El año electoral comienza a hacerse realidad

Por Lido Iacomini

Después de mucho deshojar la margarita, Macri decidió dar batalla el 10 de Julio en la ciudad de Buenos Aires. Aún le restan decisiones o dilemas trascendentes, como optar entre la presidencial o renovar en la Capital, o entre tragar el sapo de promover a la Michetti o, como sugieren algunos mal pensados, asegurar los negocios que habilita el segundo presupuesto de la Nación, con Rodríguez Larreta como Alcalde Mayor.

Ciertamente esta decisión forzada de Macri es un ordenador político para el kirchnerismo: no hay más tiempo para la elegante interna de caballeros entre Filmus, Boudou y Carlos Tomada. El corto tiempo que resta le dio la victoria a Filmus, por puntos (en las encuestas) y no por knock out, y aunque Carlos Tomada, que arrancó tardísimo, haya sido el que notablemente avanzó entre los sectores más organizados de la militancia kirchnerista, no tiene tiempo para multiplicarlo en la sociedad descontando la ventaja del ganador. Tendrán, (Boudou y Tomada) que negociar con el candidato y éste deberá ser generoso, a la altura de la interna amigable, porque no podemos regalar ni un 1% para derrotar al macrismo.

Cuanto antes se asuma esta realidad, más nítida será la contraposición entre un proyecto nacional y popular sólido y unido y una oposición desarticulada y desorientada, sin ejes políticos ni organizativos que tienten a la población. Los efectos de hormiguero pateado, causados por la derrota opositora en Catamarca y el papelón del peronismo federal en Chubut no hay que dejarlos diluir. Por el contrario, hay que machacar en caliente y no abandonar la iniciativa.

El proyecto y el programa de la oposición es inconfesable e impresentable, por lo que ante la sociedad aparecen sin objetivos claros, ceñidos tan sólo a una crítica sistemática y destructiva que los ha conducido a este fracaso actual. Con ese marco no tienen condiciones de generar liderazgos alternativos. Duhalde está, como era previsible, en una pendiente abajo que lo conduce a los brazos de Macri. Este lo necesita como “pata peronista” que garantice gobernabilidad, y como mínima estructura organizativa en el conurbano y algún otro lugar. En la era de la política recuperada, con el protagonismo de Néstor Kirchner, parece una miserable cosecha extraída de otro tiempo y de otro lugar.

En ese esquema provinciano, De Narváez tropieza con Duhalde y busca con desesperación un candidato presidencial de quién colgar sus aspiraciones maltrechas: Cobos o cualquier otro le da igual. No fue posible que fuera Sanz, que no alcanzó a ser estrella de tan fugaz. Sin las complicaciones de los demás, Alfonsín hijo se abre paso, aún con todas las carencias conceptuales que en él son habituales: daba vergüenza ajena cuando quiso imitar a Cristina y a Aníbal Fernández en un diálogo imaginario infamante y lamentable. Si su padre Raúl pudo verlo en C5N desde el más allá, seguramente estará avergonzado, removiéndose en su tumba.

En la Argentina actual no hay alternativas políticas al gobierno actual. Ni por las condiciones nacionales ni por la inserción internacional en un mundo signado por la crisis imperial. Los rasgos que presenta la coyuntura anclan en profundas condiciones estructurales articuladas por la historia y la cultura nacional. Entonces, ¿por qué existen riesgos de perder la elección? Algunos, y tienen parte de razón, aluden a las propias contradicciones del peronismo y ahora del kirchnerismo. Estas tienen que ver con la naturaleza del movimiento nacional, con su carácter policlasista y las tensiones internas que se generan, dado que en su seno existen también intereses contrapuestos. Si hay liderazgo fuerte y capacidad de conducción estos se subordinarán a los intereses generales y a las políticas que se determinen. Lo de la fallida huelga de la CGT sería un sólido ejemplo de que, lo que no logran desde afuera, nosotros mismos lo generamos desde adentro. Pero también es cierto que existe una oposición social importante, influida o macerada por años de desinformación, de mediocre neoliberalismo cultural y basura mediática que se sigue arrojando a diario a las fauces hambrientas de gran parte de la sociedad.

Pero en el turbulento panorama actual estas dificultades se pueden convertir en hojarasca que se lleva el viento, si persiste el huracán kirchnerista que asoló a Chubut y Catamarca.

Lo que sienten y no confiesan es que esa pequeña muestra electoral fue como una biopsia en el tejido social argentino que mostró una realidad: crece el reconocimiento al sereno y firme liderazgo de Cristina Fernández de Kirchner. La tentación es grande y lo voy a decir: para la oligarquía es como un cáncer -y parafraseando a J.W.Cooke que hablaba del peronismo como el fenómeno maldito de la sociedad argentina-, porque en la geografía argentina se propaga el kirchnerismo.

Esto hace que algunos que se fueron quieran volver, y esto no está mal y hay que sujetar los sentimientos y el corazón con las cuerdas de la razón: la Presidenta lo señaló en Huracán, es momento de avanzar en una amplísima unidad nacional. Y no fue sólo un discurso de cancha, electoral, sino que está articulado con la acción de gobierno, como lo demuestra Domínguez en su negociación con el agro, que condujo a atraer a sectores que jugaron un duro papel en el llamado conflicto del campo.

Sin bajar banderas, sostenidas por el kirchnerismo en medio de una intensa lucha de ideas, Cristina intervino garantizando a Vargas Llosa el debate democrático con todo el peso de su papel al frente del Estado. Otro gesto en busca de la unidad nacional. Unidad necesaria no solamente para ganar en octubre sino para sostener luego el proceso de transformaciones en marcha y en medio de una situación internacional que la crisis sin resolverse sólo agravará.

Es notable –y si no lo fuera hay que hacerlo notar- que esta especie de ajuste fino de las políticas promovidas por la señora presidenta, revelan todo lo contrario a la soberbia, que siempre se alienta en las euforias triunfalistas. Más bien es una lucha contra la soberbia de parte de quien fuera acusada de ella, como un contraste casi con varios personajes de la oposición.

Siempre en política hay una tensión entre la necesidad de profundizar políticas transformadoras, que pisan callos, rompen bolsillos secretos y patean nidos conspiradores, y la necesidad de ampliar y ampliar, más y más, las alianzas. La solución pareciera estar en precisar con claridad y precisión quirúrgica los blancos, elegir los momentos precisos y comer bocado a bocado. La lucha contra el trabajo esclavo en el campo y la ciudad, contra las maniobras y evasiones de las grandes exportadoras de cereales y la ratificación y extensión nacional de los criterios fundantes de las políticas de no represión de los movimientos sociales y de protesta llevados a la práctica por Nilda Garré, por señalar a lo más visible, marcan la continuidad del espíritu esencial del proyecto nacional y popular.

Armonizar en medio de un feroz año electoral un crecientemente ancho y recuperado movimiento nacional, para que no rompamos desde adentro lo que se visualiza hasta ahora imposible de romper desde afuera, pone a prueba la capacidad de conducción y aprendizaje de un liderazgo, que aunque experimentado, aún está en construcción. Observar la experiencia es apasionante, participar una obligación.