un evasor, lavador, especulador y esclavista que debería estar entre los denunciados.

La transparencia tan pregonada es la impunidad con que actúan. Macri denuncia a las mafias sindicales y judiciales mientras sus cómplices mediáticos señalan a las próximas víctimas de esta venganza de clase con camuflaje de gobierno. ¿Qué otra cosa es la publicación del teléfono de la hija de Alejandra Gils Carbó en las páginas de un diario para que reciba más de 300 amenazas contra su vida? La andanada de denuncias contra la Procuradora General es el castigo que Macri y Magneto pergeñaron para ella por haber impedido negociados ilegales cuando era una simple fiscal. Lo mismo ocurre con la vergonzosa prisión del ex vice Amado Boudou, que arrebató de las zarpas del Grupo Clarín los fondos de pensión. En este caso, la discusión no pasa sólo por el enojo del empresidente por la difusión de las imágenes, sino por la arbitrariedad con que los jueces adictos obedecen los caprichos del Círculo Rojo.

Mientras entretienen al público cacerolero con el ajusticiamiento exprés, el ajuste a los sectores más vulnerables -y no tanto- no se detiene. Mientras las fieras se reparten el botín, las pantallas encienden la hoguera para arrojar a todo el que se oponga. Mientras los colonizados aplauden las ejecuciones, el FMI señala los objetivos para precarizar. Los asalariados están en la mira, pero no para mejorar la situación laboral, sino para enriquecer a una minoría que desprecia la dignidad de los pueblos. Los jubilados también serán las próximas víctimas de la guadaña, no para equilibrar las cuentas públicas, sino para profundizar la inequidad.

Cinismo y prepotencia son los principales componentes del Cambio que fue avalado en las urnas por los que ya son los principales damnificados. El tiempo que dure este macabro capítulo de nuestra historia dependerá de la tolerancia al fango que ya empieza a cercar a los que confiaron ciegamente en los embaucadores de siempre.